Capítulo 2 · Custodia compartida #2
Pero en la fachada principal del cuarenta y uno, la que daba a la calle Sueca, había aparecido hacía tres semanas una grieta en diagonal. Desde el alféizar de una ventana del primer piso hasta la cornisa del segundo. Limpia. Recta. Demasiado recta.
Samuel la había fotografiado. La había mirado de cerca, subido a su andamio, con una lupa. Y había visto algo que no le había gustado nada.
—¿Señor Vidal?
Samuel se volvió.
En el portal del cuarenta y uno había un hombre muy mayor.
Tenía por lo menos ochenta años, era bajito y delgado, con el pelo blanco peinado hacia atrás con colonia, un chaleco de punto granate sobre una camisa blanca abrochada hasta arriba, unas gafas de relojero subidas en la frente y, en la mano derecha, una llave de hierro enorme, de las de antes, larga como un antebrazo, con un mango en forma de trébol.
—Don Paco —dijo Samuel.
Le conocía. Se habían saludado muchas veces en los últimos ocho meses, en la acera, entre el andamio y el portal. Paco Ibáñez. Relojero jubilado. Inquilino del cuarto piso del cuarenta y uno desde 1971. Y, desde 1975, el hombre que subía cada lunes y cada jueves a la torre a darle cuerda al reloj.
—¿Tiene usted un minuto? —preguntó don Paco.
—Claro.
—Suba conmigo. Es jueves.
—Es martes, don Paco.
—Hoy es jueves para el reloj. —Don Paco levantó la llave de hierro—. Ayer se adelantó cuatro segundos. Hay que corregirlo. No puede esperar a mañana.
* * *
La escalera de la torre era de caracol, de hierro, estrecha, con ciento doce peldaños que don Paco subió despacio, agarrado a la barandilla con la mano libre, contándolos en voz baja en valenciano.
Samuel subía detrás, con las manos abiertas, sin tocarle.
Arriba había una habitación cuadrada, pequeña, con el suelo de tablones de pino y las paredes de ladrillo, iluminada solo por la luz que entraba a través de la esfera del reloj, blanca y translúcida, como un ojo enorme mirando hacia dentro. En el centro estaba la máquina.
Samuel no la había visto nunca. Se quedó en el último peldaño sin poder moverse.
Era una máquina de hierro y latón del tamaño de una mesa camilla, montada sobre un bastidor de madera de roble, con engranajes de todos los tamaños, ruedas dentadas, ejes, palancas, un péndulo larguísimo que bajaba por un hueco en el suelo hasta el piso de abajo y un tambor con una cadena de la que colgaban dos pesas de plomo.
Todo brillaba. Todo estaba limpio, engrasado, cuidado, con esa limpieza que solo tienen las cosas que alguien quiere mucho.
Y todo hacía un ruido. Tic. Tac. Lento, profundo, como el corazón de un animal grande que duerme.
—Mil novecientos veintiocho —dijo don Paco, metiendo la llave de hierro en un agujero del tambor—. Fabricada en Olot. La encargó el arquitecto del edificio. Quería que el reloj marcara la hora exacta para que la gente del barrio no llegara tarde al tranvía.
Dio vueltas a la llave. Una. Dos. Cinco. Diez. La cadena subió. Las pesas subieron.
—¿Sabe por qué le he subido aquí, señor Vidal?
—No.
—Porque me quieren echar. —Don Paco dejó de dar cuerda.
Se volvió hacia él. Tenía los ojos muy claros, azul agua, y en ellos no había miedo, sino algo más tranquilo y más triste—.
A mí y a los otros seis. A la señora Visitación del segundo, que tiene noventa y uno.
A los Martínez del tercero, que tienen un hijo con discapacidad.
A todos. Nos han mandado una carta. Dicen que el edificio está en ruina.
Que se cae. Que tenemos que irnos antes del verano.
Samuel no dijo nada.
—Pero el edificio no se cae —siguió don Paco, despacio—. Lo sé. Lo sé mejor que nadie. ¿Y sabe por qué?
