17 CUMPLEAÑOS CON DAÑOS COLATERALES
A las nueve y diecisiete estoy moviendo una mesa de comedor de cuarenta kilos bajo la supervisión de tres personas que no la tocan.
Es el cumpleaños de Víctor. Según Laura, eso obliga a cruzar el mueble por el salón. Según Víctor, nadie debería haber entrado en su dormitorio antes del mediodía. Según Noa, el globo plateado con forma de tres sirve como espada porque el cuatro ha explotado junto al sofá.
—Más a la izquierda —dice Laura, café en una mano y cinta adhesiva en la otra.
—Tu izquierda o una izquierda útil.
Miguel levanta conmigo la otra punta.
—Lleva desde las ocho dando órdenes geográficas. No luches.
Veinte minutos después la mesa vuelve casi al mismo sitio. Víctor aparece en pijama, confisca el tres después de recibir dos golpes en el muslo y me pregunta por qué soy yo quien carga muebles.
—Porque vives aquí —contesta Laura.
—Yo también vivo aquí.
—Es tu cumpleaños.
Víctor me mira.
—Lo siento. No pienso ayudarte.
—Tu disculpa pierde valor muy deprisa.
Cuando por fin puedo sentarme, recuerdo la bolsa que tengo preparada en mi habitación: camiseta, ropa interior, cargador, cepillo de dientes.
Esta noche, después de la fiesta, voy a dormir a casa de Héctor.
No hemos decidido si eso incluye sexo, desayuno o una discusión sobre yogures. Por primera vez consigo no preguntar.
Víctor me descubre sonriendo sobre una mandarina.
—¿Viene Héctor?
—Sí.
—¿Contigo?
—Conmigo.
Mastica un gajo.
—¿Qué significa eso exactamente?
La palabra novio aparece en mi cabeza antes de que él la pronuncie y me produce la misma reacción que una alarma sensible al humo: todavía no hay incendio, pero algo empieza a pitar.
—Héctor —digo.
Víctor asiente. No insiste. Laura tampoco, ocupada en descubrir que Noa ha dibujado una línea permanente junto al zócalo.
—Ha salido —explica Noa cuando su madre dice que eso no sale de la pared.
Necesito ir a comprar hielo aunque ya hay hielo. Víctor entiende que en realidad necesito salir del piso y no me detiene.
A las siete y cuarto llevo el top negro de punto fino y, debajo, el suspensorio verde que compré con Víctor semanas atrás. Me los compré para mí. También sé que Héctor probablemente verá el segundo. No considero necesario elegir entre ambas verdades.
Cuando llaman al timbre, Marcos está colocando botellas en la cocina. Los últimos días hemos funcionado bien: trabajo, casa, logística. Menos automático, no hostil. Al verme pasar pregunta si ya ha llegado Héctor y después, con una neutralidad demasiado trabajada, si viene con alguien.
—Con él mismo, espero.
Abro antes de tener que traducir la pregunta.
Héctor está en el rellano con cerveza y una bolsa de regalo. Va de paisano, camiseta blanca y cazadora ligera. Lo dejo entrar, cierro y le tiro de la chaqueta antes de que avance dos pasos.
—¿Qué?
Lo beso.
Él deja la caja en el suelo y me sujeta por la cintura y la nuca. El beso se vuelve demasiado bueno para un recibidor que dentro de dos horas contendrá treinta personas. Cuando su mano baja al culo, nota debajo del pantalón la banda del suspensorio.
—Eso no lo conozco.
—Lo compré antes de que tuvieras jurisdicción carnal.
Héctor se queda inmóvil.
—No vuelvas a decir eso.
—Ha sido espantoso.
—Mucho.
El pulgar recorre la banda.
—Verde.
Víctor abre la puerta de la cocina antes de que podamos seguir. Mira la cerveza en el suelo, nuestras bocas y luego a Héctor.
—Ah. Felizmente, felicidades para mí.
Héctor le entrega el regalo: el libro que yo le dije que quería. No hay ceremonia. Precisamente por eso funciona.
Marcos aparece cuando Héctor acaba de recoger la caja. Saluda, coge la cerveza y pregunta:
—¿Venís juntos entonces?
La respuesta podría ser sencilla. Hemos follado, dormido juntos, acordado exclusividad sexual y ayer Héctor me cogió de la mano en Benimaclet. Nada de eso ha producido todavía una palabra que me atreva a entregar delante de Marcos.
—Ha venido conmigo.
Marcos asiente y se marcha hacia la cocina.
Héctor espera a que desaparezca.
—Luego —dice.
No es una amenaza. Tampoco un olvido.
A las diez y media el piso contiene demasiadas personas y ninguna superficie libre.
