9 LA PRIMERA VEZ QUE NO HUYO #3
El trabajo me devuelve durante unas horas a cosas que admiten respuestas concretas: equipo, ruta, tiempos, personas.
El hombro derecho protesta si mantengo demasiado una postura, así que cambio el peso y sigo.
En un semáforo una chica levanta el móvil hacia nuestro vehículo.
Puede estar fotografiando cualquier cosa.
Antes ni lo habría registrado; ahora tengo que obligarme a no convertir cada cámara en una amenaza.
Durante el descanso, Iván abre una tortilla envuelta en aluminio.
—Eso no es un almuerzo —dice Javier—. Es media tortilla.
—Rubén.
La explicación cabe en una palabra.
Yo saco el teléfono para mirar la hora. No hay mensajes. Lo guardo.
Javier espera a terminar un bocado antes de sacar el suyo.
—Necesito enseñarte algo.
—Si es otro vídeo, no.
—Es peor. Una foto de una foto de una pantalla.
Su tono ha cambiado. Miro.
La imagen original es una historia de Instagram tomada en una sala de trabajo. Al fondo, en uno de los monitores, hay una presentación. Alguien ha ampliado esa parte hasta volverla legible.
EL EFECTO UNIFORME.
Debajo: capturas, agentes, vídeos de redes. Y yo, sujetando a Dani en la Alameda. Mi silueta está rodeada por un círculo rojo.
CUERPO — CÓDIGO — MIRADA.
Más pequeño:
POSTURA / CONTENCIÓN / AUTORIDAD.
El vídeo de aquella noche fue un accidente. Esto no. Alguien eligió el fotograma, lo colocó entre otros cuerpos y dibujó alrededor una marca para dirigir la vista.
Amplío el logotipo de una esquina. Reconozco la agencia por la acreditación que recogimos aquella madrugada.
—Es la empresa de Dani —dice Iván.
—Sí.
Javier explica que una empresa de producción publicó la foto sin fijarse, al parecer, en lo que aparecía al fondo. La historia duró poco. Alguien hizo captura antes de que la borraran y ya circula por varios grupos.
—Dani me habló de la campaña.
—¿De esto? —pregunta Javier.
—Me dijo que no usarían agentes reales.
Iván mira la pantalla.
—Puede ser material interno.
Probablemente. No mejora nada.
Javier guarda el móvil.
—Si empieza a circular tu nombre o algo identificativo, se mueve por donde corresponda.
Asiento. No necesito convertir una captura en un operativo; necesito saber por qué mi cuerpo estaba en esa pantalla.
Le envío la imagen a Dani.
¿Esto es vuestro?
La respuesta llega casi de inmediato.
Sí.
Después:
Llámame.
No lo hago.
Salgo a las seis.
Los tres puntos aparecen.
Voy yo. Dime dónde.
Iván guarda el papel de la tortilla y pregunta si sigo yendo al gimnasio después del turno. Ayer dije que sí. Hoy niego con la cabeza.
—Hombro.
—Te dije que no remataras el sábado.
—No necesito medicina retrospectiva.
Javier me entrega el envoltorio de su bocadillo.
—Tíralo tú. Necesitas volver a una rutina.
—Eres imbécil.
—Pero estable.
El descanso termina antes de que pueda mejorar el diagnóstico.
Quedamos cerca del Mercado de Colón. Cuando llega, a las seis y media, yo ya me he cambiado. No quería hablar de esto en una comisaría, y tampoco en mi casa. La casa conserva demasiadas cosas del sábado para meter allí esta conversación.
Dani viene deprisa, con el ordenador cruzado al hombro y las mangas remangadas. No intenta besarme.
—Ya sé de dónde salió.
Me enseña la publicación completa. El monitor ocupa una fracción de la imagen.
—El proveedor la borró —dice—, pero la captura ya estaba hecha.
—¿Usasteis mi vídeo?
No duda.
—Sí.
—Me dijiste que no.
—Te dije que no se usaría en la campaña final. Tendría que haberte contado que sí estaba en material interno.
La diferencia existe. También existe mi enfado.
Dani me explica que el cliente llegó con vídeos, memes y capturas; aquella imagen entró en el primer conjunto de referencias y siguió dentro cuando armaron el moodboard.
—¿Entró sola?
Levanta los ojos.
—No. Nosotros la dejamos. Yo también.
Eso, al menos, es suyo.
—¿Por qué?
—Porque decidí que una referencia interna no era lo mismo que utilizar públicamente a una persona. Y debería haberla sacado en cuanto supe que eras tú.
Miro otra vez el círculo.
—Hasta que lo interno deja de serlo.
—Sí.
Me cuenta que la propuesta final usa actores, vestuario creado para la campaña y ninguna insignia ni uniforme real. Que él se ha opuesto a esposas, porras, detenciones convertidas en fetiche y trabajadores reales usados como material.
—Eso no cambia esta foto.
—No.
—¿El círculo es tuyo?
Niega. Luego señala las tres palabras.
—Eso sí. Cuerpo, código, mirada.
—Explícamelo.
—Que el deseo de esos vídeos no está solo en quien aparece. El uniforme, la postura, el encuadre y la idea de autoridad hacen parte del trabajo. El espectador termina de construir al hombre.
Me sale antes de medirlo:
—Usaste mi cuerpo para explicar cómo la gente inventa lo que no sabe de mí.
Dani aguanta la frase.
—Sí.
Recuerdo haberle contado que el vídeo llegó a mi madre, a compañeros, a gente que ni siquiera tengo guardada.
—Entonces importó menos cuando servía para trabajar.
Se queda quieto. Cuando responde, baja la voz.
—Sí. En ese momento importó menos de lo que tenía que importar.
