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A las seis y veintitrés meto tres camisetas en una mochila para pasar dos noches en casa de mi madre y Lúa roba un calcetín.

No necesito más diagnóstico.

—Suéltalo.

Retrocede con la cola en movimiento. Sobre la cama hay ropa suficiente para cuarenta y ocho horas a quince minutos de mi piso, aunque no existe ningún motivo práctico para irme. El hombro está mejor. Trabajo hoy y después libro. Precisamente por eso había escrito a mi madre anoche.

La habitación sigue existiendo. Trae pan, respondió.

Lo que quería evitar no era la casa. Eran dos días vacíos.

Lúa cambia el calcetín por una golosina sin conflicto moral. Yo lo recojo, descubro que está empapado de saliva y lo mando a la lavadora. La mochila se queda abierta.

Mi teléfono está en el recibidor. No necesito encenderlo para recordar el mensaje de Dani:

Quiero hablar contigo de anoche. No solo explicarte el beso. También mi parte.

Después:

No voy a aparecer en tu trabajo ni a buscarte por ahí. Cuando estés dispuesto a escucharme, dime dónde. Si necesitas más tiempo, lo respeto.

No ha vuelto a escribir.

Pedí distancia. Me la ha dado. Resulta bastante irritante comprobar que alguien respeta exactamente el límite que le pusiste cuando una parte de ti esperaba que adivinara otro.

Me visto y salgo.

El turno ayuda porque obliga a preguntar antes de decidir. Quién estaba dónde. Qué ocurrió. Qué vio cada uno. Comprobar antes de cerrar una versión.

La ironía me acompaña hasta que Javier me entrega un café a media mañana.

—Este es el tuyo.

—No te lo he pedido.

—He comprado dos.

Lo acepto. Cinco minutos después pregunta si sigo cubriendo el miércoles.

Me acuerdo entonces de que, a las dos de la madrugada del sábado, ofrecí coger el turno libre de Salva. Una solución impecable: si lleno también el miércoles, casi no queda tiempo para pensar.

—Pensaba que librabas —dice Javier.

—Libraba.

—Vale.

No me interpreta. Eso hace que me oiga mejor.

Durante el descanso compruebo el cuadrante y mando al grupo:

Al final no puedo coger el miércoles. Perdón.

Salva responde que ya está cubierto.

Ni siquiera el trabajo necesitaba mi huida.

A las cinco y cuarenta vuelvo a casa. Saco a Lúa por calles normales porque el Turia, la Alameda, Cabanyal y medio Valencia empiezan a tener recuerdos asociados a Dani y me gustaría conservar al menos algún contenedor sin carga emocional.

Mientras Lúa investiga un árbol, abro otra vez su mensaje.

No solo explicarte el beso. También mi parte.

Podría haber escrito únicamente que Marcos lo besó y que él lo apartó. Habría sido verdad. También me habría dejado como único responsable.

No lo hizo.

Yo sí sé cuál fue mi parte.

Vi la boca de Marcos sobre la suya. También vi a Dani empujarlo. Y aun así, en un segundo, reuní todo lo anterior: Marcos ocupando espacio durante años, Dani llamándonos «esto», «vernos», «ha venido conmigo», el miedo a quedarme esperando mientras otro hombre terminaba de decidir.

No necesitaba más información porque la imagen me entregaba exactamente la historia que ya temía.

Por eso me fui.

No porque no hubiera visto suficiente.

Porque vi suficiente para poder dejar de preguntar.

Escribo:

Hoy. Ocho. En casa, si puedes.

Dani responde en menos de medio minuto:

Puedo. A las ocho estoy.

Cancelo también la expedición a casa de mi madre.

Al final duermo en casa.

Carmen contesta:

Vale. El pan ya lo he comprado yo.

Y después:

El táper sigue siendo tuyo.

A las siete y cincuenta y siete suena el timbre. Dani llega sin flores, comida ni documentos de defensa. Solo él.

Lúa se cuela entre mis piernas y se lanza a saludarlo.

—Esto sí lo he echado de menos —dice, agachado junto a ella. Al levantar la cabeza añade—: A ella. No exclusivamente.

Le dejo pasar.

Se quita la chaqueta y, por primera vez desde que empezó a entrar en esta casa, espera hasta que le indico dónde dejarla. Ese cuidado me molesta más que si invadiera el sofá.

Nos sentamos con agua. Yo en un extremo, él en el otro.

—Por el beso —digo.

Dani asiente.

—Marcos me besó. No sabía que iba a hacerlo, no lo quería y lo aparté.

