¡ESPÓSAME YA! 9 LA PRIMERA VEZ QUE NO HUYO
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9 LA PRIMERA VEZ QUE NO HUYO

A las ocho y veintitrés descubro que una tarta puede ser una forma socialmente aceptada de ansiedad.

Tengo delante chocolate, pastelitos individuales y una coca de almendra.

Los pastelitos permiten cubrir intolerancias, apetitos y una eventual guerra civil sobre rellenos; la tarta solo exige admitir que quiero llevar una tarta.

—La tarta —dice Víctor desde la encimera, mordiendo una manzana.

—No te he preguntado.

—Llevas cinco minutos moviendo las cajas.

—Estoy calculando.

—Pues calcula camino de casa de Héctor.

Ahí está el problema. Casa de Héctor. No restaurante, terraza ni lugar público donde cuatro adultos puedan fingir que una cena carece de consecuencias.

Su mensaje decía que Iván y Rubén iban a las nueve, que Rubén cocinaba y que no llevara nada.

He decidido respetar únicamente la hora, y eso si el tráfico coopera.

Elijo la tarta. También pantalón oscuro, camiseta blanca, sobrecamisa verde y unos bóxers negros que me he probado después de otros dos.

La camiseta de canalé y el jockstrap del otro día siguen en mi habitación.

Me gustan. Precisamente por eso no quiero reclutarlos enseguida para gustarle a un hombre.

Esta distinción me parece muy madura hasta que compruebo por tercera vez cómo me queda el culo con el pantalón.

Marcos entra hablando por teléfono y cuelga al verme con la caja.

—¿Sales?

Mi cuerpo activa el reflejo antiguo: explicar dónde, con quién, cuánto tardaré, como si dejar de estar disponible necesitara memoria justificativa.

Podría decir que voy con gente, que es una cena, que todavía no sé si cuenta como cita.

Podría ocultar a Héctor o exhibirlo. Las dos opciones lo convertirían en instrumento.

—Con unos amigos de Héctor.

Marcos registra el dato. Nada más.

—Pásalo bien.

—Gracias.

Abre la nevera. Yo sigo con la tarta en las manos, esperando una reacción que no llega porque la vida, ofensivamente, no siempre colabora con la dramaturgia que uno lleva años montando. Víctor aparece desde el salón, mira la hora y me abre la puerta.

—Vas a llegar tarde.

—Tengo tiempo.

—Claro.

—Os odio.

Marcos, medio metido en la nevera, protesta que él no ha hecho nada.

—Precisamente.

Salgo. En el ascensor una vecina observa la caja porque la estoy sujetando como si contuviera un órgano para trasplante.

—Es chocolate —aclaro.

No parece haber preguntado.

Gran comienzo.

Héctor vive en un edificio residencial sin ninguna característica que justifique mi interés inmediato: bicicletas infantiles en el portal, una planta superviviente junto a los buzones y un aviso del administrador sobre las cajas delante del cuarto de contadores.

Me gusta antes incluso de subir. Eso sí me preocupa.

Al abrir, Héctor lleva pantalón oscuro, camiseta gris, camisa vaquera y los pies descalzos. Patacona ya había eliminado el uniforme como principal sospechoso, pero mi cuerpo insiste en aportar nuevas pruebas.

—Has traído algo.

Levanto la caja.

—Es diplomacia.

—Te dije que no hacía falta.

—Era una recomendación. Las recomendaciones permiten desobediencia creativa.

Se aparta para dejarme entrar. Lúa aparece desde el pasillo, huele la caja, mi pantalón y mi mano con una jerarquía bastante clara.

—No le des nada —dice Héctor.

—Todavía no he cometido ningún delito.

—El historial no ayuda.

Su casa tiene orden, pero no perfección: libros apilados, una manta en el sofá, pelotas de Lúa bajo una mesa, el casco de moto junto a una cesta donde conviven correa, linterna, bolsas y pañuelos.

En las fotos reconozco a Carmen, a Iván más joven con Héctor y a una Lúa cachorro cuyos pies parecían pertenecer a otro animal.

No pregunto. Por primera vez estar en casa de alguien no me hace sentir que deba inventariarlo para saber qué papel interpretar.

En la cocina, Rubén mueve una cazuela mientras Iván corta verduras de tamaños incompatibles.

—Eso no se cocina a la vez —digo.

Iván levanta la vista.

—Hola a ti también.

Rubén mira la tabla y señala con la cuchara.

—Gracias. Llevo diez minutos intentando explicárselo.

—Son verduras —protesta Iván—, no ingeniería.

—Una está entera y la otra ya es recuerdo.

Héctor deja la tarta sobre la encimera. Rubén aprueba el chocolate; Iván me concede la bienvenida por ese motivo y, cuando señala la caja con el cuchillo, Rubén le pide que deje de amenazar invitados.

—Es Policía Nacional —dice Rubén.

—Yo también.

—Ese era el argumento.

El ritmo existía antes de que yo llegara.

Nadie necesita que lo levante. Héctor abre el armario equivocado buscando una fuente, Iván se lo indica sin mirarlo y él protesta que conoce su propia cocina.

Cuando abre un segundo armario y tampoco está allí, decido querer muchísimo a todos los presentes durante unos treinta segundos.

—No digas nada —me advierte.

—No he dicho nada.

—Tu cara.

Excelente. Me está robando material.

