El 4 DE JULIO
C uando llegamos a casa de los Knowles, el olor de las salchichas y las hamburguesas asándose en la parrilla impregna el aire veraniego.
La fiesta nacional siempre es un alarde de patriotismo, buenos sentimientos americanos y mucha salsa barbacoa salpicándolo todo.
Hay grupos repartidos por todo el jardín, junto a la piscina, y algunos más hambrientos permanecen al lado del padre de Cam y Beth, por ver si pillan los bocados más jugosos.
Amo las barbacoas, el verano, el sol, el agua fría de la piscina, a mi chica colgada de mi brazo y el ambiente de fiesta que se cuela hasta el último rincón de la finca.
La familia tiene su residencia de verano al norte de Charleston, en una zona elegante donde todos los coches me hacen salivar nada más verlos.
—Estás haciéndole ojitos al Porsche de Bethany y me pregunto cuánto tiempo más vas a tardar en ir a buscar uno igual al concesionario.
—Me gusta, sí —reconozco sin empacho—, pero no ahora. Ya llegará. Necesito hacerme un hueco en la escena neoyorquina, ¿lo has olvidado?
—No, por favor, ¡cómo iba a olvidar la salva de aplausos que te dedicaron la otra noche! Que lo mismo iban más para Beth que para ti, te recuerdo que tú no eras Romeo…
Hago pucheros delante de mi chica.
—No me chafes la ilusión, no se me dio tan mal. Creo que tengo futuro.
Dawn me mira, esos ojitos azules entrecerrados, esa mueca de desconfianza, esas ganas de meterse conmigo y con mi magnífica actuación en Romeo y Julieta .
—No me pongas esa cara, tú también tienes sueños y yo no he dicho nada de tu forma de escribir.
—Porque todavía no has leído ni una sola línea de lo que he escrito.
—Porque tú no quieres.
—Di mejor porque «yo no te lo pido».
—Cariño, ya sabes cómo es mi relación con los libros.
«¿La has llamado cariño , en serio?».
—No has encontrado tu libro, eso es todo.
—Mira, ahí tienes un desafío: conseguir que «tus» libros sean «mis» libros —le digo para provocarla.
Dawn sacude la cabeza como si hubiera escuchado algo inapropiado, no trabaja bien bajo presión.
—¿Una salchicha?
Landon se acerca a nosotros tentándonos con un plato lleno a rebosar de salchichas, costillas, una maxihamburguesa que chorrea queso y dos chorizos criollos.
Vegano no es, desde luego. En la otra mano lleva una bolsa de patatas fritas.
Va a necesitar mucha cerveza para meterse eso entre pecho y espalda.
—Uf, eso es malísimo para el corazón, ¿lo sabías? —Esa es mi chica, entrando en modo dietista-doctora-nutricionista y esas polladas tan de moda ahora.
—Ya me lo arreglará Beth… El corazón, digo.
—Ni todo el amor del mundo te salvará de un infarto como sigas comiendo esas porquerías —anuncia con dramatismo mientras le roba la bolsa de patatas como quien le hace un favor.
—Lo quemo todo en la cancha, cariño. Mírame: puro músculo, pura fibra. Ni un gramo de grasa. Soy un fenómeno.
—Está claro que él y Beth pasan mucho tiempo juntos —le cuchicheo a Dawn—, ya habla como ella.
—El optimismo de ella es muy contagioso, ¡qué se le va a hacer!
—Eh, eh, ¿qué cuchicheáis vosotros, tan arrimaditos? Hay criaturas, Sunset, no nos las perviertas.
Beth se mete entre nosotros y nos juntamos en un abrazo fraternal.
—No puedo hacer nada que no hayas hecho tú ya —le replico a la anfitriona con un encogimiento de hombros.
—Yo soy una buena chica —se defiende—. Y estoy de vacaciones. Relajaos. ¿Otra cervecita? —nos invita… O quizá la invitación va para Landon; esa y cualquier otra.
Niego con la cabeza. Creo que llevo más de tres en el cuerpo, y no quiero achisparme antes del almuerzo.
Prefiero no preguntarle a Dawn cuántas lleva porque parece demasiado contenta.
Y no es que nos falten los motivos, pero no quiero otro espectáculo como el de fin de año.
Todavía se habla de ello, todavía circula la grabación por internet y alguien me chivó no hace mucho que ha sobrepasado el millón de visualizaciones.
¡Hay que ver con La Invisible!
