1 NOMBRE COMPLETO
El chaleco siempre pesa más cuando el trabajo empieza a acabarse. A las cuatro y veintisiete, mientras recogemos las últimas vallas del dispositivo, noto la radio contra la clavícula, el cinturón en las caderas y una tirantez en el hombro derecho que no estaba allí al empezar el turno.
También noto, con una precisión que me irrita, dónde apoyé la mano cuando Daniel Navarro Ferrer perdió el equilibrio.
Cojo otra valla.
—Moreno.
Javier está al otro extremo. Lleva cuarenta minutos pronunciando mi apellido con distintos tonos desde que la amiga de Daniel se lo llevó. Esta vez trae risa.
—López.
—Solo comprobaba que sigues entre nosotros.
Tira de la valla, la funda del cinturón se engancha en una pata y tiene que retroceder para liberarse. Un compañero veterano, barriga y rodilla mala incluidas, pasa con una caja de conos y ni siquiera mira. Experiencia profesional.
—Ni una palabra —dice Javier.
—No he dicho nada.
—Tu cara sí.
Metemos la valla en el furgón. El carril empieza a recuperar aspecto de calle normal. Dentro de una hora habrá corredores, repartidores y gente enfadada por el aparcamiento; ahora quedan focos, material por guardar y café frío.
Un coche autorizado avanza despacio. En el asiento trasero una chica lleva el móvil levantado hacia nosotros. Cuando ve que la miro, lo baja.
—Te vas a hacer famoso —dice Javier.
—Carga otro cono.
—Ya has vuelto.
No pregunto adónde se supone que me había ido.
Diez minutos después, su teléfono vibra tres veces. Javier mira la pantalla y deja de sonreír. Eso sí me interesa.
—¿Qué pasa?
—Antes de que te cabrees: yo no lo he grabado.
Le quito el móvil que me ofrece.
El vídeo dura once segundos. La imagen tiembla, las luces azules revientan parte del encuadre y las caras apenas se distinguen. Yo no necesito verlas. Daniel pierde pie; entro en plano, lo sujeto por el torso y él se agarra a mi uniforme. Fin.
Debajo, los comentarios ya han empezado a fabricar otra escena. Preguntan dónde hay que caerse para que te atiendan así, si ahora hacen casting para entrar en la Nacional, quién es «el alto». Uno analiza mis hombros con una atención que preferiría recibir de un fisioterapeuta.
Devuelvo el teléfono.
A nuestro alrededor, uno de los compañeros intenta cerrar una caja que tiene demasiado material; otro busca una batería que lleva veinte minutos pitando.
El veterano de la rodilla mala pregunta quién se ha terminado el último café.
Eso es lo que el vídeo no contiene: dolor de espalda, inventario, sueño, papel, equipo que hay que devolver.
Once segundos han limpiado todo hasta dejar a un hombre alto con uniforme sujetando a otro hombre.
No me preocupa parecer feo. Me preocupa no decidir dónde termina mi trabajo y empieza el entretenimiento de alguien.
—No me mandes esto otra vez.
Javier guarda el móvil.
—Hecho.
—Y que nadie confirme quién soy.
—También.
No bromea. Se lo agradezco más por no señalarlo.
Mientras terminamos el parte, el nombre vuelve a aparecer delante de mí.
Daniel Navarro Ferrer.
Lo leo una vez. Después otra.
Los datos son simples: treinta y dos años, consciente, alterado, signos compatibles con consumo de alcohol; el vehículo queda seguro y una persona sobria se hace cargo de él.
Eso es lo que importa. No el pelo oscuro sobre la frente, ni el perfume que todavía noté debajo del azúcar y el vino, ni el segundo en que dejó de hablar cuando lo sostuve.
Me obligo a seguir.
Navarro Ferrer.
Hay una molestia detrás del reconocimiento, una puerta que no termina de abrirse. El apellido me resulta conocido, aunque no sé de dónde. El cansancio puede hacer cosas bastante estúpidas con la memoria.
Javier se sienta a quitarse las botas.
—Has leído eso tres veces.
—Lo estoy comprobando.
Su cinturón vuelve a engancharse en la taquilla. Tira y no sale.
—Como te rías, te denuncio.
—No está tipificado ser incompetente con mobiliario.
—Laguna jurídica.
Consigue liberarse. Me quito el chaleco y el alivio dura menos que la punzada del hombro.
—¿Te has hecho daño?
—Carga.
—Claro.
No insiste. Esa es una de las razones por las que trabajamos bien juntos: sabe cuándo dejar de tocar los cojones.
Cuando salgo, el cielo empieza a aclarar. En el coche miro una notificación de una aplicación que conozco demasiado bien.
¿Sigues despierto?Puedo ahora.
