TÉ HELADO Y UNAS CUANTAS RISAS A PROPÓSITO DE NADA
Dawn
S e apagan las luces y la platea rompe en aplausos mientras el elenco de actores saluda una y otra vez desde el escenario.
Entre Sunset y Beth hay tres o cuatro actores, incluido el que ha bordado el papel de Romeo.
Todos están sonrientes y orgullosos, y no les faltan motivos.
La representación ha sido un éxito y ha confirmado a Bethany Knowles como una joven promesa con mucho futuro en Broadway, Hollywood o donde más le apetezca actuar.
Dawn no para de aplaudir a su chico; el papel no era muy relevante, pero opina que Sunset lo ha bordado y, teniendo en cuenta sus circunstancias personales, ni ha tenido lapsus de memoria ni se ha equivocado en ninguna de sus (escasas) líneas de guion.
Por supuesto, la estrella absoluta de la noche ha sido su amiga, pero eso no era ninguna sorpresa para nadie, mucho menos para ella y Taylor, que silba desde la platea para llamar la atención de su amiga.
Dawn le palmea el brazo para callarla.
—¿Ha estado o no ha estado sensacional?
—Sí, pero no armes alboroto —regaña con cariño a la pelirroja.
—Ya ha terminado la función, Dawn, relájate. La gente no deja de aplaudir. No va a haber quien aguante a Beth las próximas semanas, ya te aviso. Espero que a Sunset no se le suba el éxito a la cabeza.
—No sabría decirte —replica su amiga entre risas—, a veces le da por ponerse gallito, menos mal que no era Romeo.
—Ya llegará su momento. A menos que prefiera las carreras ilegales de coches, que tampoco ahí estuvo nada mal.
—Es mejor que no se lo sugiramos —lo descarta Dawn—, perdona si prefiero que mi novio se mantenga alejado de las comisarías y los calabozos.
—Nueva York no es el mejor lugar para mantenerse a salvo de líos y tentaciones.
—No me lo recuerdes, no me lo recuerdes.
Vamos a meternos en la boca del lobo, pero yo no soy ni su madre, ni su abuela, ni su niñera.
Ni siquiera sé si soy su novia, quizá solo una distracción ocasional, una buena amiga, un paño de lágrimas, alguien con quien divertirse.
No lo sé, ni tengo tiempo de averiguarlo.
Columbia me espera, Tay, quiero ser la mejor autora de romantasy del siglo. No me da la vida para nada más.
—Por eso a mí casi me alivia que Cam no haya movido ficha desde que nos enrollamos en la isla —dice Taylor después de un interminable suspiro—.
No quiero quitarle mérito a lo tuyo, pero reconoce que la medicina forense es un poco más absorbente, compleja y exigente que la literatura fantástica. Académicamente hablando…
—¿En serio os enrollasteis? ¿Por qué no me entero hasta hoy? —protesta Dawn.
—Porque has estado muy pendiente de la abuela de Sunset, y eso habla muy bien de ti y de lo que tenéis. Tampoco lo nuestro tiene importancia, un par de piquitos y un par de achuchones, nada de lo que arrepentirse demasiado.
Taylor encoge los hombros. El hermano de Beth le gusta.
Mucho. Pero ella tiene una carrera, una pasión y un proyecto de futuro.
Al contrario que muchas de sus compañeras de instituto, ella no quiere ser otra señorita del viejo sur, con un buen marido y una buena casa, con su buen jardín, donde tomar té helado y echar unas cuantas risas tontas a propósito de nada.
Su espíritu inquieto no se lo permite, ni tampoco su conciencia se lo perdonaría.
—Siento si he estado un poco ausente estas semanas, tienes razón en que me he ocupado casi en exclusiva de las necesidades de Sunset y casi me he olvidado de vosotras.
—Nah, no pasa nada…
—¿Qué hacéis ahí? El teatro se ha quedado vacío… ¿A qué esperáis para mover el culo?
—A que aparezcas tú, cariñito. ¿Ya te has librado del abrazo letal de los fans?
—Esa envidia es muy fea, Tay. Yo no tengo la culpa de que tus próximos compañeros de viaje estén más muertos que vivos y no puedan abrazarte en condiciones.
—A ver si con tanto abrazo, vas a acabar tú siendo mi conejillo de indias…
—No digas eso, Tay. ¡Cómo se te ocurre!
—Los fans pueden ser muy peligrosos si no reciben todo el cariño que esperan de sus ídolos.
—Gracias por tus buenos deseos. Anda, moved el culo, que nos vamos de fiesta.
—¿Dónde esta vez?
