Estado de ruina (Estudio Mediterráneo 3) Capítulo 1 · Lunes, 900
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Estado de ruina (Estudio Mediterráneo 3)

Estado de ruina (Estudio Mediterráneo 3)

Por Soul Segura

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Capítulo 1 · Lunes, 900

Samuel Vidal llegó a las nueve menos cuatro.

Carmen Ortuño lo supo porque lo estaba esperando desde las ocho y media, sentada en su despacho del tercer piso del edificio de Urbanismo, en la avenida de Aragón, con la puerta entornada, el café de máquina enfriándose junto al teclado y el expediente de la calle Sueca, número treinta y tres, abierto sobre la mesa por la página que no le gustaba.

Lo supo porque oyó sus pasos en el pasillo.

No los había oído en dieciséis años y los reconoció a la primera, como se reconoce una canción que uno juró no volver a escuchar: largos, un poco desiguales, con el talón derecho pisando más fuerte que el izquierdo, por una rodilla que se torció jugando a fútbol en la explanada de la Escuela en el segundo año de carrera.

Se odió un poco por saber eso. Siguió mirando el expediente.

Él llamó a la puerta con los nudillos, dos golpes, aunque estaba abierta.

—Adelante.

Samuel entró. Traía una carpeta azul bajo el brazo, una camisa blanca un poco arrugada, unas gafas de pasta que no llevaba hace dieciséis años y un rotulador detrás de la oreja que sí llevaba.

Se quedó un segundo en el umbral, mirando el despacho: la mesa de formica gris, el archivador metálico, la ventana con vistas al aparcamiento, el ficus de plástico que alguien había dejado allí en 2011 y que nadie se atrevía a tirar, el calendario de la Junta Central Fallera todavía en marzo.

Luego la miró a ella.

—Buenos días, señora inspectora.

—Buenos días, señor Vidal. Siéntese.

Él se sentó. En la silla de las visitas, la que cojeaba. Carmen la había puesto allí a propósito hacía años, para que las reuniones con los promotores fueran cortas. Samuel la notó cojear, la equilibró con el pie sin mirarla, se cruzó de piernas y dejó la carpeta azul sobre la mesa.

—El anexo —dijo.

—El anexo.

—Refuerzo de fachada mediante micropilotes en la medianera sur y atado de forjados con perfiles metálicos.

Presentado el doce de febrero por registro electrónico, número de entrada dos-cero-dos-siete barra cero-cero-cuatro-uno-ocho-nueve.

—Samuel empujó la carpeta hacia ella con dos dedos—.

Lo tienen ustedes. En algún cajón. En algún servidor. En algún sitio. Yo lo tengo aquí.

Carmen abrió la carpeta. Pasó las hojas.

Era un buen anexo. Era, de hecho, un anexo excelente: cálculo limpio, planos claros, una memoria escrita con la precisión de alguien que sabe que la van a leer con lupa.

Le reconoció la letra en las cotas a mano.

Le reconoció la manía de subrayar dos veces las cargas puntuales.

Le reconoció una pequeña flecha dibujada en el margen de un plano, con un círculo en la punta, que él dibujaba ya en primero, en las láminas de Dibujo Técnico, y que ella le había dicho mil veces que no era normativa.

Seguía sin ser normativa.

—Está bien —dijo.

—Gracias.

—El anexo está bien. Lo tramitaré hoy. Se lo incorporarán al expediente esta semana.

—Entonces levanta la paralización.

—No.

Samuel no se movió. Pero Carmen vio cómo la sonrisa, la sonrisa ancha, fácil, irónica, la que él se ponía como quien se pone una chaqueta, se le quedaba un momento quieta en la cara, sin terminar de irse ni de quedarse.

—¿No? —repitió.

—Su andamio ocupa la acera de la calle Sueca. Dos metros y diez centímetros de vía pública. —Carmen pasó a la página que no le gustaba y la giró hacia él—. La licencia de ocupación venció el veintiocho de febrero. No hay renovación.

Samuel miró la página. La miró mucho rato. Carmen le vio hacer el gesto que hacía cuando algo le pillaba por sorpresa: llevarse la mano a la oreja, coger el rotulador y no hacer nada con él.

—Eso lo lleva el contratista —dijo.

—El contratista trabaja para su obra. Usted es el director.

—Eso es una multa. No es una paralización.

—Una ocupación de vía pública sin licencia en una obra con anexo estructural pendiente de incorporar es una paralización. —Carmen se echó hacia atrás en la silla—. Artículo doscientos cincuenta y tres de la ley de ordenación del territorio. Puedo leérselo.

—Me lo sé.

—Entonces no hace falta.

Samuel dejó el rotulador sobre la mesa. Despacio. Junto a la carpeta azul.

—Carmen.

—Señora Ortuño.

—Carmen —repitió él, sin hacer caso—. Tengo doce propietarios en ese edificio, la mitad jubilados, que llevan dos años esperando a que les arregle la fachada para que no se les caiga un trozo de cornisa en la cabeza a un niño.

Tengo una cuadrilla de seis albañiles parados desde el viernes.

Tengo un contratista que me llama cada dos horas.

Y tengo, según parece, una inspectora que me paraliza la obra por un andamio.

—Por un andamio sin licencia.

—Por un andamio que lleva allí ocho meses sin que nadie haya dicho nada.

—Yo lo he dicho.

—¿Por qué ahora?

Carmen sostuvo la mirada. Detrás de las gafas de pasta, los ojos de Samuel eran los mismos. Castaños, con una mancha verde en el izquierdo, cerca de la pupila, que solo se veía con la luz de la mañana. Ella lo sabía porque la había visto muchas mañanas. En otra vida.

