18 LO QUE MARCOS QUERÍA DE MÍ
A las nueve y doce descubro una aceituna dentro de mi zapatilla.
La saco con dos dedos y la dejo junto a los restos de tarta, una vela de cuarenta que nadie quiso retirar anoche y un vaso que ha terminado dentro de una maceta.
El robot aspirador lleva horas inmóvil frente a una servilleta.
El salón huele a cerveza seca, azúcar y treinta personas que ya no están.
Todo eso tiene solución: bolsa de basura, fregona, ventanas abiertas.
Lo que no sé hacer está en mi dormitorio: la bolsa que preparé para dormir en casa de Héctor.
Camiseta, ropa interior, cargador, cepillo de dientes y golosinas para Lúa.
Sigue cerrada junto al armario. Tampoco le he escrito.
Anoche dijo que no quería hablar y, por una vez, no necesito convertir una frase sencilla en una campaña de interpretación. No quiere hablar. No hablo.
Víctor aparece en bata azul y gafas, contempla el salón y pregunta por café. No queda. Tenemos alcohol suficiente para hundir una despedida de soltero y ninguna cafeína.
—Voy a comprar —dice.
Antes de salir pregunta por Héctor.
—Se fue.
Me mira una vez. Recuerda que yo iba a dormir con él. No dice nada más.
Marcos sale de su habitación mientras estoy intentando borrar una mancha del suelo. Lleva chándal, camiseta y la cara de alguien que sí recuerda lo que hizo.
—Dani.
Dejo la bayeta en el cubo.
—¿Te acuerdas bien de anoche?
—Sí. Te besé. Me apartaste. —Traga—. Lo siento. No debería haberlo hecho.
No añade alcohol, confusión ni que yo antes estuviera enamorado de él. Eso importa.
—No me preguntaste —digo.
—Lo sé.
—Que yo lo hubiera querido hace un mes no te daba permiso ayer.
—Lo sé también.
Nos sentamos con una mesa llena de vasos pegajosos entre los dos. Parece apropiado.
Marcos dice que no sabe del todo por qué me besó. Le creo el «del todo», no el resto.
—Víctor me había dicho que no —empieza—. Pensé que después vendría aquí y hablaría contigo. Siempre lo hacía.
Ahí sí llegamos a terreno conocido. Clientes, su padre, hombres, presentaciones, insomnio. Durante años Marcos me llamó cuando necesitaba que alguien organizara el ruido. Con Víctor incluso me pidió que redactara mensajes.
—Eso fue bastante cabrón —dice al nombrarlo él mismo.
—Sí.
No le recuerdo que acepté. Todavía.
Mira el salón antes de continuar.
—Anoche estabas, pero no estabas para mí. Estabas con Héctor. Y me sentí fuera.
—Siempre tenía otra vida, Marcos.
—Ya. Solo que yo podía comportarme como si no.
La frase no suena a declaración de amor. Es peor y más útil.
—Me gustaba que estuvieras —dice—. Y me gustaba cómo me mirabas.
Durante años habría considerado esa frase una victoria. Ahora solo siento la precisión tardía de un informe que llega cuando el proyecto ya ha terminado.
Marcos gira un vaso vacío entre las manos.
—Creo que anoche confundí cosas. Que me quisieras, que yo te necesitara y que pudiera reclamar ese sitio como si fuera mío.
—Sí.
No suena bien. Precisamente por eso le creo.
—Lo sabías.
—Sabía que conmigo eras más atento. Más disponible. No me sentaba a pensar que estabas enamorado de mí, pero sí sabía que esa atención estaba ahí. Y me convenía.
—Sí.
Marcos no discute.
—Cuando empezaste con Héctor pensé que se te pasaría. Al principio pensé incluso que lo estabas usando para ponerme celoso.
—Una vez lo utilicé para parecer algo delante de vosotros. Él me paró. Pero eso no convierte mi cambio en una lección suya.
La parte que me toca llega sin ayuda.
