Capítulo 1 · Lunes, 900 #2
—Bien, bien. —Coll se sentó. Abrió una carpeta.
Su despacho era el doble que el de ella, con una ventana que daba a los jardines del Turia, una mesa de madera de verdad y, en la pared, una lámina enmarcada de la Lonja de la Seda que le había regalado un concejal—.
Te he llamado por un expediente que necesito cerrar esta semana.
Uno delicado. Y he pensado en ti porque eres la más rigurosa del servicio. Lo digo siempre. La más rigurosa.
Carmen no dijo nada. Coll decía eso cuando necesitaba que alguien firmara algo que él no quería firmar.
—Calle Sueca, cuarenta y uno —dijo Coll, girando la carpeta hacia ella—. La Finca del Reloj. ¿La conoces?
Carmen la conocía. Todo el que había estudiado Arquitectura en Valencia la conocía.
Era un edificio de cinco plantas de 1928, en la esquina de la calle Sueca con la calle Cádiz, en pleno Russafa, con una fachada de ladrillo y piedra artificial, miradores de hierro y madera en las esquinas y, en lo alto, una pequeña torre con un reloj de esfera blanca que llevaba casi cien años dando la hora a todo el barrio.
En la Escuela lo ponían como ejemplo de la transición entre el modernismo tardío y el racionalismo.
A Carmen le había gustado siempre el reloj.
Le gustaba que siguiera funcionando. Le parecía una forma de cabezonería admirable.
Estaba en el número cuarenta y uno de la calle Sueca.
Pared con pared con el número treinta y tres. Con la obra de Samuel.
—La conozco —dijo.
—Bien, bien. Pues tenemos una solicitud de declaración de ruina.
Presentada por la propiedad hace tres semanas, con informe técnico de parte.
—Coll pasó unas hojas—. Grietas en la fachada principal, desplomes en la medianera norte, pérdida de capacidad portante en forjados.
El técnico de la propiedad concluye que la rehabilitación supera el cincuenta por ciento del valor del edificio.
Ruina económica. Y probablemente técnica.
—¿Quién es la propiedad?
—Una sociedad. Turia Capital. Compraron el edificio el año pasado a los herederos del antiguo dueño.
—¿Está habitado?
Coll tardó un segundo en contestar. Un segundo de más.
—Parcialmente. Siete viviendas de las veinte. Inquilinos de renta antigua. Gente mayor, la mayoría.
Carmen se quedó quieta.
Renta antigua. Contratos anteriores a 1985, que no se podían rescindir mientras el inquilino viviera, con alquileres de cien, ciento cincuenta euros al mes, en un barrio donde un estudio de treinta metros costaba ya ochocientos.
La única manera legal de sacar a un inquilino de renta antigua de su casa era que la casa dejara de existir.
Que se cayera. O que alguien con una firma oficial dijera que se iba a caer.
—Necesito que hagas la inspección esta semana —siguió Coll, con su voz de radio—. Y el informe municipal el viernes. Con la declaración de ruina, si procede. Que procede, Carmen, que procede. He visto las fotos del técnico de parte. Ese edificio no aguanta otro invierno.
—Estamos en abril.
—No aguanta otro verano, entonces. —Coll sonrió—. El viernes, Carmen. ¿Te parece bien?
Carmen miró la carpeta. Las fotos del técnico de parte estaban grapadas en la primera página: grietas en diagonal en la fachada de ladrillo, una mancha de humedad en un techo, una viga con la cabeza ennegrecida.
Eran fotos buenas. Demasiado buenas. Con una luz perfecta, de lado, que hacía que cada grieta pareciera un barranco.
—El viernes es muy poco tiempo para una ruina —dijo.
—Es el tiempo que tenemos. La propiedad tiene prisa. Y el concejal también. —Coll cerró la carpeta y se la tendió—. Ya sabes cómo es esto. Si no lo firmas tú, lo firmará Ferrandis. Y Ferrandis no va a mirar nada. Prefiero que lo mires tú.
Carmen cogió la carpeta. Pesaba poco. Pesaba muchísimo.
—Una cosa más —dijo, ya en la puerta.
—Dime, Carmen, dime.
—El expediente de la calle Sueca, treinta y tres. La obra de rehabilitación de fachada. El que me asignaste el jueves.
—Ah, sí. El del andamio. ¿Ya lo has visto?
—Lo he paralizado esta mañana.
Coll levantó las cejas. Luego sonrió. Una sonrisa amplia, satisfecha, de alguien que ha recibido una buena noticia.
—Bien hecho, Carmen. Bien hecho. Esa obra está pegada a la Finca del Reloj. Con micropilotes, ¿verdad? Las vibraciones de una obra así pueden haber afectado al edificio de al lado. Eso hay que tenerlo en cuenta en tu informe.
Carmen se quedó en el umbral, con la carpeta en la mano.
Y entendió, de golpe, con una nitidez que le dio frío en la nuca, por qué le habían asignado el expediente de la calle Sueca el jueves pasado. Por qué a ella, y no a Ferrandis. Por qué con tanta prisa.
—Lo tendré en cuenta —dijo.
Y salió del despacho de Bernabé Coll sin cerrar la puerta.
* * *
Esa noche, en su piso de Benimaclet, un tercero sin ascensor con un balcón lleno de geranios que regaba con una disciplina militar, Carmen se sentó en el suelo del salón con la carpeta de la Finca del Reloj abierta sobre la alfombra y Kafka, su tortuga mediterránea de veintitrés años, mordisqueando una hoja de lechuga junto a su rodilla.
Leyó el informe de parte entero. Dos veces. Era un informe correcto en la forma. Firmado por un ingeniero de Madrid que no conocía. Fotos, mediciones, un cálculo de valoración que daba un cincuenta y tres por ciento. Tres puntos por encima del límite. Exactamente lo justo.
Le pareció demasiado justo.
Luego, sin poder evitarlo, abrió la otra carpeta. La azul. La que Samuel le había dejado esa mañana con el anexo de la calle Sueca, treinta y tres.
Pasó las hojas despacio. El cálculo. Los planos. Los micropilotes en la medianera sur. La medianera sur del treinta y tres era la medianera norte del cuarenta y uno. La de la Finca del Reloj. La que, según el informe de parte, tenía desplomes.
En el último plano, en la esquina inferior derecha, junto al cajetín, había algo que no había visto por la mañana. Una nota a lápiz, pequeña, con la letra de Samuel. No era una cota. No era una especificación técnica.
Ojo: la medianera del 41 no se mueve. La he medido 3 veces. Alguien quiere que parezca que sí.
Y debajo, la flechita con un círculo en la punta.
Carmen se quedó mirando la nota durante mucho tiempo. Kafka terminó la lechuga y se retiró hacia debajo del sofá con la lentitud de un trámite administrativo.
Luego cogió el móvil. Buscó en contactos un nombre que llevaba dieciséis años sin borrar, por pereza, se decía, por desidia, por no tener que tomar la decisión de borrarlo.
Samu. Así, en diminutivo, como lo había guardado a los veintidós años, en un Nokia que ya no existía, y que había ido pasando de un teléfono a otro sin que ella lo tocara.
No lo llamó. Se quedó mirando el nombre en la pantalla hasta que la pantalla se apagó.
Esa noche no durmió. A las tres de la madrugada seguía sentada en el suelo del salón, con la nota de lápiz en una mano y el informe de parte en la otra, pensando en un reloj de esfera blanca en lo alto de una torre de Russafa que llevaba casi cien años dando la hora a un barrio entero.
Y en lo fácil que sería pararlo con una firma.