Señaló el péndulo. El péndulo largo, de latón, que bajaba por el hueco del suelo y se balanceaba de un lado a otro, tic, tac, con una regularidad perfecta.
—Porque si el edificio se moviera, aunque fuera un milímetro, el péndulo lo notaría.
Se adelantaría o se atrasaría. Y yo lo apunto.
Todo. Cada día. Desde 1975. —Don Paco sacó del bolsillo del chaleco una libreta pequeña, de tapas de hule negro, muy gastada—.
Esta es la de este año. Tengo cincuenta y dos más en casa. En una caja de zapatos.
Samuel cogió la libreta. La abrió. Columnas. Fechas. Horas. Segundos de adelanto o de retraso, apuntados a lápiz con una letra pequeña, inclinada, temblorosa en las últimas páginas. 4 abril: +2 s. 7 abril: -1 s. 10 abril: +1 s. Y ayer: +4 s.
—Cuatro segundos —dijo Samuel.
—Cuatro segundos. —Don Paco cogió la libreta—.
Eso es la humedad. Ha llovido el fin de semana.
El latón se dilata. Pasa todas las primaveras.
Pero en cincuenta y dos años nunca, nunca, ha habido una variación que no se explique por el tiempo.
—Le miró—. Este edificio no se ha movido un milímetro desde que yo subo aquí.
Samuel se quedó callado mucho rato. El reloj hacía tic, tac. La luz entraba blanca a través de la esfera.
—¿Por qué me lo cuenta a mí? —preguntó al fin.
—Porque usted mide. —Don Paco se encogió de hombros—.
Le he visto. Desde mi balcón. Subido a su andamio con su nivel y su plomada, mirando nuestra pared.
Tres veces. Y la última vez, mirando la grieta de la fachada con una lupa.
—Hizo una pausa—. Nadie mira las cosas con lupa, señor Vidal, si no sospecha algo.
Samuel tragó saliva.
—La grieta es reciente —dijo—. Y es demasiado recta. Y tiene, en el arranque, junto al alféizar, tres agujeros pequeños. De broca. Del ocho. Tapados con mortero.
Don Paco no se movió.
—Alguien la ha hecho —dijo, en voz muy baja.
—No lo sé.
—Sí lo sabe.
—No tengo pruebas. Tengo una foto con lupa y una sospecha.
—Y yo tengo cincuenta y tres libretas. —Don Paco guardó la libreta en el chaleco—. Juntos tenemos algo más que una sospecha.
Bajaron la escalera de caracol en silencio, ciento doce peldaños, don Paco contándolos en voz baja, Samuel detrás con las manos abiertas. En el rellano del cuarto, junto a la puerta del piso del relojero, don Paco se detuvo.
—Hay una inspectora del ayuntamiento que viene el jueves —dijo—. A mirar el edificio. Para la ruina. Nos lo han dicho en la carta.
—Lo sé.
—¿La conoce?
Samuel tardó un segundo en contestar.
—Sí.
—Se llama Ortuño. Carmen Ortuño. —Don Paco le miró por encima de las gafas de relojero, con sus ojos de agua—. ¿Sabe una cosa? Creo que yo también la conozco.
—¿Usted?
—Hace muchos años. Veinte, por lo menos. —Don Paco sonrió, despacio—. Subió a la torre conmigo. Un domingo. Con un muchacho alto que llevaba un rotulador detrás de la oreja. Estudiantes de arquitectura. Querían ver la máquina. Me pidieron permiso y les dejé.
Samuel se quedó helado en el rellano.
—Usted era el muchacho —dijo don Paco—. Lo sé porque se ha quedado igual de quieto que aquel domingo.
Cuando bajaban, en el peldaño sesenta y tres, se pararon.
Y se dieron un beso. Creían que yo no les veía.
—El relojero abrió la puerta de su piso—.
Lo apunté en la libreta. Esa semana el reloj iba perfecto.
Y entró en casa, y cerró la puerta, y dejó a Samuel Vidal solo en el rellano del cuarto piso de la Finca del Reloj, con el tic, tac de la máquina sonando arriba, muy lejos, como un corazón.