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8 CUERPO PARA USO PERSONAL

A los treinta y dos años descubro que existen prendas interiores cuya función principal no es sujetar nada.

—¿Sesenta y ocho euros? —pregunto.

Víctor sigue examinando una camisa.

—No tienes que comprarlo.

Sostengo la caja negra del jockstrap verde oscuro. La etiqueta promete «alto rendimiento» gracias a una combinación de tejidos que suena más adecuada para neumáticos.

—Por este precio debería hacerme la declaración de la renta.

—Pregunta si incluye certificado digital.

Estamos en una tienda de Ruzafa a la que hemos entrado porque Víctor necesitaba «mirar una cosa», expresión que en su idioma significa tocar tejidos durante hora y media.

No es una sex shop; eso sería más sencillo.

Aquí hay plantas enormes, luz impecable, perfumes, joyería y arneses discretos expuestos con la serenidad de objetos que pagan impuestos.

Dejo la caja. Cojo unos bóxers negros. Vuelvo al verde.

—Te gusta —dice Víctor.

—Estoy evaluando.

—Llevas ocho minutos evaluando el mismo trozo de tela.

Lo que me irrita es que tiene razón. Siempre me ha gustado vestir: una camisa porque cambia cómo cae el cuello, un pantalón porque modifica la forma de andar.

Trabajo fabricando significados alrededor de objetos.

El problema es que últimamente también he tratado mi cuerpo así.

La camisa para una cena con Marcos. El perfume por si aparecía Marcos. Un botón menos porque quizá Marcos.

Toda espontaneidad cuidadosamente producida.

Cojo una camiseta negra de canalé, sin mangas, ajustada sin parecer deportiva, y entro al probador.

Cuando me la pongo, la sorpresa no es que me transforme.

Hace lo contrario. Veo mis hombros, el vello del pecho, la cintura, los brazos; cosas que normalmente cubro bajo camisas amplias porque esa es la versión de mí que aprendí a presentar.

Me gusta.

La idea llega antes que cualquier destinatario.

Eso es lo raro. No pienso en una fiesta de agencia, en una cena ni en la posibilidad de que Marcos aparezca y me vea.

Tampoco imagino a Héctor. Durante unos segundos la camiseta no comunica nada fuera del probador.

Solo me devuelve una versión de mi cuerpo que no necesita aprobación inmediata.

Abro la cortina. Víctor lleva puesta una camisa color piedra.

—Esa sí —dice.

—¿Por qué?

—Porque te gusta.

No menciona a Marcos ni a Héctor. Tampoco pregunta para quién sería el jockstrap cuando lo añado a la compra. En caja vibra el móvil.

Marcos: ¿Vas a pasar por la agencia esta tarde? Necesito enseñarte la ruta nueva.

Hace una semana habría respondido mientras el dependiente cobraba. Ahora guardo el teléfono porque estoy pagando una cantidad criminal por ropa interior. No lo convierto en independencia emocional. Es una cola de caja. Me basta.

Una hora después estoy solo en mi habitación, desnudo de cintura para abajo, intentando entender por qué una prenda tan pequeña necesita instrucciones de lavado tan largas.

Me la pongo.

La primera sensación es puramente física: las bandas rodean la parte alta de los muslos, la tela delantera sujeta lo necesario y el resto queda expuesto con una eficacia que hace parecer todavía más obsceno el precio. La segunda es vergüenza. La tercera llega cuando me giro hacia el espejo.

El verde contra la piel cambia la geometría sin cambiar mi cuerpo: caderas, piernas, culo al aire, abdomen y el pequeño lunar junto a la cadera que jamás ha desempeñado una función narrativa digna. Me prometo no posar. Poso inmediatamente.

—Patético.

Sonrío. La prenda no me hace más masculino, más fuerte ni más interesante. Simplemente me obliga a mirar sin el vestuario habitual que utilizo para decidir de antemano cómo quiero ser leído.

Paso un dedo por la cintura elástica. Estoy medio duro. No porque imagine a Marcos viéndome. Tampoco porque piense en Héctor arrancándomelo. Me excita gustarme.

La frase resulta obscena de una manera nueva.

Durante años he usado mi propio cuerpo como una campaña orientada a terceros. Ahora nadie sabe qué llevo puesto y esa privacidad mejora el efecto. Cuando el móvil vibra, no lo miro todavía. Me pongo los pantalones encima, luego la camiseta nueva. El jockstrap desaparece por completo.

