16 ROSQUILLETA
A las seis y doce estoy delante de un colegio al que llevo casi veinte años evitando y mi problema inmediato es dónde dejar la moto.
Me tranquiliza. Una plaza de aparcamiento tiene solución.
La encuentro al final de la calle. Cuando termino con casco, candado y llaves, el edificio sigue allí: fachada nueva, ventanas cambiadas, una entrada más ancha y un cartel de antiguos alumnos. El patio se adivina detrás.
Mi madre me escribe.
No olvides el táper.
El táper está lavado, dentro de una bolsa y encima de mi encimera.
Mañana.
Eso dijiste el jueves.
Guardo el teléfono. Hay enemigos con archivos demasiado completos.
En la entrada me dan una pegatina porque, según la mujer de la mesa, «la gente no se reconoce». Escribo HÉCTOR. Volver al lugar donde una parte del problema fue que demasiada gente sabía quién eras con una etiqueta en el pecho tiene cierta precisión desagradable.
Dentro hay café, cerveza, fotografías y unas cuarenta personas intentando identificar adultos debajo de caras adolescentes. El patio es más pequeño de lo que recuerdo. El muro junto a la franja de tierra sigue ahí.
Mi cuerpo lo reconoce antes que yo.
—Moreno.
Óscar Gimeno tarda dos segundos en volver a tener cara. Ya no es el chico flaco de catorce años: barba cuidada, americana, alianza, arrugas junto a los ojos. Una vida entera que no conozco.
—Hostia. Eres tú.
—Eso parece.
Me cuenta que trabaja en comunicación y que ha vuelto a Valencia. Me pregunta si sigo en Policía Nacional, como si hubiéramos intercambiado felicitaciones de Navidad durante veinte años.
—Sí.
—Te pega.
No pregunto por qué.
Antes de marcharse dice que luego hablamos. Podría negarme. No lo hago.
Poco después aparecen Laura y Dani. Durante un instante el colegio pierde volumen. Anoche Dani dormía en mi cama. Hoy está aquí, mirando mi pegatina y entendiendo al mismo tiempo que le oculté otra parte.
—Tú sabías que vendrías.
—Sí.
—Y anoche, cuando dijiste «mañana»…
—También.
Laura nos mira y decide buscar cerveza con una eficiencia admirable.
—Podías haberme avisado —dice Dani.
—Sí.
—¿Por qué no?
No tengo una defensa elegante.
—Porque quería conseguir entrar antes de tener esta conversación.
La molestia no desaparece, pero asiente.
Entonces empieza el reencuentro.
Un antiguo compañero pregunta a Dani si sigue «haciendo anuncios» y él responde con sede valenciana, dirección creativa, clientes y crecimiento de equipo.
Todo cierto. Demasiado para la pregunta.
Otra mujer recuerda que de niño hacía las presentaciones de clase y Dani contesta que ahora le pagan por ello; la broma funciona, pero detrás añade dos campañas, Madrid y un premio que nadie había pedido.
A la tercera conversación ya veo el mecanismo.
Dani no presume exactamente. Construye una versión difícil de menospreciar antes de que alguien tenga ocasión de decidir qué versión recuerda.
Cada dato profesional levanta un centímetro de distancia entre el niño que fue aquí y el hombre que quiere presentar ahora.
No le digo que pare. Yo hago lo mismo en sentido contrario.
—¿Qué haces?
—Policía.
—¿Aquí?
—Sí.
—¿Y te gusta?
—Sí.
Fin.
Uno llena el espacio antes de que lo evalúen; el otro reduce el espacio disponible. Dos defensas distintas para la misma vergüenza.
Laura pasa y le deja a Dani una rosquilleta. Él la parte con un giro seco de las manos, se queda la mitad pequeña y deja la otra en el plato.
Se me seca la boca.
—¿Quieres? —pregunta al verme.
—Luego.
No estoy preparado para cogerla.
Óscar vuelve durante la proyección de fotografías antiguas. Al cabo de unos minutos se coloca a mi lado.
—Antes he sido un poco gilipollas.
—¿Antes?
No era un chiste. Lo entiende.
—No sabía si querías hablar conmigo.
—No.
Asiente, pero se queda.
—Supongo que deberíamos.
Miro hacia Dani. Él ha visto la conversación. No se acerca.
—Fuera —digo.
