5 UN SUSTITUTO DEFECTUOSO
Instalar una aplicación de citas a las dos y diecisiete de la madrugada porque un Policía Nacional te ha escrito «no vuelvas a conducir así, Dani» no figura entre las decisiones serenas de la vida adulta.
Aun así, aquí estoy, boca abajo sobre la cama, sometiendo a desconocidos a un proceso de selección que se parece demasiado al moodboard de la agencia.
No busco a Héctor. Ese es el método científico.
Descarto hombres muy altos, barbas claras, motos y cualquier fotografía en la que alguien parezca capaz de hacer dominadas por voluntad propia.
Quiero demostrar que mi cuerpo lleva cuarenta y ocho horas confundiendo uniforme, autoridad y vergüenza con deseo.
Entonces aparece Marc: treinta y uno, sonido para audiovisuales, pelo negro rizado, gafas, uñas pintadas de negro y una foto cortando cebolla en el suelo de una cocina.
En otra sostiene un vinilo; en ninguna hay moto, gimnasio ni gesto de funcionario que acaba de pedir documentación.
Parece guapo de una forma que no necesita recordarme a nadie.
Le doy a me gusta con una satisfacción profesional impropia del acto.
—¿Estabas mirando hombres? —pregunta Víctor desde la puerta.
Cierro la aplicación demasiado rápido.
—Qué expresión tan victoriana.
Me observa hasta que le enseño el perfil. Marc le parece guapo. A mí también. Eso debería bastar.
—Tengo una cita mañana.
Víctor me devuelve el teléfono.
—Bien.
—Ese «bien» contiene una opinión.
—Solo una: Marc no tiene por qué demostrarte nada.
—No es un experimento.
—Has descartado variables.
Le tiro una almohada. Antes de marcharse, mira el móvil que sigo sosteniendo.
—Tú tampoco tienes que demostrar nada, Dani.
No contesto. Cuando se va, abro el chat de Héctor. Sigue reducido al vídeo, unas capturas y su última frase. Solo por esto había sido el límite del número; yo no respondí porque cualquiera de mis bromas habría intentado ensancharlo.
Mañana saldré con Marc. Civil, disponible y sin chaleco. Una operación sencilla.
Naturalmente, al apagar la luz recuerdo la sonrisa cansada de Héctor sobre un vaso de café de máquina.
Marc se parece a sus fotos, una cualidad que debería otorgar alguna certificación europea. Hemos quedado en el Cabanyal, lo bastante lejos de Ruzafa para que nadie conocido presencie mi ensayo clínico de normalidad.
Nos damos dos besos con esa vacilación minúscula de dos hombres gays que aún no saben si el siguiente será social o tendrá lengua.
—Pensaba que serías más bajo —dice.
—Primera cita y ya cuestionando la descripción del producto.
Se ríe. Me gusta su risa.
La conversación entra sola: Valencia, Berlín, Madrid, su trabajo grabando sonido y el mío intentando que productos perfectamente normales adquieran una personalidad. Marc cuenta que los clientes siempre preguntan si puede «quitar» del audio un camión que pasa durante una toma.
—Con inteligencia artificial —digo.
—Te vas.
—Acabo de llegar.
—Has desperdiciado tu oportunidad.
Me río. Él también. Cuando su rodilla toca la mía debajo de la mesa, lo noto sin convertir el roce en un informe de inteligencia. Me gusta su boca, el aro de la oreja, cómo escucha. Al salir, con viento del mar y un cielo que amenaza lluvia, Marc me besa y yo respondo porque quiero.
El beso está bien. Mejor que bien. Sabe a cerveza y al postre que hemos compartido; su mano se queda en mi cintura y mi cuerpo participa sin necesidad de pensar en nadie más.
No hay descarga cinematográfica ni una orquesta escondida detrás de un contenedor.
Hay calor, curiosidad y un hombre que me atrae besándome porque yo también me he acercado.
Eso debería ser suficiente. De hecho, lo es. Lo que me tranquiliza no es que Marc venza a Héctor en ninguna competición imaginaria, sino comprobar que puedo estar presente en mi propio cuerpo sin convertir cada roce en una profecía. La tranquilidad me dura hasta que empezamos a hablar de trabajo.
