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Cuando vuelvo a Ruzafa, descubro que mi madre ha metido tres táperes en una mochila que yo recordaba vacía y que uno de ellos ha decidido abrirse durante el trayecto. Las albóndigas han sobrevivido. Mi portátil, por poco.

—La próxima vez que tengas una crisis —dice Víctor mientras sostiene la mochila sobre el fregadero— intenta que no coincidan alcohol, policía y cocina materna.

—Me parece una restricción creativa excesiva.

Marcos está apoyado en la encimera con el teléfono en una mano y una tostada en la otra. Camisa blanca, mangas dobladas. La imagen sigue haciendo lo que lleva años haciendo conmigo, solo que ahora sé para quién mira la pantalla.

—¿Estás mejor? —pregunta.

—Perfectamente.

Víctor abre el grifo. —Ayer vomitó.

—Una vez.

—Dos.

Marcos deja la tostada. —¿Qué te pasó después de cenar?

Podría decirle que salí hecho polvo, bebí más de la cuenta y acabé dentro de un dispositivo de Policía Nacional. En cambio, saco una servilleta empapada en tomate de la mochila.

—Me sentó mal algo.

Víctor no me mira. Su desaprobación tiene cobertura de corto alcance pero excelente penetración.

—Joder, lo siento —dice Marcos.

—No pasa nada.

Le sale creerme porque no tiene razones para no hacerlo. Luego baja los ojos al móvil y cambia el pulgar de sitio. Reconozco el gesto: ayer revisé tres versiones de su mensaje para Víctor. La cuarta la dejé sin respuesta porque mi padre me tuvo moviendo cajas con las manos llenas de tierra.

Marcos me consulta con la mirada.

—Mándalo —digo.

—¿Así?

—Así. Y asume responsabilidad penal por tu propia puntuación.

Pulsa. El móvil de Víctor vibra sobre la mesa.

Los tres lo oímos.

Víctor se seca las manos, lee el mensaje y bloquea la pantalla sin cambiar de cara.

—¿Tenemos reunión con Ricardo a las diez?

Marcos tarda una fracción de segundo. —Sí.

—Vale. Voy a ducharme.

Se marcha con el café.

—No ha respondido —dice Marcos.

—Han pasado ocho segundos.

—Diez.

—Entonces ya puedes solicitar una comisión de investigación.

Se ríe, me aprieta brevemente el hombro y sale. El gesto todavía me afecta. Solo que ahora la memoria añade otra mano alrededor de mi antebrazo y una voz grave diciendo que me quede quieto.

Abro la nevera con más fuerza de la necesaria.

Víctor reaparece cuatro minutos después, aún sin ducharse, y me planta su teléfono delante. Leo mis propias palabras.

Quiero invitarte a cenar. Tú y yo. ¿El jueves?

—Lo has escrito tú.

—Eso es una acusación seria.

—Pones punto después de «tú y yo». Marcos cree que «solo» lleva tilde por motivos espirituales.

No puedo sostener la mentira.

—Sí.

Víctor apoya una cadera en la encimera. —¿Eso era lo de vuestra cena?

—Parte.

—Ah.

No añade compasión, que es una de las muchas razones por las que lo quiero.

—¿Y estás bien con esto?

—No especialmente.

Asiente y mira otra vez el mensaje.

—No voy a contestar ahora.

—No tienes que explicármelo.

—Ya lo sé.

Guarda el móvil. —Y para que no conviertas mi falta de respuesta en otra investigación: Marcos es guapo. No me gusta así.

Siento el golpe y, al mismo tiempo, un alivio que me avergüenza.

—¿Seguro?

Víctor me mira.

Me detengo antes de empezar a enumerar cafés, cine y risas ajenas como si compareciera ante un jurado.

—Perdón.

—Yo no soy una competición, Dani.

—Lo sé.

—Bien.

Se va por fin a la ducha. Yo me quedo con salsa en la manga y la constatación de que Víctor ha necesitado una frase para poner un límite a una historia que todavía ni ha empezado. Yo llevo años redactando informes sobre una sonrisa.

