¡ESPÓSAME YA! 12 DESPUÉS DEL CUERPO
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12 DESPUÉS DEL CUERPO

Me despierta un pie sobre la pantorrilla.

El despertador marca las seis y diecisiete.

Dani duerme boca abajo, desplazado hacia mi lado, con la camiseta de anoche subida unos centímetros y una pierna fuera de la sábana.

Lúa ha ocupado la franja entre los dos en diagonal, apoyada contra mi muslo.

La cama parece haber sido redistribuida durante la noche por una comisión en la que yo no tenía voto.

Dormirse con alguien todavía pertenece a la noche. Despertarse trae horarios, baño, café y preguntas bastante menos eróticas sobre qué hacer después de haber tenido la mano alrededor de la polla de un hombre al que aún no sabes dónde colocar en tu vida.

No he dormido bien. A las tres Lúa pidió agua. A las cuatro me desperté sin motivo. Cerca de las cinco Dani se giró y yo esperé, absurdamente alerta, el ruido de ropa, una disculpa baja y la puerta. No ocurrió nada. Se quedó dormido.

Eso me tranquilizó.

También me impidió dormir.

Ahora está aquí con la boca medio hundida en mi almohada, usando una camiseta que huele a mi detergente porque la suya acabó arrugada en una silla.

Sé exactamente qué hay debajo. La información podría ser sexual; a esta hora se vuelve doméstica de una forma mucho más incómoda.

Tengo que entrar a trabajar a las nueve.

Él tiene agencia. En algún momento tendremos que decidir quién usa primero el baño sin convertirlo en declaración de intenciones.

Intento sentarme. El hombro derecho da un pinchazo que me obliga a detenerme.

Dani abre un ojo.

—¿Eso?

—Buenos días.

—Tu hombro.

Se incorpora, con una marca de almohada en la mejilla y el pelo aplastado. Le digo que es una sobrecarga y que el viernes tengo cita para que me la miren, principalmente porque Iván amenaza con utilizar a mi madre como mecanismo de supervisión si vuelvo al gimnasio antes.

—Qué red de apoyo tan sana —murmura.

Lúa baja de la cama y espera junto a la puerta.

—Tengo que sacarla.

Dani busca sus pantalones, intenta ponérselos de pie y casi termina contra la pared.

—Conducta compatible con hacerse cargo de un animal —digo.

—Estoy recién despierto. Dame la correa.

—Puedo sacarla.

—Ya sé.

Se abrocha y me mira.

—Yo puedo hacerlo hoy.

La frase me molesta por una razón poco defendible. Lúa es mía. La rutina es mía. El hombro también. Podría explicarle todo eso y terminar veinte minutos después en la calle con una articulación dolorida, únicamente para demostrar una capacidad que nadie ha cuestionado.

Voy al recibidor y le doy la correa.

—Hasta la esquina, luego avenida. No hace falta bajar al Turia. No le des nada.

Dani abre la puerta.

—Bolsas.

Se las entrego.

—Eso sí habría sido grave.

Antes de salir, mira el arnés, tira una vez del mosquetón para comprobarlo y guarda las bolsas en el bolsillo. No necesita que le explique cómo cruzar una calle. La observación debería ser obvia; aun así, una parte de mí permanece preparada para darle instrucciones hasta el portal.

Lúa sale con él. Cuando cierro, el piso queda demasiado silencioso.

Me ducho. El agua caliente mejora el hombro mientras cae encima y deja de hacerlo en cuanto cierro el grifo.

Han pasado veintidós minutos cuando miro el teléfono.

Nada. No escribo. Dani tiene treinta y dos años, conoce Valencia y lleva una perra con identificación. Dos minutos después suena el timbre.

Abro todavía con la toalla en la cintura.

Dani está en el rellano con Lúa, dos cafés y una bolsa de papel. Me mira la cara, baja hasta la toalla y vuelve a subir.

—Buenos días otra vez.

—No empieces.

—No he dicho nada.

—Tu cara.

—Es mía.

Me ha robado incluso eso.

Lúa entra. Cojo uno de los vasos.

—No hacía falta.

Dani asiente, como si ya esperara exactamente esa frase.

—Ya.

Corrijo antes de convertir la mañana en una competición.

