9 LA PRIMERA VEZ QUE NO HUYO #4
—Eso es lo que dirás cuando empiece a gritar.
—Tengo una versión más larga con palabras como «reencuadre».
—Entonces estamos salvados.
La puerta se abre. Marcos entra con Ricardo y entiende en tres segundos que ha ocurrido algo que nadie le ha contado. Ese es mi primer fallo del día.
Explico la filtración. Ricardo pide ver la captura; Marcos mira primero la pantalla y luego a mí.
—Es material interno.
—Era —digo.
Cambio a la propuesta nueva. Nada de capturas reales, nada de «polipapito», nada de insignias, esposas, porras o fantasías de detención.
Actores, vestuario propio y una idea menos interesada en demostrar que un hombre con uniforme puede estar bueno que en quién mira, qué completa y cómo un algoritmo convierte un cuerpo en categoría.
Marcos hojea las impresiones.
—Esto cambia lo que vendimos.
—Sí.
—A cuatro días.
—Sí.
—Con producción ya consultada.
—También.
Podría defenderme atacando. No lo hago. Tiene razón en el coste.
—Tendría que habértelo dicho anoche. A ti y a Víctor. El cambio afecta vuestro trabajo.
Ricardo se reclina.
—¿Y la decisión?
—La mantengo.
Durante cuarenta minutos me la hacen defender.
Como debe ser. Marcos tumba dos argumentos; Víctor descubre que una de mis referencias sigue dependiendo demasiado del uniforme real y la elimino.
Ricardo pregunta qué queda del gancho si quitamos precisamente las imágenes que hicieron visible el fenómeno.
—Queda la mirada —digo—. Si para hablar de objetualización necesitamos seguir apropiándonos de personas que no participan, no tenemos concepto. Tenemos recopilación.
A las diez y veintisiete Ricardo cierra el portátil.
—Fuera material de trabajadores reales y fuera esa palabra espantosa.
—Polipapito —dice Víctor.
—Gracias por repetirla. Dani rehace ruta, Marcos estrategia, Víctor visual. Cliente a las cuatro. Si no la compran, mañana decidimos si vuelves a la anterior con límites nuevos o sales del liderazgo de la cuenta.
Asiento.
—Y no pongas esa cara de mártir —añade—. Has detectado un problema tarde. Eso no lo convierte en menos problema ni a ti en héroe por corregirlo.
—No tenía previsto pedir placa.
Ricardo me mira un segundo y sale.
Víctor recoge su café.
—Archivos a las once y media de este planeta.
Cuando se marcha, Marcos se queda.
—¿Esto te ha afectado porque era Héctor?
—Sí.
No sirve mentir.
—Entonces Ricardo tenía razón al preguntarlo.
—También.
Se acerca a la pantalla.
—Antes me habrías llamado.
Ahí ya no hablamos de campaña.
—Antes te llamaba para casi todo.
—¿Y ahora?
Tengo trabajo para las once y media. Lo agradezco.
—Ahora no.
Marcos mastica la respuesta. No se enfada de forma espectacular; simplemente parece encontrarse una puerta donde siempre había habido paso.
Luego pregunta por Víctor.
—Sigue raro conmigo. ¿Puedes averiguar si le he molestado?
Mi antiguo reflejo conoce el procedimiento completo: tantear a Víctor, traducir a uno para el otro, volver con una respuesta útil.
—No.
Marcos parpadea.
—¿No puedes?
—No voy a hacerlo. Pregúntaselo tú.
—Puede que no quiera contestarme.
—Sí.
La molestia aparece.
—Últimamente estás muy raro conmigo.
—Puede ser.
—¿Por Héctor?
—No todo lo que hago tiene que ver con él.
Eso le llega más que el no. Durante un segundo parece querer discutirlo.
No lo hace. Esa contención me recuerda por qué Marcos sigue siendo Marcos y no el villano que me facilitaría muchísimo la biografía: sabe trabajar conmigo, me quiere a su manera y está acostumbrado a una disponibilidad que yo le ofrecí durante años.
Asiente y se marcha. Diez segundos después vuelve a asomar la cabeza.