—Lo vi.

Se queda inmóvil.

—¿Viste que lo apartaba?

—Sí.

Se levanta y da dos pasos antes de volverse.

—Entonces llevo dos días pensando que quizá viste solo una parte y tú viste esa.

—Sí.

—Y te fuiste igual.

No tengo una versión mejor.

—Sí.

La rabia le entra despacio.

—Explícamelo tú primero.

Miro el vaso.

—Vi una situación que reconocí. No a Marcos. El sitio en el que pensé que estaba yo.

—¿Esperando a que eligiera?

—Sí.

—Yo no estaba eligiendo entre vosotros.

—Ahora lo sé.

—Podías haberlo sabido aquella noche.

Eso duele porque no necesita elevar la voz.

—Sí.

Dani vuelve al sofá, algo más cerca.

—Mi parte existe —dice—. Durante semanas fui cobarde contigo cuando Marcos estaba delante. «Nos estamos viendo», «esto», «ha venido conmigo». Eran verdades que me permitían no mentir y tampoco arriesgarme a llamarte algo que tú pudieras rechazar.

No había pensado en esa posibilidad. Mi versión siempre me colocaba esperando a que él terminara de decidir sobre Marcos. Nunca contemplé que Dani también pudiera estar esperando una respuesta mía.

—Ayer hablé con Marcos —continúa—. Sobrios. Le dije que el beso no puede volver a ocurrir. Seguiremos trabajando juntos y probablemente seguiremos siendo amigos, pero ya no tiene acceso automático a mí. Y no vuelvo a mediar entre él y Víctor.

No me lo presenta como una demostración. Son decisiones ya tomadas.

—Víctor se va del piso a final de mes —añade—. Lo ha decidido él. Yo voy a buscar algo para mí.

—¿Dónde?

—En Valencia.

Ahí noto el golpe.

Dani lo ve.

—También hablé con Ricardo antes de saber si ibas a contestarme. Le dije que no quiero volver a Madrid cuando termine la implantación. Quiero construir aquí la siguiente etapa y negociar equipo, autonomía y condiciones. Si la agencia no quiere, buscaré otra cosa aquí.

La pregunta me sale antes de poder filtrarla.

—¿Por mí?

—No.

Duele apenas. La frase siguiente lo coloca donde debe.

—Quiero que estés en mi vida. Pero si no hubieras contestado, seguiría quedándome.

Asiento. Es exactamente lo que siempre he dicho querer: que me elijan sin convertir mi presencia en la única razón de una vida.

Ahora me toca a mí.

—Mateo no me engañó.

Dani espera.

—Yo acepté durante demasiado tiempo una relación donde él no sabía qué quería y yo sí sabía que quería estar. Cada vez que dudaba, le daba tiempo. Cada vez que volvía, pensaba que quizá ya estaba decidiendo.

—Hasta que eligió a otro.

—Sí.

No necesito reconstruir ocho años. Solo esto.

—Después decidí que no volvería a ofrecerme para esperar detrás. El sábado no me fui porque tú hubieras hecho algo con Marcos. Me fui para no tener que averiguarlo.

Dani frunce el ceño.

—Eso es peor.

—Sí.

—Viste que lo apartaba.

—Sí.

—Y preferiste una versión donde yo te hacía exactamente lo que temías.

—Porque en esa versión sabía qué hacer. Irme.

Se queda callado.

—Si preguntaba —continúo— podía descubrir que había interpretado mal.

Y entonces tenía que quedarme en una conversación en la que quizá no sabía qué hacer.

Eso me dio más miedo que la idea de perderte.

Y cuando tú dijiste aquella vez que no teníamos nada que romper, te devolví el «exacto» porque me convenía fingir que era verdad.

Dani baja la cabeza.

—Aquello fue una mierda.

—Sí.

—Por parte de los dos.

—Sí.

La admisión cuesta más que hablar de Mateo.

—Me hiciste daño —dice Dani.

—Lo sé.

—Escúchame.

Asiento.

—No por irte del piso. Podías irte. Me hiciste daño porque sabías que yo había apartado a Marcos y aun así me dejaste dos días sin poder decirte nada, pagando por algo que no elegí.

Ahí está el centro.

—Tienes razón.

—Y no quiero que uses Mateo para convertir eso en inevitable.

—No.

Respiro.

—Lo siento por haberte hecho pagar una cosa que no hiciste. Y por decidir lo que sentías para poder retirarme antes de escucharte.

Dani baja los ojos. Cuando vuelve a mirarme, sigue dolido. No necesito que deje de estarlo para que la disculpa cuente.

