¡ESPÓSAME YA! 14 LO QUE QUEDA CUANDO NO LLAMAS
65%

14 LO QUE QUEDA CUANDO NO LLAMAS

El tercer día sin hablar con Dani empieza con Lúa robándome la venda elástica del hombro.

La encuentro en mitad del salón, quince centímetros blancos colgándole de la boca y una tranquilidad incompatible con el delito.

—Suéltala.

Mueve la cola y retrocede.

Tengo fisioterapia dentro de cuarenta minutos. Había dejado la venda junto a las llaves, la cartera y el informe para salir sin perder tiempo. Lúa ha identificado el único elemento capaz de desmontar el plan.

No corro detrás. Negociamos una golosina. Ella entrega el material con dos agujeros nuevos y se sienta a esperar el pago.

—Cero principios.

La rutina, en cambio, ha vuelto casi entera: trabajo, casa, perro, comida, sueño. Nadie ocupa tres cuartas partes de mi cama después de asegurar que duerme recto. Nadie deja un vaso donde yo pondría las llaves. Nadie cuestiona la proteína de mis yogures.

Todo está otra vez en su sitio y, por algún motivo, funciona peor.

El teléfono vibra. Una aplicación que llevo semanas sin abrir me informa de que Álex está cerca.

Lo conozco lo suficiente: tres encuentros, cero desayunos, ninguna pregunta después.

Abro su perfil. Sigue gustándome. Podría escribir ¿Esta noche?

y recuperar en cinco segundos un sistema que siempre me ha resultado sencillo.

Dejo el cuadro de mensaje vacío.

Lúa bosteza a mis pies.

—No.

No sé si se lo digo a ella, a Álex o a mí.

El fisioterapeuta confirma la sobrecarga y me prohíbe durante una semana dominadas, press por encima de la cabeza y vóley. Cuando menciona lo último lo miro.

—Eso fue una vez.

—Me lo contaste tú.

Peor.

Me hace repetir un ejercicio con banda y me advierte que, cuando pueda elegir, deje de cargar siempre el lado derecho. Asiento. Elegir lo que uno puede y gestionar el resto funciona bastante mejor con hombros que con personas.

Al salir pienso en Dani. En realidad llevo pensándolo desde antes de pagar, pero fuera deja de ser ruido y vuelve completa la última discusión.

Yo diciéndole que podía salirse de la campaña.

Él respondiendo que yo no era tan importante.

Los dos intentando retirar frases después de haberlas usado exactamente donde dolían.

Pedí distancia. Dani me la ha dado.

Tres días sin escribir una sola vez.

Descubrir que alguien sabe respetar un límite resulta menos satisfactorio cuando una parte de ti esperaba que adivinara una excepción que nunca formulaste.

En el trabajo, Javier me encuentra peleándome con una botella de agua porque intento abrirla con la izquierda.

—Pareces recién estrenado en el sistema musculoesquelético.

—Fisio.

—¿Te ha prohibido ser imbécil?

—Una semana.

—Tratamiento ambicioso.

Después de verme fallar dos veces extiende la mano. Le lanzo la botella; la abre y me la devuelve sin comentario. Cinco minutos después discutimos sobre un parte incompleto. Eso es exactamente lo que necesito de él.

Iván tampoco diagnostica nada. Solo me invita a cenar arroz en casa con Rubén. Cuando digo que no quiero ir, acepta la diferencia entre no poder y no querer y me recuerda que les debo un táper.

A las seis, ya cambiados, recibo un mensaje de mi madre.

El sábado hacen el encuentro del colegio. Me lo ha mandado Mari Carmen. Por si te apetece.

Debajo hay un cartel del colegio en el que estuve un par de cursos antes de cambiarme.

Respondo No creo sin abrirlo.

Carmen contesta:

Vale. Trae el táper.

Javier, al otro lado del vestuario, me enseña entonces un anuncio que le ha aparecido en el móvil.

—No lo he buscado.

—Eso empeora la historia.

Reconozco la marca antes de que empiece el vídeo.

Un hombre camina con ropa azul oscura. Durante dos segundos la cámara parece seguirlo a escondidas; después el encuadre se abre y muestra al operador, una marca en el suelo y a alguien ajustando una luz.

El modelo se vuelve deliberadamente hacia el objetivo.

Corte. Otro cuerpo, otra edad, otra forma de moverse.

El vestuario recuerda a autoridad sin copiar un uniforme que yo pueda reconocer como operativo.