—El cliente va a odiar «Lo que proyectas».
—Yo también.
—Bien.
Ahí seguimos siendo buenos juntos.
A las cuatro y cinco el cliente odia dos cosas, tolera cuatro y compra la que yo habría apostado que iba a hundirse. La ciencia publicitaria continúa siendo una disciplina basada en PDFs y personas diciendo «me preocupa un poco el tono».
No consigo todo. Mantienen la sensualidad y quieren conservar códigos de autoridad.
Una directora de marca pregunta si podemos mantener «la sensación de acceso restringido» sin que nadie parezca policía; Víctor escribe en el chat interno eso se llama una puerta y tengo que taparme la boca con la mano.
Consigo actores, vestuario diseñado desde cero, ninguna imagen real extraída de redes y fuera la seducción por arresto. Cuando alguien pide «energía de tío que podría detenerte», Marcos interviene antes que yo.
—Podemos conservar autoridad visual sin convertir una detención en coqueteo.
Trabajamos bien. Eso no desaparece porque yo esté dejando de organizar mi vida alrededor de él.
A las cinco y veinte seguimos con la cuenta y tenemos cuarenta y ocho horas para reformular. Podría haber perdido el liderazgo. No lo he perdido hoy.
Le escribo a Héctor:
Hemos movido la campaña. No todo. Bastante. Si te apetece te lo cuento cuando salgas.
Doce minutos después responde con una ubicación de Algirós.
Estoy comprando cena.
Encuentro a Héctor delante de unos yogures, leyendo una etiqueta con desconfianza policial aplicada al sector lácteo.
—Han cambiado este.
—Hola.
—Hola.
Levanta el envase.
—Tiene menos proteína.
—Sigue siendo yogur.
—Esa actitud explica tu profesión.
Camino a su lado mientras llenamos la cesta con huevos, tomates, pasta y comida para Lúa. Me pregunta qué he hecho. No qué debería haber hecho.
Se lo cuento: la retirada de material real, el riesgo sobre la cuenta, el cliente, el compromiso final.
—Entonces seguís.
—Sí.
—¿Y mi imagen?
—Fuera de todo material activo. Queda una copia restringida de incidencia para documentar la filtración.
Asiente.
—¿Te ha costado algo?
—Podía haber dejado de liderar la cuenta.
Eso sí le hace mirarme.
—¿Lo hiciste por mí?
Cojo una bolsa de verduras y descubro que el plástico ha decidido defenderse.
—Conocerte hizo que lo viera antes. Si hubiera sido un desconocido, probablemente habría tardado más. No me encanta, pero es verdad. Ahora el problema ya no depende de que fueras tú.
Héctor me quita la bolsa, la abre en dos segundos y me la devuelve.
—Eso quería saber.
—Podrías haber añadido algo más emocional.
—Todavía no hemos comprado ajo.
El conflicto sigue ahí. No me ha perdonado con una bolsa de calabacines ni yo he convertido una decisión de trabajo en absolución romántica. Podemos, sin embargo, comprar ajo sin convocar un comité de ética. Me parece un progreso suficiente para un supermercado.
En caja ha olvidado las bolsas reutilizables. Compro una de diez céntimos antes de que proteste.
—Participación accionarial —digo.
—Te devolveré tu inversión.
Camino de su casa pregunta si he cenado. Mi sándwich de las dos no supera la auditoría.
—Voy a hacer pasta.
—¿Eso es una invitación?
Héctor pulsa el portal.
—He comprado demasiada.
—No sabes cuánto como.
—Te conocí con dos bolsas de bollería.
Entro.
Lúa nos recibe con un rollo de papel de cocina en la boca. Héctor intenta negociar; ella responde distribuyendo media celulosa por el pasillo. Cinco minutos después estamos recogiendo jirones de papel y la campaña parece, por un momento, un problema perteneciente a otra persona.
Cocinamos juntos. Le cuento que Marcos me pidió hablar con Víctor.
—Le dije que no.
Héctor echa pasta al agua. No sonríe ni me felicita.
—Vale.