13 NO SOMOS UNA CAMPAÑA
A las once y cuarto, después de diecisiete minutos oyendo al cliente llamar «cultura» a una colección de hombres sudados vestidos de azul, llega el diagnóstico:
—Nos falta sed.
Víctor deja de dibujar círculos en su libreta. Escribe FALTA SED y debajo añade una tumba. No lo miro. Hoy no puedo permitirme reírme.
Han pasado dos días desde que desayuné en casa de Héctor.
Hemos intercambiado pocos mensajes: el fisioterapeuta confirmó la sobrecarga del hombro; yo le mandé una foto de Víctor frente a cuarenta y tres grises y él respondió que parecía detenido.
Suficiente para que el silencio no sea retirada.
Insuficiente para saber qué somos. A veces miro el chat y me encuentro pensando que, si una conversación puede sostenerse con una foto de grises y tres palabras secas, quizá estoy aprendiendo un idioma que no sabía que quería hablar.
Ahora mi teléfono está boca abajo y la cuenta ocupa la pantalla grande. Cuatro actores sostienen crema facial dentro de una propuesta tan limpia que parece haber sido desinfectada antes de entrar en la sala.
—La ruta se entiende —dice la voz del cliente—, pero habéis intelectualizado el fenómeno.
Marcos pregunta qué falta exactamente. La siguiente diapositiva responde por él: campañas ajenas, publicaciones de redes y un montaje vertical que reconozco antes de querer hacerlo.
Primero aparecen otros agentes; luego Héctor, grabado en otro servicio cerca de Alameda, girándose hacia alguien fuera de cuadro.
Después, los once segundos antiguos conmigo tambaleándome contra él.
EL VALENCIA COP CINEMATIC UNIVERSE SIGUE CRECIENDO.
A un lado han capturado comentarios. Uno pregunta si se llama Moreno. El montaje lleva veintisiete mil visualizaciones desde ayer.
Veintisiete mil no lo convierten en famoso; bastan para que miles de personas hayan convertido un turno en contenido.
Un comentario pregunta dónde trabaja. Otro asegura, sin ninguna prueba visible, que es Policía Nacional.
Un tercero solo pone dos emojis de fuego.
La capacidad humana para reducir contexto tiene un departamento creativo mucho más eficiente que el nuestro.
—No digo que usemos a este chico —continúa el cliente—. Hablo de esta energía.
«Este chico» tiene treinta y cinco años, una perra ladrona y una madre que contabiliza táperes. En la pantalla dura cuatro segundos.
—¿Esa pieza está descargada en nuestro material? —pregunto.
Hay una pausa al otro lado.
—Es referencia.
—No era la pregunta.
Ricardo deja de apoyarse en la ventana. Marcos me lanza una mirada de aviso, pero espera.
—Quitadla del deck cuando terminemos —digo cuando confirman que es una captura.
El cliente asegura que no van a utilizarla. Lo que quieren es recrear la sensación: cámara móvil, menos acabado publicitario, más descubrimiento casual.
—Con actores —precisa Marcos—. Talento contratado. Podemos marcar que es casting.
Eso sí es distinto. También es exactamente la frontera que el cliente quiere emborronar. Si el actor participa, hay consentimiento. Si la pieza necesita que el espectador crea que no lo hay para resultar más excitante, la mecánica vuelve por otra puerta con mejor contrato.
—Necesitamos que parezca real —dicen.
—Real no significa robado —responde Marcos.
Lo agradezco y me irrita agradecérselo. Trabajamos bien juntos incluso cuando quiero discutir con él.
Ricardo cierra la reunión encargándonos dos rutas para las tres: una donde el artificio sea visible y otra más espontánea, siempre con actores. Cuando la videollamada desaparece, Víctor levanta su hoja funeraria.
—Esto irá a mi demanda laboral.