La segunda pieza muestra el rodaje: cinta de suelo, maquillaje, un modelo riéndose cuando pierde la pose. En la descripción leo talento contratado, vestuario original, ficción consciente.

—No hay un policía —dice Javier.

—No.

Busca otra publicación y me enseña el casting previo.

Ahí están, convertidas en hechos, las cosas que Dani dijo que iba a defender. Actores. Producción visible. Ninguna persona real utilizada para fingir espontaneidad. Lo ha sostenido durante los tres días en que yo le pedí que no me llamara, sin mandarme el resultado para conseguir nada de mí.

Javier guarda el móvil.

—Bueno.

—¿Qué?

—Nada.

—No pongas esa cara.

—Es mi cara.

—Esa frase es mía.

—Se la he oído a media España, Moreno.

Se va.

Termino de guardar el equipo antes de abrir el chat de Dani. Escribo:

¿Podemos hablar hoy?

Lo envío antes de poder convertir cinco palabras en un protocolo.

Contesta cuando estoy llegando a la moto.

Sí. Estoy en Benimaclet hasta las ocho. Después puedo.

Voy yo. Él manda la ubicación de un café y añade que no hace falta que corra, que no es una emergencia. Recuerdo Cabanyal, lluvia y su batería muriéndose bajo un toldo.

Esta vez escribo solo:

Tardo veinte.

Dani me espera fuera con una bolsa de tela y otra de papel. Al acercarme ninguno sabe si saludarse con un beso, una mano o simplemente la existencia. Elegimos la tercera opción.

Levanta la bolsa.

—Mi madre considera un fracaso del sistema familiar que salga de Benimaclet sin comida.

Dentro lleva tomates, mandarinas y un paquete que huele antes de identificar.

—Tortilla —decide.

Entramos. Prefiero el ruido de la cafetera y un niño negociando un batido como cena al Turia vacío de la última vez.

Cuando nos sentamos, voy primero.

—He visto la campaña.

Dani asiente.

—Javier.

—¿Javier?

—El algoritmo.

—Eso sí me lo creo.

Giro la cucharilla entre los dedos.

—No me la mandaste.

—Me pediste que no te escribiera.

La respuesta me deja exactamente delante de mi propia petición.

—Hiciste bien.

Dani explica que el cliente aceptó la ruta tras el test. Mantienen parte del lenguaje rápido para redes, pero el rodaje se hace visible, los intérpretes saben qué están representando y él sigue dirigiendo la cuenta. Podía haber perdido ese lugar cuando mandó el correo. No ocurrió.

—Fui injusto contigo —digo.

Levanta los ojos.

—¿Qué parte? Hay catálogo.

—Cuando te dije que podías salirte. No sabía qué hacer con algo que me afectaba y te puse delante una solución que tenía un coste para ti. Y cuando reduje tu trabajo a palabras para ocultar lo que hacía.

Dani apoya el vaso.

—Eso me cabreó bastante.

—Ya.

—Mi profesión no deja de ser real porque venda cosas.

—No.

—Aunque a veces vendamos auténticas mierdas.

—También.

—No te emociones.

La boca se me mueve. Dani deja que el humor termine allí.

—Yo también fui un cabrón —dice—. Lo de que no eras tan importante. Sabía dónde estaba dando. Quería dejar de sentir que tenías razón sobre una cosa y usé otra para hacerte daño. Lo siento.

No lo convierte en accidente. Eso ayuda.

—Gracias.

La cafetera ruge detrás y alguien deja caer una bandeja. Mejor. No necesito solemnidad.

—Cuando dijiste que no sabías qué estábamos haciendo —continúa—, yo tampoco. Respondí como si no saberlo significara que aquí no había nada.

—Sigo sin saber qué hay.

—Qué alivio.

—No he terminado. Sé que no quiero pasar tres días así cada vez que discutamos.

Dani me mira.

—Yo tampoco.

—Pedir distancia me pareció sensato. Me sentó como una mierda.

—Las dos cosas pueden ser verdad.

Asiento. Marcos sigue existiendo. La campaña tampoco se ha convertido mágicamente en algo que me guste. Lo que cambia es más pequeño: los dos sabemos qué hicimos durante la pelea y ninguno intenta trasladar toda la culpa al otro.

Terminamos las bebidas y seguimos sentados.

—Estás mirando —dice Dani.

—Tú también.

—Yo tengo motivos. Sé cómo besas.

Mi cuerpo reconoce la frase antes que mi cabeza.

