15 SIN UNIFORME
La primera gota me entra por el cuello justo cuando Héctor dice:
—No va a llover.
La segunda le cae en la frente.
—Dos —digo.
—No seas pesado.
Entonces el Turia desaparece detrás de una cortina de agua.
Lúa considera que correr bajo una tormenta es un premio.
Nosotros salimos hacia el barrio porque la moto queda demasiado lejos y la casa de Héctor demasiado cerca como para fingir que existe una decisión razonable distinta.
Cuando alcanzamos el portal, mi camisa pesa, tengo agua dentro de una zapatilla y la camiseta gris de Héctor se le ha pegado a la espalda con una eficacia que debería denunciar ante algún organismo.
Ayer estábamos besándonos en Benimaclet junto a una bolsa de tomates. La semana anterior discutíamos sobre si mi trabajo lo convertía en contenido. Antes de eso me masturbaba imaginándolo y podía echarle la culpa al uniforme.
Ahora corre delante de mí, empapado, sujetando la correa de una perra encantada con el desastre.
El uniforme ha sido definitivamente absuelto.
Lúa se sacude nada más entrar y moja la pared, mis pantalones y a Héctor por segunda vez.
Él la mira.
—Perfecto.
—Ella sí consultó la previsión.
—Calla.
Subimos en ascensor chorreando. Héctor pulsa el quinto y yo miro los números porque mirar su camiseta pegada al pecho ya ha dejado de ser una actividad razonable.
Huele a lluvia, piel y el resto de desodorante de alguien que no esperaba terminar empapado un sábado.
Cuando las puertas se abren, me descubre demasiado callado.
—Estás congelado.
—Sí.
Sus ojos bajan a mi boca.
—Mentiroso.
En casa nos repartimos las toallas. Yo seco patas; Héctor, el resto del animal.
Lúa tiene barro entre las almohadillas y una hoja en una pata trasera, de modo que durante un minuto nuestra gran tensión romántica consiste en impedir que una perra húmeda se suba al sofá.
Cuando intenta huir, nuestras manos se encuentran sobre el arnés y nos quedamos quietos un segundo de más.
—No pienso sexualizar el secado de un perro —digo.
—Gran noticia.
Lúa aprovecha nuestra madurez y escapa.
Héctor se incorpora y señala mi camisa.
—Quítatela. Está empapada.
Mi cerebro reacciona a la primera mitad de la frase antes de recibir la segunda.
—Ah.
—¿Qué habías entendido?
—Nada administrativamente defendible.
En el dormitorio me ofrece una camiseta seca. No llego a ponérmela. Héctor se quita la suya y la deja junto a mi ropa mojada. La tira adhesiva del fisio sigue en la parte alta del hombro derecho.
—¿Mejor?
—Sí. Y no voy a entrenar esta semana.
—Mira tú. La medicina basada en amenazas funciona.
Lo miro sin esconderme. Pecho, vello, una marca de la cintura del pantalón mojado. Ninguna iconografía. Héctor me devuelve exactamente la misma atención.
Dejo la camiseta limpia sobre la cama.
—Hoy no quiero volver a parar donde paramos ayer.
La respiración se le hace un poco más lenta.
—Yo tampoco.
Se acerca y me pone una mano en la cintura, pero no me besa todavía.
—Antes quiero saber una cosa. ¿Has estado con alguien desde que empezamos esto?
—No.
—Yo tampoco.
—¿Ni Álex?
Su mano se detiene.
—¿Cómo sabes lo de Álex?
—No sé lo de Álex. Era un nombre aleatorio.
Me mira.
—Has acertado.
La risa nos rompe la tensión durante unos segundos.
—Qué humillación estadística —digo—. ¿Es guapo?
Héctor me coge de la nuca.
—Cállate.
Me besa. Método eficaz.
La piel todavía está fría por la lluvia, pero su boca no. Lo atraigo por la cintura y su mano sube por mi espalda. Cuando el beso empieza a volver inútil cualquier conversación, él se aparta lo justo.
—Última analítica hace tres meses. Negativa. Nada de riesgo desde entonces.
—Cuatro meses en mi caso. También negativa. Con penetración, condón.
Asiente. Sus dedos siguen en mi espalda.
