6 NO SOY TU PLAN B
Salgo de la calle de Dani sin acelerar. Estoy cabreado, no idiota. Espero a que pase un coche, me incorporo y, en el primer semáforo, me regalo cuarenta y siete segundos de rojo para pensar en lo que no quiero pensar.
La lluvia ha dejado el asfalto brillante.
La moto vibra bajo mí y todavía noto los brazos de Dani alrededor de la cintura.
Eso no me molesta. Tampoco que haya salido con otro hombre.
No somos nada y puede acostarse con quien quiera.
El problema es su mano en mi brazo delante de Marcos, la pausa exacta después de decir que yo había ido con él.
No mintió; dejó un hueco para que otro completara la escena.
Me convirtió durante unos segundos en una prueba.
El semáforo cambia. Agradezco tener que conducir.
En una curva, el recuerdo se vuelve corporal antes de que pueda ordenarlo: las rodillas de Dani a ambos lados de mis caderas, el peso de su pecho contra mi espalda, sus manos cerrándose sobre mi abdomen cuando aceleré.
Le dije que se sujetara. Se sujetó. No hay nada que discutir ahí y, precisamente por eso, me fastidia que mi cuerpo prefiera recordar esa parte mientras yo intento concentrarme en la otra.
Cuando llego al siguiente cruce ya tengo una conclusión útil: deseo no equivale a permiso. Ni el suyo ni el mío. Anoche yo puse un límite y él lo entendió demasiado tarde. Veremos qué hace con eso.
En casa, Lúa me recibe con un calcetín mío entre los dientes. Intento quitárselo con dignidad y termino pagando un rescate en forma de golosina. Cuando por fin llego a la cocina, el teléfono vibra dos veces.
Dani Navarro.
Te he usado para que pareciera algo que no era y no tenías por qué aguantarlo. Has hecho bien en pararme. Lo siento.
Lo leo otra vez. No hay chiste, explicación sobre Marcos ni un «pero» escondido al final. Podría responder. No lo hago. Una disculpa no obliga a devolver inmediatamente el acceso a quien se disculpa.
Al quitarme la chaqueta, el hombro derecho protesta. Me siento en el sofá con hielo envuelto en un paño y Lúa apoya la cabeza sobre mi muslo. El mensaje sigue en la encimera, pero lo que vuelve no es el portal de Ruzafa. Es una mesa de bar de hace ocho años.
Mateo me escribía tarde. Aquella noche llegué cuando estaban recogiendo la terraza y encontré dos cervezas sobre la mesa.
—Pensaba que no venías —dijo.
—Me has escrito hace veinte minutos.
Sonrió y señaló la botella que había pedido para mí.
—Sabía que vendrías.
Entonces me pareció bonito. Ese fue mi error, no quererlo.
Convertí mi disponibilidad en una inversión: si acudía siempre, si no exigía demasiado, algún día me escogería.
Nos acostábamos, cenábamos, dormíamos juntos cuando encajaba.
Y había otro hombre del que Mateo hablaba lo suficiente para que yo supiera que existía y fingiera que no importaba.
—¿Has vuelto a verlo? —pregunté aquella noche.
Mateo bajó los ojos antes de contestar.
—Sí.
—No pasa nada.
Lo dije demasiado rápido. Él me miró y sonrió con cansancio.
—Contigo todo es muy fácil.
Me quedé. A la mañana siguiente Mateo recibió un mensaje mientras se abrochaba la camisa.
No me enseñó la pantalla; tampoco hacía falta.
Vi cómo cambiaba su cara y elegí preguntarle si quería café.
Esa fue la versión de mí que más me costó abandonar: el hombre que podía convertir cualquier evidencia en una tarea doméstica con tal de no formular la pregunta importante.
No necesito recordar más. Mateo no me engañó ni prometió algo que luego rompiera. Yo acepté un lugar que me hacía daño esperando que la paciencia cambiara sus términos. No ocurrió.
Puedo soportar que alguien no me elija. Lo que no voy a hacer otra vez es ofrecerme para esperar detrás.
Dani no es Mateo. Precisamente por eso su disculpa importa. El límite también.
A la mañana siguiente, Javier entra en la sala de material con un café comprado fuera y me mira como si acabara de levantar un cadáver.
—Tienes una cara horrible.
—Buenos días.
—Para mí sí.
No pregunta por Dani. Saca el móvil, en cambio, y me enseña un vídeo vertical. Me reconozco antes de que empiece: tres segundos sujetando a Dani, corte a otro agente, otro uniforme, música, filtros y texto. Mi intervención reducida a hombros, espalda y cuatro comentarios sobre «el de Valencia».
—Mi hermano me lo ha mandado —dice Javier—. De momento no hay apellidos.
—De momento.
Un usuario asegura saber mi nombre. Probablemente miente, pero la posibilidad me basta. La primera grabación me molestó porque alguien decidió filmarme trabajando. Esto es distinto: ya no hace falta la escena original. Mi cuerpo se ha convertido en material reutilizable.
Javier guarda el teléfono.
—Si empieza a circular información real, lo movemos por donde toque.