—No es un motivo.

—Como argumento, me parece bastante sólido.

Fuera empieza a caer la tarde. Dani tiene que llevar la comida a casa de sus padres. Le pregunto si puedo acompañarlo un rato.

Dejo la moto y caminamos por Benimaclet. Hablamos del cliente, del fisioterapeuta y de mi prohibición temporal de entrenar. No de qué somos. Al llegar a una plaza pequeña, Dani se detiene.

—¿Qué hacemos?

Esta vez elijo una sola pregunta dentro de todas las posibles.

—Quiero besarte. ¿Tú?

—Sí.

Voy hacia él.

El beso tiene la fuerza de tres días sin tocarlo y ninguna intención de arreglar la discusión.

Dani me agarra de la camiseta; yo le sujeto la nuca y la cintura.

Cuando vuelve a buscar mi boca, mi mano entra bajo su camisa y encuentra piel caliente.

Él hace lo mismo, dedos en mi abdomen, y el cuerpo decide muy deprisa cuánto ha echado de menos al otro.

Dani acerca las caderas. La erección contra la mía hace que deje de importarme durante unos segundos que estamos en una plaza.

Hasta que una bolsa cruje entre nosotros.

Dani se aparta.

—Espera.

Suelto las manos inmediatamente.

Él saca un tomate y lo examina.

—Mi madre casi pierde una víctima inocente.

—Tenemos prioridades extrañas.

—Tú no tienes que explicarle a Amparo por qué has reventado un tomate con una erección.

Cierro los ojos.

—No vuelvas a decir esa frase.

La bolsa queda a salvo junto a un banco. El segundo beso es más lento y después deja de serlo. Le agarro el culo por encima del pantalón; Dani vuelve a pegarse hasta que ambos tenemos que recordar que existen vecinos, ventanas y una calle alrededor.

Nos separamos riéndonos más de lo que ayuda a nuestros cuerpos.

Entonces vibra su teléfono.

Laura le ha mandado fotografías antiguas del colegio y el anuncio del encuentro del sábado. Dani abre una, dispuesto a burlarse de su pelo.

Yo dejo de oírlo.

El patio. Un muro bajo. Una franja de tierra junto a la valla. Un niño de unos once años sentado con media rosquilleta en la mano, riéndose hacia alguien que ha quedado fuera de cuadro.

Daniel Navarro Ferrer.

Dani.

La escena incompleta que llevo días rozando encaja de golpe. No recupero cada palabra ni necesito hacerlo. Sé quién era el niño. Y sé, con la misma certeza incómoda, dónde estaba yo respecto a esa fotografía.

—¿Cuántos años tenías? —pregunto.

—Once, creo. Mira ese pelo. Mi madre debería responder ante La Haya.

Detrás de él reconozco también el colegio que asoma al final de la calle.

Dani desliza hasta otro mensaje.

—Joder. Óscar Gimeno también va.

El nombre me entra mucho peor que la fotografía.

—¿Te pasa algo? —pregunta.

Puedo contárselo. Colegio. Rosquilleta. La flor. Todo lo que por fin sé.

No aquí. No todavía medio excitados junto a una bolsa de tortilla porque una foto me ha acorralado.

—Me suena el patio. Viví cerca un tiempo.

Dani espera. Después guarda el teléfono sin intentar abrirme a la fuerza.

—Laura ya ha confirmado por mí. Podría borrarme, pero creo que voy a ir.

—¿Aunque vaya Óscar?

—Quizá precisamente por eso.

Llegamos a la esquina donde se separa hacia casa de sus padres.

—¿Volvemos a hablarnos entonces? —pregunta.

—Sí. Sin fingir que está todo resuelto.

—Perfecto. Y sin reunión de definición ahora. Llevo tortilla.

Le doy un beso corto. Dani me agarra de la camiseta y añade otro por decisión propia.

Antes de doblar la esquina levanta la bolsa.

—¡Los tomates viven!

Una mujer se vuelve a mirarme. Prefiero no imaginar la versión de la historia que acaba de recibir.

Cuando Dani desaparece, abro el mensaje de mi madre. El cartel que rechacé por la mañana corresponde al mismo colegio, el mismo sábado.

Después vuelvo a la foto de Dani: muro, rosquilleta, flores junto a la valla.

Ya no estoy intentando recordar.

Sé.

Abro el chat de Carmen.

¿Tienes todavía el enlace del encuentro?

Lo envía un minuto después.

Debajo añade:

Trae el táper.