—Gracias.

—De nada.

Trae dos tostadas con tomate. Declara que una es suya y la otra puede quedarse sobre la mesa hasta alcanzar consistencia de material de construcción.

Mientras me visto me cuenta, desde el salón, que Lúa ha dedicado cuatro minutos a un alcorque y ha vuelto a encontrarse con Bruno, el beagle del tercero de la finca de al lado.

—¿Sabes cómo se llama?

—Es un perro del barrio, no un testigo protegido.

Cuando vuelvo, ha dado agua a Lúa y seca la salpicadura del cuenco con papel.

—Es mi casa.

—Correcto. Había agua en tu suelo.

Tira el papel. Fin de la operación.

A las siete desayunamos frente a frente. Su teléfono se ilumina con varias notificaciones. Reconozco el nombre de Marcos sin necesidad de acercarme.

Dani lo ve.

—Me llamó anoche.

—Lo vi.

—No contesté porque estaba aquí. Hoy lo haré cuando me apetezca y cuando sepa qué quiere.

—No tienes que dejar de contestarle por mí.

Apoya la tostada.

—No lo hago por ti.

Me gusta la respuesta más de lo conveniente. La siguiente, menos.

—Tampoco significa que Marcos haya desaparecido de mi cabeza.

Prefiero que lo diga.

Dejo la taza.

—Yo ya hice una vez eso de esperar mientras alguien terminaba de decidir. Esperé demasiado. No quiero repetirlo.

No necesito contarle Mateo otra vez. Esa pieza basta. Dani no intenta taparla con promesas.

—No te estoy pidiendo que esperes. Y tampoco puedo decirte esta mañana que años de Marcos se evaporaron porque anoche nos tocáramos.

Casi me atraganto.

—Había unas treinta formas mejores de decir eso.

—Son las siete. El departamento de lenguaje abre a las nueve.

El humor dura lo justo.

—No quiero colocarte en una sala de espera, Héctor —continúa—. Pero tampoco quiero decirte algo porque sé qué respuesta te haría sentir más seguro.

Eso me molesta porque es exactamente lo que necesito escuchar.

—Me molesta no saber.

—A mí también.

Debajo de la mesa, Lúa duerme después de haber conseguido todo lo que quería de la mañana. Una tubería empieza a golpear dentro de la pared. Ninguna de nuestras conversaciones importantes obtiene banda sonora.

—¿Y esto? —pregunta Dani, señalando la mesa, el piso, probablemente la cama.

No tengo una respuesta mejor.

—No sé.

Asiente.

—Vale.

—¿Te molesta?

—Sí.

Casi sonrío.

—A mí también.

No le pregunto qué siente exactamente por Marcos. Si lo hiciera ahora, sería para obtener una fecha de caducidad. Lo sé porque ya he vivido pendiente de una decisión ajena y tengo demasiada práctica convirtiendo cualquier matiz en calendario. Dani no me ofrece uno. Yo tampoco le fabrico uno.

Compartir incertidumbre no la vuelve cómoda. Solo me impide fingir que puedo resolverla sin él.

Nos levantamos. El hombro protesta cuando cojo el plato y se me inclina. Dani lo recibe antes de que caiga.

—Si dices «nada», te lo rompo yo para simplificar el diagnóstico.

—Turnos. Chaleco. Gimnasio. Vóley.

—Has declarado la guerra a una articulación.

—Tengo cita el viernes.

—Bien.

No añade instrucciones. Cuando intento seguir recogiendo, señala la bolsa que llevaré al trabajo.

—¿Dónde guardas los táperes?

—No necesito…

—No te he preguntado eso. Hay pasta de ayer y estoy recogiendo.

Me callo.

—Segundo armario.

Dani guarda las sobras sin convertirlas en plan de recuperación, ni preguntarme por medicación, ni decirme que descanse. Solo mete comida en un recipiente mientras yo me siento porque, de repente, el cansancio pesa más que el hombro.

Eso es lo que preferiría que no viera.

—Esto es raro —digo.

Dani mira el táper.

—La pasta está bien.

—No la pasta.

Se apoya en la encimera.

—También me resulta raro estar en casa de un hombre después de acostarme con él y no saber si tengo que irme antes de que piense que me estoy instalando.