El chiste dura poco. Marcos considera asumible la segunda ruta si hacemos evidente la ficción. Yo creo que el cliente quiere precisamente la sensación contraria: haber pillado a un trabajador atractivo sin que sepa que lo filman.
—Una campaña puede utilizar ficción, Dani.
—Gracias por la masterclass.
—No empieces.
Tiene razón en eso. Retiro el tono.
—Perdón. Mi problema no es la ficción. Es fingir ausencia de consentimiento porque esa apariencia vende mejor.
Marcos cierra el portátil.
—Y el mío es que llevamos dos revisiones en cuatro días y cada una coincide con un cambio en lo que te pasa con Héctor.
La sala se queda demasiado atenta.
—No pedí retirar trabajadores reales porque me acostara con él.
Víctor cierra los ojos. Ricardo, por una vez, parece lamentar tener oídos.
—No necesitaba saber eso —dice Marcos.
—Yo tampoco necesitaba decirlo.
Respiro y vuelvo al trabajo. Conocer a Héctor me hizo ver antes un problema que ya estaba allí. Eso no convierte cada decisión posterior en una extensión de nuestra cama.
Marcos señala el coste real: producción rehecha, horas de Víctor, estrategia suya, una cuenta importante para la sede.
Tiene razón. Mi límite también perjudica a gente.
Que una decisión sea ética para mí no la convierte en gratuita para el equipo, y su trabajo consiste precisamente en impedir que yo confunda convicción con privilegio.
Víctor rompe el empate a su manera.
—Necesito saber qué imágenes diseño esta tarde.
—Dos rutas —dice Ricardo.
Víctor me mira.
—Las referencias de casting serán consentidas. Si hacemos la segunda, no pienso copiar cuerpos sacados de los vídeos del cliente.
Víctor no se alinea conmigo: fija su propio límite.
—Sí —digo.
Mi móvil vibra cuando salimos de la sala.
Héctor me ha enviado el mismo montaje.
¿Lo has visto?
Lo llamo desde una sala pequeña. Le digo que acaba de aparecer en una reunión del cliente y cometo el error de añadir «como referencia».
—Claro —responde.
El ruido a su alrededor me recuerda que también está trabajando.
—Hablamos luego —dice—. Salgo a las seis y media.
Quedamos a las siete en el Turia.
A las tres presentamos las dos rutas. La primera hace visible el casting; la segunda usa móvil y actores que parecen sorprendidos dentro de escenas preparadas. Está bien ejecutada, lo que la vuelve más difícil de matar.
Recomiendo la primera sin mencionar a Héctor: escala mejor, depende menos de un meme y evita que la parodia copie aquello que pretende comentar.
Además permite que el espectador vea la fabricación del deseo en vez de fingir que ha encontrado una verdad casual en la calle.
Es una defensa de campaña, no de novio. La distinción me importa.
El cliente prefiere la segunda. Marcos propone testear ambas. Entiendo por qué; me molesta igualmente.
—La cuenta existe para funcionar —dice después.
—Y yo estoy aquí para decidir qué significa funcionar sin cargarnos la idea por el camino.
—Y yo para recordarte que si nadie compra la idea, tampoco existe el camino.
No puedo ni siquiera acusarlo de cinismo. Está haciendo exactamente lo que siempre ha hecho bien: convertir entusiasmo creativo en algo que un cliente pueda aprobar y pagar.
La discusión no llega más lejos porque Ricardo exige presupuestos de las dos rutas antes de las seis. Víctor se va a producción recordándonos que no utilizará los vídeos reales como guía de casting.
A las siete y seis Héctor me espera en el Turia recién salido del turno. Un chico que pasa con un amigo lo mira, baja los ojos al móvil y vuelve a mirarlo antes de seguir andando.
Héctor también lo ha visto.
—Hoy van dos —dice.
Un responsable ya le ha preguntado si el montaje incluye su nombre o destino.
No. Si aparece información identificable o interfiere con el servicio, tendrá que comunicarlo.
