LA LECTORA
¿Te he dicho alguna vez cuánto me jode una encerrona?
¿Lo poco que me gusta leer? ¿Lo poco que tenemos Dawn y yo en común?
Pues sabiendo todo eso, aquí me ves, de su mano, dando vueltas y vueltas en la librería más antigua y atiborrada de Savannah. No me preguntes qué hacemos aquí.
La excusa es el Día Internacional del Libro, algo que a ella le encanta y a mí, para qué negarlo, me deja indiferente.
Pero por supuesto no lo digo, y estoy muy lejos de demostrarlo.
Desde luego, no delante de ella. A veces hasta siento celos de los personajes que habitan entre las páginas de los libros.
Puedo ser el protagonista de la novela de su vida, diría que ahora mismo lo soy.
Sin embargo, y de repente, me gustaría ser el héroe intrépido que se pasea por las páginas de sus libros; ese capaz de todo, arrojado y valiente; el que desafía todos los peligros, se enfrenta a la muerte y consigue vencerla.
Ese, sí. Ese quiero ser yo en este preciso instante, mientras la veo pasear por los pasillos, entre las estanterías; cuando veo su mirada azul y soñadora deslizarse por los lomos de todos los volúmenes, como si quisiera absorber todo el conocimiento del universo.
Joder, ¿en qué me he convertido?
«Tú antes no hablabas así».
Ni siquiera pensaba así. Palabras como «conocimiento» y «universo» no entraban en mi vocabulario.
«No aspirabas a ser el héroe de nadie, mucho menos el suyo».
A este paso, en algún momento acabaremos escuchando juntos su canción preferida de Taylor Swift. Y la cosa es que tampoco me ha dicho en ningún momento que le guste. Lo mismo solo es una paranoia mía.
A decir verdad, no hemos hablado de música, ya te dije que tengo un oído pésimo y no se me dan bien los instrumentos musicales. Pero si tuviera que elegir, sería música rock, quizás un poco de heavy y algo de pop. Las baladas y el reguetón no molan.
—Sunset —Dawn se planta delante de mí y hace aspavientos con la mano a un palmo de mi cara—, estás muy callado. Prefiero no saber en qué estás pensando.
Estoy a punto de corregirla y en el último nanosegundo decido que me gusta que me llame Sunset. Pero solo ella. Quizá Ginger, si recupera el habla. Nadie más. Bueno, Beth también, pero porque hace lo que le da la gana y no obedece órdenes, mucho menos las mías.
—¿Sabías que Ginger, aka Sabrina Jameson, escribió más de medio centenar de novelas antes de cumplir los cincuenta?
—¿Es una pregunta trampa? En serio, Dawn, apenas estoy digiriendo que mi abuela fuera escritora. No me estreses con su prolífica producción literaria.
Dawn se echa a reír. Genial.
—Tienes que estar más al día de la vida cultural de Savannah.
No veo el motivo, cada día que pasa es un día menos hasta que pueda largarme a Nueva York.
—Escribía sobre todo novelas eróticas —continúa sin hacerme ningún caso—, pero también publicó un par de ensayos: uno sobre esta ciudad y otro sobre esoterismo. Ya sabes, Tarot y esas cosas.
Le pega, le pega. No tengo por qué extrañarme.
—¿Sabes que, según una leyenda urbana bastante conocida, Savannah es una ciudad embrujada?
—En serio, no puedes decirme que crees en esas chorradas.
—No he dicho que crea, he dicho que hay una leyenda que…
—No sigas, me está dando yuyu.
—Si te asusta es porque sí crees en los fantasmas.
— Yo. No. Creo. En. Los. Fantasmas .
Pero no quiero hablar del tema.
Dawn vuelve a reírse. La beso. Es un remedio de lo más eficaz. Al fondo, una pareja nos mira. Niegan con la cabeza como si fuéramos algo inevitable y siguen a lo suyo.
¿Somos algo inevitable? ¿Esa es la imagen que ofrecemos a los demás?
—Voy a comprar El último beso y Bajo la tormenta . No sé cuál de los dos le gustará más.
—¿Gustar a quién?
—A Ginger. —responde Dawn con infinita paciencia—. Quiero pasarme por el hospital esta tarde y leerle un rato. Puede ayudarla.
Me encojo de hombros. No digo que la lectura sea algo malo, pero de ahí a que resulte terapéutica va un trecho. Claro que se trata de sus novelas; si eso no es capaz de hacerla reaccionar, es probable que nada lo consiga.
—No es necesario, Dawn, yo puedo…
—Ya lo sé, pero me apetece pasar un rato con ella. Y no te veo a ti leyéndole a tu abuela, mucho menos una de sus novelas.
—Aunque no lo creas, sé leer.
Me besa en la mejilla y suelta una de sus carcajadas.
—Ya lo sé, idiota. Como también sé lo poco que te gustan los libros. No pasa nada. Para mí es un placer lo que para ti es poco menos que un suplicio.