—El club Sunrise, el que está en la carretera de la playa. Cam consiguió convencer al dueño para que nos lo dejara a buen precio para toda la noche. Eso sí, como la lieis parda y haya daños y perjuicios, os tocará servir mesas a los turistas todo el verano.
Beth sonríe al decirlo, una de esas sonrisas que provocan taquicardia.
—A más de uno le vendrá fenomenal para pagarse la matrícula del primer curso —apunta Dawn con otra sonrisa no menos radiante.
Las chicas salen del teatro y caminan hacia el aparcamiento donde las espera el nuevo y flamante coche de Bethany.
—¿Qué os parece?
—Yo no entiendo de coches —se excusa Dawn con un leve encogimiento de hombros—. Mientras no te deje tirada en una cuneta, de noche y con frío…
—Si ya sabía yo… ¿Dónde está Sunset? Él sí entiende de coches.
—A ver, tiene pinta de correr a toda hostia, y ese color tan rojo, y esa tapicería de cuero tan blanca, y ese techo de quita y pon tan summer nights …
¿Ya has probado si es cómodo el asiento del conductor?
Ya sabes, para lo que te gusta hacer a ti…
Además de conducir… —Taylor le guiña un ojo con picardía tras pronunciar esas palabras.
—No sabía que fueras una estrecha, Tay. ¿Eso me ha sonado a reproche? ¿A envidia quizá?
—Dejad de discutir y subid —las anima Dawn agitando los brazos—, quiero sentir la brisa de junio en el pelo.
—Más vale que te desmelenes antes, que pareces una institutriz con ese moño tan apretado que te has hecho. Muy elegante, eso sí —reconoce Beth mientras le da a su amiga una palmada cariñosa en el brazo.
—Dawn tiene una cita íntima, Beth —anuncia Taylor con tono conspirativo—. No se ha puesto de tiros largos solo para venir al teatro a verte triunfar —la desengaña.
—¿Qué? ¿Cómo? ¿Dónde? —pregunta la rubia y añade—: El sieso de tu novio no me ha dicho nada.
—Parece que no lo conozcas, no es de los que presumen.
—Le voy a tener que enseñar unas cuantas cosas a tu Sunset si queremos verlo triunfar en Broadway. Está muy verde todavía.
—Mientras no le enseñes las tetas…
—Cariño, no me digas que te acomplejan tus pechos porque no me lo trago. Tienen la medida perfecta para sus manos —proclama Beth, subiéndose al coche—. Venga, nenas, este trasto está impaciente por quemar rueda.
Las chicas se suben al asiento trasero y el coche se desliza como la seda por entre las calles de la vieja Savannah, hacia la bahía y la playa, hacia el club donde ya debe de estar todo el mundo esperando a las reinas de la noche.
Dawn se recuesta en el reposacabezas y cierra los ojos.
La noche promete. Lo de la cita íntima no era broma; estarán un rato con los chicos y luego se escaparán con el mayor disimulo posible y volverán a casa de ella, donde Samantha ha preparado un escenario romántico y propicio para celebrar el cumpleaños de Sunset y, bueno, también la vida.
Esa que no entiende de ausencias ni nostalgias.
En los jardines frente al instituto Harriet Beecher Stowe se agrupa medio centenar de alumnos vestidos con togas y birretes, exhibiendo sonrisas nerviosas y preparando los discursos que pronunciarán tras recibir su diploma de graduación.
Las chicas van muy elegantes, peinadas y maquilladas para la ocasión.
Los chicos también se han puesto sus mejores galas; incluso Sunset se ha comprado un traje para ese día.
Un poco a regañadientes, un poco empujado por Dawn, un poco para presumir de su nueva condición de heredero de la gran Sabrina Jameson.
Y está tan orgulloso y satisfecho de sí mismo que incluso ha invitado a Eden al evento.
—¿Esa de ahí no es la madre de Sunset?
—Sí. La ha invitado él. Están limando asperezas, por lo que se ve.
—Yo no sé si sería tan generosa. Landon me comentó que ella los abandonó cuando Sunset era muy pequeño y que el padre nunca llegó a recuperarse de ese fracaso.
—Vaya, vaya, no sabía que su relación fuera tan estrecha. A mí apenas me ha hablado de su vida en California.
—Lo mismo no has hecho las preguntas adecuadas. Landon es hijo o nieto de un juez, nunca me acuerdo del parentesco, y esa gente siempre sabe poner el dedo en la llaga.
—Y yo que creía que no hablabais después del sexo.
—¿Otra vez hablando de sexo? Sois unas viciosillas.