En el patio, Óscar tarda demasiado en empezar.
—Lo de entonces…
—¿Qué parte?
Tiene que nombrarlo.
—La carta.
La cogió de mi mochila durante educación física.
La abrió y leyó parte delante de otros. Después llegaron semanas en las que mi voz, mi forma de sentarme o cualquier gesto que alguien considerara demasiado femenino podía convertirse en material.
«No pongas esa voz». «No te sientes así».
«Cuidado, Moreno, que te está mirando». Ni siquiera hacía falta insultarme todos los días; bastaba con que una risa detrás de mí pudiera serlo.
Óscar no lo niega ni intenta convertirlo en una infancia más dura de la que fue.
—Yo ya sabía que me gustaban los tíos —dice—. Y estaba cagado. Pensaba que si me asociaban contigo iban a mirarme también.
—Así que miraron hacia mí.
—Sí.
Se frota la alianza. La veo y pienso que el adulto que tengo delante ha tenido que construir su propia vida después de aquel chico. Eso no cancela nada.
—No es excusa —añade—. Te vigilaba para que nadie me vigilara a mí. Eras el blanco fácil y me funcionaba. Fui un cobarde. Lo siento.
La explicación hace el daño más comprensible. No más pequeño.
Durante años imaginé muchas versiones de esta conversación. Ninguna incluía descubrir que una disculpa correcta no produce una emoción correcta a cambio.
—He oído lo que has dicho.
Óscar entiende que no significa perdón.
—Gracias por escucharme.
—No lo he hecho por ti.
Asiente. Después se marcha.
Dani espera en la puerta hasta que Óscar desaparece. Solo entonces viene y se queda a mi lado sin preguntarme si estoy bien.
—Han cambiado las porterías —dice.
—Sí.
—Eran amarillas.
—Verdes.
—Yo estudié aquí.
—Yo también.
Me río. Poco, pero sirve.
Miramos la franja junto al muro.
—Ahí había margaritas —dice Dani.
Ya no puedo seguir escondiéndolo.
—Dani. Te reconocí.
Frunce el ceño.
—¿Ahora?
—La primera noche. Tu nombre me sonó.
El enfado tarda unos segundos en llegar.
—¿En el dispositivo?
—Sí.
—Y llevas todo este tiempo sin decírmelo.
Le cuento la parte verdadera y poco favorecedora: al principio solo reconocía el nombre; después aparecieron la rosquilleta, la flor y aquella sensación de conocerlo. La foto de Laura me dio la certeza. Anoche, cuando preguntó por el tatuaje, yo ya lo sabía.
—Joder, Héctor. Podías haber preguntado.
—Sí.
—No digas «sí» como si eso lo arreglara.
Cierro la boca.
—¿Por qué?
—Porque no estaba seguro al principio. Después tuve miedo de convertir lo nuestro en una historia sobre algo que pasó cuando éramos críos. Y cuanto más esperaba, peor era decirlo.
—Eso último no es una defensa.
—No.
—Anoche dormí contigo —dice—. Te pregunté por una margarita que tú sabías que venía de mí y me dejaste pensar que solo era una sensación rara.
No tengo una respuesta que lo mejore.
—Sí.
Dani da dos pasos y vuelve. No grita; preferiría casi que lo hiciera.
—No estoy enfadado porque me conocieras de niño. Estoy enfadado porque tú tenías información sobre nosotros que yo no tenía y decidiste cuándo podía saberla.
Eso es más exacto que cualquier explicación que yo hubiera preparado.
—Tienes razón.
—No vuelvas a esconderte detrás de que querías proteger «esto».
—No.
La última negativa sí significa una decisión, no un cierre.
Dani se pasa una mano por la cara.
—¿Quién eras?
Voy hasta la mesa de comida y cojo una rosquilleta.
No hace falta explicarlo.
Dani mira mi mano. Después mi cara.
—No me jodas.
—Dani.
—¿Tú eras el Rosquilleta?
—Sí.
Se lleva ambas manos a la cabeza.
—Héctor Moreno Soler era el Rosquilleta.
—No era un título oficial.
—Para mí sí.
La incredulidad le dura hasta que empieza a recordar.
Yo estuve aquí solo dos cursos, con catorce años cuando él rondaba los diez u once y tres cursos por debajo.