Tampoco hace falta exagerar. Me ha dejado como un imbécil.
No sé si ofenderme; con ella nunca sé muy bien cómo reaccionar.
—No sé cómo lo haces para dejarme siempre como un tonto de remate.
Dawn bufa. A ver si no es verdad.
—Tienes la piel muy finita, James. No sé yo si vas a soportar las críticas del público cuando debutes en Broadway. Todo te molesta.
«Me molesta cuando te pones marisabidilla conmigo».
—Me molesta que insinúes que no soy capaz de leerle un libro a mi abuela.
—Eres muy capaz, pero te puede el aburrimiento. Que nos conocemos.
—Si es que eres peor que Ginger, en serio.
—Porque veo donde otros solo miran.
—Porque ves dentro de mí como si fueras una puta máquina de rayos X, querrás decir. Eso me deja muy vulnerable, que lo sepas.
—Oh, claro, y eso no puedes soportarlo. Los tíos y vuestra reputación de machitos. Tenéis que superarlo, por vuestro bien.
Muy graciosa. Y por desgracia no le falta razón.
—Deja que pague esto y nos vamos al hospital. Y sonríe, no me gusta verte con cara de estreñido.
¿Ha dicho «cara de estreñido»?
—Yo no tengo…
Me calla con uno de sus besos y me pide que deje de protestar por todo.
Le hago caso, claro, aunque sigo sin estar de acuerdo en lo de «cara de estreñido»; no sé si buscar un espejo para comprobarlo. No soy de los que presumen, ni de los que van parándose en los escaparates para observar su reflejo, cual Narciso, y constatar que están para chuparse los dedos.
—No, claro que no, ¡qué he dicho! Tú estás para chuparse los dedos.
—¿Puedes hacer el puto favor de dejar de leer en mí? No soy un libro. No escondo secretos ni un final de infarto. Soy de lo más elemental.
Estoy a punto de decirle que no debería perder su tiempo conmigo, estoy por debajo de su nivel, muy por debajo de su cociente intelectual, que apuesto a que debe de ser altísimo. Un sexto sentido o su penetrante mirada me avisan de que debo mantener la boca cerrada si no quiero más problemas.
Cuando llegamos al hospital, Ginger tiene los ojos cerrados, pero no duerme. Nos saluda en cuanto oye cómo se abre la puerta.
—¿Por qué habéis vuelto? ¿No tenéis nada mejor que hacer?
—Pues no —replica Dawn, la mar de resuelta.
¿Soy yo o antes era mucho más tímida? ¿Seré una mala influencia para ella?
Antes no hablaba tanto, ni con tanta determinación, o seguridad, o lo que sea.
—No te lo crees ni tú, Morrison, pero en fin… Si luego pilláis algo, no me echéis la culpa a mí. El hospital no es sitio para gente joven y sana como vosotros.
—Precisamente, Ginger. —Dawn sonríe y todo a nuestro alrededor se ilumina —. Somos jóvenes y sanos, no va a ocurrir nada por quedarnos a pasar la tarde contigo. Hasta donde sabemos, lo tuyo no es contagioso.
Ginger frunce el ceño. No puede objetar nada y eso la irrita. Solo un poco. Un breve instante hasta que Dawn le enseña El último beso. Es una edición de bolsillo, está un poquito manoseada porque se publicó allá por los noventa y debería estar descatalogada.
—No sabía que leyeras literatura erótica.
—Vamos, abuela, no te hagas ahora la interesante —chasqueo la lengua en modo canalla—. Lo sabemos todo.
La miro y en mis ojos brilla un desafío: «¿Te atreves a negarlo?».
—¿Y qué es lo que sabéis, a ver? —nos replica en su habitual tonito de «ya estoy de vuelta de tantas cosas que me aburrís».
—Sabemos que te hiciste famosa escribiendo novelitas… picantes —pongo cara y voz de pastor metodista, a punto de echar el sermón dominical.
Por supuesto, Ginger se echa a reír. Luego tose. Dawn le palmea la espalda con cariño mientras mi abuela contesta entre cómicos hipidos:
—Es una buena manera de describirlo. No voy a pedirte perdón, si es lo que estás esperando. Tampoco voy a hacer penitencia por mis pecados.
—No espero que me pidas perdón por escribir lo que te dé la gana, pero hubiera estado genial que me lo contaras en alguna de las muchas charlas que hemos tenido tú y yo desde que llegué a Savannah.
No puedo evitar que suene un poquito a reproche o a pataleta de niñato.
—No es asunto tuyo, Sunset —declara sin tapujos y añade—: Tampoco me pareció necesario tenerte al tanto de mis éxitos literarios, puesto que no eres un lector compulsivo precisamente.
Me regala su sonrisa más descarada, esa que dice: «¡Como si a ti te importaran algo los libros que vendo o dejo de vender!».
