¡ESPÓSAME YA! 2 LA VERSIÓN QUE ME CONVENÍA
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2 LA VERSIÓN QUE ME CONVENÍA

El mensaje de Marcos decía: ¿Cenamos tú y yo? Necesito contarte algo.

Ocho palabras. Me dedico a cobrar dinero por detectar dobles sentidos, anticipar reacciones y discutir si un verbo transmite cercanía o desesperación comercial. Sin embargo, cuando Marcos Pérez Sanchis escribe tú y yo, mi cerebro presenta la dimisión.

Por eso llego al restaurante del Ensanche con una camisa elegida cuidadosamente para parecer que no la he elegido, la barba arreglada y el perfume que una vez dijo que olía «peligrosamente bien».

Víctor me vio salir del piso de Ruzafa, recorrió con la vista camisa, pantalón y zapatos y volvió al portátil.

—¿Qué?

—Nada.

Llegaba veintidós minutos antes.

La mesa de Marcos está en un rincón. Tiene dos copas, una vela como todas las demás y el asiento desde el que puedo ver la puerta porque él recuerda que detesto dar la espalda al comedor.

Eso es lo que me ha mantenido tres años dentro de esta historia: no los grandes gestos, sino que se acuerde.

Del vino que me gusta. De que necesito comer antes de beber.

De las campañas que me indignan. De escribirme a las dos de la mañana porque sabe que responderé.

El problema de cualquier inventario es que uno decide qué incluye.

Yo he incluido la noche que se quedó conmigo después de una presentación desastrosa en Madrid, los mensajes a horas indecentes y aquel «material de marido, salvo por el desorden» del que él probablemente solo recuerda el desorden.

He dejado fuera todas las veces que hizo lo mismo con otra gente, porque el autoengaño también necesita edición.

Marcos llega tarde, impecable después de todo el día en la agencia, me aprieta un hombro al sentarse y dice:

—Te he pedido el blanco que te gusta.

Mi organismo recibe la información como si acabara de presentar documentación ante notario.

Hablamos de Valencia, de Ricardo y de mi madre.

El restaurante está a poca distancia de la agencia y hemos venido otras veces con clientes, con Víctor o después de alguna entrega criminal; nunca solos de esta manera.

Marcos se acuerda de pedirme algo salado antes de que el vino me suba demasiado rápido.

Otra prueba para mi archivo privado, aunque camareros de media ciudad podrían declarar que también es simple supervivencia.

Marcos se ríe cuando cuento que Amparo ya ha intentado alimentarme para compensar los años en Madrid. Después levanta la copa.

—Me alegra que hayas vuelto. Contigo todo es más fácil.

Ahí está.

El corazón me da un golpe. Marcos juega con la servilleta y hasta parece nervioso. Yo ya estoy diseñando la escena, deformación profesional: dirá mi nombre, fingiré sorpresa, salvaré al menos la dignidad de no admitir que llevo años esperando.

—Necesito tu ayuda con Víctor.

La escena se queda sin presupuesto.

—¿Con Víctor?

Marcos desbloquea el móvil y lo deja delante de mí. Hay un mensaje sin enviar.

¿Te apetece cenar conmigo esta semana? Los dos solos. Prometo no hablar de trabajo.

Lo leo dos veces. La tercera sería masoquismo.

—No sé si es demasiado directo —dice.

—Parece una invitación a una reunión.

Me enseña una versión anterior que empieza con «Quería comentarte una cosa fuera del ámbito profesional».

Me río a pesar de todo.

—Eso parece un despido.

—¿Ves? Por eso te necesito.

Hace veinticuatro horas habría guardado esa frase en una vitrina. Ahora corta.

—Quiero invitarlo a salir —añade.

Ya no queda ninguna interpretación cómoda.

Pregunto desde cuándo. Meses. Marcos habla de Víctor sin darse cuenta de lo obsceno que resulta escuchar a la persona que quieres describir el momento en que empezó a fijarse en otra: que Víctor no intenta caer bien, que dice cuando una campaña es una mierda aunque Ricardo esté delante, que recuerda cosas mientras finge no escuchar.

Reconozco la mecánica demasiado bien y eso no ayuda. Mientras lo escucho, mi cabeza vuelve a cada vez que Marcos me tocó la cintura para pasar, recordó un café o me escribió «contigo todo es más fácil». Ninguna escena desaparece; cambia de género. Eso duele más que descubrir que las inventé.

—¿Él sabe algo?

—Nada. Por eso quería hablar contigo. Tú lo conoces mejor que nadie.

Ahí está la explicación real de esta cena. Marcos no me ha engañado ni ha prometido nada. Ha elegido a la persona en quien más confía. Lo que yo llevaba años leyendo como intimidad romántica, él lo llama amistad sin necesidad de pronunciar la palabra.

Cenamos. Soy capaz de hablar de una cuenta, encontrarle dos fallos de presupuesto y distinguir ingredientes mientras una parte de mí revisa tres años de pruebas y descubre que casi todas admitían otra lectura.

