20 UNA CITA QUE SÍ ERA UNA CITA
Cuando me despierto, la primera idea que me viene me lleva a descubrir que tener novio reduce exactamente cero por ciento la dificultad de vestirse para una cita con ese novio.
Puede empeorarla. Antes disponía de ignorancia; ahora tengo datos. Sé dónde me mira Héctor cuando cree que no lo noto, dónde me mira cuando quiere que lo note y el silencio muy concreto que produce en él el suspensorio verde oscuro. Un estudio de mercado completo. Peligrosísimo.
Víctor entra en mi dormitorio cargando una caja sin llamar. Dentro de tres semanas no vivirá aquí y parece decidido a utilizar el tiempo restante contra la privacidad. Deja la caja junto a otra que pone COCINA y contiene novelas, una lámpara y el mando de una consola.
—Tengo una cita —digo, señalando las tres camisas sobre la cama.
—Lo sé.
—Oficial.
Víctor me mira con la paciencia de quien lleva días embalando su vida.
—Os habéis acostado, habéis dormido juntos, os habéis peleado y desde ayer eres su novio. ¿Qué parte de una cena te parece territorio desconocido?
—Que es una cita.
Lo piensa y asiente.
—Vale. Eso sí es raro. Ponte la blanca.
—¿Por qué?
—Porque te gusta.
No porque a Héctor vaya a gustarle ni porque marque nada.
Porque me gusta. Me pongo la camisa blanca, pantalón carbón y el suspensorio verde que compré antes de saber si Héctor volvería a verme fuera de una comisaría.
Sigue gustándome por la misma razón por la que lo compré.
Que además Héctor vaya a verlo pertenece a otro departamento.
Víctor, ya en el pasillo, me informa de que Laura ha llamado para preguntar si mañana como en Benimaclet y si conservo su táper azul. Ni una investigación sobre mi primera cita oficial. Me decepciona descubrir que mi familia puede tener vida propia.
El teléfono vibra en la cocina.
—¡Víctor!
—¡No soy tu secretario!
—¡Mira quién es!
Pausa.
—¡Tu novio!
La palabra todavía me golpea en un sitio ridículo.
Héctor está abajo cuatro minutos antes de la hora. Cuando salgo, Víctor corta cinta de embalar con los dientes.
—Usa tijeras.
—Vete.
—Te vas a arrancar un diente.
—Llevas novio un día y ya pareces un señor casado de cincuenta y ocho años.
Ataque innecesario. Me voy antes de poder defenderme.
Héctor espera junto al portal y, por primera vez, no parece simplemente un hombre de paisano: parece un hombre que se ha vestido para mí. Camisa azul oscura, pantalón negro, barba recién arreglada. Nada espectacular. Precisamente por eso me deja parado.
Nos hemos visto desnudos. Sé cómo gime, él sabe cómo me corro y ambos regresamos a los diecisiete años porque llevo una camisa.
—Estás muy guapo —dice después de mirarme sin disimulo.
Consigo responder gracias sin montar un número. Él acepta mi cumplido con una normalidad insultante y me besa, corto, una mano en la cintura. Luego empieza a andar.
—¿Dónde vamos?
—A cenar.
—Tu capacidad de conservar información es preocupante.
Está a diez minutos, en Ruzafa. A la tercera vez que nuestras manos se rozan, Héctor me coge la mía sin mirar. Me parece más íntimo que varias cosas que hemos hecho desnudos y no pienso investigar quién diseñó esa jerarquía.
Le cuento la reunión con Ricardo. Quieren que siga estable en Valencia: dirección creativa vinculada a la sede, más autonomía y un equipo pequeño.
Todavía hay que discutir salario, alcance y cuántas incorporaciones son reales en vez de una promesa dentro de un PowerPoint.
Ricardo da por segura la primera plaza del equipo; la segunda depende de otra cuenta y no pienso fingir que una posibilidad es una persona contratada.
El lunes entra Recursos Humanos en la conversación.
—¿Te interesa? —pregunta Héctor.
La pregunta exacta. No si voy a aceptar. No si significa quedarme cerca de él.
