Eres tú: Sunset (Felicidad 1) ÚLTIMOS DÍAS, ÚLTIMAS HORAS #2
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ÚLTIMOS DÍAS, ÚLTIMAS HORAS #2

Si creyera en algo, rezaría, pero soy demasiado realista para eso. Debería servirme de consuelo verla tan relajada, tan en paz consigo misma, o quizá solo tan resignada ante el inevitable final.

Nunca ha sido la reina del melodrama, al parecer; desde luego, mientras vivimos juntos en la caravana dio muestras de tomárselo todo con mucha filosofía y sentido del humor.

Un humor negro, incisivo, corrosivo, de los que duelen si eres demasiado sensible.

Por fortuna, no lo soy y siempre he sabido apreciar sus (sabios) consejos y su particular modo de entender la vida.

No se lo he dicho, claro, porque soy un adolescente muy metido en su papel de bad boy y demostrar sentimientos echaría a perder mi bien ganada reputación. Eso es lo que siempre me ha gustado creer…

Más o menos hasta que una morena de ojos azules y bastante repipi lo tiró todo por tierra cuando me senté a su lado en aquel avión. Inconvenientes de viajar de costa a costa del país con una urna como única compañía. Era un blanco fácil para los pésames y las condolencias.

Como mi reputación ya no tiene salvación, puedo ser un buen nieto y quedarme al lado de Ginger hasta el final. Además, en esta ciudad, todos se conocen, todos se quieren y todos esperan que me comporte y esté «a la altura de las circunstancias».

Tampoco tengo nada mejor que hacer.

Dawn debe de pensar lo mismo cuando entra sin hacer ruido y se sienta al otro lado de la cama, donde mi abuela duerme tanto como el dolor le permite.

Cruzamos las miradas y sonreímos. Poco. Lo justo para entendernos, lo justo para no mostrarnos demasiado ligeros, despreocupados, indiferentes.

Una sonrisa de circunstancias, de apoyo y solidaridad.

Quizá también un poco de amor. Quizá, ¿por qué no?

No sé, se supone que, pese a todo lo que ha ocurrido en los últimos meses, estamos enamorados o algo así.

La verdad es que apenas hemos hablado de ello porque casi en el momento en que pasamos del tonteo a tomárnoslo más en serio, Ginger enfermó y mis prioridades cambiaron de la noche a la mañana.

Tuve que aparcar a Dawn de mis pensamientos.

O al menos intentarlo. O al menos hacer ver que lo intentaba.

Dawn se quita los auriculares con un gesto de disculpa, como si fuera una grosería imperdonable haber entrado en el hospital con ellos puestos.

Los guarda enseguida, casi diría que los esconde a toda prisa en el bolso.

A mí no me importa; no hay nada de malo en escuchar música, aquí o en cualquier otra parte. Siento una inmediata curiosidad.

—¿Qué escuchabas?

—Queen. Somebody to Love .

«¿Queen? ¿En serio?».

Como de costumbre, Dawn me desmonta todos mis prejuicios como castillos de naipes en el aire.

—¿Por qué pones esa cara? ¿Es poco femenino? No me lo digas, lo leo en tus ojos: Alguien como yo debería escuchar a Taylor Swift y Lana del Rey.

Pone cara de «lo que tiene que escuchar una» mientras sus ojitos chispean, divertidos. Cada día se suelta más y le gusta más meterse conmigo, romperme los esquemas y poner mi vida del revés.

—¿Qué hacéis ahí, tan calladitos? Miedo me dais. Esa manera que tenéis de comeros con los ojos…

La voz de mi abuela nos sobresalta, todavía tiene el poder de adueñarse de cada escena, hacerla suya, cobrando todo el protagonismo.

—¡Qué susto! —exclamo y le dirijo una mirada de absoluta reprobación. Por supuesto, ella ni se inmuta.

—Me gustaría saber en qué andabais para que mi voz os haya alterado. Todavía no me he convertido en el espíritu de las navidades pasadas.

—Andaba distraído, eso es todo —medio contesto, medio gruño—. Se supone que te han puesto la nueva medicación, esa que puede dormir hasta a un caballo, ¿qué haces despierta?

Ginger me mira con ojitos de cordero degollado y sonríe igual que el gato de Shrek.

—Quiero salseo, desde que me encerraron aquí no me entero de nada de lo que pasa en la ciudad. Menudo aburrimiento.

Se cruza de brazos, manifestando su disconformidad.

—Ginger, tienes que descansar; no dejes que lo que pasa ahí fuera te afecte.

—Ya descansaré cuando me muera —declara—; no falta mucho, de todos modos. No quiero irme con la sensación de haberme perdido algo. ¿Qué tal las cosas en The Woods?

Bufo. En serio. No puedo creer que la preocupe algo así.

—Pues como siempre. —Eso ha sido un órdago porque hace semanas que no duermo en la caravana, apenas sí voy por allí. Lo mismo nos han desvalijado y todo. Espero que no guardara nada de valor ahí dentro. Lo poco que yo tengo lo llevo siempre conmigo en la mochila que traje aquí.