Laura y Miguel se han marchado con Noa; Javier, Iván y Rubén ocupan zonas distintas del salón; alguien de la agencia intenta preguntarle a Javier si una radio policial permite escuchar «todo Valencia» y Javier le asegura que también capta pensamientos a cinco metros.
Héctor se mueve bien dentro de mi gente sin reclamar atención. A veces su mano aparece en mi espalda al pasar. Una vez me pregunta si he comido y acepta mi respuesta sin supervisión. Marcos ve el contacto. No comenta.
Cuando bajan las luces, arrastro a Héctor a bailar.
No es bueno ni malo, lo cual me parece un regalo estadístico.
Yo tengo bastante más entusiasmo. Acabamos cerca, su mano en mi cintura, y noto a Marcos al otro lado del salón antes de decidir que no quiero utilizar a Héctor para producirle ninguna reacción.
Lo beso de todos modos.
Porque quiero.
Es breve y público. Nadie deja de bailar. Una chica a nuestro lado ni siquiera nos mira. Eso me gusta más de lo que esperaba.
A medianoche sacamos la tarta. Iván ha comprado una vela de cuarenta porque estaba de oferta. Víctor amenaza con expulsarlo; Rubén la enciende antes de que pueda hacerlo. Después del canto desastroso y la primera ronda de platos, veo a Marcos acercarse a Víctor. Hablan. Víctor señala el balcón.
No los sigo. Cinco minutos después entro en la cocina a buscar servilletas y descubro la puerta entreabierta.
—Porque no quiero —dice Víctor al otro lado.
Me quedo frente al cajón, sin acercarme.
—No necesito otra cena ni que me expliques que podríamos funcionar. Y no quiero que Dani vuelva a hacer de intermediario.
Marcos responde algo que no alcanzo a oír.
—No me gustas así —dice Víctor—. No va a pasar. No quiero que esto convierta el piso o el trabajo en una guerra, pero necesito que pares.
Encuentro las servilletas y salgo por la otra puerta. Ese no es mi momento.
Cuando Víctor reaparece, espero antes de acercarme.
—¿Quieres que haga algo?
—No. Y no hables por mí.
—No pensaba hacerlo.
Levanta una ceja.
—Ahora no —corrijo.
—Eso sí te lo compro. Cambia la canción y tráeme agua.
Durante la siguiente hora la fiesta sigue.
Marcos habla con compañeros de agencia, se ríe una vez y bebe agua.
Me alegra verlo capaz de soportar un no sin convertirlo todavía en una catástrofe pública.
Quiero que mañana sigamos teniendo un piso, un trabajo y suficiente inteligencia para que el rechazo de Víctor sea exactamente lo que es.
A la una y veinte entro en mi dormitorio buscando un cargador para Rubén. Héctor entra detrás y cierra la puerta.
—Eso no era necesario para encontrar tecnología.
—No.
Me besa contra el escritorio. La mano bajo el top llega a mi cintura y después al pantalón. Encuentra el verde.
—Ahora sí puedo opinar.
—No.
—Te queda bien.
El placer que me produce esa frase es humillante. Le muerdo el labio. Héctor me agarra el culo y el suspensorio deja muy poco material entre su mano y mi piel.
—Si sigues, no volvemos a la fiesta.
—Podríamos no volver.
Víctor cumple años a siete metros.
—No.
Héctor se detiene en el mismo segundo. Me besa una vez, ya sin intentar avanzar.
—Luego.
Pienso en mi bolsa preparada, su cama y Lúa invadiéndonos el colchón.
—Luego.
Encuentro el cargador y salimos.
Cerca de las dos entro en la cocina por agua. Marcos está solo, con un vaso delante. No voy a buscarlo. La diferencia importa.
—¿Lo sabías? —pregunta.
Sé a qué se refiere.
—Sabía que Víctor no sentía lo mismo.
—Y no me lo dijiste.
—No era mío para contarlo.
Marcos baja la vista.
—Ya.
No discute. Después admite que Víctor ha sido claro. Le digo que enamorarse de alguien que no te corresponde no es hacer el ridículo. La frase nos golpea a los dos por motivos distintos.
—Antes era más fácil hablar contigo —dice.
—Seguimos hablando. No igual.
—Desde que apareció Héctor.
—Han pasado más cosas.
Bebe agua. No está borracho. Está dolido y acostumbrado a que yo sea el lugar al que vuelve cuando algo sale mal.
—¿Qué sois?
Otra puerta abierta. Otra vez elijo el pasillo lateral.
—Nos estamos viendo.
Marcos cierra un momento los ojos.
—Eso dices siempre. ¿Estás enamorado?
—No voy a hablar de esto contigo ahora.
—Antes sí hablabas conmigo de todo.
—Eso no significa que tengas derecho a todo.
La frase le hace daño. También es cierta.
Marcos apoya las manos en la encimera.