Normalmente haría el cálculo: trayecto, ducha, una hora sin nombres importantes, volver a casa y dormir.
Llevo años separando deseo de complicaciones con bastante eficacia.
He quedado con hombres sin saber dónde trabajan y ellos han salido sin saber exactamente dónde trabajo yo.
No desayuno compartido, no promesas, no interpretar un mensaje a las dos de la tarde.
Cuando ambos quieren lo mismo, el sistema es limpio.
Mi cuerpo incluso reconoce la rutina: llevo demasiadas horas despierto y todavía tengo esa tensión eléctrica que a veces se arregla mejor con sexo que con sueño.
Esta noche, sin embargo, veo una mano agarrada a mi camisa.
Escribo:
Hoy no.
La respuesta llega enseguida.
Otro día.
Sin preguntas. Exactamente por eso funciona.
En casa, Lúa intenta salir al rellano antes de dejarme entrar. La bloqueo con una pierna.
—Dentro.
Mueve la cola y, en cuanto cierro, empieza a olerme los pantalones. Rodilla, muslo, mano derecha. Se queda allí demasiado tiempo.
—No.
Insiste.
Recuerdo de quién es el olor que busca.
—Ni se te ocurra.
Lúa estornuda y se va a su cuenco vacío. Había cenado antes de mi turno, pero consigue mirarlo como si llevase una semana sometida a privaciones.
Pierdo. Le pongo una cantidad pequeña de comida y saco de la nevera unas lentejas que dejó mi madre la última vez que apareció con el argumento de que trabajar de noche no convierte cualquier cosa de máquina en cena.
Mientras giran en el microondas, Lúa termina su ración y viene a sentarse a mis pies, satisfecha con su extorsión.
Como tres cucharadas de pie y abandono. A estas horas hasta masticar parece trabajo.
El último paseo es corto. No bajamos al Turia; doy una vuelta por el barrio mientras empiezan a abrir persianas y un horno cercano llena la calle de pan caliente. Al volver, el hombro ya no protesta con sutileza.
La ducha debería arreglarlo.
No arregla lo otro.
Con los ojos cerrados aparece Daniel levantando la cara hacia mí.
La barba desordenada, la boca entreabierta, el cuerpo apoyado contra el mío porque todavía no se sostenía bien.
Recuerdo el peso, demasiado poco para justificar que el hombro me siga tirando, y el calor que atravesó la ropa durante un contacto que no duró nada.
Mi erección llega antes que cualquier argumento razonable.
—Joder.
Abro el agua fría. No por fe en remedios adolescentes; necesito que mi cuerpo reciba otra información.
Pienso en hombres con los que todo era sencillo, habitaciones donde nadie esperaba nada al salir. No sirve.
Lo que vuelve no es siquiera el cuerpo de Daniel.
Es el momento en que dejó de bromear. Había pasado toda la intervención escondiéndose dentro del ruido y, durante dos segundos, se quedó quieto.
Que estuviera demasiado borracho para discutir no convierte aquello en confianza.
Precisamente por eso no pienso apropiarme del recuerdo.
Cierro el grifo.
En el salón, Lúa ocupa mi lado del sofá. Me deja un extremo. Sobre la mesa hay un paquete de rosquilletas abierto; cojo una y la parto para no llenarlo todo de migas.
El chasquido me detiene.
Sol. Un muro bajo o un banco. Rodillas pequeñas. Una mano partiendo otra rosquilleta. Una voz rápida que no consigo recuperar. Después una margarita arrancada de tierra seca, ridícula y muy amarilla, sostenida entre dos dedos.
Intento fijar la escena y la pierdo. No sé qué edad tengo allí, quién está delante ni siquiera si el recuerdo pertenece al colegio que me viene vagamente a la cabeza. La imagen dura menos que el vídeo.
Miro el trozo que tengo en la mano.
—Perfecto.
Lúa levanta la cabeza.
—Tú no.
El nombre regresa con la misma insistencia.
Daniel Navarro Ferrer.
Cojo el teléfono. Podría buscarlo como buscaría cualquiera. Saber dónde estudió, comprobar si ese apellido pertenece al recuerdo, decidir si el cansancio me está montando una película.
Abro el buscador y escribo su nombre completo.
El cursor queda al final.
Durante un segundo basta con tocar una tecla.
No lo hago.
Lo conocí trabajando, cuando él no estaba en condiciones de decidir cuánto quería contar de sí mismo. No voy a convertir eso en permiso.
Borro.
Ferrer.Navarro.Daniel.
La barra queda vacía.
Dejo el móvil lejos y cierro los ojos. Lúa apoya el hocico sobre mi pierna.
No tengo un recuerdo. Tengo una rosquilleta, una margarita y un nombre que me resulta demasiado familiar.
Por ahora, tendrá que bastar.