Eres tú: Sunset (Felicidad 1) SENTIMIENTOS EXTRAÑOS
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SENTIMIENTOS EXTRAÑOS

Dawn

L as rosas que Sunset James le regaló para San Valentín ya son historia. Guarda una entre las páginas de Una corte de rosas y espinas , muy apropiado a su parecer. No sabe qué pensar y a menudo prefiere no pensar nada. No tenía a Sunset por un romántico.

—Y no lo es. Fue Beth quien le dio la idea y lo acompañó esa tarde. Los tíos son inútiles para esas cosas, nada detallistas.

Fue Taylor quien le pinchó la burbuja, quien desveló, al fin, el nombre de la autora intelectual del crimen. Lo que, por otra parte, tampoco representó una sorpresa para nadie.

—Tenía que haberlo imaginado. Me parecía demasiado bonito para ser real.

—A ver, Dawn, el chico es despistado y, como todos a esa edad, anda medio alelado y sin saber por dónde sopla el viento.

—La consuela su madre, días después, con una palmadita en la cabeza.

Tu padre era igual: incapaz de recordar nuestro aniversario de bodas y apenas vuestros cumpleaños.

No se lo tengas en cuenta. Y hablando de cumpleaños, ¿quién cumple los dieciocho este fin de semana?

—Ni te molestes en alegrarme. No estoy para fiestas —se deshace de su abrazo—, la abuela de Sunset está cada día peor y los médicos no nos dan esperanzas.

—A Samantha no se le pasa por alto el plural, ni el «nosotros» que lleva implícito—.

He enviado las solicitudes a las universidades —añade sin un ápice de entusiasmo—.

No tengo muy claro que me admitan en Columbia, así que también he enviado cartas a Stanford y Brown. Alguna me querrá, supongo.

—No seas ceniza, cariño. —Su madre vuelve a abrazarla—. Por supuesto que van a quererte en Columbia o cualquiera que elijas. Siempre tienes unas calificaciones excelentes. Podrías haber probado con Harvard también y así estarías cerca de Taylor. Se va a sentir muy sola, tan lejos de casa.

—Taylor no tendrá problemas en socializar con quien se le ponga por delante. Mucho peor voy a tenerlo yo.

—Pues no sé por qué. —Samantha la besa en la mejilla—. Eres adorable y todo el mundo te quiere.

—Mamá, me quieren mis amigos de siempre. Para los demás soy invisible.

—Un pajarito me ha dicho que eso… No es tan así.

Dawn se tapa la cara con las manos.

—No me digas que tú también lo has visto. ¡No me lo digas!

—Es probable que lo haya visto incluso tu hermana Ashley, si tiene cobertura en ese rincón perdido de Montana. ¡Irse a vivir a un rancho! ¡A quién se le ocurre!

Sí, Dawn finalmente reveló el oscuro secreto de su hermana antes de despedir el año. A veces se siente desleal por eso. A veces.

—Pues espero que no tenga cobertura, no quiero que se pase el resto de nuestras vidas recordándome el momento más vergonzoso de mi muy vergonzosa adolescencia.

—Tampoco es que tu hermana pueda reprocharle nada a nadie. Yo no perdería el sueño por eso, cariño. Cosas peores ha hecho Ashley y nosotras hemos mirado para otro lado para no avergonzarla.

Y su madre, claro, tiene razón. Como siempre.

Sabe que la echará de menos cuando se vaya a la universidad.

Tampoco quiere que se mude con ella. Una nunca sabe lo que puede encontrar.

Y eso sin contar con que Sunset sí va a marcharse a Nueva York a probar fortuna, como aquellos intrépidos aventureros que llegaban a América desde cualquier lugar del mundo.

—Me marcho al instituto, no quiero ser la última en enterarme de los chismes.

Es una excusa malísima, probablemente la peor que se le haya ocurrido en meses, incluso años. No es chismosa, no le interesan las habladurías y, para colmo, en las últimas semanas todas giran a su alrededor.

Dawn dice que la culpa la tuvo el tequila o las hormonas o más concretamente la oxitocina que liberó el día de Navidad.

Y eso, por supuesto, no fue culpa suya, sino de él.

Cuando se lo cruza por los pasillos o sus miradas coinciden en las (pocas) clases a las que James se presenta, tarde y con pocas ganas, se palpa la electricidad en el aire.

O el amor. O las ganas de arrancarse la ropa y dar rienda suelta a los instintos más salvajes.

—Eh, Dawn. ¿En qué piensas?

Taylor la agarra del brazo cuando llega a la puerta del instituto.

—No te preocupes por lo del vídeo. La gente ya ni se acuerda. Tampoco eres la única tía que se tira desnuda a una piscina con una tasa de alcohol en sangre muy superior a lo legalmente establecido.

—No sabes lo que me alivia. Podemos fundar un club y todo.

—Ay, Dawn, cariño. Espérate a llegar a Columbia y meterte en una de esas hermandades donde se hace de todo . Claro que primero tendrás que vender un riñón, un pulmón y la mitad del hígado para conseguir reunir el dinero que te piden. Son muy exclusivas.

—Pues igual que tú en Harvard.

—Bah, a mí esos rollos no me importan. Y no va a quedarme mucho tiempo libre para hacer cosas malas. Ni buenas, ya puestos.

—¿Qué es lo que no le importa a Taylor Alison Miller?

Beth aparece, como siempre, a sus espaldas y por sorpresa.

—Pertenecer a una hermandad universitaria —contesta Dawn—. Por lo visto, nuestra Tay está por encima de esas frivolidades.

