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7 LO QUE TÚ ELIGES

—Muy bien —murmuro.

Víctor levanta la vista del portátil. —Has dicho eso con voz de que no te va muy bien.

—Estoy revisando un concepto.

—En WhatsApp.

—La creatividad es omnicanal.

Vuelve al trabajo sin insistir. Agradezco que pueda saber cosas sin utilizarlas inmediatamente contra mí.

Marcos, a pocos metros, está discutiendo con una diseñadora las pruebas de la campaña de cuidado masculino.

Trabaja bien, que es una forma muy poco colaborativa de facilitarme el desenamoramiento.

Señala un actor con camiseta azul oscura y luz lateral.

—Si dependemos de hombres disfrazados de policía sexy, la campaña muere en la tercera pieza.

—No está disfrazado —dice ella.

—Tu moodboard sí.

Marcos me encuentra mirando. —Dani, ¿tú qué dices?

Antes, que me pidiera opinión habría entrado directamente en mi archivo de pruebas: Marcos me busca, Marcos confía en mí.

Ahora consigo mirar primero la imagen. —Que parece un anuncio de perfume esperando una demanda.

Si queremos autoridad sin copiar un uniforme, tiene que venir de la puesta en escena, no de vestir a un modelo de azul y esperar que Internet complete el disfraz.

La diseñadora vuelve a la pantalla y yo marco dos referencias que funcionan mejor: postura, encuadre, distancia; nada de insignias ni equipo.

Marcos discute una de ellas y tiene razón en la mitad de lo que dice, que es una proporción irritante.

Trabajar con él sigue siendo fácil. Su sonrisa también sigue funcionando.

No he amanecido curado porque un policía me pusiera un límite bajo la lluvia.

Solo empiezo a notar cuándo mi cabeza convierte cada gesto de Marcos en material promocional, y cuándo estoy simplemente haciendo mi trabajo.

A las doce y veinte me escribe desde menos de ocho metros: Luego necesito hablar contigo.

Mi pulgar empieza Claro por su cuenta. Me detengo antes de terminarlo.

Llevo años haciendo eso: claro que te escucho, claro que te ayudo con Víctor, claro que te reescribo el mensaje, claro que reorganizo lo mío.

No sé todavía qué quiero hacer con todo el mecanismo, así que no hago nada. Bloqueo el teléfono.

A las dos y doce cierro el portátil. Víctor pregunta con quién como.

—Héctor.

Asiente y sigue tecleando.

—Tu normalidad me ofende.

—Puedo gritar.

—No.

—Entonces elige.

La palabra me persigue hasta la puerta.

Llego seis minutos pronto a una cafetería junto al Turia.

Héctor aparece a las dos y treinta y uno arrastrado, en términos políticos, por Lúa, que quiere inspeccionar una papelera y considera su correa una objeción burocrática.

Él lleva vaqueros, camiseta negra y una sobrecamisa gris.

Sin uniforme debería perder parte del efecto. Mi cuerpo no ha recibido el memorando.

—Estáis muy coordinados —digo cuando Lúa gana otro metro.

—Está castigada.

La perra ignora la noticia, me huele la rodilla y termina apoyándome el hocico en el muslo. Héctor se sienta enfrente.

—Creo que le gusto.

—Hueles a comida.

—Acepto sus criterios.

Pedimos. Yo, bocadillo y agua; él, café. Dejamos los móviles boca abajo. Por primera vez estamos juntos sin dispositivo, trámite, vídeo, moto ni necesidad de rescatarme de nada. El Turia queda a dos calles y ninguno pertenece aquí más que el otro. La neutralidad, descubro, pone bastante nervioso.

Héctor va directamente a anoche. No estaba enfadado por mi cita, dice; no somos pareja y yo puedo salir con quien quiera. Lo que no acepta es que vuelva a utilizarlo para construir una imagen delante de Marcos.

—Lo entendí. Y lo siento.

—Ya te disculpaste. No hace falta que sigas pagando por la misma frase.

Mi bocadillo llega antes de que pueda elaborar una defensa contra una persona que se niega a castigarme lo suficiente. Cojo una patata y Lúa se incorpora. Héctor dice «tú no» y la perra se sienta de inmediato.

—Impresionante.

—No se la des.

—No iba a hacerlo.