—Yo llevaba años haciendo inventario. Un abrazo más largo, una cena de dos, un mensaje a medianoche, que recordaras mi café. Lo convertía en pruebas. Y nunca te pregunté directamente si me querías de esa manera.
Marcos baja los ojos.
—Yo ayudé a que pareciera posible.
—Mucho. Eras ambiguo y te gustaba mi disponibilidad. Pero a mí también me servía la ambigüedad. Mientras no preguntara, todavía podía ser mañana.
Eso es lo más desagradable que digo en toda la conversación porque es lo único que no puedo cargar sobre nadie más.
Marcos se frota las manos.
—Entonces lo de anoche…
—No. —Lo corto—. No mezcles mi responsabilidad de años con tu beso. Yo podía haberme construido una catedral con cada migaja. Seguías necesitando preguntarme.
—Sí.
Esta vez el sí no pide absolución.
Pregunta si Héctor se fue por eso. La antigua versión de mí ya estaría explicando el ascensor, Mateo, nuestra exclusividad, la frase que dije mal y la que Héctor dijo peor.
—Eso es entre Héctor y yo. Y lo de Víctor es entre Víctor y tú. No vuelvo a traducirlo.
Marcos asiente.
—¿Y nosotros?
Miro los restos de la fiesta.
—Seguimos trabajando juntos. Y seguimos siendo amigos. Pero no como antes. No quiero ser automáticamente la persona a la que llamas cada vez que algo se rompe. Y no voy a contarte todo solo porque antes lo hacía.
Le cuesta. A mí también.
—He sido egoísta contigo.
—Sí.
—Tú conmigo también alguna vez.
—Sí.
Eso no anula su disculpa. Impide que la conversación termine con uno de los dos convertido en villano y el otro en víctima profesional.
—Lo siento, Dani.
—Gracias. No digo que no pasa nada. Ha pasado.
Marcos mira el cubo. —¿Te ayudo a recoger?
—Sí.
Así que recogemos.
Víctor vuelve con tres cafés y pan mientras Marcos está arrodillado frente a la alfombra, perdiendo una guerra contra una mancha de vino. Le entrega un vaso sin ceremonia. Desayunamos los tres hablando primero del estado del piso y de un cargador abandonado en el baño.
Cuando Marcos se ducha, Víctor dobla una servilleta y dice:
—Me voy del piso a final de mes.
La frase me hace dejar el café.
—¿Ya lo has decidido?
—A las cuatro y media. No quiero llegar a casa preguntándome si mi no necesita mantenimiento. Puede que dentro de meses estemos bien. En el trabajo seguiré con él si respeta el límite. Si vuelve a insistir, hablaré con Ricardo. Pero ahora no quiero vivir juntos.
No me pide permiso ni consejo. Ya se lo ha comunicado a Marcos, que ha dicho que lo entiende.
Mi reflejo intenta ofrecerme para buscar piso con él. Lo noto antes de hablar.
—Puede que yo también busque algo solo.
Víctor me mira por encima de las gafas.
—Eso parecía mucho más difícil dentro de tu cabeza.
—Lo era.
—Decide dónde quieres vivir tú. Yo haré lo mismo. Recoge su vaso y, antes de levantarse, añade: —Y no utilices lo de anoche como permiso para correr detrás de Héctor.
Me molesta porque la frase encuentra un sitio real.
—No pensaba hacerlo.
—Bien. Que no quisieras el beso de Marcos no borra lo que ya estaba mal entre vosotros.
—Lo sé. Tampoco significa que Héctor pueda decidir lo que siento sin escucharme.
—No. Por eso sois dos adultos y este problema tiene el mal gusto de repartir responsabilidad.
Se lleva la taza a la cocina. Su decisión sobre la casa sigue siendo suya; la mía tendrá que serlo también.
Cuando Marcos se marcha, se detiene en la puerta.
—No voy a pedirle nada a Víctor. Ni a ti.
—Puedes pedirme cosas. Somos amigos. La diferencia es que puedo decir que no.
Asiente. Luego, con cuidado esta vez:
—Y no volveré a besarte.
