Estado de ruina (Estudio Mediterráneo 3) Capítulo 2 · Custodia compartida
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Capítulo 2 · Custodia compartida

Mies le despertó a las seis y cuarenta con la técnica de siempre: subirse a la cama sin permiso, apoyar los veintiséis kilos de basset hound sobre su estómago y mirarle a la cara desde diez centímetros, con esos ojos caídos de funcionario triste, hasta que Samuel abría los suyos.

—No —dijo Samuel.

Mies no se movió.

—Es martes. Los martes no salimos hasta las siete y media. Lo pone en el acuerdo de custodia. Cláusula cuarta.

Mies bostezó. Le olía el aliento a pienso de salmón y a algo indefinible que Samuel prefería no investigar.

—Vale —dijo Samuel—. Vale. Ya voy.

Era su semana. Las semanas impares, Mies vivía con él en el piso de Russafa, un tercero con balcón a la calle Literato Azorín, con los techos altos, el suelo de baldosa hidráulica que había restaurado él mismo en un verano de insomnio y un sofá de terciopelo verde que había sido de su abuela y que Mies consideraba suyo por derecho de conquista.

Las semanas pares, Mies vivía con Lucía en un ático de la Gran Vía con terraza, sistema de riego automático y un sofá blanco de diseño italiano en el que Mies tenía prohibido subirse.

Samuel sospechaba que por eso volvía a su casa cada quince días con una expresión de alivio infinito.

Bajaron a la calle a las siete menos diez.

Russafa se despertaba despacio: las persianas de los cafés de especialidad todavía bajadas, un camión de reparto descargando cajas de fruta delante del mercado, dos barrenderos con el carro y la radio, una señora mayor en bata regando los geranios de un balcón del primero.

Olía a pan, a la humedad de la noche y a la lejía con que alguien había fregado un portal.

Mies avanzaba con el hocico pegado al suelo, como una aspiradora con orejas, deteniéndose en cada árbol, cada farola, cada esquina, leyendo el periódico del barrio con una concentración absoluta.

Samuel le dejaba hacer. Era lo único del día que no tenía prisa.

Pensó en ella.

No había dejado de pensar en ella desde las nueve menos cuatro de la mañana anterior.

Ni en la obra parada, ni en el contratista que le había llamado once veces, ni en la reunión de socios de los lunes, ni en la cena con Álvaro, Marina, Dani y Júlia en el bar de Toni, durante la cual Pilar le había mirado desde el otro extremo de la mesa con una expresión de satisfacción tan intensa que Samuel había tenido que preguntarle si le pasaba algo.

—Te lo dije en diciembre —había contestado Pilar.

—¿Qué me dijiste?

—Que ya teníamos el siguiente.

—Pilar, me ha paralizado la obra.

—Ya lo sé. —Pilar se había metido una aceituna en la boca—. Así empezó lo de Álvaro también. Con una cláusula. Y lo de Júlia con un techo. Lo tuyo con un andamio. Este estudio es así. Todo el mundo se enamora por culpa de la normativa.

Todo el mundo se había reído. Él también. Pero luego, al llegar a casa, se había quedado un rato sentado en el sofá de terciopelo verde, a oscuras, con Mies roncando a su lado, mirando la pared.

Señora inspectora. Así la había llamado. Con ironía. Con la chaqueta puesta. Porque si no la llamaba así, la habría llamado Carmen, a secas, como la llamaba a los veintidós años, y no sabía qué habría pasado entonces.

Dieciséis años.

Ella seguía teniendo la misma manera de mirar los planos.

Se había dado cuenta enseguida. Inclinando un poco la cabeza a la izquierda, entornando los ojos, como si estuviera leyendo algo escrito en letra muy pequeña.

La misma manera de pasar las hojas, desde la esquina inferior, con el índice y el pulgar.

La misma manera de decir «no» sin levantar la voz, como quien cierra una puerta que ya estaba cerrada.

Llevaba el pelo más corto. Tenía una arruga nueva entre las cejas. Y tenía, en la muñeca izquierda, el mismo reloj. Un reloj de pulsera de esfera pequeña, con correa de piel marrón, que había sido de su padre.

Samuel se había fijado en el reloj y se le había hecho un nudo en el estómago.

Porque recordaba el día en que ella empezó a llevarlo.

Recordaba el entierro. Recordaba la iglesia de Benimaclet llena, y a Carmen en primera fila, con veinticuatro años, con un vestido negro que le quedaba grande, sin llorar.

Recordaba que no lloró en todo el día. Que lloró a las tres de la madrugada en la cama de él, en el piso de estudiantes de la calle Blasco Ibáñez, en silencio, con la cara contra su pecho, durante una hora.

Recordaba que, tres semanas después, él le dijo que le habían ofrecido un trabajo en Barcelona.

Mies tiró de la correa hacia un árbol. Samuel le dejó.

El estudio, a las ocho y media, olía a café y a tostadas.

Pilar había decidido esa primavera que el estudio necesitaba desayunar y había instalado en la cocina una tostadora industrial que hacía seis tostadas a la vez y un tarro de tomate rallado que nadie sabía de dónde salía pero que siempre estaba lleno.

Samuel entró con Mies, que fue directo a la cocina a pedirle una tostada a Pilar con la técnica de los ojos tristes, y él fue directo a su mesa.

