Eres tú: Sunset (Felicidad 1) EDEN PATTERSON #2
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EDEN PATTERSON #2

—Estás muy mona desde que ya no llevas aparatos —le digo, burlándome un poco de ella, vacilándole un poquito porque sí, porque es ella y porque sé que, en el fondo, le gusta esa confianza.

—Gracias, James , todo un honor recibir ese cumplido de tus labios. Le trasladaré tu satisfacción a mi ortodoncista, a lo mejor te hace precio y todo.

¿Está insinuando que mi sonrisa no es perfecta?

No, solo es ironía, de esas que me ponen a cien, como su manía de no tomarme nunca en serio mientras se pregunta por millonésima vez por qué alguien tan valioso como ella pierde su tiempo al lado de un capullo como yo.

Bethany viene directa hacia nosotros como un misil teledirigido.

Siento un involuntario escalofrío porque mi compañera de tablas siempre es sinónimo de escándalo, y no es el lugar.

Nos da un par de besos y susurra un pésame tan afligido como sincero. Por lo visto era una de sus mayores fans. ¡Quién me lo iba a decir!

—Gracias por venir. No creas que se me olvida lo mucho que te gustaban sus novelas, luego te daré un ejemplar firmado.

—¿En serio? ¿Me has conseguido un ejemplar firmado? Oh, Sunset… Te daría un beso en los morros, pero mi amistad de tantos años con la pequeña Dawn no me lo permite. Date por besado, de todos modos.

—Eh, que por mí como si le haces una ma…

—No lo digas, no pueden decirse cochinadas en un funeral —le reprocha Beth a Dawn a media voz.

—Totalmente de acuerdo —coincido sin evitar que se me escape la sonrisa—, dejad las guarradas para la fiesta de graduación.

—Pero ¿la has escuchado? Que a mí me da igual quién te bese…

—A mí no. Quiero decir…

—Dejadlo, dejadlo, en serio —chista y luego suelta—: ¡Cuánta gente!

Desde luego, cuando llegué el año pasado con mi abuela, pedaleando en bicicleta, a The Woods, y me enseñó su «maravillosa» caravana, no podía imaginar que la buena mujer había sido un ídolo para toda una generación de mujeres que necesitaban liberarse y sentirse sexualmente deseadas.

—Ha sido toda una sorpresa. Muy Ginger, en realidad.

—¿Y tu madre?

—¿Qué pasa con mi madre?

—A ver, cariño, no te ofendas… Es que la gente es muy… Ya sabes…

—No, no sé, Beth. ¿Qué pasa con la gente? Ilumíname.

—Nada, nada…

—No tires la piedra y escondas la mano. Te lo preguntaré otra vez: ¿Qué pasa con la gente?

—Que van diciendo por ahí que tu madre solo ha vuelto a Savannah por la herencia.

—No es el caso, y lo sé de buena fuente. Pero si así fuera, bien hecho. Todos comemos todos los días, y que su hija renuncie a lo que le corresponde no nos va a devolver a Ginger.

Casi espero que Bethany me pregunte qué le corresponde a mi madre o qué me corresponde a mí, como si yo lo supiera.

—Deja de hacer caso a los cotilleos, Beth —le reprocha Dawn—. La gente habla por hablar. No saben nada. Ni siquiera James sabe nada.

Sonrío al escucharla.

—No pasa nada, Dawn, puedes llamarme Sunset.

—Yo siempre te he llamado así.

—Porque tú haces lo que te da la gana y no hay quien te ponga reglas ni límites.

No es un reproche, tampoco una crítica. Simplemente es la definición de Bethany que viene escrita en el diccionario.

—Tampoco te ha molestado nunca mucho que me salte las reglas.

—Me gusta la gente que rompe las reglas y me desafía. A otro —como su hermano— no se lo perdonaría. Pero tú eres mi debilidad —le guiño el ojo.

Dawn sacude la cabeza, sabe que hablo en broma, sabe quién sí es mi debilidad y sabe también que sus amigas son mis amigas, o deben serlo si quiero conservar mis testículos en su sitio.

Esas tres son una piña; separarlas o enfrentarlas es un crimen y está tipificado en algún código penal.

Yo, por si acaso, prefiero no intentarlo siquiera.

Además, son muy monas y se hacen querer.

Y no, no pienso en guarradas; soy un chico sano con poca afición a las perversiones.

Ni siquiera veo porno.

—Lo pasaré por alto, James, porque Beth es como mi hermana, porque en dos semanas nos graduamos y ella se va a Los Ángeles a estudiar interpretación…

—Mientras trabajo de camarera en un tugurio de mala muerte.

—¿Y qué dice Cameron de eso?

—¿Cameron? ¿Qué Cameron? Ah, el gilipollas de mi hermano. Pues no tiene nada que decir porque bastante ocupado está arreglando su vida sentimental antes de irse a Chicago. Por increíble que suene, lo han admitido en la facultad de Medicina de NorthWestern.