Landon aparece por detrás de Bethany y la besa en el cuello, junto a la oreja.
—Quita, quita, aquí no, que hay niños.
—Solo hay dos criaturas y están tan entretenidas peleándose que no nos verían ni aunque nos enrolláramos delante de sus narices. Además, los niños de ahora saben más que nosotros de casi todo.
—Quita el «casi», por favor. Mi hermana Anne ya ha perdido la virginidad. ¡Y tiene trece años!
—Pues toma nota, Tay. No querrás ser la última virgen de Harvard.
—También puedes publicarlo en el periódico, Beth, que lo mismo hay alguien que no se ha enterado.
—No seas mojigata y éntrale de una vez a mi hermano. No quiero que otra zorra le rompa el corazón cuando llegue al medio oeste.
—Beth, cariño, que hay criaturas…
—Pero ¿no has dicho que…?
—Oh, dejad de discutir. Y no voy a liarme con Cam, no quiero rollos ahora que voy a empezar Medicina.
—Para cuando acabes la carrera seré tía de tres sobrinos, al menos. En Chicago hace mucho frío.
—¿Y…?
—Hay que calentarse, Tay. ¿En serio tengo que decírtelo todo?
Beth sacude la cabeza.
—No la regañes, el cerebro de Taylor está ocupado en otras cosas —dice Dawn para disculpar a su amiga.
—Si pensara menos en los muertos y más en los vivos, no tendría por qué envidiar a su hermanita.
—¿Quién ha dicho que yo envidio a mi hermana? Solo digo que ha probado el sexo antes que yo, y si se enteran mis padres me van a despellejar viva. Se supone que debo cuidar de ella.
—Lo que os digo: los niños de hoy se cuidan solitos. No nos necesitan para nada.
—Pero si tú eres hijo único, Landon. ¡No me digas que tienes un gemelo!
—Ya te gustaría montar un trío conmigo y mi gemelo .
—¿Queréis dejar de decir tonterías? ¿Qué pasa, estáis nerviosos por el discurso?
—¿Qué discurso? ¿Hay que dar un discurso? ¡No jodas!
—No es obligatorio, Landon, deja de hiperventilar. Yo ya me sé el mío de memoria.
—¿Lo dudabais? Es Dawn, por supuesto que tiene el discurso entero en su cabecita, hasta la última palabra. Incluso es posible que tenga además el de Sunset —bromea Beth, siempre desde el cariño—. Si quieres, puedes pronunciar también el mío.
—Tengo que nacer otra vez para eso, rubia, no llego a tu nivel.
—Pues vas a tener que practicar, cielo, porque en las novelas de romantasy siempre hay heroínas como yo: de rompe y rasga, capaces de mover el mundo con solo un pestañeo.
Taylor y Dawn se miran con complicidad. No pueden decir que Beth esté fanfarroneando, no del todo.
Quizás un poquito, muy poco, en realidad.
Es una fuerza de la naturaleza, y lo sabe, y juega con ello y su actitud encandila a la gente, no solo a los chicos.
Beth podría ser muy odiada, pero todo el mundo la quiere porque tiene un corazón enorme, porque es leal a muerte y porque su honestidad no conoce límites.
—¿De qué habláis?
—Del discurso de la graduación, ¿ya sabes lo que vas a decir, Sunset?
—Que os den.
—¿En serio? ¡Me encanta!
—No… O sea… ¡No voy a decir eso!
—Pues es una lástima, James , y un desperdicio porque, en tu situación, a ti se te perdona todo.
Estás de duelo, no tienes por qué ser políticamente correcto, ni decir lo que la gente quiere escuchar.
Puedes ser tú mismo, dejar ir tu dolor y soltar toda la mierda que quieras por esa boquita. Yo no dejaría escapar esta oportunidad.
—¿Me estás vacilando? Perdona si quiero largarme de este lugar con mejor reputación de la que tenía cuando llegué.
—Cariño, eso está garantizado. Eres famoso. Y rico. Y todos te adoran.
Beth lo agarra por la cintura y lo abraza.
Eso no parece tranquilizarlo demasiado; busca la mirada de Dawn, pero ella está enfrascada en los papeles donde tiene escrito el famoso discurso de la graduación.
Si no la conociera tan bien, se sentiría ofendido por su falta de interés, pero conoce su lado más perfeccionista y sabe que le preocupa más quedar en ridículo delante de toda esa gente.
Además, tiene una fe ciega en sus amigas; siempre lo han compartido todo.
Sunset prefiere no preguntar si él está incluido «en el lote». Casi es mejor no saberlo.