Y lo cierto es que los libros en sí me la sudan, pero se ha hablado de millones de copias, y eso significa mucho dinero. Y el dinero sí me importa . Como a cualquier ser humano.
—Llevo meses pensando que éramos más pobres que las ratas…
Otro puchero infantil al que nadie hace el menor caso.
—Ya te dije que…
—Sí, sí, ya me lo dijiste —gruño más que hablo—. Que no vivimos en la caravana por «falta de recursos».
Dawn nos mira, pero permanece en silencio, tan discreta y educada como siempre. Da un poquito de asco lo perfecta que es a veces.
—Y no necesitas saber nada más —termina diciendo para acallar mis protestas—.
Si te llego a decir que te esperaba una herencia multimillonaria, no habrías dado palo al agua, y no es que te hayas esforzado mucho tampoco por sacar el curso adelante.
De todos modos, lo hecho, hecho está. Ya no hay remedio, pero no te hagas muchas ilusiones, que lo mismo te sorprendes.
Pongo cara de póquer. Lo último que quiero es dar la impresión de ser un niñato avaricioso frotándose las manos ante la probabilidad de heredar unos cuantos millones en cuanto la abuelita la palme. Y no. Tampoco es eso.
—Creía que me conocías mejor. No soy de esa clase de gente.
—No vamos a ponernos a discutir aquí, cariño. No tengo ganas ni fuerzas.
Ginger cabecea con disimulo, señalando a Dawn, como si me dijera que no va a hablar de temas económicos delante de terceros. Pillo el mensaje al vuelo. No podía esperar otra cosa.
—Dawn ha venido a leerte un rato…, si te apetece.
—Claro que me apetece, pero ese libro me lo sé de memoria, cariño. No tiene mucha gracia leer una historia cuyo final ya conoces. ¿No tienes otro?
—Tengo varios en el Kindle, pero son de fantasía. No sé yo…
Ginger se echa a reír.
—Cariño, no tengo ningún inconveniente. Siempre me ha gustado leer todos los géneros. No le hago ascos a nada. ¡Sorpréndeme!
Y Dawn se lo toma al pie de la letra, como casi todo. Trastea en su lector de libros digitales y comienza a leer un capítulo cualquiera, probablemente el primero, de un libro que solo ella conoce, de esos de fantasía romántica que tanto le gustan…
Podría haber sido una chica como tantas otras, pero había nacido bajo el peso de una horrible maldición y debía pagar por ello. Lo había escuchado tantas veces a lo largo de mi vida que había acabado por tomarlo por un dogma irrefutable.
Como en los viejos cuentos de hadas, vivía en lo alto de un torreón, aislada, sin poder comunicarme con nadie aparte de mi irascible carcelero.
En el angosto espacio donde había pasado los últimos años apenas entraba la luz por un ventanuco demasiado alto como para hacerme ilusiones de alcanzarlo y tratar de escapar por ahí.
Tampoco iba a llegar muy lejos en caso de hacer realidad mis ensueños de huida.
Justo debajo del ventanuco, la pared era de roca, tan áspera que me despellejaría viva la piel si me rozara con ella, y muy por debajo, había un foso ancho y profundo donde contaba la leyenda que vivían seres horripilantes que me devorarían de un bocado si tenía la suerte o la desgracia, más bien, de llegar tan lejos en mis planes de fuga.
Había hecho de mi prisión mi hogar. No me quedaba otra.
Me alimentaban bien y a veces incluso me traían algún libro para mantenerme entretenida y callada.
Tampoco hablaba mucho ya.
Se me había secado la voz, al igual que las lágrimas.
No había conocido a mis padres, de quienes solo sabía que practicaban la magia negra, lo cual, al parecer, los había metido en demasiados problemas con la autoridad del reino, y a mí me había sentenciado a llevar una vida de reclusión y absoluta soledad, como si yo fuera una criatura extraña y peligrosa, casi tanto como los seres que habitaban en el foso bajo mis pies.
Como no tenía espejos, no sabía si mi aspecto era bueno o malo o regular u horripilante.
Sabía que llevaba el cabello largo porque me lo trenzaba todas las mañanas, y oscuro como ala de cuervo, y la piel fina al tacto, sin granos o verrugas; era alta, y delgada porque, aunque no pasara privaciones, tampoco sabía lo que era un lujo o un capricho.
Sí, podría haber sido una chica normal, como tantas otras que había en el reino, pero estaba maldita y eso no me dejaba alternativas.
No tenía elección. No tenía escapatoria.
Solo podía esperar a que alguien rompiera la maldición o el hechizo, o lo que fuera aquello que me mantenía cautiva, y me liberase.
Pero después de más de veinte años había perdido la esperanza. Y también la audacia y el valor para intentar salir de aquella oscura torre porque, además, no sabía qué me aguardaba allá fuera. Quizá la libertad no fuese tan apetecible como había soñado todo aquel tiempo…