EDEN PATTERSON
C uando vuelvo a The Woods esa noche para comprobar que todo sigue como estaba cuando me fui de allí la última vez, veo luz dentro de la caravana. No puede ser. No soy tan despistado, pero, por otro lado, la posibilidad de que ahí dentro se esconda un ladrón es un tanto ridícula.
No llevo nada encima porque le he dejado mis cosas a Dawn, ni siquiera tengo una mala navaja, mucho menos una pistola para defenderme de quien quiera que haya allanado nuestra morada.
Inspiro hondo.
Mi abuela Ginger acabar de morir y según todos los indicios hay un ladrón a diez pasos de mí, quizás incluso un asesino en serie.
«Vale, vale, Sunset James, no flipes tampoco, eh. El último crimen que se cometió en Savannah fue por lo menos hace diez años».
Abro la puerta de la caravana, preparado para (casi) todo, y solo encuentro a una mujer de mediana estatura dándome la espalda, delante de la cocina preparando… ¿Eso que veo por encima del hombro son tortitas?
—Ah, cariño, eres tú, al fin has llegado. ¿Dónde guardáis el sirope de chocolate?
Me pregunto si se ha equivocado de caravana, o de camping, o de ciudad, o de estado… ¿Quizá se haya equivocado de continente, e incluso de planeta?
No puede ser que mi madre haya aparecido de la nada, después de más de diez años, se presente aquí, con su madre de cuerpo presente, y se ponga a hacer tortitas a las diez de la noche como si fuera lo más normal del mundo.
No. Puede. Ser.
—¿La conozco?
Lo cierto es que no sé si la conocí alguna vez y, para ser sinceros, ni su cara ni su voz me resulta familiar.
Yo tenía cinco años cuando ella se largó de Los Ángeles, presumiblemente —como supimos después— para mudarse a Las Vegas con un tipo al que nunca conocimos, que apareció como de la nadade un día para otro, la ¿sedujo? y la apartó de su familia.
No me apetece disculparla, ni oír sus explicaciones, si acaso las tiene y quiere ofrecérmelas.
Vuelve la cara y nos miramos a los ojos, sin titubeos, quizás un poquito tensos, quizás algo desconcertados después de todo. Sonríe con los labios, pero la sonrisa no llega a los ojos; es una sonrisa impostada, falsa y traicionera. Como ella.
—Has crecido.
—Es lo que hacemos los seres humanos con el paso del tiempo. No sé de qué te extrañas.
¿De veras esperaba ver al mismo crío de cinco años al que abandonó sin pestañear?
—Claro, claro, qué tontería. Por un momento pensé que se había parado el reloj, que nada había ocurrido, que volvías a ser mi pequeño Sunset, travieso e indomable.
—Pues no. El tiempo pasa. La gente muere. Mi padre murió. Ahora ha muerto tu madre. Es el destino de todos. También el nuestro.
—Lo sé. ¿Por qué crees que estoy aquí si no?
—Por la pasta, por supuesto. Te has enterado de que la gran Sabrina Jameson la ha palmado y te ha faltado tiempo para venir a ver qué puedes pescar en este río.
Ella deshace la sonrisa, se muestra ahora grave y taciturna.
Triste quizá también. Muy en su papel. Pero yo también soy actor ahora, apenas aficionado, pero sé cómo se sigue un guion, qué palabras hay que decir, qué expresiones hay que mostrar, ese lenguaje no verbal que se lee como en un libro abierto. Está fingiendo.
—No me interesa el dinero de tu abuela. No me falta nada y no tengo nada que pescar.
No creo que me haya incluido en el testamento porque nunca nos llevamos muy bien, y lo único que recuerdo de la verdadera Sabrina barra Ginger es una interminable sucesión de niñeras, a cada cual más incompetente, intentando cuidarme, distraerme, entretenerme, para que olvidara lo sola que estaba, aun con mi madre en la habitación de al lado, tecleando sin parar, como si el peor de sus personajes fuera mil veces mejor y más digno de su atención que su propia hija.
Lo malo es que lo que me cuenta resulta bastante verosímil; es una imagen que puedo visualizar sin problemas.
Porque me recuerda a Dawn cuando entra en una librería y se olvida del mundo, incluso de mí.
Sé lo absorbente que puede resultar una buena novela.
Y sé, sin que ella me lo diga, de quién he heredado mi poca afición a la lectura.
—Si no has venido a su funeral, ni te interesa lo que pueda revelar el testamento, ¿qué haces aquí?
—le pregunto con genuina curiosidad—. Savannah no es Las Vegas.
El único casino que hay es propiedad de unos chinos y no es muy aconsejable poner un pie en él.
Cualquier mujer decente que entre ahí sale convertida en prostituta.
Pero, claro, ¡qué tontería! Tú no eres una mujer decente. No te queda mucho que perder.
¿He sido demasiado cruel?
Sí. Por supuesto. Y no voy a pedir perdón.
—He venido a verte a ti —contesta sin agachar la cabeza. Mis pullas no parecen desalentarla y sus siguientes palabras lo confirman—: Voy a pasar por alto el comentario porque entiendo que estés muy enfadado conmigo y seguramente no te faltan razones.
—¿A mí? ¿Has venido a verme «a mí»? Anda, ¡esto sí que no hay quien se lo trague! De todas las mentiras que podían salir de tus labios, esta se lleva la palma.
