Eres tú: Sunset (Felicidad 1) WELCOME TO NEW YORK
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WELCOME TO NEW YORK

O tro avión.

Otro viaje.

La misma compañía. A mi lado. Sonriendo. Qué bonita es. Y está conmigo. Sigo sin saber muy bien por qué, temiendo que Nueva York me la pervierta o la aleje de mí, preguntándome cuántos tíos se habrán matriculado para estudiar Literatura en Columbia. Uno solo ya me parece excesivo.

Pero escribir se ha puesto de moda, es casi tan sexy como cantar en una boyband , actuar en una serie de Netflix o hacer una campaña publicitaria para una marca de lo-que-sea , o subir vídeos chorras a TikTok.

—¿Te encuentras bien, James? Tienes mala cara.

—Ya te dije que puedes llamarme Sunset, no voy a protestar.

—Es que me he acostumbrado a James, Jim, Jimmy…

«¡Hay que joderse!».

—Mira, llámame como te dé la gana. O no me llames. O ponme un mote, me da igual.

—Estás muy raro. Estamos subidos a un avión, vamos camino de Nueva York y no veo que estés muy entusiasmado.

—Es que no quiero dejarte sola en Columbia.

—Sola no voy a estar, te lo garantizo.

—Quiero decir «sola» entre un montón de tíos…

Dawn se echa a reír, me besa en la mejilla y dice, supongo que para tranquilizarme:

—No sé yo. El romantasy es cosa de chicas. Pero algo de razón tienes, habrá chicos a los que les guste escribir. La verdad es que en Savannah no llegué a conocer a ninguno. Ni siquiera a Rob le gustaban los libros, y mira que era… es de lo más friki.

Un momento…

—¿Rob? ¿Quién es Rob? ¿Por qué no he oído ese nombre antes?

—Era nuestro vecino cuando éramos pequeñas. A veces jugaba con nosotras. Le gustaban las Barbies, pero yo no te he dicho nada. Y no es una crítica. Ni tampoco un reproche. Rob es adorable.

«Y gay».

—¿Y a Rob le gustan las muñecas de carne y hueso? ¿O prefiere a los jugadores de fútbol?

—No lo sé, James. Hace mucho que no hablo con él, pero si fuera gay nos habríamos enterado. No hay secretos en Savannah. No esa clase de secretos.

Un momento…

—¿Estaba en la fiesta de graduación?

—Supongo… No me fijé —me responde con evasivas y rehúye mi mirada—.

Ya te he dicho que hace tiempo que dejamos de…

vernos. Y francamente no lo entiendo. Creo que todo fue porque Beth se le insinuó, él la rechazó con malos modos y nosotras elegimos bando sin pensárnoslo dos veces.

No debimos hacerlo, lo sé, sobre todo porque era una de las tantas tonterías de nuestra amiga, ¡como si no la conociéramos!

, y no fue buena idea tomárnoslo en serio.

Ya no tiene remedio, mi madre me dijo no hace mucho que le habían dado una beca deportiva para estudiar en el norte del país. No creo que volvamos a verlo.

Suspiro. Prefiero pensar que no volverán a verse, o que es definitivamente gay y no supone una amenaza para mí. Y ya de paso prefiero no recordar que nosotros nos dirigimos al norte del país.

«¿Desde cuándo te sientes amenazado por otro tío?».

—¿Estás celoso, James?

—¡Qué va! ¿Qué dices? No tengo motivos, tú misma me has dicho que…

—Que tal vez no vuelva a verlo no significa que no lo eche de menos.

«Pues igual sí tienes motivos para preocuparte. Lo mismo deberías hablar con las chicas y sonsacarles información privilegiada acerca de la sexualidad de este tío».

—No pongas esa cara, que lo eche de menos no significa… nada. Gay o hetero, Rob nunca ha sido mi tipo.

—A ti te gustan malotes, ya se me olvidaba.

—Soy una buena chica con un gusto malsano por los chicos conflictivos, solitarios, atormentados…

—Eh, eh, eh. Yo no soy un tío «atormentado». ¿Ves? Eso es lo que consiguen los libros, os llenan la cabecita de ideas raras, expectativas inalcanzables, y os ponéis a buscar dramas y traumas donde no los hay. Ya ni siquiera estoy cabreado con mi madre.

—Pero tampoco la has invitado a visitarnos en Nueva York.

—¿Quién ha dicho eso?

—¿La has invitado o no?

