9 LA PRIMERA VEZ QUE NO HUYO #5
—Podrías aparentar sorpresa.
—No sabía qué ibas a decidir.
Exactamente.
Cenamos hablando también de cosas que no son la campaña ni Marcos. Cuando terminamos, Héctor deja el tenedor.
—Gracias por contármelo.
—Te dije que lo haría.
—Ya.
En la cocina nuestros brazos se rozan al cargar el lavavajillas. La tensión lleva toda la tarde esperando detrás de tomates, clientes y bolsas de plástico.
—Ayer te besé enfadado —digo.
Héctor mete un plato.
—Sí.
—Hoy estoy menos enfadado.
Se incorpora.
—Yo también.
Cierro el lavavajillas.
—Quiero besarte otra vez.
—Eso ya lo habíamos probado.
—Quiero cambiar la metodología.
Le pongo una mano en la cintura.
—Y quiero seguir. Tocar. Que me toques. No quiero follar todavía.
La atención le borra el humor de la cara.
—Me va bien.
—Si cambia, lo dices.
—Tú también.
Lo beso yo.
No hay rellano ni cuenta atrás de ascensor. Héctor me agarra por las caderas, yo por la nuca y la campaña no desaparece: simplemente deja de ser lo único que existe entre nosotros.
Cuando Lúa entra en la cocina y se sienta a observar, me separo.
—Tenemos público.
—Fuera —dice Héctor.
Lúa no se mueve.
—Una autoridad impresionante.
A la segunda orden se marcha. Héctor me mira.
—¿Dormitorio?
—Sí.
Soy yo quien tira de su camiseta. Camino en la dirección equivocada.
—Es al otro lado.
—Creaba expectación.
Se ríe contra mi boca.
En el dormitorio nos quitamos la ropa sin ceremonia. Quiero participar en cada paso. Cuando Héctor alcanza mi cinturón, le sujeto la muñeca.
—Yo.
Se detiene.
Me desabrocho delante de él, consciente de su mirada. Después le toca hacerlo a él. Ninguno finge que el cuerpo del otro nos sorprende poco.
Héctor saca lubricante del cajón.
—Qué preparado.
—Vivo aquí.
—Argumento devastador.
Cojo el bote. Pongo un poco en la mano.
—¿Puedo?
—Sí.
Lo masturbo despacio. Su respiración cambia antes que su cara. La mandíbula se le afloja y por primera vez desde que lo conozco parece incómodo no por lo que hace, sino por estar recibiendo. Cuando intento ir más rápido, Héctor me guía la muñeca.
—Más presión. Menos prisa.
Obedezco y luego le devuelvo la mano.
—Puedes decirme lo que quieres sin convertirte en director de escena.
La vergüenza le dura medio segundo. Después asiente.
Me arrodillo y le paso la lengua por la punta de la polla. Héctor cierra los ojos.
—Dani.
—Quiero.
Le doy tiempo para parar. No lo hace.
Lo tomo en la boca. Cuando sus dedos se tensan sobre mi hombro, busco su mano y la llevo a mi pelo.
—Puedes tocarme. No empujes.
—No.
Su mano se queda allí mientras encuentro un ritmo que le rompe la respiración.
No empuja. A veces solo aprieta el pelo cuando necesita algo y yo decido si seguir, bajar o apartarme.
Me gusta demasiado verlo perder precisión; el hombre que mide distancias, turnos y riesgos ahora tiene la boca abierta y una mano inútil sobre mi cabeza. Antes de que termine, me aparto.
—Todavía no.
—Controlador.
—Versátil.
Se ríe, y me besa.
Después me toca él. No adivina perfecto. Empieza demasiado fuerte y al primer movimiento tengo que apoyarme en su hombro.
—Más despacio.
Reduce inmediatamente.
—Así.
Acabamos sentados en el borde de la cama, masturbándonos mutuamente, besándonos cuando podemos y perdiendo el ritmo cuando el otro acierta demasiado. Derramo lubricante en la sábana.
—Mierda.
Héctor mira la mancha.
—Se lava.
—Necesito más tragedia.
—Sigue.
Le hago caso.
Me corro primero, encogido contra su cuello mientras su mano reduce el movimiento hasta que dejo de temblar. Después vuelvo a agarrarlo.
—No he acabado contigo.
La risa le sale rota.
Héctor dura poco. Se corre contra mi mano y su propio abdomen, besándome a mitad del orgasmo con una falta de control que me gusta más que cualquier gesto perfecto que pudiera haber imaginado.
Cuando termina, se queda sentado, respirando con la frente contra la mía y una expresión ligeramente desorientada.
No intenta convertirla en competencia. Yo tampoco.
Lúa araña la puerta.
Una vez.
Luego otra.
Héctor deja caer la frente en mi hombro.
—No puede saberlo.
—Sabe que existe una reunión sin ella.
Nos limpiamos, bebemos agua y volvemos a la cama en ropa interior. Lúa entra en cuanto abrimos y se instala entre ambos con la satisfacción de quien ha ganado un recurso administrativo.
Mi teléfono vibra en la mesilla.
Marcos.
Héctor ve el nombre. No dice nada.
La pantalla vuelve a encenderse. Alargo la mano y pulso el lateral hasta dejarla negra. No escribo «luego». No explico dónde estoy. No espero a ver si Héctor aprueba la decisión.
Dejo el teléfono boca abajo.
Lúa apoya la cabeza sobre mi muslo. La mano de Héctor encuentra mi tobillo bajo la manta.
Al rato intenta desplazar a la perra. Ella vuelve a ocupar exactamente el mismo sitio.
—Pierdes —digo.
—Es mi cama.
—Dato sin valor probatorio.
Me da un tirón suave del pie.
—¿Te quedas?
Miro mi pantalón en el suelo, el móvil apagado y a Lúa invadiendo la mitad del colchón.
—Sí.
Héctor tira un poco más de mi tobillo para acercarme.
Lúa protesta.
Esta vez ninguno de los dos le hace caso.