—No vengo buscando perdones, Sunset, ni voy a soltar el típico: «No hay día que no me arrepienta de lo que hice» porque eso sí es una mentira y no te la mereces.
Touché , como se suele decir. Tocado y hundido.
No la veré de rodillas, al parecer. Menos mal que no soy un tipo vengativo haciendo leña del árbol caído.
—Estoy crecidito. Ya no necesito a mamá. Tampoco necesitaba a Ginger, pero los de Servicios Sociales no parecían pensar lo mismo y me facturaron aquí en un avión.
Y ese viaje fue lo mejor que me ha pasado en la vida. No me arrepiento. No hay mal que por bien no venga. No sé qué sería de mí sin Dawn. Eso no se lo voy a decir a esta mujer.
¿Eden? No, a Eden no voy a hablarle de Dawn, ni voy a presentársela.
Mi chica tiende a encariñarse con la gente y esta mujer no merece su cariño. Tampoco el mío, ya puestos.
—Anda, dime dónde has guardado el sirope, que se van a enfriar las tortitas y esta vez sí me han salido de rechupete.
Huelen bien, todo hay que decirlo. Pero no tengo el cuerpo para dulces, mucho menos para los que hace una mujer que nunca aprendió a cocinar. O a lo mejor sí, pero no para nosotros, desde luego.
Saco el sirope de un pequeño armario y se lo doy. Si quiere tortitas, pues que coma tortitas. Tampoco voy a prohibírselo. En realidad, me da igual lo que haga.
O no. Porque… ¿Y si pretende quedarse a dormir aquí?
Miro alrededor en busca de maletas y me alivia no encontrar ninguna.
—Tranquilo, cariño, tengo habitación reservada en el mejor hotel de la ciudad —me informa entre tortita y tortita y se chupa el sirope de los dedos—. Aquí todavía recuerdan quién soy yo y quién es tu abuela.
Claro, claro, si ya lo decía yo: ha venido siguiendo el rastro del dinero y de la fama.
Puede que no lo necesite, pero está visto que a ella no le amarga un dulce.
—¿Has ido a visitarla al menos?
—Llegué hace dos horas —se justifica—, he pasado una buscando este dichoso descampado —protesta a continuación—, y otra más cocinando —me recuerda ahora—, menos los quince minutos que llevo aquí, discutiendo contigo.
—¿Y cómo coño has entrado?
—Con una llave, como hace la gente normal. Podría haber usado una horquilla, no puede decirse que la cerradura de este trasto esté blindada a prueba de cacos.
Me molesta que llame «trasto» a la caravana, me siento ligeramente insultado. Y no, puede que al principio a mí no me entusiasmara la idea de vivir en un sitio así; sin embargo, ahora es mi hogar, parte de mí, y no me gusta que insulten ninguna parte de mí.
—Es pequeña pero cómoda, es muy ella, tiene su personalidad y todo su encanto.
—¿Y qué vas a hacer con ella ahora? ¿Recorrer el país?
Pues mira, no es tan mala idea. Me la quedaría solo por fastidiarla, por dejarla con un palmo de narices y porque yo sí he llegado a querer y entender a mi abuela.
Dos días después estamos en el salón de las Morrison porque Samantha se ofreció para ayudarme a organizar el funeral.
No he vuelto a ver a Eden desde la noche en que me la encontré dentro de la caravana, y ni siquiera le he preguntado de dónde sacó la llave o a quién se la pidió, porque me quedó claro que a Ginger no llegó a verla.
Y lo peor es que no parecía lamentarlo. Si ella todavía no puede perdonarle a su madre que no estuviera pendiente de su niñita a todas horas, no veo por qué tengo yo que perdonarle su abandono.
A mi alrededor todo son lirios, rosas y magnolias. Muchas y blancas. No hay duda de que Dawn se ha ocupado del tema floral.
En el centro se halla el ataúd donde descansa Ginger barra Sabrina. Durante toda la mañana el ir y venir de gente ha sido constante y casi abrumador.
La mayoría se ha sorprendido al verme; no sé si porque no me conocían en persona, o simplemente ni siquiera sabían que existía.
Mi abuela no era famosa por conceder entrevistas a los medios, ni levantar polémicas o pasear sus miserias por los platós de media Norteamérica.
Tampoco parece sorprenderlos la ausencia de Eden, quizá tampoco la conozcan, quizá…
Dawn me acaricia la espalda y susurra:
—Tu madre todavía no ha llegado.
—Yo no la esperaría, Dawn. Por lo visto, Eden solo ha venido a verme a mí.
—¿Y por qué no dio señales de vida cuando murió tu padre?
—Quizá su chulo o su novio o su vete-tú-a-saber-qué la mantuviese secuestrada, atada y amordazada. Quizá estuviera en un zulo oscuro. O en Bali, o sencillamente le importaba una mierda dónde estaba yo.
—Vale, no hay reconciliación a la vista.
—No te montes melodramas, Dawn. Aquí todo es muy simple. Ginger ha muerto y yo solo te tengo a ti. Tienes que cuidarme mucho, eres mi única familia —bromeo.
—Ya te cuidas tú solito. No necesitas a ninguna «chica buena» para eso.
—No la necesito, pero me apetece tenerla cerca para que me enderece cuando me tuerza o me desvíe o pierda el norte.
Se ríe. Me encanta su risa. Está preciosa.