—No… Porque queda un poco lejos de Las Vegas y he pensado que el viaje podría…

—Es tu madre, no tiene noventa años. Es perfectamente capaz de subirse a un avión como hemos hecho nosotros.

—No le des ideas la próxima vez que hables con ella.

La azafata llega hasta nuestros asientos y nos ofrece algo de beber. Pido dos latas de Pepsi y nos da una a cada uno.

Abro mi lata y le doy un trago largo. Siento los ojitos azules clavados en mí.

—¿Qué? —pregunto con la sospecha de haber metido (otra vez) la pata.

—Has dado por sentado que quería lo mismo que tú —protesta—. ¿Y si me hubiera apetecido otra cosa?

«Mierda».

—Lo siento…

—No pasa nada, tonto. Está bien, pero la próxima vez pregunta. Por si acaso.

Me guiña el ojo, abre su lata y da un par de tragos antes de preguntarme:

—¿Dónde dices que está ese apartamento que has alquilado? ¿Es para ti solo? Los alquileres en Nueva York son un escándalo y ya sé que ahora eres rico, pero ¿tan rico?

—Me duele tu falta de confianza, aunque probablemente tengas razón y acabe buscando compañero de piso.

No sé me da bien vivir solo… Creo… De hecho, es una experiencia nueva para mí.

Y el apartamento está en el Bronx. Voy a vivir en la misma calle donde creció Jennifer Lopez —presumo inútilmente porque no parece en absoluto impresionada.

—¿No vas a invitarme a vivir contigo?

¿Debería invitarla a vivir conmigo?

¡Joder, no se me había ocurrido! Me dijo que iba a alojarse en una de esas residencias pijas para estudiantes, donde las chicas comparten habitación y hacen fiestas de pijamas y cosas así.

—Me dijiste que te alojabas en una residencia de chicas en Brooklyn. ¿Has cambiado de idea?

—¿Debería hacerlo? —pregunta, se bebe el último trago y aplasta la lata con sus manitas de uñas pintadas de rosa chicle.

«¡Joder, tío, ya distingues los distintos tonos de rosa de pintaúñas! Después de esto, más te vale no meterte con la sexualidad de los niños que juegan con muñecas».

Me echo a reír ante el desconcierto de Dawn.

—¿Me cuentas el chiste y nos reímos los dos?

—¿Cómo se llama ese color de uñas?

—¿En serio me estás preguntando por el color de mis uñas?

—Venga, dímelo. ¿Es rosa chicle?

Dawn me mira, los ojos entrecerrados, la mirada suspicaz y la risa a punto de brotar de la garganta.

—Sí, James. Exacto. Rosa chicle. ¿No te gusta?

—En realidad, me da igual. Solo quería confirmar mis sospechas.

—¿Qué sospechas?

—Que tu amigo Rob y yo tenemos más en común de lo que pensaba.

—¿Alguna vez te has pintado las uñas?

—¡No! ¡Qué va! Pero por lo visto sé distinguir un tono de rosa de otro.

—Pues no lo habrás aprendido de Ginger. Que si algún día quieres hacerte la manicura, avisa a Beth. Ella distingue hasta treinta tonalidades de rosa. Y te hace dibujitos y todo. Yo soy más discreta.

—No te lo crees ni tú. Si no puedo apartar los ojos de ti.

—¿Te das cuenta de lo diferente que es todo ahora?

—Han pasado algunos meses y hemos aprendido a…

—¿Querernos?

—Podría decirse así —contesto sin comprometerme demasiado porque va contra mis principios.

—¿Tenéis algún problema los machos alfa con el romanticismo? Es una pregunta retórica, por supuesto que lo tenéis.

—¿Me has llamado «macho alfa»? Es lo más ridículo que he oído.

Me echaría a reír, en serio, pero sospecho que no bromea, que lo cree de veras o por lo menos lo ha pensado alguna vez.

—Así que no te consideras un macho alfa…

—¡Para nada! Qué estupidez. No soy ningún líder, tampoco tengo «masculinidad tóxica», no hago chistes desagradables sobre las chicas y, si hay que llorar, se llora; tampoco tengo problemas con eso. Y no soy homófobo.

—Tampoco te he acusado de serlo, relájate.

Antes de que pueda replicar, la azafata informa de que en breve aterrizaremos en el aeropuerto de La Guardia.

No viene nadie a recogernos y tendremos que coger un taxi hasta Manhattan y luego el metro hasta Brooklyn, donde viven sus tíos. Se quedará con ellos hasta que empiece el curso universitario en Columbia y pueda instalarse en la residencia. Si fuera el típico ligón, la idea podría interesarme mucho.

