Eres tú: Sunset (Felicidad 1) EL PROTAGONISTA DE LA NOVELA DE TU VIDA #2
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EL PROTAGONISTA DE LA NOVELA DE TU VIDA #2

—Ni lo sé ni me importa, te lo digo de veras, Beth. No la quiero más ahora que cuando no sabía quién era o a qué se dedicaba. Su vida es asunto suyo, no nuestro. Y, por favor, ¿puedes no mencionarlo mientras estemos aquí?

—Oh, eres imposible, Sunset.

—James, Beth. Para todo el mundo aquí, soy James . No lo olvides.

—Ni se te ocurra olvidarlo, Beth. —La voz de Dawn suena a nuestras espaldas—. Podría arrancarte las bragas.

No me gusta cuando La Invisible bebe de más. No me gusta lo locuaz y desvergonzada que se vuelve con un par de copitas extra. Y lo que le gusta dejarme en ridículo. Si no fuera por lo de la otra noche en su dormitorio, a solas… Ahí sí me gustó. Mucho.

Cuando estamos solos no tiene necesidad de aparentar, ni de encajar en ningún molde, ni de ser de una determinada manera para que los demás, su grupo, la acepten. Es ella. Desnuda. En todos los sentidos. Libre. Auténtica.

—Que lo intente —Eso ha sonado a desafío, pero lo paso por alto mientras la rubia pregunta—: ¿Dónde está mi cerveza?

—Toma tu cerveza. —Dawn le da la bebida a la superfan de las novelas eróticas—. A ver si no se la tiras a nadie por encima, que te veo muy acelerada.

—Y yo a ti te veo muy bien follada, Dawn Morrison. Tienes que contarnos muchas cosas.

—En realidad, no…

—Tú te callas, Sunset. Esto es cosas de chicas. Aquí no pintas nada.

¡Vaya! Así que no pinto nada . Sacudo la cabeza y me voy a buscar a Landon. Si no está con Beth, debe de andar por algún lado, y espero que tenga ganas de hablar porque necesito distraerme.

Lo encuentro junto a la piscina. Está hablando con Cameron tan ricamente, como si nunca se hubieran liado a hostias.

¡Ver para creer!

No sé si acercarme ahora que soy una persona importante en esta ciudad.

—Eh, James. ¿Cómo va la fama?

¿Qué fama? Yo no tengo ninguna fama.

«Soy un tío normal», me dan ganas de gritar.

—Dejad ya la coña. En serio. Soy. Un. Tío. Normal.

—Por supuesto, James —suelta Cam con una sonrisita de suficiencia que me repatea las tripas, pero mucho menos que lo que dice a continuación—: ¿Tú también vas a escribir novelas guarras?

—No, idiota. —Beth aparece y se agarra de mi brazo como si fuera mi novia—. Sunset y yo seremos los protagonistas de las películas «guarras», como tú las llamas, que eres un estrecho. Y un hipócrita. Que te he visto viendo porno los fines de semana.

—Anda, Beth, tú sigue soltando los trapos sucios de la familia —se ríe Landon.

—Y tú calla, que seguro que también ves porno.

—Yo no veo porno —aclaro yo por si fuera necesario.

—Tú ya tienes bastante con Dawn. No necesitas más fantasías sexuales.

—Tampoco hace falta que le digas lo que necesita o no.

—Cameron parece demasiado molesto. No sé si conmigo, con su hermana, con el mundo entero o consigo mismo.

Prefiero no averiguarlo. Tampoco es asunto mío.

Quizá, si está cabreado conmigo, un poco asunto mío sí es.

Bah, estamos de fiesta. No tengo ánimos para empezar ninguna pelea de machos alfa.

—Cam, deja ya de proteger a Dawn, me voy a poner celosa.

—Tú no te has puesto celosa en tu vida. Tienes demasiado ego.

—¿En serio vamos a tener ahora terapia fraternal? —Landon parece aburrido; no le gustan las discusiones entre hermanos. No le gustan las discusiones. Sin más—. ¿Quién se mete conmigo en la piscina? —propone a cambio.

—¡Es nochevieja, pirado!

—Y la piscina está climatizada, cagueta.

—No me gusta bañarme si he bebido. Una vez tuve un calambre y casi no lo cuento.

—Yo sí voy a meterme —dice Beth mientras se quita el vestido.

Que alguien me diga que lleva un bikini debajo.

Ahora mismo estoy teniendo pensamientos inapropiados con la persona equivocada.

Antes de que pueda procesar esa (loca) idea, un tsunami me cala hasta los huesos. Beth se ha acabado tirando al agua, pienso, antes de verla junto a mí en ropa interior. Ah, que no ha sido ella la kamikaze que se mete en la piscina la última noche del año.

Y de repente la veo emerger desde las profundidades azules, con la melena chorreando, el cuerpo mojado y… ¡desnudo!

«Joder, Dawn».

Quiero cerrar los ojos y al mismo tiempo mantenerlos bien abiertos.

—¡Menudo espectáculo! —grita alguien a quien prefiero no reconocer.

A continuación, Beth se quita el sujetador y las bragas, y se tira a la piscina con su mejor amiga. Claro que sí, sororidad ante todo. Dos chicas desnudas en una piscina en pleno invierno, totalmente borrachas y con ganas de liarla parda.