—No estás instalándote.

—Gracias. El departamento jurídico queda tranquilo.

Sonríe. Después baja la vista hacia mí.

—También es raro verte necesitar algo.

La defensa sale antes que la frase completa.

—No necesito…

—No termines.

Me irrita. Sobre todo porque ya sé que va a acertar parcialmente.

—No hablo de que no puedas guardar pasta. Me gusta poder hacer una cosa por ti sin que se convierta en un examen sobre si eres capaz de hacerla solo.

Me levanto. El hombro tira. Dani lo ve y no interviene.

Eso ayuda más que cualquier insistencia.

—Y tú conviertes demasiadas cosas en trabajo —digo—. No quiero que empieces a demostrarme nada para que yo…

—¿Te elija?

La palabra queda en la cocina.

—Sí.

Dani mira la bolsa.

—La campaña no fue para ganarte. Y Lúa tenía que mear. Esta mañana quería sacarla. Eso es todo.

No dice que me está cuidando. No presenta factura emocional.

Me acerco y lo beso.

Corto. Café, tomate, una mano suya en mi cintura. Cuando me aparto no intenta convertirlo en otra escena sexual.

—Eso ha parecido una recompensa.

—Vete a trabajar.

—Muy romántico.

—Dani.

—Voy.

Se ducha solo. Yo termino de prepararme y contesto un mensaje de Javier:

No aparezcas con tu café horrible. Compro yo.

Estoy a punto de escribir que no hace falta.

Borro esas tres palabras antes de enviarlas.

Vale.

Dani sale del baño con el pelo mojado y mi toalla alrededor de los hombros. Su camisa de ayer tiene una arruga importante en la espalda.

—No puedo ir así.

—Ponte la chaqueta.

Se la pone, mira el espejo y la arruga desaparece.

—Odio cuánto acaba de solucionarme la vida eso.

—Sobrevivirás.

Su móvil muestra otra llamada perdida de Marcos. Esta vez abre el chat, escribe y envía. No me cuenta qué. Tampoco inclina la pantalla para demostrarme nada.

Me descubro queriendo preguntar. Qué quería Marcos. Qué ha contestado. Si anoche, después de apagar el teléfono, pensó en él. Tengo preguntas suficientes para convertir un desayuno en interrogatorio y ninguna autoridad para hacerlo. Dejo la primera donde aparece y las demás mueren detrás.

La incertidumbre tendrá que caber en la habitación sin que yo la eche a patadas.

Dani se agacha para despedirse de Lúa y ella le lame la barbilla.

—¿Nos vemos luego?

—Trabajo hasta tarde.

—Yo probablemente también. Te escribo cuando salga.

—Vale.

Abre la puerta y vuelve la cabeza.

—No me arrepiento de anoche.

Me encuentra sin preparación.

—Yo tampoco.

Asiente. Ya en el rellano añade:

—De la tostada tampoco.

—Fuera.

Se ríe y se va.

Termino de vestirme. La camisa roza el hombro cuando levanto el brazo. El viernes me lo mirarán. Hasta entonces tendré que dejar de fingir que no existe.

Abro mi bolsa para meter agua.

Dentro está el táper de pasta. A su lado, media tostada envuelta y una mandarina que no estaba ayer.

La saco.

No hay nota. Gracias.

Abro el chat de Dani.

No hacía falta que me prepararas comida.

La frase permanece unos segundos en el campo de texto. Es cierta. También es la respuesta que llevo toda la mañana utilizando para devolver cada gesto antes de tener que quedármelo.

La borro.

Guardo la mandarina, cierro la bolsa y compruebo que el táper no pierde. Está perfectamente cerrado.

Anoche pude estar desnudo delante de Dani, perder el control del cuerpo y decirle cómo quería que me tocara. Eso exigía deseo y confianza durante unos minutos.

Esta mañana ha sido peor. Dejar que sacara a Lúa, aceptar un café, sentarme mientras él guardaba pasta y encontrar una mandarina en mi bolsa exige otra clase de exposición: reconocer que puedo necesitar algo y que recibirlo no me obliga a pagar de inmediato.

Cierro la cremallera.

No devuelvo nada.

Salgo.