—Y si seguimos acostándonos, no quiero quedar con otros mientras tanto.
Esta vez no hay risa.
—Yo tampoco.
—De momento.
—De momento.
La provisionalidad no me enfría. Me gusta que exista porque la estamos eligiendo en vez de utilizar una palabra grande para tapar lo que todavía no sabemos.
Lo beso otra vez y soy yo quien se aparta.
—Soy versátil.
Héctor levanta una ceja.
—Yo también.
—Hoy quiero follarte.
Su cuerpo responde antes que la cara. La mano de mi cintura aprieta.
—Quiero —dice.
—¿Seguro?
—Sí. Hace tiempo que no estoy abajo. Ve despacio al principio.
Se le tensa la mandíbula al decirlo. No necesita convertirlo en otra cosa.
—Tú me dices.
—Y tú también.
Eso basta.
Los pantalones mojados intentan convertir la transición al sexo en una actividad industrial. Héctor termina sentado en la cama después de perder el equilibrio mientras intenta sacarse un vaquero del tobillo.
Me río.
—Internet estaría devastado.
—Dani.
—Una fantasía nacional derrotada por denim húmedo.
Me agarra de las caderas y me hace caer entre sus piernas.
—Sigue hablando.
Dejo de hacerlo cuando su boca toca mi abdomen.
Nos desnudamos sin prisa. Él me abre el pantalón; yo termino de bajárselo.
Me quedo de pie entre sus rodillas mientras me besa por encima de la cintura y después me mira al quitarme la ropa interior.
Ya me ha visto desnudo, pero esta vez no estamos explorando hasta dónde podemos llegar sin llegar del todo. Hemos dicho qué queremos.
Le paso la mano por el pecho y bajo hasta su polla. Está duro; cuando cierro los dedos, Héctor echa la cabeza hacia atrás un instante y la compostura se le va de la cara.
—¿Así?
—Sí.
Muevo la mano dos veces y paro antes de que esa práctica conocida absorba la escena.
—Hoy no quiero quedarme aquí.
—Yo tampoco.
Ya conocemos nuestros cuerpos; lo nuevo es lo que vamos a pedirles ahora.
En la mesilla hay condones y lubricante. También una pelota pequeña de Lúa.
La sostengo entre dos dedos.
—Necesito contexto.
—Yo también.
La dejo en el suelo.
Héctor se tumba. No parece la versión perfecta que Internet recortaría: pelo todavía húmedo, la cinta del fisio, una rodilla con un raspón y una tensión evidente en la mandíbula.
Me arrodillo entre sus piernas y lo beso antes de bajar la mano.
—¿Hombro?
—Bien.
—¿Y tú?
—Nervioso.
La respuesta me detiene más que cualquier pose de seguridad.
—Yo también.
Le pongo lubricante en la entrada y trabajo primero por fuera. Héctor abre las piernas un poco más, pero la mandíbula sigue tensa. Cuando entro con un dedo, su cuerpo se cierra alrededor de mí.
—Espera.
No avanzo. Tampoco retiro la mano de golpe.
Héctor respira, los dedos cerrados alrededor de mi muñeca sin apartarla.
—Hace mucho —dice.
—No tenemos prisa.
Al cabo de un momento la presión de su mano cambia.
—Ahora.
Entro un poco más. Beso la cara interna del muslo y dejo que él marque lo que necesita.
—Más lento.
Obedezco. Cuando cede, muevo el dedo con recorridos pequeños. Su erección descansa sobre el abdomen y la respiración empieza a perder regularidad.
Encuentro un ángulo.
—Ahí.
Repito. Héctor deja escapar un sonido corto, sorprendido, y la mano de mi muñeca termina en mi nuca. Añado lubricante y, cuando me pide más, un segundo dedo. Otra pausa. Otro ajuste.
Durante años he sido muy bueno interpretando señales que nadie me había pedido interpretar. Ahora puedo limitarme a preguntar.
—¿Esto?
—Sí.
—¿Más?
Héctor abre los ojos.
—Sí.
Me pongo el preservativo. Las manos me tiemblan lo bastante para que lo note.
—Muy tranquilo te veo —dice.
—Estoy ofreciendo una imagen de marca.
—Mala.