Entramos en otro bar. Él pide una copa; yo, algo sin alcohol. Cuando pregunta qué cuenta me tiene ocupado, cometo el error de contarle lo justo sobre la campaña de cuidado masculino y la conversación viral alrededor de policías españoles.
Marc se anima con una familiaridad que deja claro que la conversación no la hemos inventado nosotros en una sala de reuniones.
—¿Los guapos?
—Los seleccionados por el algoritmo para que parezca que todos son guapos.
—Vivo al lado de una comisaría. Mi muestra está satisfecha.
—Tu muestra necesita revisión metodológica.
Roba una aceituna del bol.
—A mí me ponen los uniformes. Policías, bomberos, militares. El paquete de autoridad.
—Son profesiones bastante distintas.
—La fantasía no prepara oposiciones.
Me río porque tiene razón y porque su forma de hablar de una fantasía consciente debería molestarme menos que mi propia campaña. Marc no está acosando a nadie; sabe que la persona y el papel no son lo mismo.
—¿Nunca has hecho roleplay de policía? —pregunta.
—No.
La respuesta sale tan rápida que sonríe.
—Hay un vídeo que entenderías.
Mi estómago ya sabe cuál antes de que saque el móvil.
Once segundos. Yo perdiendo pie. Héctor entrando en cuadro y sujetándome.
—Ese brazo —dice Marc.
—Tiene dos.
Amplía el fotograma. La cara de Héctor es apenas una mancha, pero yo sé dónde están los ojos. Sé que bebe café malo por no tirar dos euros, que le duele un hombro y que Lúa se escapa con el arnés equivocado.
—Lo mejor es que ni se le ve la cara —añade Marc—. Igual sin uniforme pierde la mitad del encanto.
La frase podría haber salido de la reunión de la agencia. Cortar, ampliar, completar. La operación que ayer me parecía profesional y que anteayer hice en mi cama.
—¿Tú qué opinas? —pregunta.
—Que el contexto hace mucho.
—¿Y personalmente?
No encuentro una respuesta limpia.
Marc me besa antes de que la invente. Le devuelvo el beso; su mano entra un poco bajo mi camisa y esta vez la excitación llega clara.
Podría aceptar que esto es sencillamente una buena cita, pero sigo registrando mis propias reacciones como si alguien fuese a pedirme resultados al final de la noche.
Marc no parece hacer nada parecido. Está aquí.
Me besa. Me toca porque ha entendido que quiero que lo haga.
Entonces se acerca a mi oído y, jugando, murmura:
—Documentación.
Me aparto riéndome.
—No. Eso debería estar penado.
—Pensaba que te gustaría.
—Me ha provocado una lesión espiritual.
Marc se ríe y lo deja en el acto.
—Vale. Sin policía.
No insiste ni convierte mi rechazo al juego en una herida de orgullo.
Pide otra aceituna, comenta algo del bar y, un minuto después, me besa otra vez, más suave.
Podría seguir. Me atrae. No ha hecho nada incorrecto.
Precisamente por eso noto con claridad que llevo toda la noche utilizándolo para aprobar un examen que nadie me ha puesto.
Si sigo, quizá tenga sexo perfectamente agradable con un hombre que me cae bien y mañana podré convertirlo en una prueba a mi favor.
La idea me parece bastante más fea cuando la formulo así.
Me separo.
—¿Todo bien? —pregunta.
Por primera vez en varios días no digo que sí por reflejo.
—No del todo. Y no es por ti.
Retira la mano de mi cintura.
—Vale.
—Pensaba que quería seguir.
—¿Y ahora?
—No.
Marc asiente. No pide una tesis ni me castiga por haber cambiado de idea.
—Pues ya está.
Acabamos discutiendo porque quiero pagar la segunda copa y él no acepta una indemnización «por una cita que no termina en sexo».
Me devuelve parte del Bizum y consigue que me ría.
