EL PROTAGONISTA DE LA NOVELA DE TU VIDA
—Tu madre cocina demasiado bien —le digo a Dawn, a medio camino entre la protesta y el halago mientras me masajeo la barriga, satisfecho.
Estamos en su habitación, dolorosamente adolescente; repleta de libros, como cabría esperar de ella, y decorada en colores que invitan a la paz y al sosiego.
Nada extraordinario, en realidad. Muy ella.
Muy previsible. Y no es una queja, que conste.
Yo solo me limito a relatar lo que veo, sin segundas intenciones.
La cama es cómoda, demasiado quizá para alguien que ha comido en exceso y se siente de repente perezoso.
Es Navidad. No quiero estresarme. Hoy no.
—Mi madre no sabe cocinar, James. No ha aprendido nunca. Todos los años pide comida a Dolly’s Kitchen, el servicio de cáterin más solicitado de Savannah, el que le resuelve la papeleta y la hace quedar como una magnífica cocinera; tan magnífica como impostora.
Me guiña el ojo y le quita importancia; al parecer, Samantha Morrison no es la única que contrata cáterin para las fiestas y los eventos de etiqueta.
No debería estar tan impresionado, pero…
No. Me. Lo. Puedo. Creer .
En fin, mi vida últimamente es un no parar de sorpresas y sustos; soy joven y tengo el corazón fuerte, menos mal.
—¿La cena de Acción de Gracias tampoco era suya? —gimoteo, presa de la desesperación. Fingida, por supuesto, porque me divierte meterme con ella—. Estoy destrozado, no voy a poder superarlo. Lo más seguro es que me quede un trauma de por vida.
—A ver si va a ser verdad que sirves para la actuación, ¡quién nos lo iba a decir, James !
¿Es un buen momento para arrancarle las bragas?
Porque me está provocando, estoy achispado después de tanto brindis y ella está preciosa con ese vestido azul que combina a las mil maravillas con sus ojos.
Ni siquiera la ortodoncia me echa para atrás, casi diría que me estimula.
Y sí, me estoy poniendo tontorrón, qué le vamos a hacer.
—Te has quedado callado. Me preocupa.
—Tampoco soy un loro o una cotorra, no sé qué te pasa con mi silencio.
—No eres tú, quiero decir que no es culpa tuya. Así, en general, sospecho mucho y muy malo de los tíos que no hablan. Me dan mala vibra, no sé.
—Tú también has bebido de más.
—¿Me estás llamando borracha?
Espero que no lo esté, porque quiero besarla y quiero que recuerde mis besos.
—¿Estás segura de que tu madre no va a aparecer por aquí?
Ese tipo de escenas me pone los pelos de punta.
—No, ha dicho que iba al hospital a ver a Ginger. —Eso debería tranquilizarme. Hasta que añade—: Para que tú y yo podamos hablar.
—Lo que menos me apetece ahora es hablar.
—Ya lo sabía yo. —Y sella mis labios con sus dedos—. ¿A qué esperas?
Eso me pregunto yo: ¿a qué espero para besarla, quitarle ese vestido y…?
Quizá sea demasiado pronto, no sé… O no.
«Quizás haya llegado el momento de ser el protagonista de la novela de tu vida».
Dawn me mira, me tienta, me desafía, me provoca. Frunce los labios y su mirada es más oscura que de costumbre; no tiene nada que ver con la alumna aventajada y empollona que se sienta en la primera fila de clase. Se parece más a la que me besó en la fiesta de Landon a principios del curso.
Sus dedos desabrochan con habilidad mis pantalones. ¿Debería preocuparme por lo sencillo que le resulta, porque no duda, porque parece muy resuelta, como si yo no fuera su primer chico?
—Parece que tienes experiencia desnudando a la gente.
—Más de una vez he tenido que quitarles la ropa a las chicas, ya sabes… Esas fiestas…
Lo sé, lo sé, pienso mientras cierro los ojos y la dejo hacer.
Confío en ella, lo que es mucho decir porque no soy de los que se dejan llevar. No por una mujer. Échale la culpa a mi madre.
Siento sus labios sobre mi pecho; es una sensación muy agradable que pone a bailar todas mis hormonas adolescentes, ya de por sí bastante animadas.
Me gusta que tome la iniciativa, que demuestre arrojo, que no me tenga miedo.