—Chicago no está tan lejos de Harvard…

—No entres en modo celestina, Dawn, que te veo venir —le reprocho—. Si esos dos no quieren entenderse, no hay nada que hacer.

—Chicos, dejad de parlotear, va a empezar el oficio —chista Samantha al llegar a nuestro lado.

—¿Quién es ese? —pregunto yo ahora.

—El reverendo Johansson —me susurra Dawn al oído—, el pastor de nuestra comunidad. Mi madre lo ha convencido para que hable en el funeral de Ginger. Tranquilo, será breve para que yo pueda recitar el poema de Whitman que Ginger me chivó que era su favorito.

—Parece más tu abuela que la mía.

¿Ha sonado a protesta?

—James, en serio, no te pongas celoso.

—No os pongáis a discutir y venid conmigo.

Llegamos a otro salón más grande donde hay sillas en varias filas, todas ocupadas menos las de la primera línea, que nos corresponden a nosotros. Miro alrededor, pero mi madre no aparece. No sé si sentir pena o alivio.

Dawn y yo nos sentamos juntos. Beth ha ido a sentarse con Taylor, tres filas más atrás.

Ella entrelaza sus dedos con los míos para hacerme sentir menos solo. Lo agradezco con una sonrisa; el funeral de mi padre ya fue bastante duro y no hace ni un año que me despedí de él.

—Estamos juntos en esto, James. En esto y en todo. No lo olvides.

Su sonrisa es como un bálsamo en esas heridas que ni sabía que existían.

La voz del pastor se cuela en mis pensamientos como una música de fondo casi tranquilizadora; no soy creyente, no mucho, desde luego, quizás incluso menos que Ginger, pero no me molesta su verborrea, puedo soportarla, no dice nada que no sea cierto y es bastante considerado, teniendo en cuenta que mi abuela tenía pinta de no ser muy piadosa, y eso sin contar a qué se dedicaba y la clase de libros que escribía.

También es posible que no sepa nada de su carrera literaria o no haya leído nunca un libro suyo. No voy a preguntárselo.

Después del panegírico, Dawn se levanta y ocupa su lugar en el púlpito; se la ve segura, aunque emocionada. Se acerca el micrófono a los labios y con esa voz suya tan dulce recita:

Estrella de occidente que navegas por el cielo,

ahora sé qué querías decirme cuando hace un mes me paseaba,

cuando paseaba en silencio en la noche transparente y tenebrosa,

cuando vi que tenías algo que decirme cuando te inclinabas hacia mí noche tras noche,

cuando te dejabas caer por el firmamento como si quisieras estar a mi lado (mientras las demás estrellas nos miraban),

cuando vagábamos juntos en la noche solemne (pues algo, no sé qué, me impedía dormir),

cuando la noche avanzaba, y vi en el límite del oeste, qué lleno estabas de dolor,

cuando estaba sobre un montículo en la brisa en la fresca noche transparente,

cuando miraba el lugar por el que pasaste y te perdiste en lo más oscuro de la noche,

cuando mi alma afligida en su desventura se hundió,

como donde tú, triste estrella, acabaste, caíste en la noche y te fuiste.

Cuando la voz de Dawn se apaga, empiezan a sonar los acordes de una canción.

Soy demasiado joven para reconocer la música de los años sesenta, pero Samantha me chiva que se trata de Penny Lane , la cual —por lo visto— era una de las preferidas de Ginger; después suena Hey Jude .

Esta sí la reconozco porque mi padre la tarareaba mientras trabajaba.

Solía burlarme de él y de su afición por las antigüedades.

«Peor es el reguetón», me contestaba, a lo que no había nada más que añadir.

¡Joder, cómo lo echo de menos!

La música ha cambiado y ahora es el turno de Here Comes The Sun . Pues sí, sí ha llegado el sol, se cuela por las ventanas y lo inunda todo, envolviéndonos en un resplandor dorado.

«Joder, eso ha sonado muy Dawn. Ten cuidado, chico, las malas compañías van a llevarte por el mal camino».

Me echaría a reír si no estuviera donde estoy.

¿Resplandor dorado? ¿En serio? Es que ni siquiera ella diría algo tan cursi.

Me perdono a mí mismo porque en mi dolor no sé ni lo que me digo.

Dawn me aprieta la mano, el gesto me reconforta; tenerla a mi lado no me hace sentirme tan solo. Da igual si hay cientos de personas a mi alrededor, yo solo la veo a ella y en mi cabeza no para de sonar la vieja canción de Queen que escuchaba en el hospital: Somebody to Love .

Sí, es cierto, todos necesitamos alguien a quien amar. Alguien con quien el amor no duela, ni siquiera un día como hoy, cuando se siente la vida más breve que nunca.