—Mucho.
—Entonces negocia lo demás.
—Me estás apoyando con una frialdad extraordinaria.
—Ya habías decidido quedarte.
Su pulgar pasa una vez por mis nudillos. Héctor forma parte de la vida que quiero aquí. No es el argumento con el que tengo que justificarla. La combinación me gusta más que cualquier gesto grandioso.
—¿Por qué este restaurante?
Héctor me recuerda una tarde, semanas atrás, cuando pasamos por esta calle después de la agencia y dije que quería probarlo. Me había olvidado. Él no.
Mi cerebro empieza a construir una teoría; lo detengo a tiempo.
—¿Reservaste porque te acordabas de eso?
—Sí.
Ah. Preguntar es una tecnología revolucionaria.
El restaurante es pequeño, con cocina visible y mesas demasiado próximas para fingir intimidad exclusiva. Héctor da su nombre en la entrada.
—Moreno. Para dos.
La frase me afecta más de lo que debería.
Nos sientan. Los dos dejamos el móvil boca abajo. Cuando la camarera pregunta si celebramos algo, Héctor dice no y yo sí al mismo tiempo. Me toca explicar que es nuestra primera cita.
La mujer mira nuestras manos demasiado cerca sobre la mesa.
—Pues felicidades.
En cuanto se va, Héctor frunce el ceño.
—Ya somos novios.
—Ese es el dato cómico. Estamos haciendo todo en un orden penoso.
—Funciona.
Elegimos platos para compartir y uno cada uno.
Durante varios minutos lo único en juego es comida.
La normalidad me pone nervioso porque no tengo un objetivo secundario: nadie debe vernos, nadie tiene que ponerse celoso, no necesito demostrar que Héctor me desea.
Está sentado delante de mí porque me invitó a una cita y yo vine porque quería.
—Esto es rarísimo —admito.
—He estado más cómodo follando contigo.
Me atraganto con el agua. La pareja de la mesa contigua, por suerte, practica una educación excelente.
—No puedes decir eso en una primera cita.
—Normalmente la gente no llega a la primera cita después de follar.
—Gracias por localizar el problema.
La comida llega y nos salva de seguir analizando. Hablamos del hombro, casi recuperado; de las cajas de Víctor; de mis búsquedas de piso y del precio ofensivo de algunos estudios sin una ventana capaz de cumplir funciones democráticas básicas.
—Quizá mire Benimaclet o Patraix —digo—. Depende de lo que encuentre.
—Te visitaré.
No propone que busque cerca de él. No convierte mi mudanza en antesala de convivencia. Esa ausencia de presión me acerca más.
—¿No prefieres que viva a dos calles?
Héctor mastica antes de contestar.
—¿Tú quieres vivir a dos calles?
Mierda. Otra pregunta.
—No lo sé.
—Pues cuando lo sepas.
Su sencillez es ofensiva.
Más tarde le pregunto si le resulta raro tener novio. Héctor no me devuelve una máxima. Se toma tiempo.
—Llevo años organizando mi vida para no contar con que otra persona va a estar. Ahora tengo que acostumbrarme a pensar en ti sin sentir que estoy cometiendo una estupidez.
—A mí me pasa al revés. He organizado demasiadas cosas para que determinadas personas sepan que estoy disponible. Ahora tengo que aprender a no aparecer antes de que me llamen.
—Eso te costará.
—Mi madre queda fuera del estudio.
No resolvemos nada más. Tampoco hace falta. La cena no tiene que producir una revelación cada veinte minutos para justificar que estemos sentados allí. A veces Héctor roba una patata de mi plato, yo le quito pan y seguimos hablando de cosas que mañana seguirán siendo pequeñas.
Salimos a las diez y media y caminamos por Ruzafa cogidos de la mano. Cuando pregunto si ha sido buena cita, Héctor responde que sí. Yo intento rebajar mi propio entusiasmo y él me detiene en mitad de la acera.
—No midas conmigo.
—No estaba midiendo.
Me mira.
—Un poco.
—Un poco.
—Te ha gustado.
—Mucho.
—A mí también.