Nos besamos mientras me coloco. Él abre las piernas y me guía por la cadera.
—Despacio.
Presiono. La primera resistencia me obliga a cerrar los ojos. Cuando Héctor contiene el aire, me quedo quieto.
—Así. Espera.
Espero.
Su mano se extiende por mi espalda. Al cabo de unos segundos asiente contra mi boca.
—Sigue.
Entro poco a poco hasta estar completamente dentro. El calor me deja sin ninguna observación inteligente. Héctor también parece haber perdido su capacidad habitual de organizar el espacio.
Nos miramos.
—Muévete —dice.
Empiezo con recorridos cortos. El primer movimiento me recorre entero y tengo que contener el impulso de acelerar. Héctor flexiona las piernas hasta encontrar un ángulo mejor; cuando voy demasiado rápido me aprieta la cadera.
—Menos.
Bajo el ritmo.
Un minuto después tira de mí.
—Tampoco tanto.
—Tus instrucciones presentan problemas de consistencia.
Me besa para callarme.
El ritmo termina siendo de los dos. A veces su cuerpo me recibe con una facilidad que me hace perder la respiración; otras necesito detenerme, recolocar una rodilla o cuidar de no cargar el hombro derecho.
Héctor no finge que todo le resulta perfecto: una vez me hace cambiar el ángulo, otra me dice que espere, después me pide que vuelva exactamente a donde estaba.
Eso me excita más que cualquier fantasía de control.
Sé dónde no cargar su hombro, él me dice cuándo quiere más y yo dejo de medir si lo hago «bien» cada vez que su cuerpo reacciona. Cuando aquella parte de mí que siempre necesita evaluar la respuesta ajena intenta convertir el sexo en examen, pregunto en lugar de interpretar.
—¿Así?
Héctor asiente, respirando contra mi boca.
—Así.
Eso tiene que bastar.
Héctor baja una mano hacia su polla. Se la aparto.
—Quiero hacerlo yo.
Me mira un instante y asiente.
La coordinación es pésima al principio. Mi mano pierde ritmo cada vez que cambio el movimiento de las caderas.
—Hay demasiadas extremidades implicadas —murmuro.
Héctor se ríe y el sonido termina en gemido.
—Puedes dejarme…
—Me niego a perder contra la anatomía.
Encuentro por fin una combinación que le gusta. Su mano se aferra a mi nuca y noto cómo se acerca al límite. Intento frenar para esperar.
—No —dice.
—Quiero que…
—Haz lo que te apetezca, Dani.
Acelero.
Héctor se corre primero, sobre mi mano y su abdomen, con mi nombre partido por la respiración. Aguanto unos segundos más antes de correrme dentro del preservativo. Termino pegado a él, la cara contra su cuello y una incapacidad completa para fingir elegancia.
Cuando intento retirarme, su brazo me retiene.
—Un segundo.
Me quedo.
Héctor abre los ojos y tarda un instante en recomponer la cara. No lo hace del todo.
—Hola —digo.
Se tapa la cara.
—No.
La risa nos mueve y tengo que sujetarme para no hacerle daño.
—Ha sido una aportación importante al momento.
—No vuelvas a decirla.
Me besa antes de que pueda recurrir.
Después salgo con cuidado, sujeto el preservativo y compruebo que está bien antes de tirarlo. Héctor se queda tumbado unos segundos, respirando con un antebrazo sobre los ojos.
—¿Dolor?
—No.
—¿Hombro?
Aparta el brazo.
—Dani.
—Control de calidad.
—Estoy bien. Sensible, pero bien.
Le llevo agua antes de ir al baño. Cuando regreso, él ya se ha levantado para limpiarse y protesta porque ha pisado mi camiseta mojada. La sábana necesita atención. Mis piernas también tardan un poco en recordar que su función principal es caminar.
Y Lúa araña la puerta como una inspectora de vivienda.
Cuando la dejamos entrar, nos examina con el hocico y se instala en la cama sin autorización.
—Tiene derecho adquirido —digo.
—Tiene cinco segundos.
No los utiliza.
Comemos tortilla, pan y tomate en la cocina, medio vestidos. Llevo unos bóxers suyos porque los míos siguen mojados y tengo que subírmelos cada vez que camino.