Ser competente con el corazón hecho puré resulta ofensivamente fácil.

Marcos no monopoliza la conversación con Víctor: me pregunta por una propuesta, protesta por Ricardo, anota una corrección mía.

Eso impide incluso la comodidad de convertirlo en villano.

Pido otra copa. Cuando voy a pedir una más, Marcos levanta una ceja.

—Mañana trabajamos.

—Tengo conocimiento del calendario gregoriano.

Acaba pidiendo agua para los dos. Debería quererlo menos por cuidarme así. No funciona.

Al final vuelve al mensaje.

—Entonces, ¿qué pondrías?

Podría decir que no. En vez de eso cojo su teléfono. Porque sé hacerlo, porque me lo ha pedido y porque ser imprescindible de la forma equivocada todavía me parece mejor que no serlo.

Borro el texto y escribo:

Quiero invitarte a cenar. Tú y yo. ¿El jueves?

Marcos lo lee. La ilusión que aparece en su cara es exactamente la que yo quería provocar esta noche, solo que mira un mensaje para Víctor.

—Esto sí soy yo.

—Acabas de pedir ayuda a un copy. No a un diplomático.

—Sabía que tenía que contártelo a ti.

Aprieto los dedos bajo la mesa y dejo que la frase pase.

En la calle insiste en pedirme un coche. Digo que caminaré un rato, que necesito azúcar. Me aprieta el brazo y me da las gracias. Yo llevo años convirtiendo en humor cualquier cosa que me duela; una cena no va a desmontar el sistema.

Después recuerdo fragmentos: un horno abierto, bolsas de papel, chocolate, música demasiado alta. También recuerdo que Marcos quiso pedirme un coche y yo insistí en caminar. Ese detalle importa porque el coche que acabé cogiendo era mío y la decisión también.

Luego luces azules, una voz seca, ojos verdes, el suelo moviéndose, Laura. Lo demás ya lo conozco por las consecuencias.

Despierto en mi antigua habitación de Benimaclet con la lengua convertida en material de aislamiento y una camiseta de mi padre puesta.

En el techo sigue la marca amarillenta que hice a los diecisiete intentando matar un mosquito con una zapatilla.

La camisa negra de anoche está doblada sobre una silla.

Quiero fallecer discretamente.

Laura entra con agua.

—Tu madre dice que bajes.

—No estoy despierto.

—Has avanzado muchísimo en ventriloquia.

Son las once y veinte. Pregunto por qué estoy aquí.

—Porque no iba a devolverte borracho al piso donde vive el hombre por el que estabas llorando.

Intento matizar el nivel de borrachera. Laura no participa.

—Condujiste.

Se acabó el humor.

—Sí.

—Eso no vuelve a pasar.

—No.

Mi padre ya ha decidido acompañarme a recoger el coche. Laura tiene las llaves. Amparo sabe menos de lo que ocurrió, aunque eso no significa poco.

Abajo encuentro café, tostadas, tortilla, fruta y a mi madre administrando alimentos como sanción penal.

La cocina sigue teniendo el mismo efecto que cuando vivía aquí: puedo dirigir presentaciones, discutir presupuestos y pagar impuestos; cruzo esta puerta y vuelvo a ser un hijo al que preguntan si ha cogido chaqueta.

Vicente empuja una botella de agua hacia mí sin comentar mi aspecto. Ese es su modo de hacer preguntas.

Noa, la hija de Laura, colorea al extremo de la mesa hasta que levanta la cabeza.

—Mamá dice que te paró la policía. ¿Te llevaron a la cárcel?

—No.

—Entonces no te arrestaron.

Satisfecha con la precisión jurídica, vuelve al dibujo.

—¿Quién es Marcos? —pregunta mi madre.

Casi aspiro tortilla.

Anoche repetí su nombre. Magnífico.

—Es uno de los compañeros con los que vivo.

—¿Te hizo algo?

—No.

La respuesta sale inmediata porque es verdad. Marcos quiere a otro hombre; la arquitectura imaginaria era mía.

—Fue una cena que entendí mal.

Amparo intenta profundizar. Mi padre levanta un dedo.

—Déjalo comer.

Mi madre consigue respetarlo unos seis segundos antes de preguntar si por eso conduje después de beber.

—No. Eso fue porque fui imbécil.

Vicente asiente una vez y me enseña en su teléfono dónde quedó el coche.

—Cuando acabes, vamos.

—Ya estoy sobrio.

—Tienes cara de cadáver.

Asunto resuelto.

El móvil de Laura suena. Número desconocido. Escucha, me mira y dice:

—Está aquí. No, no ha vuelto a conducir.

Me tiende el teléfono.

—Es el agente de anoche.

La voz me endereza la espalda antes de que pueda evitarlo.

—Buenos días, señor Navarro.

—Depende de la definición.

—Me refería al saludo.

Moreno. Ya tengo apellido.