—¿Cuántas chicas decías que sois en la habitación?

—Cuatro. No conozco a ninguna todavía, y probablemente tenga que contener mi curiosidad hasta que empiecen las clases.

Más me vale llevarme bien con todas, no tengo ganas de guerras, ni me apetece dormir con los ojos abiertos.

Lo que más miedo me da son las novatadas de primer curso. Y el bullying .

—¿En la universidad? ¿No estáis muy creciditos ya para eso?

—Te sorprendería ver la competitividad que hay en algunas universidades, y los periodistas y escritores van sobrados de ego.

—¿Y tú no?

—Lo disimulo un poco mejor. Además, yo tengo la suerte de ser la novia del nieto de Sabrina Jameson. ¡Verás cuando se entere la gente!

—Eso es tráfico de influencias, Morrison. Está muy feo.

La pellizco en la barbilla, pero por supuesto no estoy enfadado, sino divertido.

¡Quién me lo iba a decir a mí! Aprovecharse de mi «buen nombre», de mi «prestigio social» y la insospechada fama de mi abuelita, la hippy .

—Te lo perdono porque el poema de Whitman sonaba sobrecogedor en tus labios.

—Tú has estado leyendo, James. ¡Confiesa!

—Quizás… le haya echado un ojo a alguna de las novelitas picantes de Ginger en estos últimos días. Quizá. Tampoco pienso admitirlo delante de nadie que no seas tú.

—Oh, por supuesto. Los chicos malotes no leen, ¡qué ocurrencia la mía!

—Sigues viéndome cuando el resto solo me mira.

—No es ninguna habilidad especial, solo hay que prestar atención a las señales.

—¿Qué señales?

—Las que emites cuando crees que nadie te ve. Ese lenguaje corporal que grita «quiéreme cuando menos lo merezca porque será cuando más lo necesite».

—¿En serio vas a utilizar psicología barata para conquistarme?

—Creía que ya te tenía conquistado, atado de pies y manos y sin escapatoria.

—¿Eso es una fantasía sexual?

—¡James! Estamos en un avión…

—Por poco tiempo. ¿No oyes cómo nos deslizamos por la pista de aterrizaje? ¡Bienvenida a Nueva York!

—Suenas como Taylor Swift —se burla la muy descarada.

—No sé qué tienes en contra de ella.

—No tengo nada en contra de ella ni de su música. Soy más clásica, eso es todo.

—No tienes edad para ser clásica, ya lo serás cuando cumplas los cuarenta.

—Ah, que ahora hay que tener una edad determinada para escuchar un estilo de música concreto.

—No me hagas caso y escucha lo que quieras. Aquí nadie te va a juzgar, ya te lo digo yo. En palabras de Cameron: «Todo el mundo hace lo que le sale de la…».

—No lo digas…

—Hay criaturas en el avión. Ya lo sé. ¿Sabes dónde no hay una sola criatura menor de edad?

—¿En los clubs de estriptís?

—También, pero yo pensaba en mi apartamento: nuevo a estrenar. Todo. Incluida la cama.

—Te veo muy hambriento…

—Me comería una pizza antes, la verdad. Hay un local en Union Square donde son puro vicio. Necesito una antes de que acabe el día.

—Pues ya son las ocho…

La voz de la azafata dándonos las oportunas instrucciones para el aterrizaje, la recogida del equipaje y la ordenada salida del aparato interrumpe lo que fuera que Dawn tenía en la punta de la lengua.

No voy a preguntar. No quiero saberlo.

Nos desabrochamos los cinturones y sacamos nuestras maletas de la cabina superior después de que al menos la mitad de los pasajeros haya desalojado el pasillo para hacerlo con tranquilidad y sin prisas.

Después nos dirigimos a la zona de recogida de equipaje para esperar las maletas más grandes de Dawn. Lleva dos, y ya te digo que una de ellas solo contiene pura literatura.

Al salir a la calle, una ráfaga de calor nos golpea en la cara. Vuelve a ser agosto, pero esta vez nadie me espera en el aeropuerto, ni busco a mi alrededor ninguna cara conocida.

Somos solo ella y yo, juntos aquí, con un sinfín de oportunidades por delante.

Sin miedos, sin dudas. Con ganas. Y en palabras de Dawn: «Con mucho amor».

Alguien tiene que ponerle romanticismo a este momento y no voy a ser yo.