¡ESPÓSAME YA!
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PRÓLOGO MALA NOCHE PARA TENER DIGNIDAD
A las dos y dieciocho de la madrugada llevo dos bolsas de bollería en el asiento del copiloto, media botella de agua y la certeza reciente de que coger el coche ha sido una idea pésima.
En el equipo de música suena «All Too Well» por tercera vez.
La subo porque en silencio pienso; la bajo porque me irrita; vuelvo a subirla porque esta noche mi criterio ha dejado de cotizar.
Una napolitana se vence en una curva y golpea la palanca de cambios.
—Tú quédate ahí.
No responde. Es la relación más equilibrada que he mantenido en las últimas horas.
No quiero volver a Ruzafa. Allí están Marcos y Víctor, o estarán, y todavía no puedo soportar la imagen del teléfono de Marcos sobre la mesa, el mensaje sin enviar y un nombre que no era el mío.
Víctor. He vivido en Valencia media vida, pero la ciudad parece haber aprovechado mis años en Madrid para cambiar avenidas de sitio.
Podría abrir el navegador. No lo hago. Al menos conservo una neurona útil.
Un claxon me devuelve al carril. Corrijo, y el susto me limpia la cabeza lo suficiente para entender algo que debería haber entendido antes: tengo que parar.
Ahora. Entonces veo luces azules, conos, una furgoneta y varios agentes canalizando vehículos en un lateral de la Alameda.
No parece un accidente. Es un dispositivo de Policía Nacional.
Perfecto. La administración pública. Exactamente el público que necesitaba para mi tragedia sentimental.
Un agente levanta la mano. Freno y sigo su indicación hasta una zona apartada del flujo. Apago la música. La napolitana cae al suelo.
—Traición.
El agente llega a mi ventanilla.
—Buenas noches.
—Depende.
Su cara confirma que no piensa participar.
—Deje las llaves en la consola y enséñeme la documentación, por favor.
Busco la cartera entre bolsas de papel y encuentro también restos de chocolate en mis dedos. Al abrirla se me caen dos tarjetas. Una desaparece junto al asiento. Me inclino para buscarla y el mundo se desplaza un poco.
—Quieto.
La voz viene desde detrás. Más grave.
El segundo agente es alto, de barba corta y pelo castaño claro.
El uniforme no le queda como a alguien que posa con él, sino como a un hombre que lleva demasiadas horas trabajando: chaleco, cinturón, una marca roja cerca de la sien.
Se coloca junto a la ventanilla y me mira con unos ojos verdes que mi orientación sexual detecta con una eficacia ofensiva.
Estupendo. Me gustan los hombres incluso bajo supervisión estatal.
—No se agache. Déjelo.
—Es mi acreditación. Acabamos de abrir sede.
—Luego la busca. Míreme.
Lo hago. Error.
No porque sea perfecto. De cerca se le ve cansado, la barba menos limpia de lo que la distancia prometía, la piel marcada por el equipo. Eso lo vuelve más concreto y, por alguna razón, peor para mí.
—¿Ha bebido?
—Sí.
—¿Cuánto?
Intento reconstruir la cena. Vino. Otra copa. Algo después.
—Tres. Puede que cuatro.
El otro agente anota. Yo añado:
—He comido.
El de ojos verdes ni parpadea.
—Eso no hace que pueda conducir.
La vergüenza cambia de propietario. Hasta ese momento era de Marcos. Ahora miro las llaves, el coche y mis manos y entiendo que he movido más de una tonelada de metal por Valencia porque estaba triste.
—Tiene razón.
Quiero pedir un taxi. Me explican que yo puedo irme en uno, pero el coche no conmigo: una persona sobria tendrá que venir, recoger las llaves y hacerse cargo de que yo no vuelva a conducir. Mientras el otro agente comprueba mi DNI, lee:
—Daniel Navarro Ferrer.
El policía alto gira apenas la cabeza.
—¿Daniel Navarro Ferrer?
Hay una pausa. Breve. Lo bastante para que la note y demasiado breve para que signifique nada.
—Sí.
Su expresión vuelve al trabajo.
Me piden que salga para esperar fuera. Lo intento con la dignidad disponible. Pongo los dos pies en el asfalto, me incorporo y la calle se inclina. Una mano me cierra el antebrazo; otra me sujeta por el costado. Choco contra chaleco, pecho, calor.
—Quieto.
La voz queda junto a mi oído. Su cuerpo huele a tela húmeda, calle y horas de turno. No hay nada romántico en casi caerse porque uno ha bebido demasiado. Mi polla, que aparentemente carece de educación cívica, recibe el memorando tarde.
—Estoy perfecto.
—Ya.
—Ha sido el suelo.
—Claro.
