¡ESPÓSAME YA! 4 NADIE FANTASEA CON LA BUROCRACIA
19%

4 NADIE FANTASEA CON LA BUROCRACIA

Uno no debería cambiarse tres veces para recuperar una tarjeta de plástico. Por eso, cuando Víctor me encuentra frente al espejo con dos camisas sobre la cama y una tercera puesta, digo:

—Estaba ordenando.

Mira la ropa. Luego a mí.

—Vamos a una comisaría, Dani. A recoger una acreditación. No a cenar.

—Gracias, mamá.

Me quito la camisa azul.

—¿Ahora qué le pasa?

—No combina.

—Llevas diez años vistiéndote solo. Confío en que sobrevivas.

Acabo con camiseta y chaqueta, una combinación que pretende decir «adulto que resuelve un trámite» y no «hombre que anoche se masturbó pensando en el agente que quizá encuentre allí».

Víctor, por fortuna, desconoce esa última parte hasta que comenta que duda que Moreno recuerde qué llevaba yo la noche del dispositivo y mi reacción le proporciona toda la información.

—No lo sabía —dice mientras sale de la habitación—. Ahora sí.

Considero matarlo. Lo descarto por logística.

La comisaría termina de desmontar la versión de Internet antes de que lleguemos al mostrador.

Hay un hombre mayor peleándose con una máquina de café, una mujer con una carpeta de documentos, un adolescente aburrido y agentes de edades y cuerpos distintos ocupados en cosas sin potencial de vídeo viral: impresoras, formularios, dudas, teléfonos.

Uno de ellos es muy atractivo. Pasa con una caja de folios.

—No mires —murmuro.

—No estaba mirando.

Dos turistas a nuestra derecha dicen algo en inglés sobre police y casting.

Se ríen justo cuando cruza el agente de los folios.

A la vez, el hombre de la máquina consigue por fin un café y lo prueba con una cara que convierte su victoria en tragedia.

En otra ventanilla, una agente de unos cincuenta años explica por tercera vez qué documento falta a un ciudadano.

Víctor me mira.

—Ahí tienes tu algoritmo.

Lo tengo delante: nadie graba la tercera explicación de un formulario ni la guerra perdida contra una máquina de café.

Se graba al guapo, se publica al guapo y luego se usa el resultado para demostrar que todos son guapos.

La cámara fabrica una estadística y después finge descubrirla.

Ayer participé profesionalmente en esa operación.

Hoy estoy dentro del material que dejamos fuera del encuadre.

—Siguiente.

En recepción doy mi nombre, la fecha del dispositivo y el DNI. El agente busca el registro, desaparece un momento y vuelve con mi acreditación dentro de una funda transparente.

—Firme aquí.

El bolígrafo, atado a una cadena, no escribe.

—Esto tiene una hostilidad institucional.

El hombre abre un cajón y me entrega otro sin participar en mi tragedia.

Firmo. Falta el teléfono. Lo añado. Revisa los datos y finalmente me entrega la tarjeta.

—Ya está.

Eso es todo.

Yo he venido preparado para una posible aparición de Héctor y la Administración me responde con una casilla de teléfono. La decepción me avergüenza casi tanto como las tres camisas.

Me giro para irme.

—Navarro.

El cuerpo reconoce la voz primero.

Héctor está a unos metros, con una carpeta bajo el brazo y un vaso de café de plástico en la mano.

Lleva uniforme, sí, pero no se parece demasiado al hombre del fotograma que analizamos ayer.

Tiene la camisa marcada por el chaleco, una mancha pequeña junto al puño, cansancio bajo los ojos y una tapa de café abollada.

Bebe y mira el vaso con una expresión que confirma que su contenido constituye una agresión.

—Eso no puede estar bueno —dice Víctor.

—No ayudes.

Héctor se acerca. Sus ojos pasan por Víctor y vuelven a mí.

—Veo que ha sobrevivido.

—Y recuperado patrimonio empresarial.

Le enseño la tarjeta.

—Eso lo ha resuelto usted solo.

La frase me gusta más de lo razonable.

Presento a Víctor. Se dan la mano. Ninguna música. Ningún triángulo. Dos hombres adultos haciendo una cosa perfectamente normal.

—Tengo que decirte algo —digo cuando Víctor se aparta un poco.

El tuteo sale antes de pensarlo. Héctor no lo corrige.

Había preparado una disculpa inteligente. La abandono.

—Conducir después de beber fue una estupidez. No estaba bien y podría haber hecho daño a alguien.

Héctor cambia la carpeta de brazo y una mueca breve le cruza la cara. El hombro.

—Eso último es lo importante —dice—. Estar hecho polvo no es delito. Poner a otros en riesgo sí.

Asiento. No me absuelve ni me humilla. Tampoco convierte mi estupidez en algo encantador.

—No volverá a pasar.

—Bien.

No hay premio por haber llegado a la conclusión correcta dos días tarde.

Héctor se limita a sostenerme la mirada un instante y luego baja la carpeta para recolocarla.