Su padre llegaba tarde algunos días desde la huerta; Laura se marchaba antes y Dani acababa en el muro porque yo tenía comida y me negaba a decirle mi nombre.
—Hablabas sin parar —digo.
—Eso no identifica a mi versión infantil.
Parto la rosquilleta y le ofrezco la mitad pequeña. Dani me quita la grande.
—Siempre hacías eso.
—Difamación de un menor.
El primer mordisco parece abrir otra puerta.
—La margarita.
—Sí.
—¿Te la di yo?
Asiento.
Le cuento solo la tarde necesaria. Óscar había leído la carta. Yo estaba sentado en el muro, queriendo que nadie se acercara. Dani llegó, ignoró mi orden de largarse, cogió una rosquilleta, la partió y me devolvió una mitad.
Después arrancó una margarita.
—Dijiste que si yo ponía la comida, tú tenías que poner algo porque si no era robo.
Dani empieza a reírse.
—Eso sí suena a mí.
Guardé la flor entre las páginas de un libro. Años después me tatué otra.
—¿Por mí?
Hay miedo, no coquetería.
—No como destino. Ese colegio se convirtió durante mucho tiempo en Óscar, la carta y gente vigilando cómo debía ser un chico.
Tú no sabías lo que había pasado ni viniste a salvarme.
Te sentaste, robaste comida y conseguiste que durante un rato nadie se estuviera riendo de mí. Quise conservar también esa tarde.
Dani mira el patio.
—Yo apenas me acordaba de ti.
—No pasa nada.
—Tú llevas una margarita y yo te tenía archivado como un adolescente maleducado que racionaba carbohidratos.
—Bastante preciso.
Luego vuelve a la primera noche.
—¿Por eso me mirabas así?
—En parte. El nombre me resultaba familiar. También estabas borracho, llorando y a punto de caerte.
—Qué romance.
—Y me pareciste guapo.
Eso consigue callarlo un segundo.
Aprovecho.
—No había una historia esperándonos, Dani. Éramos dos críos que coincidieron unas tardes. Lo de ahora empezó ahora.
Asiente.
Sigue enfadado porque se lo oculté. Tiene razón. No intento convertir la margarita en absolución.
Cuando pregunta por Óscar le digo que se disculpó y que lo escuché. No pregunta si lo he perdonado.
Nos vamos poco después. Laura nos informa de que mañana debemos aparecer antes en casa por el cumpleaños de Víctor porque hay que mover una mesa.
—Tú vienes —me dice.
Miro a Dani.
—Sí.
En la calle, un grupo de adolescentes pasa riéndose. Mi cuerpo registra la carcajada antes de comprobar que ninguno me ha visto. El reflejo todavía existe; lo nuevo es que ya no decide qué hago después.
A los pocos pasos la mano de Dani roza la mía. Puede ser accidente. Esperamos dos pasos, como dos idiotas concediendo a la casualidad una oportunidad de retirarse.
Entonces la cojo.
Dani se detiene medio paso y me mira.
—Hola.
—No.
—Tenía que intentarlo.
No lo suelto. Seguimos por Benimaclet con las manos unidas, sin comprobar quién puede verlo y sin convertirlo en una declaración que todavía no hemos hecho.
—Mañana —dice Dani.
—Voy.
—¿Conmigo?
—Sí.
—¿Como qué?
Todavía no tengo una palabra que no suene prestada.
—Como yo. Y sin fingir nada.
Dani tarda un momento.
—Eso sí me sirve.
Lo beso. Corto, en mitad de Benimaclet, con gente pasando y sin necesidad de comprobar quién mira.
Cuando se aparta, conserva mis dedos entre los suyos.
—Sigo un poco enfadado.
—Lo sé.
—Y si te quedan otros veinte años de información oculta…
—Puede quedar alguna comunión.
Me suelta.
—Hasta mañana, Rosquilleta.
—No.
Ya se aleja.
—Buenas noches, Rosquilleta.
—Dani.
Dobla la esquina riéndose.
Mi madre escribe cuando vuelvo hacia la moto.
¿Has ido al encuentro?
Sí.
¿Y?
Pienso en Óscar, Dani, una carta, una flor y una mano que acabo de sostener en la calle.
Largo. Mañana te cuento.
La respuesta llega enseguida.
Trae el táper.
Eso sí sé cómo llamarlo.