De momento solo vive pendiente de quién levanta un teléfono.
Eso es suficiente para que el vídeo haya salido de Internet y entrado en su turno.
Le digo que no hice el montaje.
—No he dicho que lo hicieras. Estoy pensando que esta mañana lo enseñaron en tu reunión porque sirve para vender vuestra idea.
—El cliente mira lo mismo que Internet.
—Y vosotros le ayudáis a empaquetarlo.
Me irrita la frase porque contiene suficiente verdad para hacer daño y suficiente simplificación para ser injusta. Hace dos días me defendió cuando yo reduje su profesión a una fantasía de autoridad. Hoy es él quien aplasta la mía hasta que solo queda una máquina de vender deseo.
Le explico las dos rutas. Héctor acepta la diferencia entre contratar a un actor y grabar a un trabajador real; cuestiona que la pieza finja que el actor desconoce la cámara.
—Cada vez que hablamos aparece otra frontera —dice—. Referencia interna. Pieza final. Casting. Ficción.
—Porque son diferencias reales.
—También son palabras.
Ahí me toca a mí.
—Mi trabajo está hecho de palabras. No significa que sean un truco para esconder lo que hacemos. A veces sirven exactamente para distinguir una cosa de otra, aunque desde fuera las dos quepan en una pantalla de quince segundos.
—Tu campaña empezó con mi cuerpo en una presentación.
—Sí. Y fue un error. No puedes usar el peor error que he cometido dentro de mi trabajo para explicar mi profesión entera.
Héctor aprieta la botella. Está cansado y hoy lo han reconocido trabajando. Aun así, necesito que distinga entre mi error y toda mi profesión.
—¿Sigues en la cuenta? —pregunta al fin.
—Sí.
Se cierra un poco.
—Vale.
—No conviertas ese sí en una sentencia. Dirijo la cuenta. No controlo lo que pide el cliente.
—Puedes salirte.
La frase queda entre nosotros. Héctor intenta retirarla enseguida.
—No te estoy diciendo que lo hagas.
—Ya.
—No quiero ser la razón por la que cambies de trabajo.
Lo dice demasiado rápido, como si ya lamentara haber puesto la salida sobre la mesa. Eso debería ayudar. No ayuda.
—No eres tan importante.
Lo digo con rabia y lo veo recibirlo antes de poder arreglarlo.
—Quería decir que mi carrera no puede organizarse alrededor de ti.
—En eso estamos de acuerdo.
—Ni mi relación contigo puede convertirse en una evaluación continua de si he elegido bien profesionalmente.
Héctor levanta la vista.
—¿Nuestra qué?
—No sé.
—Yo tampoco. Ese es parte del problema. No sé qué estamos haciendo y ya tengo que confiar en cómo gestionas algo que me afecta en el trabajo.
—Y yo no quiero asumir que cada conflicto con mi profesión significa que he elegido una cuenta antes que a ti.
—No he dicho que tengas que elegirme.
—No todavía.
Esta vez soy yo quien sabe que ha cruzado una línea.
—Eso ha sido bajo —dice.
—Sí. Lo siento.
Héctor tarda antes de responder.
—Yo también.
No arregla nada. Tampoco lo intentamos con un beso. Nos quedamos a un metro, con las manos ocupadas en no buscar al otro.
—No sé cómo hacer esto ahora —dice—. Ayer podía discutir contigo y saber que después seguíamos teniendo una cocina, una cama o un mensaje. Hoy no sé dónde acaba una cosa y empieza la otra. Y no quiero seguir hasta que alguno diga algo peor. Necesito un poco de distancia.
—¿Quieres que te escriba?
—Hoy no.
Asiento. Héctor tarda un momento antes de añadir:
—No estoy rompiendo nada.
—No tenemos nada que romper.
La frase también me corta a mí. Héctor me mira.
—Exacto.
Se marcha. No lo sigo.