La despedida no es incómoda: eso también me obliga a aceptar que marcharme no necesita una catástrofe que lo justifique. Nos damos un abrazo de verdad.
Antes de irse añade:
—Si haces esa campaña, no pongáis a actores diciendo «documentación».
—Te prometo que lucharé por ello.
Salgo del bar sabiendo algo bastante menos cómodo que «Héctor es un fetiche»: Marc me gusta, podría haber seguido y aun así he decidido marcharme. Nadie me ha rescatado de nada.
Fuera llueve de lado. Dos VTC cancelan, el tercero sube a veinticuatro minutos y mi móvil cae al tres por ciento.
Estoy sobrio, sé dónde estoy y puedo volver al bar, buscar un taxi andando o pedir que me carguen el teléfono.
Es un inconveniente, no una emergencia; después de esta semana considero importante distinguirlos.
Escribo a Víctor. Un solo check.
Marcos aparece debajo. No quiero recurrir a él.
Luego veo Héctor Moreno.
Su número existe por el vídeo, no para convertirme en su problema meteorológico.
Bloqueo la pantalla y espero otros minutos.
Una pareja sale de un portal y consigue un taxi libre antes de que yo pueda reaccionar.
Considero volver al bar, pero eso convertiría una despedida limpia en una excusa logística. Otro coche cancela y la lluvia aumenta.
Al final admito la parte incómoda: no estoy atrapado. Tengo alternativas. Podría resolverlo sin Héctor. Lo que quiero es escribirle a él. Esa diferencia debería ser razón suficiente para no hacerlo; resulta que no.
Tecleo:
Pregunta que incumple el “solo por esto”: ¿conoces algún taxi que funcione de verdad por Cabanyal? Tres cancelaciones y 2 % de batería. Estoy bien. No es una emergencia.
La respuesta llega casi enseguida.
¿Estás solo?
Sí. Bajo un toldo.
Ubicación.
Le digo que puedo esperar.
No te he preguntado eso.
Comparto ubicación. Veinte segundos después:
Estoy cerca. Diez minutos.
No tienes que venir.
Esta vez tarda algo más.
Lo sé.
La frase me calienta de una manera bastante poco meteorológica.
Héctor tarda doce minutos y aparece en una moto oscura, impermeable negro y casco integral. Nada de coche patrulla. Cuando levanta la visera, lo primero que hace es preguntarme si he bebido.
—Una cerveza hace horas y luego sin alcohol.
Me examina lo justo para creerme y saca un segundo casco.
—¿Has ido en moto?
—En la universidad.
—Eso significa que no.
Intento cerrar la correa. Héctor la revisa, levanta apenas mi barbilla y ajusta la hebilla. Estoy sobrio esta vez; noto demasiado sus dedos y también que el gesto termina exactamente cuando termina su función.
—¿Dónde pongo las manos? —pregunto al subir.
Señala su cintura.
Pongo las manos en los costados de la chaqueta.
—Sujétate bien.
—Lo hago.
—Dani.
Paso los brazos alrededor de él. El asiento cede un poco con mi peso y mis rodillas quedan a ambos lados de sus caderas. La cercanía no tiene ninguna elegancia posible: o me sujeto o convierto la avenida en un estudio de traumatología.
La moto arranca y toda mi teoría sobre el uniforme pierde interés. No hay cámara ni autoridad institucional: hay un cuerpo caliente delante del mío y una decisión práctica que me obliga a seguir sus movimientos. En la primera aceleración aprieto demasiado.
Durante los primeros minutos estoy demasiado ocupado siguiendo la inclinación de su cuerpo para pensar.
Cuando empiezo a entender el equilibrio, descubro la parte peligrosa: cada frenada acerca mi pecho a su espalda y cada curva exige que deje de resistirme al movimiento.
Esta vez estoy sobrio. Esta vez el contacto no me ocurre; lo sostengo yo.
En un semáforo, Héctor gira la cabeza.
—No hace falta que me rompas las costillas.
—Hace cinco minutos pedías más fuerte.
—Existen posiciones intermedias.