—Tus proporciones son absurdas.
—Podías ponerte los tuyos.
—Y morir de neumonía genital.
—Eso no existe.
—La medicina ha dicho cosas peores.
Héctor se inclina para coger agua y entonces veo el tatuaje en la parte posterior del hombro izquierdo. Es pequeño: una margarita de líneas negras, sencilla, algo envejecida.
—No sabía que tenías eso.
Se queda quieto.
—Sí.
Me acerco.
—¿Una margarita?
—Sí.
La familiaridad aparece antes de poder localizarla. Patio. Flores en la fotografía de Laura. Algo más que se escapa cuando intento cogerlo.
—Me suena.
Héctor gira la cabeza.
—¿De qué?
—No sé.
Demasiado rápido, su atención cambia.
—¿Tiene historia?
—Sí.
—¿Me la cuentas?
Durante un segundo parece que va a hacerlo.
—No hoy.
Quiero insistir. No lo hago.
—Vale.
Eso parece sorprenderlo.
—Estoy creciendo.
—Lentamente.
Seguimos comiendo. La flor continúa detrás de él y en algún lugar incómodo de mi cabeza.
La lluvia baja de intensidad, pero mi ropa no va a secarse pronto. Cuando pregunto si quiere que me quede, Héctor responde sí antes de que pueda fingir que la logística ha decidido por nosotros.
La conversación de antes vuelve al recoger la cocina. Tener sexo ha resuelto exactamente una cuestión: ya sabemos que queríamos tenerlo. El resto sigue donde estaba.
—Lo de no estar con otros —digo—. No significa que Marcos haya desaparecido.
Héctor apoya las manos en la encimera.
—Lo sé.
—Hoy me escribió. Trabajo y después lo del encuentro de mañana. También preguntó si comíamos el domingo. No sé qué quiero hacer con esa relación ahora que no voy a seguir siendo el de siempre.
—No tienes que resolverlo por lo que hemos hecho esta noche.
—Ya. Pero sé que no quiero acostarme con él. Ni con Marc ni con nadie más ahora.
Héctor asiente.
—Yo tampoco.
—Ni con Álex.
—Vas a conseguir que me arrepienta de haberte dicho el nombre.
Sonrío.
Entonces él añade:
—Mateo tampoco me da igual. No quiero volver con él. Eso terminó hace años. Pero lo que pasó sigue apareciendo donde no lo invito.
Entiendo demasiado bien esa frase.
—Marcos también.
Nos quedamos juntos en la cocina, hombro con hombro. Marcos pertenece a años de mi vida; Mateo a una herida que Héctor todavía lleva a sitios donde no quiere. Ninguno necesita desaparecer del pasado para que nosotros podamos decidir qué hacemos aquí.
—Entonces ¿qué somos? —pregunto.
Héctor tarda.
—Nos estamos viendo. Y acostándonos exclusivamente, de momento.
—Una etiqueta espantosa.
—Es exacta.
La parte de mí que quiere «novios» porque esa palabra sonaría a haber sido elegido intenta abrir la boca. No la dejo.
—Me vale.
Volvemos a la cama sin repetir el sexo. Estoy cansado y Héctor está algo sensible; comprobamos ambas cosas sin convertirlas en problema. Lúa intenta ocupar mi lado, pero ahora ya sé dónde están las golosinas y la corrupción institucional resuelve el conflicto.
En la oscuridad, Héctor mete una pierna entre las mías y me besa la frente.
Ese gesto resulta más difícil de gestionar que todo lo anterior.
El teléfono se ilumina en la mesilla.
Laura:
MAÑANA 18:30. ÓSCAR HA CONFIRMADO. NO LLEGUES TARDE.
Héctor se tensa apenas.
—¿Qué pasa? —pregunto.
—Nada.
Pienso en la margarita. En el patio. En cómo ayer preguntó mi edad al ver la foto. Hay una pieza que todavía no encuentro.
Héctor me besa despacio.
—Mañana —dice.
—¿Qué pasa mañana?
Tarda una fracción de segundo.
—Ya veremos.
No es una respuesta. Tampoco la fuerzo.
Dejo el teléfono boca abajo y la habitación vuelve a quedar oscura.