—No sé. Esta noche parece que todo el mundo ha decidido que llevo meses entendiendo mal las cosas.
—Víctor te ha dicho que no. Yo estoy aquí. No son lo mismo.
—Tú siempre estabas.
Ahí está el problema sin necesidad de llamarlo amor. Yo siempre estaba: después de un cliente, una ruptura, una madrugada, una mala decisión. Marcos se acerca un paso. No me alarma; me ha tocado cientos de veces durante años.
—Y ahora no sé cuándo vas a estar —dice.
—No puedo estar siempre.
—Ya lo sé.
Pero no parece saberlo todavía en el cuerpo.
—Mañana hablamos —digo.
Marcos mira mi boca. Solo un segundo. Después me coge la cara y me besa.
Durante años habría vendido una parte importante de mi dignidad por este momento. Ahora mi cuerpo no responde con deseo. Solo tarda una fracción en entender que esto está ocurriendo sin que yo lo haya elegido.
Le pongo ambas manos en el pecho y lo aparto.
—No.
Marcos retrocede de inmediato.
—Dani, lo siento. Pensaba…
—No me has preguntado.
—Ya. Lo siento.
No insiste ni vuelve a acercarse.
Entonces veo a Héctor al otro lado del pasillo.
No sé cuándo ha llegado. Sé qué ha visto: la boca de Marcos sobre la mía y mis manos apartándolo. Suficiente para que su cara se vacíe de una manera que ya conozco.
—Héctor.
Se vuelve hacia la entrada.
Lo alcanzo mientras se pone la cazadora.
—Espera.
—Ahora no, Dani.
—Me ha besado él. Yo lo he apartado. Lo has visto.
Héctor aprieta la mandíbula.
—Sí. He visto que lo apartabas.
La admisión me frena.
—Entonces ¿por qué te vas?
Pulsa el ascensor.
—Porque hace dos noches me dijiste que con Marcos todavía había una parte abierta.
—No románticamente.
Héctor me mira.
—Eso no lo dijiste. Y hoy, cuando él ha preguntado qué éramos, has vuelto a esconderme dentro de «ha venido conmigo». Ahora mismo no sé separar lo que acabo de ver de todo eso sin poner a Mateo encima.
—Entonces pregúntame antes de decidir.
—Tienes razón.
Me sorprende otra vez.
—Pero también puedo decidir que no soy capaz de escucharte bien esta noche.
Las puertas se abren. Me acerco sin tocarlo.
—Te dije que no quiero acostarme con nadie más.
—Lo sé. Y te creo.
Eso duele de una forma distinta.
—Entonces no conviertas esto en una traición.
—No lo estoy haciendo. Estoy diciendo que llevas semanas sin saber qué soy cuando Marcos está delante y yo no puedo fingir que eso no me afecta porque tú no hayas querido ese beso.
Ahí está mi parte. La que no puedo empujar fuera de la escena con Marcos.
—No te estoy dejando —digo.
Héctor me mira desde el ascensor.
—No sé qué significa eso.
Abro la boca. No tengo una respuesta que no sea otra evasiva.
—Exacto —dice.
Las puertas empiezan a cerrarse.
—No esta noche, Dani. Necesito irme.
No las bloqueo. Lo dejo.
Cuando vuelvo al piso, la música sigue funcionando con una falta de respeto admirable. Víctor está recogiendo vasos.
—¿Dónde está Héctor?
—Se ha ido.
Mira hacia la cocina y después a mí.
—¿Quieres que termine la fiesta?
No pregunta si debe. Pregunta si quiero.
—No.
—Vale.
No persigo a Héctor. Tampoco llamo. Él ha dicho esta noche y yo ya sé lo que significa respetar un límite incluso cuando tengo la explicación correcta en la boca.
En mi habitación me siento junto a la bolsa que había preparado para dormir en su casa. Dentro están el cepillo, ropa limpia y un paquete de golosinas para Lúa.
Abro el chat.
Marcos me ha besado. Lo he apartado.
Es verdad. Héctor ya lo sabe.
Borro.
Escribo Déjame explicarlo y lo borro también.
Fuera cambia la canción. Alguien tira una botella al cubo de cristal. La fiesta sigue sin pedir permiso a mi vida sentimental.
Marcos llama una vez a la puerta.
—Dani.
Miro la bolsa preparada para una casa a la que esta noche no voy.
—Mañana.
Tarda un segundo.
—Vale.
Sus pasos se alejan.
Dejo el teléfono boca abajo. No vibra.
Hace unas semanas habría dado cualquier cosa por el beso de Marcos. Esta noche lo único que quiero recuperar es a un hombre que se ha ido sabiendo perfectamente que yo aparté a Marcos y, aun así, teniendo razones propias para marcharse.
Eso es peor.
Porque significa que esta vez sí había algo real que perder.