La punzada en el hombro vuelve. En el vídeo su cuerpo parecía diseñado para hacer una sola cosa con absoluta eficacia; aquí hay un músculo que protesta, un café pésimo y papeles que alguien está esperando.

—¿Te lo hice yo? —pregunto, señalando el hombro.

—No. Turno y gimnasio. Tú contribuiste poco.

—Gracias por proteger mi autoestima.

—No estaba intentándolo.

Una voz lo llama desde el otro lado.

—Héctor.

El nombre se me queda.

El compañero levanta una carpeta. Héctor responde que va enseguida y bebe otra vez aquel café criminal.

—¿Por qué sigues con eso? —pregunto.

—Lo he pagado.

—El coste hundido no es una filosofía de vida.

—Díselo a la máquina.

Su móvil vibra. Se aparta apenas.

—Sí... No, el viejo. Con el nuevo se escapa.

Pausa.

—No le des eso, luego vomita. Llegaré cuando pueda.

Cuelga.

—¿Lúa? —pregunto.

—Mi perra.

El dato altera más la imagen que la mancha de café. Internet me ofrecía hombros y autoridad; no un hombre cansado organizando a distancia qué arnés usa su perro.

—He visto el vídeo —digo.

Su cara se cierra un grado.

—Yo también.

—Lo siento.

—Tú no lo grabaste.

Me cuenta, sin dramatismo, que lo han visto familiares, antiguos compañeros y gente que apenas recuerda. Su madre le preguntó por qué abrazaba a un borracho en Internet.

—Técnicamente me estabas evitando una fractura.

—Ese era el contexto.

La palabra me lleva de vuelta a la reunión de ayer. Abro la boca.

—En el trabajo nos ha caído una cuenta relacionada con esto.

—¿Con el vídeo?

—Con el fenómeno.

—¿Qué fenómeno?

Ojalá me tragara la baldosa.

—El de los policías españoles atractivos.

Héctor pestañea una vez.

—Repítelo.

—No.

Tengo que explicarle lo mínimo: una marca de cuidado masculino quiere trabajar con la conversación viral y los códigos de autoridad.

—No van a usar policías reales —añado—. Ni insignias oficiales. Ni el vídeo en la pieza final.

La precisión me muerde en cuanto la digo. Todo es verdad. También es verdad que su fotograma estuvo ayer en una pantalla de setenta pulgadas, que lo rodeamos de palabras y que yo mismo encontré una forma de explicar por qué funcionaba. Podría decírselo ahora. Bastaría una frase.

No la digo.

No estoy mintiendo exactamente, que es la clase de argumento que uno utiliza cuando ya sabe que está omitiendo algo importante. La culpa todavía es pequeña, pero tiene forma.

—¿Uniforme, postura, contexto? —pregunta.

—Más o menos.

—Pistola.

—No.

—Esposas.

—También no.

Por fin veo una sombra de humor.

Luego se frota el hombro.

—¿Te duele?

Retira la mano.

—Turno largo.

No insisto. El compañero vuelve a llamarlo y Héctor mira hacia allí.

—Tengo que seguir.

—Claro.

Esto era un trámite. Él está trabajando.

Antes de irse pregunta si tengo el enlace original del vídeo y las primeras capturas. Quiere evitar que siga pasando por más grupos de trabajo. Le digo que sí.

—Mándamelas. El enlace original, si lo tienes, y las capturas más antiguas.

—Tengo varias por trabajo.

La frase podría abrir de nuevo lo que acabo de cerrar. Héctor solo asiente.

—Las que ya tengas. No busques a nadie ni necesitas averiguar quién lo grabó.

No sé si habla como policía o como hombre harto de que desconocidos investiguen su cuerpo. Probablemente las dos cosas.

Nos miramos un segundo porque falta una parte obvia del procedimiento.

Héctor saca el teléfono.

—Dame el tuyo.

Marca su número desde mi pantalla y hace sonar el suyo.

—Es personal —dice al devolvérmelo—. Solo para esto.

El límite está tan claro que por una vez no necesito construir una segunda versión. No es una invitación, una prueba ni el inicio secreto de nada. Es un canal concreto porque existe un problema concreto.

—Solo para esto.

Asiente y se marcha.

Fuera, guardo el contacto como Héctor Moreno. Le envío el enlace y tres capturas con un mensaje neutral. Víctor camina a mi lado sin comentar el nombre que acabo de escribir.

El teléfono vibra antes de llegar al siguiente semáforo.

Recibido. Gracias.

Y después:

Y no vuelvas a conducir así, Dani.

Tengo preparadas varias respuestas idiotas. No envío ninguna.

Guardo el móvil.

Hace dos días, «Moreno» era un uniforme dentro de once segundos. Ahora sé que bebe café que detesta porque lo ha pagado, tiene un hombro cargado y una perra que necesita el arnés viejo.

Nada de eso debería mejorar la fantasía.

El problema es que ya no se parece tanto a una.