Lúa aparece desde la cocina y golpea su cuenco. Son casi las nueve.

—Somos unos padres pésimos —dice Dani.

—No somos padres.

—Díselo a la víctima.

Le pongo comida. La pausa material ayuda. Al volver al salón ya no nos sentamos en extremos distintos.

Dani deja las manos quietas sobre las piernas.

—Queda una cosa.

—Varias.

—Esta primero. Quiero estar contigo.

No dice «esto».

—Quiero que seas mi novio. Si tú quieres.

La salida está ahí y no la usa para protegerse.

—Quiero.

Parpadea.

—Necesito alguna palabra adicional.

—Quiero ser tu novio.

La sonrisa le aparece y desaparece porque esto ya no permite esconderse detrás de ella.

—Y quiero dejar de tratar cada pelea como una evacuación —añado—. Si me da miedo quedar segundo, tendré que quedarme el tiempo suficiente para saber si de verdad lo soy.

Dani me toca la mano.

—Yo quiero dejar de mantener una puerta abierta por si tú decides que no soy suficiente. No puedo pedirte que me elijas mientras sigo fingiendo que no me importa cómo llamarte.

Entrelazo los dedos con los suyos.

—Te quiero —dice.

No hay preparación. Por eso no tengo dónde esconderme.

—Te quiero.

Su respiración cambia.

—¿Sí?

—Sí, Dani.

Me acerco y lo beso.

La boca es la misma y el beso no. Dani se pega a mí, una mano en mi nuca y la otra entrando bajo la camiseta.

Le sujeto la cintura y noto cómo se le corta la respiración cuando mis dedos llegan a la piel de la espalda.

Él abre más la boca, me muerde apenas el labio y termina sentado a medias sobre mi muslo.

El cuerpo no necesita ninguna definición nueva para reconocerlo.

Me pongo duro con una rapidez casi ofensiva; Dani también.

Lo noto al acercarlo y él responde con un movimiento lento de cadera que me arranca el aire.

Durante un momento la conversación amenaza con convertirse en la antesala perfecta para el dormitorio.

Le beso el cuello. Dani me agarra del pelo y vuelve a rozarse contra mí.

—Esto no parece muy administrativo —murmura.

—Cállate.

—Me encanta cuando mejoras profesionalmente.

Vuelvo a besarlo. Una mano mía baja hasta la parte alta de su culo por encima del vaquero. Dani gime contra mi boca y ese sonido consigue que quiera exactamente lo que no pienso utilizar esta noche para cerrar nada.

Cuando vuelve a presionar la pelvis contra la mía, paro.

Dani se queda quieto de inmediato, aunque respira rápido y no aparta las manos.

—¿Qué?

—No hoy.

No le gusta la frase durante medio segundo. Después espera.

—Quiero que esta conversación sobreviva a esta noche sin que el sexo haga de punto final.

Me observa. La excitación sigue entre los dos; no fingimos que ha desaparecido.

—Sí. Yo también.

Se acomoda a mi lado sin convertir el límite en rechazo. El gesto me afloja algo que llevaba dos días apretado.

Le beso la frente.

—Mañana te saco a cenar.

—¿Una cita?

—Una cita.

—De esas donde ambos sabemos que lo es antes de sentarnos.

—Exactamente.

—Revolucionario.

Lúa intenta subir al sofá. Entre los dos conseguimos no impedirlo.

Dani se queda hasta las diez y media. Luego recoge su chaqueta.

—Mañana a las ocho.

—Sí.

—¿Tengo que vestirme bien?

—Vístete como quieras.

—Respuesta inservible. Ya discutiremos tus competencias como novio.

La palabra todavía hace algo extraño.

Antes de salir me besa despacio.

—Buenas noches, novio.

—Buenas noches, Dani.

—Cobarde.

Respiro.

—Buenas noches, novio.

Sonríe y entra en el ascensor.

Cuando vuelvo al dormitorio, la mochila sigue abierta sobre la cama.

Saco las tres camisetas, el neceser, los pantalones y el cargador. Todo vuelve a su sitio. No necesito pasar dos noches fuera. Tampoco necesito llenar el miércoles con trabajo.

El teléfono vibra.

He llegado. Esto es rarísimo.

Respondo:

Sí.

¿Bien raro o mal raro?

Miro la mochila vacía.

Bien.

Tres puntos.

Buenas noches, novio.

Esta vez no necesito practicar la palabra.

Buenas noches, novio.

Guardo el teléfono y después la mochila.