Me besa. El vino, el chocolate del postre y su mano bajando a mi cintura liquidan enseguida el resto de la evaluación. Cuando me atrae contra él nota la banda del suspensorio bajo el pantalón.
—Lo llevas.
—Información clasificada.
—La acabo de tocar.
—Eso te autoriza a callarte.
La mano vuelve al mismo sitio y se me escapa un sonido.
—¿Vamos a casa? —pregunta.
No da nada por supuesto.
—A la tuya.
Contesto demasiado rápido. Héctor sonríe y no tiene la decencia de ocultarlo.
Lúa me recibe como si hubiera sobrevivido a una guerra desde ayer. Le lanzo una pelota por el pasillo y Héctor calcula que eso nos compra treinta segundos. Los utilizo para besarlo contra la pared del recibidor hasta que se acuerda de que la puerta no ha cerrado del todo.
—Excelente inicio erótico —murmuro mientras la empuja.
—Seguridad básica.
Lo beso antes de que podamos discutir si eso cuenta como broma policial.
Llegamos al dormitorio con poca eficiencia. Choco contra el marco, Héctor pregunta si estoy bien y yo le informo de que, si cada accidente doméstico termina en evaluación clínica, no vamos a follar.
La palabra nos deja quietos un instante.
—¿Quieres? —pregunta.
—Sí.
—Yo también.
Esta vez la desnudez no es una frontera. Le abro la camisa despacio porque me apetece hacerlo botón a botón. Paso los dedos por el pecho, el abdomen, el costado; beso la margarita cuando queda a mi alcance. Ya no es una pista ni una profecía. Es una parte de su cuerpo cuya historia conozco.
—Pagando intereses de una deuda —digo.
—Eras un ladrón de rosquilletas.
—Emprendedor precoz.
Héctor me hace caer en la cama aprovechando que sigo hablando. Cuando me quita el pantalón encuentra el verde y me mira un segundo de más.
—No digas nada.
—No hace falta.
Nos besamos hasta que me pregunta, directamente:
—¿Qué quieres?
Podría elegir una respuesta sexy por eficacia. Elijo la verdadera.
—Quiero que me folles. Pero quiero estar arriba. Yo marco el ritmo.
El deseo le cambia la cara; no lo vuelve más dominante, solo más expuesto.
—Sí.
—Y si el hombro protesta, me lo dices.
—Sí.
Me preparo yo mientras Héctor me besa y me toca sin dirigir el proceso. Un dedo, después otro, lubricante suficiente y tiempo. No necesito representar competencia. Cuando estoy listo, él se pone el preservativo.
Entonces ocurre algo minúsculo y enorme: su erección baja un poco.
Héctor lo nota al mismo tiempo que yo.
—Joder.
No intento arreglarle el cuerpo. Me inclino y lo beso.
—Estoy nervioso —admite contra mi boca después de un momento.
—Yo también.
—Tú estás durísimo.
—Mi polla no es portavoz oficial de mi sistema nervioso.
Se ríe, y la vergüenza pierde algo de poder.
—Ahora importa más —dice.
Lo entiendo. A mí también me importa más. Precisamente por eso no quiero convertirlo en examen.
—Si hoy no follamos, mañana seguimos siendo novios.
—Sí.
—Aunque sería una pena después de sacar el suspensorio bueno.
Esta vez se ríe de verdad. Seguimos besándonos sin comprobar nada. El deseo vuelve por su cuenta. Cuando noto que está completamente duro otra vez, no lo celebro ni lo convierto en victoria.
Héctor me mira.
—Ahora sí quiero.
—Yo también.
Me coloco sobre él, añado lubricante y guío su polla. Empiezo a bajar despacio. La presión me obliga a parar a mitad de camino.
—Quieto.
Héctor afloja las manos sobre mis caderas.
—Tú mandas el ritmo.
Respiro hasta que el cuerpo cede. Bajo un poco más y, al final, me quedo sentado sobre él, lleno, todavía inmóvil. El placer tarda unos segundos en separarse de la intensidad.
Pruebo un movimiento. Después otro. Cuando encuentro el ángulo correcto se me escapa un gemido.
