ÚLTIMOS DÍAS, ÚLTIMAS HORAS
S e apaga.
Día a día. Hora a hora.
Se apaga como un móvil sin batería y no puedo hacer nada por evitarlo. Ahora duerme gracias a la morfina que le ha chutado la enfermera del turno de noche.
Afuera, la noche estrellada de mayo es digna de contemplar. De repente me entran unas ganas locas de salir de aquí, ir a buscar a Dawn a su casa y llevármela a la bahía para bañarnos desnudos.
Por supuesto, ese pensamiento intrusivo y vergonzante está fuera de lugar.
Ya sabes, las hormonas adolescentes tomando el control de mi vida.
Pienso en el sexo para no pensar en lo cerca que estoy de despedirme de Ginger.
Cuando llegué aquí no creí que llegaría a tomarle tanto cariño; no soy una persona afectuosa, tampoco el grinch de la Navidad, solo es que me cuesta mucho apegarme a la gente, sobre todo a esa clase de gente que un buen día, sin avisar, sin despedirse, se va y te abandona.
Y claro que estoy pensando en mi madre. A menudo, en estos días, me pregunto, si al olor del dinero fresco, volverá para despedirse de la suya y se quedará el tiempo necesario para asegurarse de que hay un lugar para ella en el testamento.
A todos nos gusta el dinero; no es que ella se marchara en pos de él, al menos no nos lo dio a entender, pero esa posibilidad siempre sobrevoló nuestras cabezas.
Y está claro que Ginger deja mucho detrás de sí. Se niega a decirme cuánto exactamente, pero bicheando aquí y allá, en internet, he descubierto que se hizo de oro con sus novelitas picantes.
¡Quien nos lo iba a decir!
Lo último que me faltaba era pleitear con mi propia madre, pero me cabrea bastante la idea de que venga a rapiñar parte de la herencia. Una que no le corresponde, una a la que no tiene derecho.
—¿Qué andas pensando?
La voz de Ginger me devuelve a esa habitación de hospital, fría, desoladora y con un penetrante olor a desinfectante, polvos de talco y limpiasuelos.
—¿Crees que mi madre volverá para despedirse?
—No cuento con ello. No sabría decirte por dónde anda, ni siquiera tengo la seguridad de que siga viva. No ha dado señales de vida desde que os dejó por aquel tipo que conoció y que vivía en Las Vegas. Ya te dije que Eden siempre ha sido un tanto inestable.
«No hace falta que me recuerdes “al tipo de Las Vegas”, en serio».
—Bueno, déjalo, tampoco quiero que te preocupes por eso ahora. Descansa. Ya cruzaremos ese puente cuando lleguemos a él.
—No me extrañaría que apareciera. Cuando se fue a Los Ángeles con tu padre, yo ya estaba en el número uno de las listas del New York Times . Fue mi época más gloriosa… —se le escapa una sonrisita triunfal—. Lo curioso es que no la echo de menos.
—Pero echarás de menos escribir desde que estás aquí.
—Pues tampoco, la verdad. Fueron buenos años, pero todo son etapas. Y esa ya la cerré.
La miro y, no sé muy bien por qué, la creo.
Lo poco gusta y lo mucho cansa. Y cuando has llegado a lo más alto, en cualquier carrera, solo te queda caer. Ella se retiró con dignidad, al parecer. Y ha vivido como le ha dado la real gana. Confieso que la admiro.
—Duerme y no te preocupes por nada.
—¿Y quién te ha dicho que yo me preocupo por algo? Cariño, me queda poco tiempo y no voy a pasarlo «comiéndome el tarro», como decís vosotros. La muerte es otro viaje más.
No me gusta oír hablar de muerte.
Me da repelús.
Y también me obliga a pensar en mi futuro, qué va a ser de mí cuando ella ya no esté.
Apenas hemos pasado juntos unos cuantos meses, pero de repente me siento vulnerable.
Frágil. Y no me gusta. No es lo que le corresponde a alguien de mi edad.
Voy a cumplir los dieciocho en apenas un mes.
Tengo toda la vida por delante, quizás un futuro como actor o tal vez vuelva a competir en carreras ilegales.
No. Eso no le gustaría a mi chica.
¿He dicho «mi chica»? ¿En qué momento esa repipi de ojos azules se ha convertido en algo mío? ¿En qué nanosegundo me he planteado un futuro a su lado?
Somos bastante incompatibles; ella tan en su mundo, yo tan en el mío.
Y los dos mundos tan diferentes entre sí, casi opuestos, caminos paralelos que casi nunca llegan a unirse.
Y ese «casi» marca la diferencia. Ese uno por ciento de probabilidad de que podamos estar juntos como una pareja cualquiera, disfrutando de la vida como tantas otras personas.
¿En serio estoy pensando en la vida en pareja? ¿No soy demasiado joven para hacerme estas pajas mentales?
Debería preocuparme por el inminente estreno de la obra de teatro. Falta apenas un mes y ya empiezo a sentir eso que llaman «pánico escénico».
Gracias a Dios que no soy protagonista; si hago el ridículo o me quedo en blanco en alguno de mis escasos diálogos, tampoco se van a dar cuenta. O sí. Ella sí . Ya puedo verla pendiente de mí y de cada una de las palabras, pocas, que salgan de mis labios esa noche.
Y no, no soy presuntuoso. A estas alturas del partido ya me queda claro que le gusto.
Poco o mucho, pero le gusto. Eso se sabe, no hay que ser un cerebrito para darse cuenta. Solo tener dos ojos en la cara.