Me sienta en una pieza baja de hormigón y se aparta en cuanto comprueba que no voy a caerme. Me entrega agua. El otro agente descubre las bolsas del coche.
—¿Todo esto es suyo?
—No juzgue a un hombre en duelo.
—¿Ha muerto alguien?
—Mi criterio.
El de ojos verdes mira la bollería.
—Beba.
A nuestro alrededor siguen pasando coches, radios, taxis y personas que tienen la insolencia de continuar con su noche aunque Marcos quiera a Víctor. Toda Valencia funcionando sin autorización.
Necesito llamar a alguien. Mi madre convertiría esto en una intervención alimentaria. Mi padre preguntaría dónde está el coche y su silencio me mataría. Víctor vive con Marcos. Así que llamo a Laura.
—Antes de que reacciones, quiero que sepas que estoy vivo.
Su voz deja de sonar dormida.
—¿Dónde estás y qué has hecho?
—En la Alameda. No he chocado. No estoy herido.
—Dani.
Miro al agente alto.
—He conducido después de beber.
Laura tarda medio segundo en ordenar mi ejecución.
—Mándame ubicación.
El policía me pide el teléfono y le explica lo necesario: estoy consciente, no continuaré conduciendo, el coche puede quedarse correctamente estacionado hasta mañana y ella debe venir sobria. Cuando me devuelve el móvil, Laura ya ha pedido un VTC.
Esperamos. Él sigue trabajando; va y vuelve sin hacerme compañía ni abandonarme. Yo como media napolitana sin hambre. Al verme, señala la bolsa.
—Despacio.
—¿También regula pastelería?
—Cuando hay riesgo.
—¿De atragantamiento?
Mira las dos bolsas.
—De decisiones.
Me río, y la risa se rompe por un sitio inconveniente. Acabo llorando sobre el envoltorio.
Él no dice «tranquilo». Solo pregunta:
—¿Necesita algo?
—Que Víctor sea heterosexual.
Una ceja sube.
—No puedo ayudar con eso.
—Además sería terrible para Víctor.
Me limpio la cara.
—Marcos no ha hecho nada. Solo quiere a otro.
—No he dicho que haya hecho nada.
Dicho bajo unas luces policiales, mi desastre sentimental pierde volumen. Sigo dolido, pero ya no parece una catástrofe nacional.
—¿Cómo se llama? —pregunto.
Señala el apellido visible en el uniforme.
—Moreno.
—Le pega.
—¿Qué quiere decir?
—No tengo ni idea. Estoy muy cansado.
—Eso sí me lo creo.
Un coche pasa despacio por el carril canalizado. Desde una ventanilla trasera, un móvil apunta hacia el dispositivo. Lo veo un segundo y lo olvido.
Laura llega veintitrés minutos después, en vaqueros y sudadera, con el pelo recogido sin intención estética. Viene directa hacia mí.
—Eres gilipollas.
—Me alegra verte.
—Cállate.
Me abraza un segundo y luego comprueba que sigo entero. Moreno le explica dónde queda el coche y le entrega las llaves después de verificar lo necesario. Laura escucha con la eficiencia de alguien que aplazará el homicidio hasta tener todos los datos.
—¿Se hace cargo de él? —pregunta Moreno.
—Desde 2002, por desgracia.
—Me refería esta noche.
—También.
Intento protestar cuando Laura anuncia que voy a Benimaclet, a casa de mis padres.
—Tengo una hija durmiendo. Tú pareces un cadáver que ha perdido una pelea con una pastelería.
—No quiero ir a casa de mis padres.
—Haberlo pensado antes de conducir borracho.
No existe recurso de apelación.
Camino hacia el VTC con las bolsas. Antes de entrar quiero despedirme como un adulto funcional.
—Gracias, agente.
Levanto la mano y me golpeo con el marco de la puerta.
—¡Hostia!
Laura cierra los ojos.
—Dentro.
Ya sentado, veo acercarse a Moreno. Lleva mi DNI.
—Daniel.
Se lo cojo. Sus dedos están calientes; los míos no.
—Guárdelo.
—Esta vez sí.
Mira la tarjeta antes de soltarla.
—Daniel Navarro Ferrer.
Otra vez esa mínima pausa, ese intento de colocar algo.
—¿Qué?
—Nada.
Laura entra y el coche arranca. A través del cristal veo a Moreno regresar al dispositivo. Las luces azules le cruzan el uniforme mientras baja la cabeza hacia una hoja.
Laura dice mi nombre. Luego otra vez.
Apoyo la frente en la ventanilla fría. Valencia empieza a deslizarse al otro lado y, antes de perder definitivamente la capacidad de seguir la conversación, todavía pienso que he conseguido algo extraordinario: convertir un rechazo que ni siquiera era un rechazo en una intervención policial.
Mañana ya podré morirme de vergüenza.