Héctor me entrega cubiertos para la mesa. En una silla hay una carpeta beige. La aparto sin intención de leerla y leo, naturalmente:

ACOGIMIENTO FAMILIAR — SESIÓN INFORMATIVA

La cierro. Rubén aparece con una fuente y me pide que la deje en el mueble. Iván entra detrás preguntando si ha imprimido una copia para el martes.

—La de la entrevista, sí.

—¿Y el certificado?

—Dentro.

No explican nada. Tampoco me miran para comprobar si he entendido. La carpeta vuelve al centro del mueble y la vida continúa con patatas, platos y una discusión sobre qué cuchillo sirve para qué. Esa falta de ceremonia hace que la palabra se me quede más que cualquier discurso.

Cenamos tarde. Rubén cocina muy bien; Iván se atribuye las verduras y yo decido no revelar cuánto se nota. Lúa se tumba con la cabeza sobre mi pie y Héctor la llama dos veces sin éxito.

—Te ha cambiado —le digo.

—Está esperando que se te caiga comida.

—El amor admite intereses.

—Eso no es amor.

La conversación pasa del trabajo de Rubén a los horarios de Iván, luego a una reunión de vecinos.

Yo participo cuando tengo algo que decir y, durante varios minutos, no tengo nada.

Lo noto porque normalmente esa ausencia me activa: busco una observación, un chiste, una pregunta inteligente, cualquier servicio que justifique la silla.

He convertido demasiadas cenas en presentaciones donde el producto soy yo.

Aquí Rubén se sirve agua, Iván protesta por un correo enviado demasiado temprano, Héctor recoge migas con el pulgar y nadie comprueba si sigo siendo entretenido.

Rubén me pasa la fuente.

—¿Más?

—Sí, gracias.

Me sirvo. Eso es todo. El mundo sigue.

Más tarde Iván busca un cargador en una bolsa y saca los papeles de la carpeta.

—¿El martes era a las cinco?

—Cinco y media —dice Rubén—. Y no pierdas eso.

—No lo estoy perdiendo.

—Lo tienes mezclado con recibos.

—Sistema de archivo dinámico.

Rubén ve que miro.

—Estamos empezando un proceso de acogida.

La frase me encuentra sin respuesta preparada.

—Ah. Vale.

—Muy empezando —añade Iván—. De momento hay más fotocopias que cualquier otra cosa.

Rubén revisa una hoja, encuentra el certificado y se la vuelve a guardar.

Hablan de salir antes del trabajo, de una sesión, de otro documento que falta.

No hay niño esperando fuera de campo ni una promesa de futuro que yo pueda apropiarme.

Son dos hombres decidiendo si continúan un proceso que todavía consiste, sobre todo, en fechas y papel.

—¿Y queréis seguir? —pregunto.

Rubén mira a Iván antes de contestar.

—Sí. Por ahora, sí.

Iván asiente.

—Paso a paso.

Héctor vuelve de la cocina con agua.

—Si os piden referencias, no pongáis mi nombre.

—Pensábamos decir que eres una persona fiable —responde Iván.

—Entonces abandonad.

Rubén se ríe y la conversación cambia. Nadie convierte la acogida en lección. Agradezco que no lo hagan.

También agradezco, aunque me cueste más admitirlo, ver a Héctor dentro de una vida donde nadie necesita que sea impresionante.

Iván sabe dónde guarda las bolsas de basura.

Rubén abre cajones sin permiso. Lúa lo ignora cuando la llama.

El hombro derecho le molesta al levantar una fuente y, cuando Rubén se la quita sin comentario, Héctor acepta después de poner una cara que demuestra que no le gusta aceptar nada.

Sus amigos conocen la versión que deja tornillos fuera de un mueble y no por eso le conceden menos sitio.

Yo tampoco tengo que ganarme el mío. La idea aparece mientras seco una fuente que Iván me ha puesto en las manos sin preguntarme si quiero ayudar.

No llega acompañada de música ni de revelación luminosa.

Solo tengo un paño húmedo, el olor del lavavajillas y una tranquilidad que no sé manejar del todo.

Por suerte, Lúa roba el paño.

—Eh.

Sale disparada hacia el salón.

Héctor la llama. Ella acelera. Yo la sigo dos pasos hasta que Rubén, desde la puerta, extiende la mano y Lúa le entrega el botín de inmediato.

Héctor mira a su perra.

—Traición.

—Pensaba que tenías autoridad —digo.

—Fuera de servicio.

Me río demasiado. Él también acaba sonriendo, cansado, descalzo, derrotado por un paño de cocina. El hombre de los once segundos virales se vuelve cada vez menos útil como fantasía y mucho más peligroso como persona.

Iván y Rubén se marchan cerca de la una. Rubén comprueba que lleva la carpeta; Iván encuentra las llaves en el bolsillo que había revisado tres veces. En el ascensor Rubén me da un abrazo breve.

—Nos vemos.

No «a ver si nos vemos». Futuro simple, sin pedir permiso a nadie.

Cuando las puertas se cierran, vuelvo al piso porque mi chaqueta y el móvil siguen dentro. Lúa desaparece por el pasillo. Héctor recoge dos copas; yo cojo la tercera.

—No tienes que ayudar más.

—Lo sé.

—Entonces ¿por qué lo haces?

—Porque quiero.

La respuesta queda un segundo de más entre nosotros. Todo esto de querer, elegir y hacer resulta muy sano hasta que el hombre al que quieres besar está a metro y medio, descalzo y con una mancha de agua en la camiseta.

En la cocina dejo la copa junto al fregadero. Héctor pregunta si me lo he pasado bien.

—Sí. Ha sido raro.