—Bien.
Sale.
No sé cómo será nuestra amistad después. Por primera vez puedo soportar no diseñarla hoy.
En mi dormitorio vacío la bolsa que preparé para Héctor. El cepillo va a mi vaso; el cargador, al cajón; la ropa, al armario. Las golosinas de Lúa se quedan encima de la cómoda. No sé si por esperanza o porque no tengo ninguna categoría administrativa para ellas.
Abro el portátil.
Ricardo me escribió ayer antes de la fiesta: El lunes cerramos planificación Q4 Valencia. Necesito saber qué disponibilidad real tienes para el tramo de implantación y qué quieres hacer después.
Hasta ahora Valencia podía seguir fingiendo que era una misión temporal. Madrid permanecía detrás como salida automática: antiguo equipo, contactos, la versión de mí que no tenía archivo familiar en cada barrio.
Pienso en la pregunta sin Héctor.
Supongamos que no vuelve. Que decide que no quiere escucharme, que lo nuestro termina en un ascensor y que dentro de unos meses Lúa ya no recuerda mi capacidad para comprar sobornos.
¿Quiero volver a Madrid?
No.
La respuesta llega limpia.
Escribo a Ricardo: No quiero que mi etapa en Valencia termine con la implantación.
Quiero construir aquí mi siguiente etapa profesional.
Si la agencia quiere que asuma una responsabilidad creativa estable en la sede, quiero hablar de equipo, autonomía y alcance real.
Si el plan era devolverme a Madrid cuando esto quedara montado, prefiero saberlo ahora porque mi decisión personal es quedarme en Valencia igualmente.
Añadiría muchas cosas. No lo hago.
Enviar.
No aparece Héctor en el correo. Esa es la prueba que necesitaba yo, no él.
Ricardo responde horas después que hablaremos mañana, que también prefiere que me quede y que no dé por hechas las condiciones. Después me acusa de obligarlo a contestar correos profesionales en domingo.
Víctor, cuando se lo cuento, me pregunta si me quedo por Héctor.
—Quiero que esté en mi vida. Pero si mañana me dice que no quiere volver a verme, sigo queriendo estar aquí.
Asiente.
—Entonces busca piso con aire acondicionado.
—Eso sí es amor.
A las seis salgo a caminar por Ruzafa. Me detengo ante el escaparate de una inmobiliaria y descubro que vivir solo requiere una tolerancia al precio por metro cuadrado que ninguna terapia me había preparado para desarrollar.
Sigo andando hasta encontrar un banco.
Ahora sí saco el teléfono.
Puedo escribir Marcos me besó. Lo aparté. Es exacto e insuficiente. Héctor ya vio lo suficiente para saber que lo aparté. Se marchó también porque durante semanas he dejado que Marcos ocupara un espacio enorme mientras yo me negaba a poner nombre al que Héctor tenía.
Eso no le daba derecho a decidir por mí. Tampoco vuelve inocua mi ambigüedad.
Escribo:
Quiero hablar contigo de anoche. No solo explicarte el beso. También mi parte.
Debajo:
No voy a aparecer en tu trabajo ni a buscarte por ahí. Cuando estés dispuesto a escucharme, dime dónde. Si necesitas más tiempo, lo respeto.
Quiero añadir Marcos no significa nada. Sería mentira. Significa años, amistad, errores y una relación que acaba de cambiar. El beso no significó deseo. Eso no convierte a Marcos en «nada».
También quiero escribir te estoy eligiendo a ti.
Eso se lo diré mirándolo, si me deja.
Envío.
A las ocho y media Víctor y yo cenamos arroz de Laura en el sofá. El globo con forma de tres sigue pegado al techo. Marcos no ha vuelto todavía. Dentro de unas semanas Víctor buscará otra casa. Yo también. Mañana hablaré con Ricardo sobre una carrera que he decidido construir aquí.
El teléfono permanece boca abajo sobre la mesa.
No vibra.
A las diez compruebo el chat una última vez.
Entregado.
Nada más.