Perfume.

Me detengo con el frasco en la mano.

—Para mí —digo, y me lo pongo.

Solo entonces miro el teléfono. Marcos ha escrito Cuando puedas. Debajo hay otro mensaje.

Héctor: Estoy en Patacona con Iván y Rubén. Hemos terminado de entrenar. Si te apetece venir a tomar algo, te paso ubicación.

Miro mi reflejo. La camiseta, el perfume y la ropa interior existían antes del mensaje. La cronología adquiere una importancia constitucional.

No me he vestido para Héctor.

Quiero verlo de todos modos.

Sí. Pásamela.

En Patacona descubro que «entrenar» significa tomar decisiones colectivas contra la comodidad. Héctor e Iván terminan ejercicios en la arena mientras Rubén, a la sombra con las botellas de agua, parece haber acudido para certificar defunciones.

Héctor lleva una camiseta gris vieja, pantalón corto y unas zapatillas sin dignidad estética. Está sudado, cansado, con arena pegada a una pantorrilla y el pelo húmedo sobre la frente. No hay uniforme, radio ni una sola cosa que pueda leerse como autoridad.

Mi polla, libre de toda teoría sociológica, se interesa inmediatamente.

Esto elimina una hipótesis útil.

—Has venido —dice Héctor al verme.

—Es lo que suele ocurrir después de aceptar una invitación.

Sus ojos bajan un instante a mi camiseta. Solo un instante. Luego me presenta a Iván y Rubén.

—Yo soy el civil —dice Rubén.

—¿Aquí hay que identificarse así?

—Con estos dos, ayuda.

Rubén le lanza protector solar a Iván y, al comprobar una franja roja junto al cuello, termina poniéndoselo él mismo porque Iván insiste en que «no es nada».

Discuten con la intimidad de quienes conocen exactamente qué mentira pequeña va a decir el otro antes de que la diga.

Nadie comenta que Héctor y yo tengamos química.

Nadie me mira como si hubiera llegado el episodio romántico de la tarde.

Me gusta.

Iván propone diez minutos de vóley. Rubén protesta, pero somos cuatro y acaba jugando. Héctor me dice que no tengo que hacerlo.

—Quiero.

Así que juego.

Me quito las zapatillas y la arena caliente me obliga a mover los dedos. Iván y yo quedamos contra Héctor y Rubén, una distribución que decido no interpretar. El primer saque viene hacia mí y mi recepción sale limpia. Iván levanta las cejas.

—Ah.

—Esa sílaba está prohibida.

Descubro rápido que Iván y Héctor no mentían sobre sus capacidades deportivas y que Rubén, para su desgracia, tampoco. Yo no soy extraordinario, pero jugué bastante de adolescente. Aguanto, corro y consigo que nadie tenga que fingir que me deja participar.

A los pocos minutos la camiseta nueva está pegada a mi espalda y el jockstrap ha dejado de ser una decisión privada para convertirse en información corporal constante. Saltar, agacharme, correr: todo recuerda las bandas bajo el pantalón.

Entonces Héctor se seca la frente levantándose el borde de la camiseta. Veo abdomen, vello, una cicatriz pálida cerca del costado.

Golpeo el balón fuera.

—Ha sido el sol.

Rubén mira detrás de mí.

—Lo tienes a la espalda.

—Reflejo mediterráneo.

Héctor sonríe.

—Concéntrate.

El problema es que ya lo estoy haciendo. Demasiado. Y, por una vez, no puedo atribuírselo a una fantasía de autoridad: Héctor parece un hombre que necesita una ducha, comida y probablemente dormir. Mi cuerpo considera esos datos irrelevantes.

En la jugada siguiente Héctor salta cerca de la red improvisada y yo llego tarde.

Rubén coloca la pelota justo donde no estoy; Iván me acusa de haber abandonado el puesto por motivos espirituales.

Recuperamos el balón de debajo de una sombrilla ajena y pedimos perdón a una señora que nos mira como si hubiera alquilado aquel metro cuadrado de Mediterráneo.

Cuando Rubén declara terminado el deporte, nadie discute con suficiente energía.

Después nos sentamos en la arena. Héctor queda a mi lado, rodilla contra rodilla durante unos segundos. No parece consciente de la magnitud logística del asunto dentro de mis pantalones.