Júlia le miró desde la suya. Llevaba un lápiz en el pelo y una expresión que Samuel conocía porque la había visto en la cara de Álvaro en otoño y en la de Marina en diciembre: la expresión de quien se ha enamorado hace poco y piensa que todo el mundo debería hacer lo mismo.

—¿Qué tal ayer? —preguntó Júlia.

—Me paralizó la obra.

—Eso ya lo sé. Te pregunto qué tal ayer.

Samuel se sentó. Encendió el ordenador.

—Lleva gafas —dijo Júlia.

—¿Quién?

—Tú. Ahora. Te las has puesto para no mirarme.

—Las llevo desde los treinta y ocho.

—Pero hoy te las has puesto para no mirarme. —Júlia sonrió—. Dani dice que tienes la misma cara que tenía él cuando le preguntaban por Madrid.

—Dani habla demasiado.

—Dani habla con las persianas. Contigo, poco. Por eso cuando dice algo de ti, es verdad.

Samuel no contestó. Abrió el correo. Doce mensajes del contratista, Ximo Gimeno, cada uno con más signos de exclamación que el anterior.

Uno de la comunidad de propietarios de la calle Sueca, treinta y tres, preguntando con mucha educación si la obra se había parado y por qué.

Uno de Lucía, con el asunto Mies — pienso , recordándole que el veterinario había dicho que el perro tenía que bajar dos kilos y que dejara de darle tostadas, porque sabía perfectamente que le daba tostadas.

Miró hacia la cocina. Mies estaba sentado delante de Pilar, con los ojos de funcionario triste, y Pilar le estaba untando tomate en una tostada.

No dijo nada. Cerró el correo.

Álvaro salió de su despacho. Le miró desde la puerta.

Álvaro y él se conocían desde hacía diez años, desde que Samuel volvió de Barcelona con una maleta, una mujer abogada que había pedido el traslado a Valencia y ganas de empezar de cero, y entró en el estudio de Ramón Casal pidiendo trabajo de lo que fuera.

Álvaro tenía entonces veintisiete y él treinta y dos, y se habían caído bien desde el primer día por la razón más absurda del mundo: los dos odiaban el mismo programa de cálculo de estructuras.

—¿Necesitas algo? —preguntó Álvaro.

—Una licencia de ocupación de vía pública.

—Eso se pide en la ventanilla cuatro.

—Ya lo sé. La pedí ayer.

—Entonces no necesitas nada.

—No.

Álvaro le miró un momento más, con esa expresión suya de leer una hoja de cálculo. Luego asintió.

—Si necesitas algo —dijo—, lo dices en voz alta. Es la cláusula séptima.

—Yo no tengo cláusula séptima.

—Todos tenemos cláusula séptima en este estudio —dijo Álvaro—. Desde diciembre.

Y volvió a su despacho.

*  *  *

A las once, Samuel fue a la obra.

La calle Sueca era una de las arterias de Russafa, una calle larga y estrecha que bajaba desde la Gran Vía hacia la avenida del Puerto, con edificios de cinco y seis plantas de principios del siglo veinte, fachadas de colores apagados, balcones de forja llenos de plantas y bicicletas, y bajos ocupados por cafeterías de especialidad, librerías, una tienda de discos de vinilo, dos peluquerías de diseño y, entre ellas, aguantando como podían, una mercería, un horno de leña y una ferretería que llevaba allí desde 1952.

El treinta y tres estaba envuelto en lona verde hasta el cuarto piso. El andamio ocupaba la acera, como había dicho ella: dos metros y diez centímetros. Samuel lo midió con los ojos y supo que había dicho la verdad. Carmen no decía nunca nada que no fuera verdad.

Ximo Gimeno, el contratista, le esperaba en la puerta con los brazos cruzados y la cara de un hombre que lleva cuatro días sin poder facturar.

—¿Y bien?

—Una semana.

—¡Una semana! —Ximo levantó los brazos al cielo—. ¡Una semana por un andamio! ¡Llevamos ocho meses con el andamio! ¡Nadie ha dicho nada en ocho meses!

—Ya lo sé.

—¿Y por qué ahora?

Samuel miró hacia la esquina. Hacia el número cuarenta y uno. Hacia la Finca del Reloj.

Estaba allí, pared con pared, como siempre.

Cinco plantas de ladrillo rojo oscuro y piedra artificial color crema, con sus miradores de hierro y madera en las esquinas, sus balcones con barandillas de forja en forma de olas y, en lo alto, la torre.

Una torre cuadrada, pequeña, con un tejadillo a cuatro aguas de teja vidriada verde y, en la cara que daba a la calle Sueca, el reloj.

Una esfera blanca de un metro de diámetro, con números romanos negros y dos agujas de hierro forjado terminadas en punta de flecha.

Marcaba las once y cuatro minutos. Samuel miró su móvil. Las once y cuatro.

Llevaba casi cien años dando la hora exacta.

Samuel conocía ese edificio. Lo había medido tres veces en los últimos dos meses, desde su propia obra, con un nivel láser y una plomada, porque los micropilotes del treinta y tres iban justo en la medianera que compartían y quería asegurarse de que no le hacían nada.

No le hacían nada. La medianera del cuarenta y uno estaba perfectamente vertical.

Como una regla. Como si la hubieran construido ayer.