La sede valenciana de la agencia todavía huele a pintura nueva y a presupuesto optimista. Ricardo nos espera junto a un rótulo de neón apoyado contra una pared porque el punto eléctrico elegido «no comparte la visión de marca».

La reunión empieza tarde por un micrófono de Teams. Después del logotipo y los objetivos aparece una diapositiva titulada CULTURAL OPPORTUNITY, expresión que en publicidad suele significar que alguien está haciendo algo gratis y una marca quiere colocarse en medio.

Ricardo cambia de pantalla.

Hombres uniformados. Vídeos verticales. Turistas. Comentarios. Una espalda junto a unas vallas. Otro agente caminando por una estación.

¿POR QUÉ INTERNET ESTÁ OBSESIONADO CON LOS POLICÍAS ESPAÑOLES?

—El fenómeno aparece por oleadas —dice Marcos, ya completamente en modo trabajo—. TikTok, Instagram, turistas, memes.

La siguiente diapositiva aclara, por insistencia legal, que lo del «casting» es rumor y percepción, no hecho institucional.

—¿Qué vende la marca? —pregunto.

—Cuidado masculino —responde la clienta desde la pantalla.

Claro. Crema facial mediante deseo de autoridad. La civilización ha trabajado muchísimo para traernos hasta aquí.

Los moodboards mezclan cuerpos, posturas, azul oscuro, botas, comentarios sobre detenciones y alguna esposa.

—No —digo.

Ricardo ni siquiera pregunta a qué me refiero.

—Es referencia.

—Si necesitamos esposas para vender hidratante, tenemos un problema.

Víctor contiene una sonrisa. Marcos sigue tomando notas.

El material es inconsistente: algunos hombres ni siquiera son policías españoles, uno parece de una serie y otro es extranjero. Sin embargo, la repetición los vuelve un solo tipo.

—Ahí está la parte interesante —dice Víctor—. La selección fabrica la impresión de que todos responden al mismo modelo.

Ricardo cambia de diapositiva.

EL EFECTO UNIFORME.

Me inclino hacia delante.

—El cuerpo no basta. La ropa, la postura, la autoridad y la cámara le dicen al espectador qué completar.

Voy a la pizarra y escribo:

CUERPO — CÓDIGO — MIRADA

Rodeo la última palabra.

—No estás viendo al hombre entero. Estás rellenando lo que falta.

Ricardo deja el mando sobre la mesa. Conozco esa pausa. Hemos encontrado algo.

—Desarrolla —dice.

Y entonces aparece el vídeo.

Once segundos.

No necesito reproducirlo para reconocer la luz azul ni la inclinación del cuerpo de Moreno al sujetarme. En la diapositiva alguien ha trazado un círculo rojo alrededor de él. De mí queda media cabeza y un hombro.

Mi peor noche ha alcanzado la última fase de cualquier experiencia contemporánea: convertirse en material de presentación.

—Funcionó bien durante el fin de semana —dice Ricardo.

El vídeo corre. Aquí no hay desconocidos comentando desde el móvil, sino una marca, un presupuesto y profesionales observando a un hombre que no sabe que está en esta sala.

—La silueta cuenta todo —dice Ricardo.

La clienta asiente. —Esa es la energía.

Energía: palabra útil para evitar decir deseo, poder, sexo, autoridad o trabajador agotado al final de un turno.

—¿Podemos usarlo?

—No —respondo demasiado rápido.

Ricardo me mira.

—Como referencia interna, quizá. En una pieza final, no. Son personas reales, no tenemos cesiones y aparece una actuación policial.

La clienta hace una pausa. —No queremos ese vídeo. Queremos esa sensación.

Eso cambia el problema, no lo elimina.

—Entonces rodaje propio —digo—. Actores. Y nada que pueda confundirse con uniforme reglamentario.

Ricardo pasa a una diapositiva que ya propone esa vía: casting, prendas oscuras, referencias de postura.

Nadie en la sala está intentando colar a un policía real en una campaña.

La incomodidad es más difícil que eso. Podemos hacer todo legalmente y aun así construir deseo con los mismos mecanismos que acabo de criticar.

—Si quitamos insignias, ¿se sigue entendiendo? —pregunta la clienta.