Mejor lo dejo ya o voy a acabar escribiendo un melodrama en la cabeza.

Los funerales me sientan fatal, más me vale no tener que asistir a ningún otro en los próximos veinte años.

Se me ocurren mejores maneras de cumplir dieciocho años, la verdad.

No pensaba estar de luto un día como hoy.

Me imaginaba montando un fiestón de la hostia en la bahía, con Dawn y los otros chicos; sin embargo, tengo el ánimo por los suelos, tanto que ni siquiera el inminente estreno de Romeo y Julieta previsto para mañana consigue dibujarme una sonrisa.

Ha pasado casi un mes desde la muerte de Ginger, hoy tengo cita con el abogado y me apetece menos que los exámenes finales antes de la graduación.

Cuando llego al bufete, situado en la quinta planta de un edificio demasiado moderno para la arquitectura colonial de Savannah, me sorprende poco encontrar a Eden.

Se suponía que no había venido por la herencia. Se suponía que no quería tener nada que ver con Ginger. Lo mismo ando suponiendo más de la cuenta.

—¿Se puede saber qué haces aquí?

—He pensado que necesitarías apoyo moral ahí dentro. Los abogados pueden resultar un poco intimidantes a veces.

¿Lo dice por su «novio»?

En algún momento me enteré de que era abogado criminalista en Las Vegas, donde desde luego no le faltaba trabajo.

—Y tú te entiendes muy bien con ellos, claro.

—No tengo ganas de discutir, Sunset. De veras. ¿Podemos enterrar el hacha de guerra durante un par de horas?

Supongo que podemos intentarlo. No prometo nada.

—No prometo nada.

—No esperaba que lo hicieras.

Y así quedamos mientras caminamos por un largo y ancho pasillo hasta unas puertas dobles de madera maciza que dan paso a un despacho donde hay improvisado un minicampo de golf, dos sofás de piel, un escritorio minimalista con un único dossier encima que, presumo, es el famoso testamento de mi abuela y, tras el escritorio, un sillón giratorio donde está sentado el tal Will Rodgers. El abogado.

Un pijo del viejo sur, algo chapado a la antigua con su traje hecho a medida, pero de rostro afable y pronta sonrisa. Saluda a Eden, a quien parece conocer mucho mejor que a mí, y nos invita a sentarnos en uno de los sofás mientras él se acomoda en el otro.

El testamento no ofrece sorpresas.

Si esperaba que apareciera de la nada un hermano o hermana desconocida hasta hoy es porque, en el fondo, me va el melodrama.

«Tú y tus noches de Netflix y palomitas».

Nah, es broma. Me siento aliviado al saber que soy el único heredero de la muy cuantiosa fortuna de Ginger Rose Baldwyn.

No parece que Eden esté molesta por el declarado ninguneo que manifiestan las últimas voluntades de su madre.

Ni un legado, por pequeño o simbólico que sea, le ha dejado.

—¿No menciona a su hija?

No puedo evitar sorprenderme.

—No. Pero estoy seguro de que Eden tampoco lo esperaba, ¿verdad?

—Prefiero que se lo quede él —declara con generosidad—. A mí no me hace falta nada y Sunset tiene que abrirse camino después de la graduación.

—No voy a gastármelo en ninguna universidad.

«Eso ya se lo dijiste a tu abuela cuando llegaste aquí».

—Eso es cosa tuya. Al fin y al cabo, ya eres mayor de edad —replica el tipo después de consultar sus papeles.

Luego me mira a los ojos y en los suyos veo un brillo de diversión al añadir—: a partir de hoy podrás disfrutar de la mitad de la herencia.

—Se detiene brevemente para crear cierto suspense—.

El resto estará disponible cuando cumplas los veintiún años o contraigas matrimonio.

«Debe de estar de broma».

—No pongas esa cara, con ese dinero puedes irte a Nueva York o volver a Los Ángeles, o incluso viajar por el mundo. Europa, Asia…

Supongo que no tengo alternativa. Ni argumentos.

Casi se me olvida que llegué aquí con una mochila al hombro y las cenizas de mi padre como único patrimonio.

Y cuando vi la caravana se me cayó el alma a los pies y pensé que iba a ser el pringado del instituto, pedaleando todos los días en una vieja bicicleta, en vez de conducir un coche capaz de bajarles las bragas a las nenas con solo asomar el morro.

En fin. Es probable que lo de hoy suponga un evidente ascenso social.

Ha dejado de importarme. Incluso mi nombre ha dejado de ser un trauma permanente.

Échale la culpa a Dawn Morrison. Toda la culpa.

Solo ella podía ser capaz de poner mi mundo y mi vida del revés y conseguir además que me sintiera a gusto. Como en casa. Como si mi lugar siempre hubiera estado aquí.