Pues vale. Estamos en una fiesta. Se supone que todo está permitido en una noche como la de hoy.

—Falta Taylor, ¿dónde está nuestra pelirroja abre-cadáveres?

—pregunto por desviar la atención. Sin conseguirlo, por supuesto.

Sobre todo porque Tay aparece y, adivina qué, se tira a la piscina también, dejándonos a todos los tíos con un palmo de narices y algunos, como yo mismo, la mar de empalmados.

Alguien se echa a reír. Es Cameron. Los demás lo miramos y nos echamos a reír también, quitándole tensión al asunto.

Unos y otros empiezan a juntarse alrededor de la piscina para ver el espectáculo.

Yo quiero coger a La Invisible, quien por supuesto ha dejado de serlo, y llevarla a su casa o a la caravana o a cualquier otro sitio, lo más lejos posible de aquí y de toda esta gente que mañana alegrará su sobremesa con el mejor chisme de Savannah en décadas:

La hija menor del difunto Damon Morrison la lía parda la última noche del año

O algo así. Y se hará viral. Te lo digo yo.

No me equivoco porque al día siguiente no se habla de otra cosa en las redes.

Alguien, cómo no, grabó un vídeo y, ¿cómo no?, lo subió a YouTube y, ¿cómo no?, se viralizó de la hostia.

Ahora todos saben quién es Dawn Morrison. Y lo buenísima que está sin ropa, claro.

Que eso yo ya lo sabía porque había estado con ella en la intimidad. Y no era el único. Tampoco lo esperaba, pero no me cayó muy bien.

Bah, después de esta memorable bienvenida al nuevo año, voy a tener que preocuparme de algo más aparte de mi «maravilloso» nombre.

—No puedes llegar a su casa con las manos vacías. Hoy es San Valentín.

—¿Y…? —miro a Beth sin entender. Ella me mira a su vez, claramente exasperada ante mi brutal indiferencia.

—¡Es el día de los enamorados, de las parejas, del romanticismo, de lo cursi, de todo lo que les encanta a las tías!

Al menos, a las que son como Dawn. No te dejes engañar por lo que pasó aquella noche en la piscina.

¡Joder! Dawn es una tía romántica, le van las flores, los bombones, las cenas a media luz, las poesías. Sobre todo, las poesías.

—Creía que lo suyo era la novela fantástica.

— Romantasy, no lo olvides, Sunset. Fantasía romántica. ¿No te dice nada eso? ¿De qué estás hecho?

No me he parado a pensarlo. ¿De qué estoy hecho yo? ¿De qué está hecho el ser humano? Piel, músculos, huesos, órganos, un poco de agua, otro poco de sangre, células, hormonas… ¡Qué sé yo! ¿Y qué tiene que ver eso con Dawn o con lo que yo siento por ella?

—No me líes. ¿Qué quieres que haga?

—Que la enamores, coño. Que no la des por sentada. Que no la trates como si fuera algo tuyo, como si no pudieras perderla. Porque estamos en el último curso de la preparatoria. Después se irá a Nueva York, a Columbia. ¿Sabes cuántos tíos en Nueva York matarían por salir con ella?

«Lo sabes. ¡Joder si lo sabes!».

—No me metas prisa. No me estreses. Y no me asustes. Te recuerdo que mi abuela, tu gran ídolo, todavía sigue en el hospital. ¿Quieres un autógrafo suyo? ¿Quieres cenar una noche con nosotros? Pues sé buena y no me pongas cardíaco.

—¿Eso es chantaje emocional, Sunset? Pues no te va a funcionar conmigo. Tampoco con ella, que lo sepas.

Bufo. Beth me ignora. Luego fija sus ojos azules en mí y dice:

—Vamos a hacer una cosa, compramos flores, compramos gominolas con forma de corazón, ya sabes lo que le pirran, y buscamos la tarjeta más cursi que exista en toda Savannah, y se lo llevas a su casa.

Procura no poner cara de acelga ni de quien lleva cinco años esperando en el corredor de la muerte y todo irá bien.

Palabra de Bethany Knowles. Conozco a Dawn desde que las dos llevábamos pañales, sé cómo respira, cómo siente, con qué sueña y también quién le quita el sueño.

Pero en esta vida todo es efímero, cariño. Procura no cagarla.

«Gracias por los ánimos».

—Tú siempre tan entusiasta.

—Valora mis consejos mientras todavía sean gratis. Cuando triunfe en Hollywood cobraré por cada palabra que pronuncie. Y me venderé muy muy cara.

No lo dudo ni por un segundo.

—¿Estás segura de querer meterte en ese avispero? Mira que es de donde vengo yo, y es un puto nido de víboras.

—Sabré cuidarme. Y si no, tengo a mi hermanito para partirse la cara por mí con quien sea. No digo que vaya a llamarlo cada vez que alguien se ponga tontorrón conmigo, pero es bueno saber que cuentas con el comodín de la llamada.

Por supuesto. Es algo que yo siempre he echado de menos. Aprendí a defenderme desde bien temprano, pero es bonito saber que hay alguien, en algún lugar, dispuesto a todo por allanarte el camino o levantarte cuando caes.

—Anda, vamos a comprar rosas. Rojas. Grandes. Que se te vea enamorado. Ya te digo yo que Dawn sabrá recompensarte.