Asiento. Eso es todo lo que necesito de él. Ni bromas sobre mi vida sexual ni una teoría sobre por qué me afecta Dani. Al abrir un armario, Javier descubre que ha colocado una pieza al revés y me deja arreglarla.
—Después de todos estos años de dominadas, ni un montaje mío —dice.
—Te grabo rellenando el parte de material.
—Hay público para todo.
Se pone a revisar su equipo y me deja el móvil boca abajo sobre la mesa.
Ese gesto, más que cualquier consuelo, me devuelve al trabajo.
No necesito que Javier convierta el asunto en un drama ni que me prometa que Internet dejará de ser Internet.
Necesito comprobar cierres, cargar una radio y salir a la calle sabiendo que mi nombre no está todavía pegado a un montaje de cuatro segundos.
La mañana continúa con una radio que no carga y un bolígrafo sin capuchón que me mancha un bolsillo. Internet puede convertirnos en iconos; la Policía Nacional sigue perdiendo diez minutos porque alguien ha guardado mal un cable. La contradicción me mejora el humor.
Antes de salir veo un mensaje de mi madre: me he dejado en su casa el cargador, un táper y la correa vieja de Lúa. Añade que duerma. Paso a recogerlo y Carmen abre la puerta mirándome la cara.
—Ha empeorado.
—Gracias por la revisión.
En la bolsa ha metido mis cosas y dos mandarinas que, según ella, «ahora son mías».
Me pregunta si he comido. Respondo que un bocadillo de tortilla y supera el dato sin convertirlo en diagnóstico emocional.
Cuando intento irme, me recuerda el táper pequeño que le debo desde marzo. Lo he olvidado otra vez.
—Tienes treinta y cinco años —dice mientras me pone comida en las manos— y sigues perdiendo recipientes.
—No veo relación.
—Yo sí.
Mientras cierro la bolsa, Carmen me mira frotarme el hombro.
—Otra vez.
—Turno largo.
—Pues no lo arregles siendo más bruto.
Eso es todo. No pregunta por qué estoy distraído ni por quién. Me ofrece una verdad del tamaño exacto del problema que puede ver. Después me besa en la mejilla y me manda a dormir. Eso hace más por mí que cualquier conversación inteligente.
Duermo tres horas.
Al despertar, Dani no ha vuelto a escribir. Me alegra. También me irrita un poco, lo cual confirma que dormir no arregla todo.
Abro el chat. Su disculpa sigue allí, sola. Ha respetado mi silencio. Escribo He leído tu mensaje. Gracias. Me parece una comunicación emitida por un departamento jurídico y la borro. También borro No pasa nada, porque sí pasó.
Al final envío:
He leído tu mensaje. Gracias por decirlo así.
Dejo el móvil, voy a lavarme la cara y, cuando vuelvo, tengo respuesta.
No esperaba que contestaras. Solo quería que lo supieras.
Eso cambia mi lectura de él. No lo ocurrido.
En el espejo tengo la marca de la almohada en la mejilla y el pelo aplastado. El hombre que circula en montajes de policías atractivos parece haber perdido una pelea con una siesta. Mejor.
No puedo mantener a Dani lejos y acudir cada vez que me escribe.
Tampoco quiero reducirlo a los peores segundos en que lo he visto: borracho, avergonzado, actuando para Marcos.
También es el hombre que se fue de una cita cuando dejó de querer estar allí, que se disculpó sin defenderse y ahora soporta que yo no le dé absolución inmediata.
Y sigue existiendo esa otra molestia, más vieja: su nombre completo, una rosquilleta, una flor amarilla que no consigo colocar. No hoy.
Escribo Tenemos que hablar y lo borro porque parece una amenaza. Creo que deberíamos hablar suena a Recursos Humanos. Lúa aparece en la puerta del baño y se sienta a supervisar mi incompetencia.
—No ayudes.
Pruebo una tercera vez.
¿Puedes quedar mañana para tomar un café?
Antes de enviarlo pienso en Mateo, en todo lo que acepté sin preguntar por miedo a perder incluso aquello. Quedar con Dani no significa aceptar ese lugar. Significa averiguar qué quiere y decir qué no quiero yo.
Pulso.
Dos minutos después:
Sí. Cuando puedas.
Le doy hora. Él responde Perfecto y no añade nada.
Me sorprende que eso me tranquilice y me decepcione al mismo tiempo.
Podría haber convertido el café en una broma, preguntado si es una cita o mandado una de esas frases con las que consigue que cualquier situación parezca menos seria.
No lo hace. Yo he pedido hablar; él acepta hablar.
El resto tendrá que existir en la mesa, no en la anticipación.
En la cocina caliento el táper de mi madre mientras Lúa vigila el plato. Tengo un café concertado con un hombre al que ayer le dije que no iba a prestarme para su historia. La diferencia es pequeña y suficiente: esta vez el paso lo he dado yo.
Aparto el teléfono para comer.
A los pocos minutos descubro que sigo mirándolo aunque no haya sonado.
Hablar con Dani es menos peligroso que seguir imaginándolo.
La teoría, de momento, no resiste ni una cena recalentada.