—He oído que la batalla por entrar ahí es mucho peor que la más sangrienta de Los juegos del hambre . No es para vosotras.

—Tampoco para ti. Y en Los Ángeles no te va a ir mucho mejor.

—Gracias por los ánimos, Dawn. Estamos cenizas hoy, eh. Con amigas como tú…

—Chicas, tranquilas —las abraza Taylor—. Reservad vuestras energías para los últimos exámenes, las vamos a necesitar.

Beth frunce el ceño; si por ella fuera, ni se presentaría a los exámenes, pero no hacerlo es suicida. No sabe qué es peor: si la bronca de su padre o la de Cameron. Cambia de tema:

—¿Y cómo queda el plan del fin de semana? ¿Al final os apuntáis a la fiesta en la isla Tybee?

—¿Hay otra opción mejor?

—Pues no. La ha organizado Landon…

—Que es como decir que la has organizado tú, que últimamente no te separas de él ni de noche ni de día. Sois como la mierda y el culo.

—Es que tiene un polvazo —les recuerda con una sonrisa malévola—. Y una conversación más entretenida de lo que pensaba —admite a continuación.

—Ah, que también conversáis.

—Son una pareja auténtica, Tay —se chancea Dawn—, conversan después del sexo y toman café juntos; hasta es posible que hagan la colada los domingos, después del polvo mañanero.

—Eso sí me lo creo porque, si no, las sábanas huelen fatal.

Beth pone los brazos en jarra.

—Sois un par de envidiosas —protesta, pero ninguna de las dos amigas se la toma muy en serio.

—Dilo por Tay, que todavía no se ha atrevido a acercarse a Cam desde que empezó el curso, yo voy bien servida.

Las chicas cruzan una mirada. Dawn, presumiendo. Uyuyuy…

—¿Y a qué estabas esperando para contárnoslo?

—Yo os lo contaría, sois mis mejores amigas, pero James es muy celoso de su intimidad y….

—Que se vaya quitando la tontería de encima si quiere ser actor. Y famoso. Los famosos no tenemos intimidad.

—Mírala, ya habla en presente, ya se ha metido en el papel de diva. ¡No hay dos como ella!

Tay tiene razón; probablemente no haya nadie como su amiga.

«Ni falta que hace, la verdad», piensa Dawn sonriendo.

Bethany es incorregible, pero se hace querer. Puede ser un tsunami de emociones, lo cual es ideal para su profesión, y al mismo tiempo tiene líneas rojas muy claras, red flags , límites muy bien trazados que no está dispuesta a sobrepasar.

—Si le dices que debe renunciar a su vida privada a cambio de una estrella en el Paseo de La Fama, lo mismo se dedica a otra cosa…

—Como las carreras de coches… Tampoco se le dio nada mal.

—No quiero ir a visitarlo al trullo, gracias. —Dawn arruga la nariz; no se lleva bien con los espacios cerrados.

—Bah, no llegará la sangre al río, le pondrán una multa y listo. Además, ahora Sunset no tiene que preocuparse por el dinero.

—Vive en una caravana, Beth. No se ha mudado…

—¿A tu casa?

—¡Cómo va a mudarse a mi casa! No digas tonterías.

—¿Y por qué no? ¿Tú te has parado a pensar qué pasará si su vieja muere antes de que él cumpla la mayoría de edad? Son capaces de enviarlo a una casa de acogida en vete tú a saber dónde. Pobrecito, con gente rara, a lo mejor mormones y todo.

Pues no. No lo ha pensado. En realidad, prefiere no pensar en la muerte. Y sabe que Sunset tampoco ha pensado mucho en ello.

—No me seas melodramática, anda. No quiero agobiarme con eso, ni tampoco agobiarlo a él.

—Está bien —concede Beth—. Mejor pensamos en la fiesta del sábado.

—Nada de meterse desnuda en el mar, que nos conocemos, Dawn.

Taylor guiña un ojo y se le escapa una sonrisita malévola.

—Muy graciosita —replica Dawn—. Solo beberé agua. Lo prometo.

—Eso no te lo crees ni tú. —Beth suelta una carcajada y añade—: Que son dieciocho años. No puedes celebrar la mayoría de edad sin alcohol de por medio. Nosotras te controlaremos para que no te vengas muy arriba y violes al pobre Sunset.

—Al que no le importaría nada, pero nada de nada que lo violaras, dicho sea de paso.

Otro guiño de ojos de la pelirroja.

—No hagáis bromas con eso —protesta Dawn, cada vez más avergonzada.

—Oh, cariño —Beth la abraza—, no te tomes la vida demasiado en serio, ya tendrás tiempo en Columbia para darle duro al drama.

—No escribo dramas, escribo fantasía. Quizá le ponga un poco de romance, otro poco de salseo, una pizca de intriga, acción, incluso quizá también un poquito de sangre…

—Y sexo. No me digas que no vas a meter sexo.

—Eso te lo dejo a ti, que eres como una mantis religiosa.

Beth le suelta una colleja. Dawn protesta, pero no demasiado. Sabe que su amiga lo hace todo desde el cariño.

—Chicas, me voy a clase de Literatura.

—No lo digas como si fuera una tortura, que ya sabemos que es tu asignatura favorita.

Taylor le da otro abrazo.

—Debería ir marchando hacia el teatro, hoy toca ensayo. ¿Quieres que le diga a Sun algo?

—No necesitas mi permiso para hablar con él, ni para chivarle nuestras charlas de chicas.

—Oh, oh, oh. Si llego a saber que te sienta tan mal…

—Lo haces con más ganas. Ya lo sé.