Me mira la patata suspendida a veinte centímetros del hocico de Lúa. La devuelvo al plato por decisión soberana.

Hablamos del trabajo. Le cuento que abrir una sede consiste sobre todo en vender entusiasmo mientras alguien pregunta por quinta vez la clave del wifi.

Él pregunta si me gusta haber vuelto. Le digo que Madrid me gustaba precisamente porque nadie conservaba archivo histórico de mis lentejas, mis dibujos de primaria ni mis crisis adolescentes.

Valencia, en cambio, tiene memoria propia: mi madre, mi padre, Laura, las calles que siguen reconociéndome aunque hayan cambiado de negocio tres veces.

—¿Y eso es malo? —pregunta.

—A ratos. A otros no.

No intenta decidir cuáles son cuáles. Eso me permite llegar a Marcos sin que me empuje.

Le cuento los hechos: años de trabajo juntos, taxis compartidos, mensajes de madrugada, una mano que tardó demasiado en apartarse de mi cintura, la facilidad con que Marcos recuerda lo que bebo o cuándo no he desayunado.

Ninguna prueba aislada merece un juicio; juntas fueron formando una versión de nosotros que me convenía creer.

Y Marcos tampoco iba dejando migas con malicia: para él yo era la persona a la que llamaba cuando una presentación salía mal, cuando discutía con su padre o cuando necesitaba saber si una camisa parecía demasiado esforzada. Intimidad real. Significado distinto.

Después le cuento la cena: necesito contarte algo, el vino que sabía que me gustaba, mi certeza de que por fin iba a pasar y, en su lugar, Víctor.

Marcos quería que yo le ayudara a conquistarlo.

Incluso me pidió que le mejorara el mensaje.

Lo hice. Profesionalmente impecable; sentimentalmente, una forma bastante cara de colaborar con mi propia ruina.

—No me lo inventé todo —digo cuando termino.

—No he dicho eso.

—¿Crees que podía significar algo?

Héctor gira la taza. —Podía. Yo no estaba allí.

No me concede una teoría mejor. Tampoco me humilla por haber tenido la mía. Eso importa más de lo que esperaba. Estoy acostumbrado a que, cuando cuento la historia en voz alta, alguien intente localizar el minuto exacto en que debí darme cuenta. Héctor se limita a preguntarme qué ocurrió después.

Le explico que Víctor no siente lo mismo, aunque Marcos aún no ha recibido un no directo, y que he quedado atrapado entre los dos porque Marcos me pregunta y Víctor es mi mejor amigo.

—¿Qué hago para que Marcos se fije en mí? —pregunto al fin.

Héctor tarda medio segundo. —No sé.

—Tienes opiniones. Se te nota en la cara.

—Muchas. Pero no soy tu entrenador.

La palabra me pica donde debe. Insisto en que parece tener las cosas claras y él niega con una rapidez casi ofensiva.

—Entonces ¿para qué hemos quedado?

—Para hablar contigo. No para darte instrucciones sobre cómo conseguir a otro hombre.

Mi teléfono vibra. Marcos: Víctor sigue sin contestarme. ¿Puedes preguntarle si pasa algo? Esta noche estarás en casa? Necesito hablar contigo. El pulgar me salta al teclado.

—Dime qué harías —le pido a Héctor.

Él mira el nombre en la pantalla y aparta los ojos. —No soy tú.

—Servicio premium.

—¿Qué quieres hacer tú?

Odio la pregunta porque no admite esconderme detrás de «quiero que Marcos me elija».

Ahora mismo no quiero preguntarle nada a Víctor.

Sé que no le gusta Marcos y no me ha autorizado a convertir su respuesta en información de agencia.

Tampoco quiero regalar mi noche antes de saber qué me apetece hacer con ella.

Escribo: No voy a meterme entre tú y Víctor. Pregúntale directamente. Lo de esta noche te digo luego. Me parece una declaración de guerra. Se la enseño a Héctor.

—¿Es borde?

—No.

—Podría añadir perdona.

—Puedes.

—¿Tú lo harías?

—No soy tú.

—Te odio un poco.

—Lo superaré.

Borro el perdona y envío. Héctor no me felicita, no dice «ves» y no reclama autoría. Cuando el teléfono vuelve a vibrar, lo dejo boca abajo.