Me informa de que han encontrado mi tarjeta de acceso de empresa junto a la zona del dispositivo y la han dejado registrada para que la recoja identificándome.

El coche está fuera del perímetro y Laura tiene las llaves.

Habla con el mismo tono de anoche: concreto, sin regalar cercanía.

Todo pertenece exactamente al cierre de una intervención y debería tranquilizarme.

Aun así, reconozco su voz demasiado rápido y prefiero atribuírselo a la resaca.

Cuando debería colgar, pregunta:

—¿Se encuentra mejor?

—Físicamente, sí.

—Bien.

Lo detengo antes de que termine.

—Agente. Gracias.

Esta vez no pongo una broma delante.

—Es mi trabajo.

—Ya.

Cuelga. Laura recupera su móvil.

—¿Moreno?

—No empieces.

—He dicho un apellido.

Mi madre pone más tortilla en mi plato.

—Era educado.

—Mamá.

Vicente señala el tenedor. Como.

Poco después llama Víctor desde Ruzafa. Está en camiseta, con el pelo húmedo y esa expresión que utiliza cuando ha decidido no dramatizar para que yo pueda hacerlo solo.

—¿Estás bien?

—Tengo madre, tortilla y vigilancia de Laura.

—En serio.

La sonrisa se me cae.

—Sí.

Me cuenta que Marcos ha salido. Podría decirle por qué cenamos, advertirle que Marcos quiere invitarlo a salir, incluso utilizar la información para que mi humillación tenga compañía. No lo hago. Esa confesión no es mía.

—Te llamaba por otra cosa. Mira el grupo.

Llega un vídeo.

Reconozco la Alameda antes de darle al play.

Once segundos: pierdo el equilibrio; una figura uniformada entra en cuadro y me sujeta.

Desde fuera no recuerdo haber estado tan pegado a Moreno.

La imagen borra casi todo lo que ocurrió y deja lo más rentable: luces azules, un cuerpo grande moviéndose rápido, uniforme y contacto.

—Quiero morir.

—Mira los comentarios —dice Víctor.

Peor.

Preguntan dónde hay que tropezarse para recibir ese servicio, si ahora hacen casting para la Policía Nacional, quién es el alto. Alguien ha congelado el momento en que Moreno se inclina sobre mí. Hablan de espalda, brazos y uniforme. De mí, poco.

—Te han convertido en accesorio —dice Víctor.

—Gracias.

Laura ve la pantalla.

—Guapo es.

—No ayudes.

Reproduzco el vídeo otra vez, ahora con el cerebro de trabajo activado.

El encuadre ha escogido por todos: autoridad, cuerpo, contacto.

El cansancio de Moreno no existe; tampoco el papeleo, su tono profesional ni mi borrachera.

La cámara no ha mentido y, sin embargo, ha producido una versión. Eso es precisamente lo peligroso.

Once segundos bastan para fabricar una fantasía y hacer que parezca encontrada por casualidad.

Sé cómo se haría en una presentación: aislar fotogramas, extraer códigos —azul, hombros, control, protección—, bautizar el fenómeno y fingir que uno solo lo ha descubierto.

Después vendría la pregunta de siempre: cómo convertirlo en algo que venda.

La idea me incomoda más de lo previsto.

—Esto va a crecer —dice Víctor.

—No se le ve bien la cara.

—No.

—Mejor.

Víctor levanta una ceja.

—¿Para ti o para él?

Bloqueo el teléfono.

Mi padre ya está de pie con las llaves.

—En veinte minutos.

El coche, a diferencia de nosotros, tiene un problema sencillo.

Antes de colgar, Víctor me dice:

—Si necesitas contarme algo, me lo cuentas.

—Lo sé.

No pregunta más.

Un rato después, mi móvil vibra.

Marcos: ¿Has sobrevivido? Ayer te vi raro al final. Espero que llegaras bien.

Convertir a Marcos en monstruo sería mucho más cómodo. Sigue siendo el hombre que se preocupa por mí sin saber que llevaba años asignándole un papel que nunca aceptó.

Respondo que estoy bien.

Entonces llega:

He estado pensando en lo de Víctor. ¿Te puedo mandar una idea y me dices qué te parece?

Podría terminar de desayunar. Ir con mi padre a por el coche. Esperar cinco minutos.

Mi pulgar ya está sobre el teclado.

Claro.

La palabra queda en la pantalla con una eficacia brutal. Anoche ya le escribí el mensaje con el que quiere invitar a salir a Víctor. Hoy, después de haber llorado, conducido y acabado en casa de mis padres, sigo ocupando el mismo puesto sin que nadie tenga que asignármelo.

Claro que te ayudo. Claro que sigo disponible. Claro que puedes traerme al hombre que quieres porque yo convertiré el problema en algo más fácil.

Aparecen los tres puntos de Marcos.

Todavía no sé dejar de ocupar ese sitio.

Lo peor es que ni siquiera ha tenido que pedírmelo dos veces.