Apenas quedan dos semanas para marcharnos a Nueva York y al final todo se olvida, hasta el vídeo más viral, pero Dawn no quiere perder sus raíces ni dejar de ver a su madre y toda la gente que se queda aquí.
Hay un par de compañeras del instituto que se quedarán a estudiar en universidades del sur; gente que no quiere poner tierra de por medio, que está muy a gusto en Savannah.
Si hubiera un programa de estudios como el de Columbia en la universidad de Atlanta…
—Eh, eh… ¿Dónde andas?
—Pensaba…
—Sunset, a ver si va a ser una insolación.
—Cuidado, Beth, poca broma con eso —avisa Cameron con sorna y entre risas mientras le pasa el brazo por los hombros a su hermana—, no queremos perder el cerebro más privilegiado del instituto.
Eso ha dolido y podría partirle los morros a este capullo aquí mismo porque sigue cayéndome (casi) tan mal como el día que nos conocimos, y parece que es igual de mutuo que entonces.
—No te metas con Sunset, está en baja forma y no puede defenderse —protesta alguien—. Todavía está de duelo.
No tengo muy claro si eso ha salido de Dawn, o Beth, o Taylor, porque las tres están a mi lado, juntitas, como si fueran una sola persona, o lo mismo veo triple por culpa del alcohol. De cualquier modo, sacuden la melena y se van agarradas de la mano hacia la piscina.
—Nada de bañarse desnudas, que os conozco —aviso inútilmente.
—Hoy no harán locuras, no delante de nuestros padres. No puedo prometerte nada cuando levanten el vuelo —dice Cam con el absurdo propósito de tranquilizarme.
Funciona a medias porque no confío mucho en que la presencia de los adultos sea capaz de disuadir a Beth si se propone dar la nota. Es una diva. Las divas son impredecibles. Incontrolables. Ingobernables. Y una muy mala influencia para mi chica.
Cuando Dawn está con Beth siempre siente el absurdo impulso de destacar y demostrarle a todo el mundo que puede ser tan sexy como su amiga, ¡como si alguien pudiera discutir eso!
—Sunset cuidará de su chica, a fin de cuentas, se van los dos a Nueva York antes de que acabe el verano —le recuerda Landon.
—Peor me lo pones, ahí acaba lo peor de cada casa porque no hay orden, ni ley y todo el mundo hace lo que le sale de la…
—No sigas —aviso a Cam cuando por el rabillo del ojo veo a un crío correr, meterse entre nuestras piernas y seguir a toda velocidad como si pretendiera batir su propia marca.
Yo a esa edad iba más relajadito, era más de sofá, videojuegos y leche con cereales. Nunca fui un chico deportista. Solo me importaba la velocidad sentado al volante de un coche, ahí sí pisaba el acelerador como si no hubiera suficiente planeta para correr.
—¿Qué ha sido eso?
—Un niño a punto de batir su propia marca. Lo mismo tiene futuro en el béisbol o en la NFL.
—¿Te gusta el fútbol, James?
—Soy más de baloncesto, siempre desde el sofá y con una cervecita en la mano.
—Ya os estoy viendo en Manhattan: tú delante de la tele, tragándote lo que te echen, y la pobre Dawn dejándose los dedos en el portátil mientras su cabecita maquina maldades para sus personajes fantásticos.
—¿Y eso da dinero?
—¿Bromeas? Más de la mitad de lo que se escribe ahora acaba convertido en película o serie —anuncia Cameron con rotundidad—.
Y a Dawn le sobra talento —añade como si no lo supiéramos o hubiéramos olvidado su conmovedor discurso de graduación—.
Recuérdalo, James. —Las palabras de Cam suenan ahora a amenaza, y no me gusta.
—¿Estás queriendo decirme algo? —pregunto, queriendo sonar igual de amenazante, pero no tengo hermanas menores a las que proteger, y la falta de práctica se me nota.
—Si me entero de que le cortas las alas a nuestra Dawn, iré yo a cortarte los huevos.
—Eh, tíos, tranquilos. Esto es una fiesta. Es el 4 de julio. Relajaos. ¿Quién se mete en la piscina conmigo?
—Nada de hacer guarradas con mi hermana bajo el agua si no…
Pero a Cameron no le da tiempo a terminar su discurso porque Landon ha salido corriendo y ya no se distingue su cabeza entre la gente.
«¡Chico listo!».
Decido ir detrás de él, no porque le tenga miedo a Cameron, sino porque quiero asegurarme de que Dawn no vuelve a protagonizar otro vídeo (porno) viral.
Es mi chica; su reputación es la mía y tengo que protegerlas. A las dos.