También me alivia no tener ninguna escena con Bethany, no quisiera yo echar a perder esa amistad. Aquí nadie me lo perdonaría.
Unos golpes en la puerta me hacen volver la cabeza.
La puerta se entreabre y la melena negra de Dawn asoma, provocándome una sonrisa.
Esta chica me vuelve muy moñas.
—¿Duerme?
—Sí, la morfina ha hecho efecto.
—¿Te apetece un café? ¿Un helado frapuccino ?
—Nunca le digo que no a algo fresco y sabroso —mucho menos si es a su lado.
—A dos calles hay un McDonald’s, ¿o prefieres Starbucks?
—No es el lugar, es la compañía —le guiño el ojo.
Me da un codazo cariñoso, pero se le nota en la cara que le ha gustado mi comentario. A veces puedo parecer un buen tío, en serio.
Bajamos a la calle y caminamos de la mano. Ha entrelazado los dedos con los míos sin que apenas me diera cuenta y descubro que me siento mucho más a gusto que la última vez. Como si nuestros gestos hablaran sin necesidad de palabras.
Lo dicho: esta chica me vuelve muy moñas.
Y ha dejado de importarme.
Casi puedo permitirle que me llame Sunset. Casi se ha ganado ese privilegio.
—No se te ve muy afectado.
—No soy muy amigo del melodrama.
—Tampoco esperaba que lo fueras, la verdad.
—Ya me vas conociendo, no guardo secretos. Soy asquerosamente transparente.
Entramos en McDonald’s y nos ponemos a una cola capaz de poner a prueba nuestra paciencia. Los MacFlurry están muy solicitados en esta época del año.
—¿Qué vas a hacer cuando ella ya no esté? Digo, si todavía no has cumplido los dieciocho.
—Me queda entre menos y nada, no creo que los de Servicios Sociales me envíen a ninguna casa de acogida a estas alturas, sería una estupidez. En lo que tardan en arreglar todo el papeleo, ya soy mayor de edad y puedo disponer de mi vida como se me antoje.
—¿Y si aparece tu madre?
La pregunta es atrevida; nunca he hablado con Dawn de mi madre. Ni con ella, ni con nadie.
—No quiero pensarlo, aunque por desgracia sea bastante probable que, al olor de la carroña, Eden se acerque como una hiena hambrienta.
—Uau, sabía que no os llevabais tan bien como mi madre y yo, pero eso ha sonado muy fuerte incluso para ti.
Pues sí. Ya he dicho que soy asquerosamente transparente. Ni finjo ni me escondo.
La cola avanza. Dawn sonríe. Puedo ser muy bruto; sin embargo, nadie puede acusarme de ser un hipócrita.
Minutos después pedimos nuestros helados y vamos a buscar un hueco libre, misión casi imposible al parecer.
—No deberías haber pedido chocolate. Te vas a manchar el vestido.
—Tú también has pedido chocolate y hay las mismas posibilidades de que esa camiseta tan guay que llevas puesta acabe manchada.
—Ya, pero a mí me da igual. Las chicas sois más presumidas.
Dawn entrecierra esos ojos de cielo que me vuelven loco.
He conseguido cabrearla y eso me divierte mucho.
—Eres un neandertal. —Me acusa, pero sus ojos ríen y sé que no lo dice con ánimo de ofender.
—¿Qué? No me digas que no es verdad.
—¿Y qué si lo fuera? Sigue siendo un comentario machista.
—A ver si vas a ser una de esas feministas gritonas que no se depilan —la pincho para hacerla rabiar. Sé de sobra que no es de esa clase de chicas, y aunque lo fuese, tampoco iba a dejar de quererla.
—No lo dices en serio. Suena fatal.
—Por supuesto que no lo digo en serio, tontuela —me río y le limpio una mancha de chocolate de la nariz—. ¿Ves? Ya te has manchado la nariz. ¿Qué será lo siguiente?
—Eres idiota —pero se ríe conmigo y luego me besa.
De reojo veo cómo la gente nos mira. Y me gusta. Casi me apetece gritar: «Sí, esta preciosidad es mi chica».
No lo hago, claro. Pero no por falta de ganas, sino porque me sobra vergüenza. Todavía. Puede que no dure mucho.
Nos acabamos los helados entre risas y coqueteos y volvemos a la habitación de Ginger.
Ahora está despierta y nos saluda:
—¿Otra vez aquí? Iros a follar por ahí —suelta la muy desvergonzada.
—¿Quién te ha dicho que no lo hemos hecho?
—Tu cara de frustración lo dice todo, cariño. No es bueno guardarse las ganas.
—Eres lo peor. No sé ni cómo tienes fuerzas para chincharme.
— Sunset , cielo, eso lo haré hasta mi último aliento.
El nombre ha sonado demasiado meloso en sus labios. Lo ha hecho aposta porque sabe que lo odio. Y Dawn se ríe a carcajadas para ponerlo aún peor. ¡Claro que sí!
«Hala, no os cortéis, por favor».
—Este chico tiene demasiado sentido del ridículo, no sé si lo veo como actor. No sé si aguantará los tomatazos y las críticas, ¿tú qué dices, cariño?
Por supuesto, eso va para Dawn, que sigue con la risa en la punta de los labios, ¡la muy traidora!
—Oh, tranquila, Ginger, ya madurará. Dale tiempo. Tiene mucho que aprender.
Una semana después, el estado de mi abuela ha empeorado de un modo alarmante y la morfina ya no es una opción. El médico no nos da apenas esperanzas y supongo que solo nos queda acompañarla en sus últimas horas.