—Qué mal mientes, cariño. Debes practicar más esa cara de póquer, que parece que sufras estreñimiento.

Dawn se echa a reír a carcajadas.

De veras que «me puto encanta» cuando estas dos se alían en mi contra y me convierten en el blanco perfecto de sus chistes.

—Gracias, abuelita. Nadie diría que estás tan mal cuando te quedan ganas de criticarme delante de Dawn.

—Genio y figura… —contesta Dawn, sin dejar de sonreír.

Me cabrearía con ella, pero está demasiado mona así y me pone demasiado cachondo.

—Ahora en serio, Sun, deberías pasarte por la caravana y recoger el Mac al menos.

—¿No me has dicho que no ibas a volver a escribir?

—¿Quién habla de trabajo? Si no queréis contar chismes, tendré que echar mano de mis redes sociales.

«Ah, que sí tiene redes sociales. Claro, Sabrina Jameson. ¡Cómo no se te habrá ocurrido buscarla por ahí!».

Menea la cabeza, como si nos dejara por imposibles, como si supiera que no va a sacar nada en claro con nosotros.

Le digo que de acuerdo, que pasaré esta noche por la caravana y recogeré el portátil y el cargador.

No sé qué pensará el doctor Callahan de las ganas de Ginger de cotillear las redes.

No sé si es muy compatible con su estado actual, ni con el imparable avance de su enfermedad.

Ni si ver los comentarios de los fans y haters le va a hacer más mal que bien.

Mi abuela sonríe. Quizá sea su última sonrisa, es difícil saberlo; si supiéramos que tenemos los días y las horas contados sonreiríamos más, sacaríamos a pasear nuestra mejor versión, intentaríamos hacer felices a los que nos rodean.

Dawn sisea para llamar mi atención.

—Dime.

—Voy al baño y a la cafetería, ¿te traigo algo?

—Un café americano, la noche pinta mal. No quiero dejarla sola.

—¿Qué andáis cuchicheando? Estoy enferma, no sorda.

—Solo le he pedido un café a Dawn, tranquila.

Dawn se marcha en silencio, tan discreta como siempre, tan ella.

—No estoy nerviosa —me contradice mi abuela por puro placer y a continuación pregunta—: ¿Por qué iba a estarlo, porque tengo las horas contadas, porque quizá y solo quizá, me da un poco de miedo no saber qué hay después?

—¿Y si no hay nada?

—Eso también me aterra, significaría que he perdido un sinfín de mañanas de domingo en la iglesia, escuchando cuentos chinos sobre el cielo, y Dios, y otra vida mejor que esta. La verdad, no imagino una vida mejor que la que he vivido.

Después de todo lo que me ha contado, yo tampoco.

—Cuando me vaya, tienes que pedir cita con Will Rodgers, el abogado que se ha ocupado de mis últimas voluntades y testamento. Quiero un funeral sencillo, sin pamplinas ni lágrimas de cocodrilo; solo poesías de Whitman y música de los Beatles.

Sonrío. Debe de estar de coña.

Como de costumbre, no me devuelve la sonrisa, confirmándome que habla en serio en cuanto a la música.

—The Beatles… En serio. No te pega nada.

—No tiene por qué encajar conmigo, ni siquiera con la absurda idea que tienes de mí.

«Sunset James Patterson, no tienes remedio.

Otra vez sacando tus estúpidos prejuicios a pasear, y esta ocasión no ha podido ser más inconveniente.

Si quiere escuchar a los Beatles como si quiere escuchar a Maluma.

No es asunto tuyo. No son tus últimas voluntades, sino las suyas.

Y hay que respetarlas. Que no se te olvide».

—Lo siento. Me he dejado llevar.

—Anda, anda, no te disculpes tanto por todo, que pareces un disco rayado. No te tomes como un reproche lo que solo ha sido un comentario.

Dawn vuelve con mi café, un té rojo para ella y una barrita de Snickers. Desde que le han quitado los aparatos de los dientes, no hace más que comer porquerías. Y no quiero que esa sonrisa tan bonita que se le ha quedado ahora acabe con media docena de caries.

¿Debería decirle algo?

No, que para eso ya está Samantha. Yo soy un buen chico en un mal momento; no estoy para echar broncas, sino para recibir mimos.

Desvío la mirada de la puerta a la cama. Ginger se ha quedado dormida; no me preocuparía si no fuera porque permanece con los ojos abiertos, también porque no se mueve y juraría que ya ni respira.

Dawn y yo nos miramos a los ojos. Diría que a ella le ha recorrido el mismo escalofrío de miedo que a mí. No somos novatos en esto de perder a un ser querido, pero nunca te acostumbras, ni te relajas, ni te lo tomas con naturalidad, como aconsejan los adultos.

Y da igual que no haya nada más natural que la muerte.

No importa lo preparado que creas estar, siempre acaba por pillarte con el pie cambiado, de improviso, como un mal rayo que te parte en dos.