Lo vi uniformado y culpé al uniforme. Lo vi trabajando y culpé a la situación. Ahora huele a sudor, sal y protector solar, lleva un calcetín caído y tiene arena en la pierna. Quiero meterle la mano bajo esa camiseta horrible.

La hipótesis ha muerto.

Mientras comemos algo, veo por primera vez a Héctor dentro de una vida que no necesita que sea policía. Iván le roba agua. Rubén cuenta que una vez intentó montar solo un mueble porque aseguraba que las instrucciones estaban mal.

—Estaban mal —dice Héctor.

—Terminaste con dos tornillos fuera —responde Iván.

—Eran de repuesto.

—Tu madre llamó a alguien.

Héctor me apunta con una patata.

—No escuches.

—Estoy documentando.

—No tienes suficiente acceso.

La palabra pasa y ninguno la comenta.

Más tarde, Héctor rota con cuidado el hombro derecho.

Iván revela que lleva así una semana y recibe una mirada homicida.

No necesito intervenir: ya le ofrecí comida en el Turia, ya sé que su tendencia a aguantar no requiere un enfermero nuevo.

Solo registro que hoy también está cansado y que sus amigos lo saben imperfecto.

Rubén vuelve con comida para compartir y, sin ceremonia, Iván le entrega su botella vacía mientras Rubén le devuelve las llaves que él juraba llevar encima.

No hay una conversación sobre relaciones sanas.

Hay protector solar, objetos intercambiados y una discusión sobre quién conduce.

Me sorprende que esa acumulación de cosas pequeñas me interese más que cualquier declaración que pudiera hacer uno sobre el otro.

Rubén señala mi camiseta.

—Te queda bien.

—Es nueva.

Héctor mira otra vez. Esta vez no puedo fingir que lo he inventado.

Mi teléfono vibra. Marcos: La ruta ya está. Mañana la miramos cuando puedas.

Respondo: Sí. Mañana en la agencia.

Nada explota. Marcos no deja de ser mi amigo ni yo pierdo mi empleo por tardar unas horas. Guardo el móvil y sigo escuchando a Iván discutir con Rubén sobre quién tiene las llaves del coche. Rubén las levanta desde su propia mano.

—Por esto vengo —dice.

No parecen una pareja ejemplar. Parecen dos hombres que han acumulado suficientes días juntos para conocer el inventario de despistes del otro. La diferencia me parece importante.

Cuando el sol empieza a bajar, nos marchamos. Iván y Rubén avanzan delante todavía discutiendo. Héctor y yo quedamos atrás.

—Gracias por venir.

—Tú me invitaste.

—Podías haber dicho que no.

Lo miro. Hace dos capítulos habría intentado encontrar subtexto suficiente para hipotecar un piso. Hoy me limito a contestar:

—Me lo he pasado bien.

Caminamos unos metros. Nadie reconoce a Héctor. Nadie lo graba. Es un hombre con una camiseta sudada y una bolsa de deporte, y me atrae más así que convertido en once segundos de Internet.

—¿Qué haces el sábado? —pregunta.

—Creo que nada.

—Iván y Rubén hacen cena.

Espero.

—¿Sí?

Héctor exhala.

—Estoy intentando invitarte.

El calor que me sube no tiene nada que ver con la ropa interior. No hay accidente, trámite ni excusa. Tampoco me ha encontrado por casualidad en una calle ni necesita comprobar que he llegado vivo a ninguna parte. Me está incorporando deliberadamente a su círculo porque quiere volver a verme.

La conclusión es peligrosamente clara, así que no la adorno.

—Sí. Quiero ir.

Saca el móvil. Un segundo después recibo hora y dirección.

—Eficiente.

—Te quejas cuando falta información.

—También cuando sobra.

—Contigo no sobra.

Se reúne con los otros. Yo me quedo un momento ajustándome la camiseta, que tiene una franja de arena en un hombro. Al intentar limpiarla, la extiendo.

Héctor se ríe.

—Cállate.

—No he dicho nada.

Lo miro alejarse: sudado, cansado, mal vestido y sin una sola pieza del uniforme que inició todo esto.

Esta mañana compré una camiseta y un jockstrap porque me gustaban sobre mi cuerpo. Eso sigue siendo mío. Que Héctor me guste no le concede retroactivamente la propiedad de cada cosa que descubra sobre mí.

Pero ya no puedo culpar al uniforme.

Esa parte del experimento ha terminado.