Epílogo · Nadie llegó tarde #2
—Bueno. Me parece que ya está. Me ahorro el discurso.
No se lo ahorró. Pilar no le dejó.
* * *
El discurso de Ramón Casal duró seis minutos.
Carmen no recordaría después casi nada de lo que dijo.
Recordaría el tono. La voz lenta, torcida en las eses, de un hombre de setenta y dos años que había aprendido a abrocharse siete botones con una sola mano.
Recordaría que habló de arcos y de claves.
De que una clave no sujeta nada sola, sino porque las otras piedras la empujan desde los lados.
De que su hijo se había pasado la vida sujetando las cosas con las manos y por fin había aprendido a dejar que le sujetaran a él.
De que Marina dibujaba lo que cede. De un dibujo de una escalera de piedra de tres tramos que su hijo le había enseñado un domingo de octubre, en la terraza de su casa de Alboraia, a diez minutos de allí, sin saber que estaba enseñándole a la mujer con la que se iba a casar.
Y recordaría el final. Cuando Ramón cerró la carpeta, se apoyó en el bastón y se volvió hacia la primera fila. Hacia Pilar.
—Pilar —dijo—. Hace nueve meses, en la azotea del estudio, el día que abrió el hotel del Rosario, te aposté diez euros a que habría boda.
Pilar se abanicó.
—Y yo no acepté —dijo—. Dije que sería robarte.
—No aceptaste.
—Por eso no te debo nada.
—No me debes nada —asintió Ramón—. Pero quiero que conste. —Se volvió hacia el público, hacia las sillas blancas, hacia la parra—. Que conste que yo lo dije.
La alquería entera estalló en un aplauso. Pilar se levantó, se acercó a la parra, sacó un billete de diez euros del bolso y se lo metió a Ramón en el bolsillo de la camisa, junto al corazón.
—Por si acaso —dijo.
Bailaron hasta la una de la madrugada en el patio de la alquería, bajo unas guirnaldas de luces que Pau había colgado de la parra y del pozo y de la noria cegada, con una banda de música de Alboraia que tocaba pasodobles, boleros y, cuando Neus se lo pidió, algo electrónico que el fagotista de Berlín bailó solo, con los ojos cerrados, en un rincón.
Dani y Júlia bailaron pasodoble. Mal. Muy mal.
Ella se reía con la cabeza echada hacia atrás y él la miraba como se mira una ventana con luz rasante.
Pau bailó con Quique, que había venido con sus padres y con la señora Visitación en su silla de ruedas, a la que Pau sacó a bailar también, girando la silla en círculos lentos mientras la anciana se reía como una niña.
Vicent bailó con su mujer, que era una bailarina extraordinaria y que le dirigió durante cuatro canciones sin que él se diera cuenta.
Toni bailó con Pilar. Teresa Roca bailó con Josep Ferrer un vals que no era vals, y Josep, por primera vez en su vida, según su hija, se equivocó en un paso y no levantó acta.
Lucía llegó a las nueve, con Mies. No estaba invitada.
Elena Boix la vio llegar en la puerta, le preguntó quién era, y Lucía contestó «la exmujer del de las gafas y la madre del perro gordo», y Elena se rio por primera vez en toda la tarde y le puso una copa de cava en la mano.
Mies cruzó el patio en línea recta, esquivó a tres parejas bailando, llegó hasta Carmen y se sentó encima de sus zapatos.
Carmen bailó con Samuel a las doce y siete.
No lo planearon. La banda empezó a tocar un pasodoble y él le tendió la mano y ella la cogió.
Y bailaron. Mal. Él le pisó un pie dos veces.
Ella le corrigió el paso tres. Se rieron.
Y en mitad del pasodoble, sin dejar de bailar, ella metió la mano en el bolsillo del vestido —un vestido amarillo, de lino, sin mangas, el mismo de la Estació del Nord— y sacó el reloj de su padre.
Lo miró. Las agujas seguían quietas. Las doce y siete.
—Es la hora —dijo.
Samuel miró el reloj. Luego el suyo. Las doce y siete.
—Es la hora —repitió.
Carmen guardó el reloj. Le apoyó la cabeza en el hombro. Siguieron bailando.
* * *
A la una, cuando la banda recogía y la mitad de los invitados se habían ido y la otra mitad estaba sentada en las sillas blancas bajo la parra, descalza, con los zapatos en la mano y las guirnaldas de luces parpadeando, Carmen se apartó un momento y se quedó junto al pozo cegado, sola, mirando la alquería.
Miró a todos. Uno por uno. De izquierda a derecha. Como miraba una fachada al llegar a una inspección.
Marina y Álvaro, sentados en el borde del pozo, ella con la cabeza en el hombro de él y los pies descalzos colgando, él con la corbata deshecha, mirándola dormir.
Júlia y Dani en dos sillas juntas, ella con la agenda abierta sobre las rodillas, escribiendo algo, y él leyendo por encima de su hombro y riéndose.
Ramón y Pilar jugando al dominó sobre una caja de fruta, a la luz de una guirnalda, acusándose mutuamente de hacer trampas.
Pepa Ortuño y Amparo Lluch, sentadas en un banco de piedra, compartiendo una botella de mistela y hablando de telas y de rejas.
Pau dormido en una tumbona con el casco de purpurina sobre el pecho, que se había vuelto a poner a las once.
Don Paco, en su silla de enea, con la llave de hierro en la mano y la libreta de hule negro abierta sobre las rodillas, apuntando algo.
Y Samuel, junto a la parra, con Mies a sus pies y Bruja en el regazo —Bruja, que no se sentaba en el regazo de nadie más que en el de Ramón—, mirándola.
Carmen pensó en un andén. En seis trenes. En un vestido amarillo y un bocadillo de tortilla y una hoja de agenda arrancada y guardada dieciséis años en un cajón por una soldadora que sabía que las piezas que fallan se guardan para saber por qué fallaron.
Pensó en una regla que se había puesto a los veinticinco años: no esperar a nadie. Cumplir todas las normas. Así nadie te deja en un andén.
Pensó en su madre diciendo tampoco ha venido nadie .
Y pensó que esa noche, en una alquería de Alboraia, bajo una parra, había venido todo el mundo.
Nadie había llegado tarde. Ni siquiera ella.
Don Paco levantó la vista de la libreta. La vio junto al pozo. Le hizo un gesto con la mano para que se acercara. Carmen se acercó. El relojero le enseñó la libreta. A la luz de las guirnaldas, con su letra pequeña y temblorosa, había escrito:
25 de septiembre. Boda en la Alqueria del Pi. Todos a su hora. El reloj de la Sueca, +1 s. El de la chica, parado en las 12:07. No hace falta arreglarlo.
Carmen leyó la línea dos veces. Luego cerró la libreta con cuidado, se la devolvió al relojero y se fue hacia la parra, despacio, descalza, con los zapatos en la mano, hacia el hombre que la esperaba con un perro a los pies y una gata en el regazo.
No llegó tarde. Tampoco antes.
Llegó a su hora.
FIN