NOCHES DE BROADWAY
Una noche cualquiera, después de una ronda de tequilas y un largo y zigzagueante paseo por Broadway a la luz de las farolas…
L legamos a mi apartamento en el Bronx; está en un sexto piso sin ascensor y las empinadas escaleras amenazan con hacernos perder el resuello ya en el segundo piso.
Vamos un poco contentos y la policía no nos ha parado de puro milagro.
Un par de ocasiones. Al final nos hemos subido a trompicones a un autobús para no tentar más a la suerte.
El piso está vacío. Todavía no he encontrado al compañero ideal.
No tengo prisa. Esta noche no.
En dos rápidas zancadas, la empotro contra la pared, me rodea la cintura con las piernas y los tirantes de su bonito vestido rojo quedan colgando de los hombros.
Nuestros tórax se juntan. Le oigo los latidos del corazón mientras le recorro todo el cuello con la boca.
La beso y acaricio con la lengua la delicada piel, al tiempo que de la garganta le brota un suave gemido junto a mi boca.
Moviéndome hacia abajo, le paso la lengua húmeda por la clavícula y veo que el pecho adquiere una tonalidad rosada.
Sus pezones son pequeños y perfectos, se notan a través del sujetador y separan el raso rojo de su cuerpo.
Dios, quiero metérmelos en la boca, chuparlos, mordisquearlos y, tal vez, procurar que se corra solo con eso.
Porque esta noche es solo suya. Va a disfrutar del mejor orgasmo que ha tenido en su vida.
La tengo durísima por los preliminares de toda la noche. Qué coño, por los dos últimos meses, pero el hecho de que vaya a hacer que Dawn se corra hasta perder el sentido no cambia en nada la promesa que me hice a mí mismo. Puedo hacerlo. Puedo tocarla, lamerle todo y hacerla gritar sin follarla.
—James… —jadea—. Tu habitación. Llévame a tu habitación.
Presiona el coño contra la erección y, con el vestido medio caído a la altura de la cintura, solo nos separan dos finas capas de tela.
La fricción me hace soltar un siseo y ya me gotea el líquido preseminal porque hace tiempo que nadie me toca así.
Y ahora tengo a la chica sureña más maravillosa en mis brazos, buscándome la polla con el coño con cada arremetida de sus caderas.
Ya está caliente y apostaría cualquier cosa a que también está húmeda.
Me vuelvo hacia mi habitación, pero no quiero hacerlo allí.
Estoy segurísimo de que no voy a hacer que se corra ahí esta noche.
En su lugar, la llevo hasta el sofá y la coloco bocarriba sin dejar de besarle el cuello, las orejas, el pecho. La beso en todas partes menos en la boca.
Me ha pedido que la ayude a correrse. No que me encariñe, ni bese esos carnosos labios hasta enloquecer.
Dios, cómo lo deseo de todas maneras.
La larga melena negra se le desparrama por los cojines y arquea la espalda en busca de mi pecho.
Me desabrocha los botones de la camisa mientras le beso las curvas de los hombros.
Cuando encuentro los lazos que mantienen unidos los tirantes de su vestido, cojo el raso entre los dientes y tiro de la tela hasta que cae al suelo.
Para entonces, ya me ha desabotonado toda la camisa.
Me acaricia los abdominales con esas suaves manos con las uñas pintadas de rojo, lo que hace que aún se me ponga más dura.
—Me he tocado pensando en ti —admite.
Joder. Cómo me duele la polla al oír las seis palabras que más cachondo me han puesto en toda mi vida.
—¿Y en qué pensabas?
—En tus manos.
—Ah, ¿sí? —Le toco el pecho y voy subiéndole la mano hacia la garganta—. ¿Y qué más?
Le acaricio los lados del cuello para ver si le gusta.
El agradable gemido que emite me vibra en la mano.
—Esto —exhala—. Tú encima de mí. Recordaba cómo me sentía debajo.
Con las rodillas entre sus muslos, le veo los pezones a través de un sujetador negro y sin tirantes, sexy que te cagas.
—Tu color favorito.
Santo cielo.
Voy a ser el tío que se corre en los pantalones por oír unas pocas palabras. Eso sí, son perfectas y salen de la boca más apetitosa, pero, si no recupero algo de dominio sobre mí mismo, esta noche no va a ser como yo la tenía planeada.
—¿Y no te corriste cuando pensabas en mí, Dawn? Porque, cada vez que yo me he tocado pensando en ti, me he corrido tanto que casi me muero.
Y no miento. De veras que no, sé que ella tampoco.
Cuando se trata de sexo, no puede ser más sincera.
A veces se siente incómoda, a veces siente vergüenza y a veces me deja a mí tomar el mando para que su inexperiencia no sea tan evidente.
A mí no me importa, como tampoco me importaría que tuviera mucha más experiencia que yo.
No puedo decir que en Los Ángeles fuera un fiera con las nenas. He ido mejorando con el tiempo. Y la compañía.
—Claro —susurra contra mi pecho—, claro que me he corrido pensando en ti, todas las veces, todas las noches. Tú tienes la culpa de que las últimas escenas que he escrito sean un poco más subidas de tono de lo habitual.
—Nena, quizá deberías seguir los pasos de la gran Sabrina Jameson.
No es una broma, ni una burla. Me comprometo a que su narrativa tenga todo el spicy que demandan sus lectoras más exigentes.