—Ahí.
Héctor memoriza sin apropiarse del movimiento. Sus manos sostienen mi cintura; empuja solo cuando se lo pido. Yo subo y bajo hasta que el ritmo deja de pertenecer a uno. Cuando me cansan las piernas me inclino sobre él y le permito acompañarme desde abajo.
—Esto requiere demasiados cuádriceps —digo, jadeando.
—Entrenas poco.
—Estás en una posición pésima para criticarme.
La risa se rompe cuando vuelve a penetrarme en el ángulo exacto. Después queda cuerpo: respiración, su boca en mi cuello, mis dedos sobre su pecho. Me toco mientras él se mueve debajo. Héctor pregunta antes de aumentar el ritmo y yo se lo pido.
El orgasmo empieza a acercarse. Me incorporo otra vez porque quiero verlo.
—Te quiero —se me escapa.
Héctor me mira, manos firmes en mis caderas.
—Yo también te quiero.
No es una conclusión ni una frase colocada para cerrar ninguna herida. La digo con su polla dentro de mí, el pelo pegado a la frente y las piernas empezando a temblar. Seguimos follando.
Me corro primero, masturbándome mientras bajo sobre él, y pierdo por completo el ritmo. Héctor me sostiene sin inmovilizarme. Mi cuerpo se cierra alrededor de su polla; tres movimientos después él también se corre, dentro del preservativo, con los ojos cerrados y mi nombre roto en la boca.
Me quedo encima hasta que recuperamos aire.
—Hola —digo.
Héctor abre los ojos con una expresión de derrota inmediata.
—No.
La tradición sobrevive.
Salir requiere más coordinación que entrar.
Héctor sujeta el preservativo al retirarse y lo desecha; después nos limpiamos, bebemos agua y comprobamos lo que importa sin convertir el aftercare en enfermería.
Estoy algo sensible, nada más. Él sigue avergonzado por el momento en que perdió la erección.
—Pensé que creerías que no te deseaba.
Levanto la cabeza de su pecho.
—Héctor, has tenido una erección conmigo prácticamente cada vez que hemos compartido oxígeno. Y aunque mañana no tuvieras ninguna, podríamos hablarlo. No tenemos que hacer bien el sexo porque ahora seamos novios.
Su mano vuelve a mi pelo.
—Que importe me pone nervioso.
—Pues que salga raro alguna vez.
Me besa la frente.
—Eso puedes recordármelo cuando te pase a ti.
—Me niego. Yo seré perfecto siempre.
—Claro.
Lúa araña la puerta antes de que pueda sostener la mentira. Entra, ocupa media cama y nos obliga a negociar territorio con un animal que no reconoce nuestra nueva categoría sentimental.
Más tarde comemos tortilla y croquetas de Carmen en la cocina, medio vestidos. Mi teléfono vibra en el dormitorio. Ricardo ha enviado el borrador de funciones y ha añadido que no lo abra hasta mañana.
No lo abro.
Vuelvo a la mesa.
—¿Trabajo? —pregunta Héctor.
—Sí. Mañana.
El trabajo seguirá existiendo. La relación también. Ninguno necesita destruir al otro para demostrar prioridad.
Cuando volvemos a la cama pregunto por nuestra segunda cita.
—Viernes —dice Héctor.
—¿Ya tienes plan?
—No.
—Qué despliegue organizativo.
—Lo tendré.
Me acomodo contra él. No necesito cerrar el día con una conclusión brillante. Sé por qué he venido, por qué me quedo y por qué mañana seguiré queriendo el trabajo, el piso propio, mi familia, esta ciudad y a este hombre dentro de todo eso, no sustituyéndolo.
Lúa araña la puerta otra vez porque hemos conseguido dejarla fuera.
Héctor suspira y se levanta.
—Eres débil —digo.
—Es mi perra.
Cuando vuelve a la cama, Lúa se instala contra mis piernas.
—Buenas noches, novio.
Héctor me aprieta el tobillo bajo la sábana.
—Buenas noches.
Esta vez no necesito que repita la palabra.