Antes de arrancar, toca una vez mis dedos cruzados sobre su abdomen, solo para comprobar que sigo sujeto. Mi estómago lo interpreta con menos disciplina.
Cuando llegamos a Ruzafa, bajo con las piernas algo torpes. Héctor guarda el casco.
—Gracias por venir —digo.
—No era para tanto.
—Podía haber esperado.
—Sí.
—Entonces ¿por qué has venido?
Cierra el compartimento de la moto.
—Porque me lo has pedido.
La puerta del edificio se abre antes de que encuentre respuesta. Víctor sale con una bolsa de basura, mira mi ropa mojada, la moto y a Héctor.
—Pensaba que tenías una cita.
—La tenía.
Héctor me mira un instante. Antes de que la conversación pueda morir con dignidad, Marcos aparece detrás de Víctor con reciclaje en la mano.
Reconoce a Héctor del vídeo. Quizá también de la reunión.
—Tú eres…
—Héctor —interrumpo.
Marcos me mira a mí y pregunta, casi por inercia:
—¿El de la cita?
Decir que no requiere una sílaba. Sin embargo, llevo años deseando que Marcos vea en mí a alguien que no está permanentemente disponible. Mojado, despeinado y todavía humillado por haber utilizado a Marc como prueba, vuelvo a elegir una imagen.
Pongo la mano en el antebrazo de Héctor.
—Ha venido conmigo.
Es verdad y, a la vez, una falsificación.
Marcos reorganiza la escena en su cabeza. No veo celos; sería demasiado cómodo. Veo sorpresa, el reajuste de una versión de mí que creía conocer. Durante un segundo eso me da exactamente la satisfacción miserable que buscaba.
Héctor baja la vista hacia mi mano.
No necesito más. La retiro.
—Tengo que irme —dice.
Consigo que Víctor y Marcos entren antes de seguirlo un paso.
—Lo siento.
—No lo arregles con «solo» —dice Héctor antes de que pueda empezar.
Me callo.
—No sé qué historia tienes con él y no necesito saberla. Pero no me uses para cambiar cómo te mira.
Intento defenderme: no quería darle celos. Héctor niega apenas con la cabeza.
—No he dicho eso. Querías demostrar algo. A él o a ti. Yo no soy la prueba.
La frase duele porque conecta demasiadas cosas de la noche. Marc como control. Héctor como imagen. La campaña vendiendo códigos mientras yo hago lo mismo con personas.
—Tienes razón.
Héctor se pone un guante.
—Gracias por traerme.
—De nada.
—Y por venir.
Se detiene un segundo.
—Eso sí lo elegí.
Se marcha.
Arriba, Víctor está guardando platos cuando entro.
—No necesito un juicio —digo.
—Perfecto. Solo una frase: has utilizado a un tío que vino a ayudarte para que Marcos viera una versión de ti que te gustaba más.
La precisión me deja sin sitio para discutir.
—Sí.
—¿Héctor te ha dicho algo?
—Lo mismo, con peor tacto.
Víctor cierra el lavavajillas.
—Bien.
Antes de irse a su habitación le cuento que la cita con Marc terminó porque yo decidí marcharme, no porque Marc hiciera nada. Víctor asiente.
—Eso sí es tuyo.
El comentario se queda conmigo cuando consulto el teléfono.
Marc ha escrito que ya ha llegado y que sigue defendiendo que «documentación» habría funcionado en otras circunstancias.
Le respondo que me alegro y que está objetivamente equivocado.
Contesta con un Cobarde y nada más. Ninguna deuda emocional. Ningún examen suspendido.
Después abro el chat de Héctor.
Escribo una explicación sobre Marcos. La borro. Otra sobre mi semana. También.
Al final envío:
Te he usado para que pareciera algo que no era y no tenías por qué aguantarlo. Has hecho bien en pararme. Lo siento.
Dos checks. Ninguna respuesta.
Mi dedo vuelve al teclado y se detiene.
No necesito que diga que no pasa nada. Sí ha pasado.
Dejo el móvil sobre la mesa y, por una vez, no intento corregir la escena antes de que termine.