—Porque es mi trabajo —dijo.

—¿Y antes no lo era?

—Antes no era mi expediente. Me lo asignaron el jueves pasado.

—¿Quién?

—Mi jefe de servicio.

—¿Por qué?

Carmen no contestó. Cerró la carpeta azul. La dejó encima del expediente.

—Renueve la licencia de ocupación —dijo—. Se tramita en la planta baja, ventanilla cuatro. Si la presenta hoy, la tendrá en cinco días hábiles. El lunes que viene levanto la paralización.

—Una semana.

—Una semana.

—Una semana con seis albañiles parados.

—Lo siento.

—No lo sientes.

—No —admitió ella—. No mucho.

Samuel se la quedó mirando. Y luego, por primera vez desde que había entrado en el despacho, se rio. No era la risa de la chaqueta. Era otra, más baja, más vieja, que le salía por la nariz y que ella también recordaba.

—Sigues igual —dijo.

—Usted no.

—¿Por qué lo dices?

—Lleva gafas.

—Llevo gafas desde los treinta y ocho. Presbicia. —Samuel se las quitó, las miró como si fueran un objeto ajeno y se las volvió a poner—. Es lo que tiene la vida. Te va quitando cosas.

—Y te pone otras.

—Y te pone otras —asintió él—. Gafas. Hipotecas. Perros.

Carmen no preguntó por el perro. Se mordió la lengua para no preguntar por el perro.

Lo sabía, por supuesto. Lo sabía todo el mundo en el colegio de arquitectos, porque Valencia era una ciudad grande que funcionaba como un pueblo pequeño: que Samuel Vidal se había divorciado hacía dos años de una abogada de Barcelona que se llamaba Lucía, que había vuelto a vivir solo en un piso de Russafa y que compartía la custodia de un basset hound con ella, semana sí, semana no.

Lo sabía porque se lo había contado, en una cena de Navidad del departamento, una compañera que no sabía que ella había conocido a Samuel Vidal.

Y lo sabía porque, después de esa cena, había llegado a casa y se había quedado media hora sentada en el sofá, a oscuras, con el abrigo puesto.

—Le espero el lunes —dijo—. Con la licencia.

Samuel se levantó. Equilibró la silla coja con la mano antes de soltarla, como quien deja un mueble en su sitio. Recogió el rotulador de la mesa y se lo puso otra vez detrás de la oreja.

En la puerta se volvió.

—¿Te acuerdas de Teoría de las Estructuras? —preguntó—. ¿De Benlliure?

Carmen no contestó.

—Decía que una viga que nunca ha fallado no es una viga segura —siguió él—. Es una viga a la que nadie le ha pedido nada.

—Benlliure suspendía al sesenta por ciento.

—A ti te puso matrícula.

—Y a ti un cuatro coma ocho.

—Y luego me lo subió a cinco porque le caías bien tú. —Samuel sonrió con media cara—. Lo dijo en la revisión. «Aprobado por la influencia de la señorita Ortuño».

Carmen sintió que algo se le movía dentro, en algún sitio antiguo, cerrado, como una puerta que lleva años sin abrirse y cruje.

—Buenos días, señor Vidal —dijo.

—Buenos días, señora inspectora.

Y se fue. Carmen oyó sus pasos en el pasillo, el talón derecho más fuerte que el izquierdo, hasta que se los tragó el ascensor.

Se quedó un rato quieta. Luego cogió el café de máquina, que estaba frío, y se lo bebió de un trago, como una medicina.

No sabía por qué había hecho eso.

Lo sabía. Claro que lo sabía. La ocupación de vía pública era real.

El andamio no tenía licencia. Lo que había dicho estaba en la ley, palabra por palabra, artículo por artículo.

No había mentido. Nunca mentía. Era lo único de su vida que tenía claro desde los veinticinco años: no mentir, no saltarse una norma, no hacer excepciones.

Porque las excepciones eran puertas abiertas, y por las puertas abiertas la gente se iba.

Pero también sabía que el andamio de la calle Sueca llevaba ocho meses en la acera y que, si el expediente hubiera seguido en manos de Ferrandis, su compañero de la mesa de al lado, nadie habría dicho nada. Ferrandis no miraba los andamios. Ferrandis miraba el reloj.

Y sabía, sobre todo, que no había paralizado la obra por el andamio.

La había paralizado porque no sabía qué otra cosa hacer con Samuel Vidal entrando por la puerta de su despacho después de dieciséis años.

Se pasó las manos por la cara. Respiró hondo. Abrió el correo, por hacer algo. Tenía cuarenta y dos mensajes sin leer. El primero era de Bernabé Coll.

Carmen: pásate por mi despacho a las diez. Es urgente. B.

*  *  *

Bernabé Coll era jefe del Servicio de Inspección Urbanística desde hacía nueve años, y en nueve años Carmen no le había visto nunca sin corbata, sin una sonrisa amable y sin un bolígrafo Montblanc en el bolsillo de la americana que, según él, le había regalado su suegro cuando aprobó las oposiciones.

Tenía cincuenta y seis años, el pelo gris peinado con raya, una voz suave de locutor de radio y la costumbre de llamar a todo el mundo por su nombre de pila dos veces en cada frase, como quien acaricia a un perro.

—Carmen, Carmen —dijo, levantándose cuando ella entró—. Siéntate, por favor. ¿Un café? ¿Agua?

—No, gracias.