—Si no se entiende sin una placa, no tenemos concepto. Tenemos disfraz.

Marcos interviene por primera vez desde que apareció el vídeo. —Podemos trabajar autoridad como código, no como profesión concreta.

Lo miro. Es una buena solución. No me conviene que también sea bueno en su trabajo, pero la realidad rara vez colabora con mis necesidades narrativas.

Durante cuarenta minutos hacemos campaña.

Descarto un titular sobre «delito», otro que juega con esposas y una idea de porra que merece morir antes de salir de la sala.

Propongo que el casting no fabrique un ejército de cuerpos idénticos: si nuestra tesis es que la mirada completa el código, necesitamos demostrarlo.

Víctor rehace el moodboard. Marcos encuentra cómo trasladar el concepto a perfiles distintos.

Yo escribo tres rutas de copy, y la tercera ordena la conversación.

Ricardo la señala. —Esa.

—Todavía está verde.

—Por eso te pago.

—Pensaba que era por mi sonrisa.

—Esa tiene poco retorno.

La clienta se ríe. Yo también, un poco.

Eso me enciende de una manera que no tiene nada que ver con Marcos. Había olvidado lo mucho que me gusta encontrar la pieza que convierte ruido en una idea defendible. También me recuerda que no soy un observador inocente de la industria: estoy dentro, soy bueno y cobro por hacer exactamente esto.

Cuando termina la reunión, la miniatura del vídeo sigue en una esquina de la pantalla.

Moreno convertido en referencia visual.

Y yo ayudando a fabricar una versión vendible del efecto que me produjo.

A las once y media sigo trabajando en la cama. Marcos me ha escrito; no abro el mensaje. En una carpeta de referencias hay actores, editoriales, manos, espaldas y, al final, el fotograma del dispositivo.

Lo cierro.

Intento escribir.

No sale.

Me quito la camiseta y pruebo algo que hasta hace tres días funcionaba sin esfuerzo: pensar en Marcos.

Su camisa blanca. Sus antebrazos. Su boca. Una noche en Madrid con las piernas tocándose en mi sofá.

Mi cuerpo responde a medias.

Entonces aparece el mensaje que redacté para él.

Tú y yo. ¿El jueves?

Abro los ojos.

—Joder.

Cambio de imagen sin querer.

Una mano grande alrededor de mi brazo. La voz de Moreno cerca. El peso de su cuerpo sosteniéndome. Esta vez mi cuerpo responde antes de que pueda discutir con él.

No pienso en el dispositivo. Lo saco de allí porque incluso mi imaginación entiende que aquello no fue sexual.

Lo imagino sin chaleco, sin radio, sin carretera, acercándose porque ambos hemos elegido estar en el mismo sitio.

No sé cómo tiene el pecho; mi cabeza inventa.

Sí recuerdo el cuello, la barba, los ojos verdes y las manos.

Sobre todo las manos.

Me corro rápido, con la cara contra la almohada.

La vergüenza llega después y no tiene nada que ver con haber pensado en otro hombre. Tiene que ver con cuál.

Hace unas horas expliqué cómo una cámara convierte a una persona en códigos. Ahora acabo de hacer lo mismo: uniforme, voz, manos, autoridad. Del hombre sé casi nada.

Me limpio y vuelvo al portátil.

Un correo automático acaba de entrar:

CREDENCIAL TEMPORAL: CADUCIDAD 23:59.

Mi tarjeta física sigue registrada como objeto hallado después del dispositivo.

En comisaría.

Víctor escribe casi al mismo tiempo.

¿Has recogido ya la tarjeta?

No. Puedo sobrevivir con QR.

Caduca hoy.

Puedo saltar el torno.

Su respuesta tarda poco.

Y así conoces más policías. Buen plan.

Lo insulto y le pido que venga conmigo.

Pensaba hacerlo.

Sobre la cómoda está la anotación con el lugar donde debo recoger la acreditación. No aparece ningún dato privado de Moreno. No lo necesito.

Mañana voy a recuperar una tarjeta.

Nada más.

Apago el portátil. Marcos vuelve a escribir.

Por primera vez, dejo que espere.