La admisión me deja sin el siguiente golpe preparado. Encuentro otro.
—Todo esto para vender crema.
Dani cambia.
—No hagas eso.
—¿Qué?
—Reducir mi trabajo a vender crema porque estás cabreado conmigo.
—Hay una marca detrás.
—Claro. También estrategia, producción, legal y gente intentando que la campaña no sea una basura. He peleado para que no usemos personas reales ni fantasías de detención. Y, al mismo tiempo, dejé tu imagen en una presentación interna porque me convencí de que esa frontera bastaba.
Señala mi teléfono.
—Eso te redujo a una diapositiva. No me reduzcas tú a mí a alguien que roba fotos por cobrar una campaña.
Tiene razón y me fastidia.
—Casi lo he hecho.
—Sí.
Un autobús tapa por un momento el ruido de la calle. Seguimos uno frente al otro cuando pasa.
—Te oculté parte —dice Dani.
—Sí.
—No porque quisiera engañarte. Porque me convenía pensar que no era relevante.
—El resultado se parece bastante.
Aprieta la mandíbula.
—Eso ha sido cabrón.
—Puede.
—No. Lo ha sido.
No me voy. Él tampoco.
Estamos demasiado cerca. Mi cuerpo recuerda el sábado con una inoportunidad impecable. Dani se humedece el labio y lo noto.
—No hagas eso.
Parpadea.
—¿Humedecerme la boca?
—Sí.
—Pensaba que discutíamos sobre ética profesional.
—Estamos haciendo eso.
—Y aun así quieres besarme.
No es una acusación. Tampoco disimula que está mirando mi boca.
—Tú también.
—Bastante.
Espera. No da el paso.
—Quiero besarte —dice.
Sigo enfadado. Él también. Ninguna de las dos cosas elimina el deseo.
—Ven.
El beso es corto y nada amable. Dani agarra mi camiseta; yo le sujeto la nuca. Su lengua toca la mía y durante unos segundos el cuerpo consigue ser más sencillo que la conversación. Precisamente por eso me aparto primero.
Respiramos cerca.
—Esto no arregla nada.
—No quería arreglarlo besándote.
—Lo parecía.
—Quería besarte. Puedo estar enfadado y seguir queriéndolo.
La frase me sirve más que el beso. La química no ha resuelto ni una sola palabra escrita en la pantalla.
Saco el móvil.
—¿Qué vas a hacer?
Dani mira la captura.
—Ya he pedido al proveedor que retire lo que quede accesible y confirme por escrito qué publicó. He avisado dentro de la agencia. Eso es contener la filtración. La campaña es otra cosa.
—¿Y qué harás con ella?
Tarda.
—No lo sé todavía.
Mi impulso es decirle qué debería hacer. Lo noto y me callo.
—Mañana tengo reunión con Ricardo. Tengo que decidir qué quiero defender, qué no voy a firmar y qué coste estoy dispuesto a asumir. Pero no voy a pedirte instrucciones.
—Bien.
—Tampoco te voy a prometer que dimitiré, incendiaré la cuenta y fundaré una cooperativa ética porque nos hayamos besado dos veces.
—Con fruta ecológica.
—Y reuniones por consenso.
—Prefiero la publicidad.
La sonrisa dura poco.
—Cuando haya hecho algo —dice—, te lo cuento. No voy a pedirte que confíes antes.
Eso sí puedo aceptarlo.
Antes de irse, me pide que le mande cualquier captura nueva si aparece mi nombre o información que aumente la exposición. Luego cruza la calle hacia la agencia sin buscar otro beso.
Miro la diapositiva una vez más.
CUERPO - CÓDIGO - MIRADA.
Entiendo la idea. Eso me enfada casi tanto como estar dentro de ella.
En casa, Lúa me espera con una pelota amarilla y la deposita sobre mi pie hasta que la lanzo por el pasillo. El hombro protesta cuando me quito la chaqueta. En la nevera queda tarta del sábado; cierro la puerta y me hago un bocadillo.
El teléfono vibra mientras corto tomate. Termino antes de mirarlo.
Dani.
Reunión mañana a las 9:30. Nada más todavía.
Información. Ninguna disculpa repetida. Ningún intento de convertir el beso en cierre.
Respondo:
Recibido.
Lúa vuelve y coloca la pelota encima del teléfono. La pantalla se ilumina.
—Muy sutil.
Se la lanzo otra vez.
El móvil se queda sobre la mesa. Esta vez no necesito guardarlo detrás de una puerta metálica para dejarlo quieto.
11SILENCIAR A MARCOS
A las nueve y veintisiete tengo dieciocho diapositivas marcadas en rojo, seis en amarillo y una presentación tan comentada que parece haber contraído una infección corporativa.
Víctor entra con dos cafés, ve la pantalla y deja uno junto a mi portátil.
—¿Rojo?
—Fuera.
—¿Amarillo?
—Rehacer.
—¿Verde?
—No existe verde.
—Estupendo. Ambiente de confianza.
En la pantalla queda abierta la captura de la incidencia: Héctor sujetándome en la Alameda, un círculo rojo alrededor de su cuerpo y las palabras CUERPO — CÓDIGO — MIRADA.
Ya no está en el deck creativo. Conservo la copia en la carpeta que documenta la filtración porque borrar un error no equivale a no haberlo cometido.
Víctor pasa diapositivas. He quitado también el resto de trabajadores reales, incluso cuando no se les ve la cara.
—Nos acabas de dejar sin medio moodboard.
—Podemos describir referencias, comprar imágenes, producirlas o dibujar el código. Lo que no necesitamos es arrastrar a desconocidos a una presentación porque alguien los grabó por la calle.
Llega a la nueva ruta.
—El cliente compró policías.
—Compró una conversación alrededor de policías.