Lúa decide que la conversación ha terminado tirando de la silla.

Bajamos al cauce. Allí el tráfico queda arriba y la ciudad se vuelve bicicletas, corredores, niños saliendo de actividades y perros con agendas privadas.

El Turia me gusta precisamente porque no pertenece a ninguna de nuestras biografías: no es la comisaría de Héctor, ni mi piso, ni Benimaclet recordándome quién fui.

Podemos caminar sin que el espacio tome partido.

Llevo un rato con la correa cuando Lúa ve una paloma y el brazo derecho de Héctor se tensa al frenarla. Reconozco la mueca de la comisaría.

—Te duele el hombro.

—Está cargado.

—Dame la correa.

—Puedo llevarla.

—No he preguntado si puedes.

Me mira. Yo reconozco su propia técnica devolviéndosele en la cara y sonrío. —Cinco minutos.

Me entrega la correa por voluntad propia. Dos segundos después Lúa cruza delante de mí para oler un árbol y casi me desmonta las piernas. Héctor me agarra del codo.

—Control total.

—Sabotaje interno.

Caminar con Lúa resulta ser una negociación continua con un animal que considera la dirección una sugerencia. Cuando llegamos a un banco, Héctor se sienta y se estira el hombro con cuidado. Entonces le suena el estómago.

—¿Cuándo has comido?

—He comido.

—No te he preguntado eso.

—Te estás vengando.

—Estoy aprendiendo comunicación masculina.

Voy a un puesto cercano y regreso con agua y un bocadillo demasiado grande. Le doy un mordisco a una mitad y dejo la otra sobre el papel.

—No tengo hambre —dice.

—Perfecto.

Sigo comiendo. Lúa observa la mitad libre con una intensidad religiosa. Veinte segundos después Héctor la coge.

—Gracias.

—Pedí demasiado.

—Claro.

No digo nada más. Hasta ahora él ha sido quien evitó que condujera, me sujetó, vino a buscarme, ajustó el casco y puso límites.

La dirección del cuidado siempre había sido la misma, tan cómoda para mí que casi podía confundirla con una característica suya.

Ahora está cansado, tiene el hombro cargado y se come media baguette porque yo he prestado atención.

No necesito convertirlo en un enfermo ni solucionarle el turno.

Me basta haberlo visto y que él acepte recibir algo sin discutir hasta la muerte.

El móvil vibra. Marcos se disculpa por estar rayado y dice que hablaremos luego. Ninguna amenaza, ningún castigo. El mundo sigue funcionando aunque yo no responda al instante. Guardo el teléfono.

Héctor tampoco comenta la decisión.

Mientras volvemos a andar me pregunta qué haría con la campaña si pudiera decidirla entera. La piedra que llevo escondiendo desde la comisaría se mueve: todavía no sabe que su imagen estuvo en nuestro material interno.

—Cambiaría el foco —respondo—. No intentaría demostrar que un policía es guapo. Me interesa más lo rápido que una imagen hace que el que mira invente una historia.

—¿Y eso funciona?

—Todavía no lo sé.

No añado nada. Él tampoco pregunta.

Al llegar a la salida, Héctor extiende la mano para recuperar la correa. La coge al mismo tiempo que yo y su pulgar queda sobre mis nudillos. No hay casco que ajustar ni moto en movimiento. Lúa, milagrosamente, tampoco tira. El contacto dura un segundo de más. Quizá dos.

Levanto la vista. Héctor ya me está mirando.

Lúa da un tirón y nos separa antes de que ninguno tenga que decidir nada.

—Gracias por el paseo —digo.

—Gracias por el bocadillo.

—Era mío.

—Claro.

Podría esconderme en otra broma. En cambio digo:

—Y gracias por escucharme.

Héctor acaricia distraídamente la correa con el pulgar. —Eso sí puedo hacerlo.

Se marcha con Lúa. Yo saco el teléfono. Hay un mensaje de Marcos y otro de Víctor. Abro primero el de Víctor.

¿Sigues vivo?

Respondo: Sí. Luego te cuento. Sin versiones creativas.

El mensaje de Marcos puede esperar.

Guardo el móvil. Mi mano todavía recuerda el pulgar de Héctor, pero no intento convertirlo en prueba de nada. Bastante trabajo tengo con averiguar qué quiero hacer yo.