A las ocho y veinte vuelvo a la agencia.
Víctor sigue delante del ordenador. Me enseña el presupuesto de la segunda ruta y pregunta si damos luz verde al test de cámara.
—No todavía.
No pregunta por Héctor. Me indica que Ricardo sigue en su despacho.
Ricardo cena sobre el teclado cuando entro. Le digo que no voy a liderar la segunda ruta si el cliente exige simular una grabación no consentida. Me hace precisar el límite hasta que deja de sonar a malestar y empieza a sonar a decisión profesional.
—Son actores con contrato —dice.
—Lo sé. Si quieren sensualidad, códigos de autoridad o una parodia del meme, puedo hacerla. Si quieren que el atractivo dependa de fingir que hemos cazado a un trabajador sin que sepa que forma parte del contenido, no quiero firmar esa ruta.
—¿Por Héctor?
Pienso en el Turia y en el «puedes salirte» que él mismo quiso retirar.
—Empezó por él. La decisión ya no. Si mañana Héctor decide no volver a hablarme, seguiré sin querer dirigir esa versión.
Ricardo enumera el coste: la cuenta seguirá con otro creativo, el trabajo no será mío y la cuenta importa para consolidar Valencia.
También recuerda que ceder liderazgo no me deja moralmente fuera del sistema: la agencia seguirá facturando y yo seguiré trabajando allí.
Esa falta de pureza me tranquiliza más de lo que debería.
—Lo sé.
No dimito. Tampoco abandono la cuenta completa.
—Si aceptan la primera ruta o hacemos visible el casting en la segunda, sigo. Si exigen lo otro, cedo el liderazgo creativo de esa ruta.
Ricardo asiente.
—Mándamelo por escrito. Y no conviertas esto en una prueba de pureza. Vendemos cosas. A veces cosas estúpidas.
—Muchas.
—Tu trabajo es distinguir una mala idea de una línea que no quieres cruzar. No confundas ambas porque hoy estés enfadado.
Cuando vuelvo a mi mesa, Marcos lee el borrador por encima de mi hombro.
—¿Vas a salirte?
—De esa ruta, si mantienen esas condiciones.
—La cuenta sigue.
—Sí.
—Contaba contigo.
La frase pesa más de lo que él parece calcular. No solo en la cuenta. Durante años «contaba contigo» habría sido casi una promesa. Hoy también contiene la parte que siempre me tocaba cumplir.
—Lo sé.
Marcos señala el trabajo rehecho y las horas de Víctor. No está equivocado: mi decisión deja consecuencias a otros.
—Podías haberme llamado.
—Esta la tenía que decidir yo.
—¿Te lo ha pedido Héctor?
—No.
—Esta mañana todavía no habías decidido esto.
—Ahora sí.
Se queda callado. Luego pregunta si voy a casa y ofrece esperarme.
Hace un mes ya estaríamos eligiendo dónde cenar para reconstruir juntos el día.
—No hace falta.
Marcos tarda un segundo. No protesta ni convierte mi negativa en ofensa; simplemente registra que esta vez su oferta no organiza mi noche. Luego asiente y se marcha.
A las nueve y treinta y dos envío el correo interno.
Tres párrafos. Talento contratado y consciente de la ficción.
Tratamiento que no esconda deliberadamente la existencia de producción.
Ningún vídeo real utilizado como guía directa de casting o puesta en escena.
Si el cliente exige lo contrario, cedo el liderazgo creativo de esa ruta.
Enviar.
La oficina responde con un robot aspirador chocando contra una papelera.
Mi teléfono está junto al portátil. El chat de Héctor termina en la llamada de esta mañana.
Podría escribirle que he tomado una decisión.
Abro la conversación y cierro antes de teclear.
Si le mando el correo ahora, también empieza a pedirle algo: que lo vea, que me dé la razón, que acorte la distancia.
Guardo el teléfono y camino hacia Ruzafa sin volver a sacarlo.