A ver, tampoco tendría por qué tenérmelo.
No me como a nadie. Ya dije que tengo un rollo pacífico si no me tocan las pelotas.
Aunque ella me las toca, claro, mucho. Y al principio me enojaba.
Al principio, en el avión, ya sabes. Pero ahora no diré que no a una buena mamada.
Estoy muy receptivo; lo mismo las castañas son afrodisiacas.
O esos dulces de calabaza. Me he comido media docena casi sin respirar.
—Tú siempre tan callado.
—Tú siempre tan repelente.
Me mira. Oh, oh. No lo decía en serio. Se ríe. Vale, me gusta que sepa aceptar las bromas, que se ría de sí misma y no sienta mis palabras como un ataque, sino solo como un pique cariñoso de los nuestros.
Me suelta una colleja.
—Así no vamos bien, James. Si no colaboras, esto va a ser muy desagradable.
—Oh, oh. ¿Es una amenaza?
—Quizá, ¿por qué no? Me pone cachonda.
Eeh… Bien. Eso está bien. Aunque «cachonda» no es un adjetivo que yo utilizaría para referirme a Doña Literatura. A no ser que…
—A ver si va a resultar que sí has leído algo de Sabrina Jameson, también conocida como Ginger Rose Baldwyn, aunque sea a escondidas en el baño.
—Cállate y bésame.
Ahora sí entierro las manos en su melena negra, tironeo con suavidad, echándole la cabeza hacia atrás, mirándola a los ojos, no sé si pidiéndole permiso o desafiándola a que se resista.
Si puede. No lo hace, por supuesto. En realidad, está más que a gusto en mis manos.
La beso. Le acaricio con la lengua el interior de las mejillas; puedo sentir el arrebol de su cara, su deseo, su impaciencia.
—No tengas miedo. No seas cortés, ni delicado, ni pudoroso. Sé tú mismo, como siempre, James. A las chicas buenas nos gustan los chicos malos. ¡Qué le vamos a hacer!
Ese susurro me sacude el cuerpo, y sobre todo la polla, como una corriente eléctrica.
«Así que te gustan los chicos malos porque tú eres una chica buena. Muy buena».
—No te hagas la inocente, Dawn. No cuela. Te he visto de cerca, te recuerdo mucho más dispuesta.
—Estaba un poquito achispada esa noche. No vas a olvidarte, ¿eh?
—Es un recuerdo demasiado grato y divertido como para arrinconarlo en la memoria —sonrío mientras su cuerpo cae sobre el mío con un suave gruñido, y su mano se desprende de mi garganta para buscar la pared que hay detrás de mí.
Nunca me han besado así. Con desesperación.
Con verdadero anhelo. Como si necesitara hacer esto desde el día que nos conocimos. Igual que yo.
No tengo ni idea de cuánto tiempo lleva sin que alguien la haya tocado por última vez.
Deslizo la punta de los dedos por su pecho tocándole cada pliegue y hendidura. El pulso le late, errático.
Aunque a La Invisible se le dé bien aparentar autodominio, el corazón la delata.
Le paso la yema de los dedos por el cuello y la atraigo hacia mí. No sé si gime por el simple hecho de que lo toque, o por puro placer; pero mi deseo es prolongarle esa sensación tanto tiempo como me deje.
Cada beso que nos damos es más húmedo que el anterior, la deseo tanto que me arde todo el cuerpo. Qué dolorosamente dulce es lo que siento entre las piernas y qué ganas y necesidad tengo de restregarme contra algo.
Los labios de Dawn emprenden el camino hacia mi mandíbula y de ahí van descendiendo por el cuello. Mientras me toca y me besa, no pienso en otra cosa que no sea el deseo de tenerla entre las piernas.
Me mordisquea la clavícula, provocándome un agradable picor que enseguida se calma con sus lametones.
Echo la cabeza hacia atrás para que pueda acceder mejor, mientras aprieto el torso contra el suyo. Sus labios vuelven ansiosos a los míos y me dan lo justo para aplacar mi necesidad.
Quiero que se abandone y se olvide de todo, igual que yo estoy haciendo ahora mismo.
—Oh —grito cuando me separa los pies con uno suyo y gimo desesperado en el momento en que me acaricia la polla con el muslo. Ay, Dios mío.
Por instinto, me froto contra ella para liberarme de mis deseos.
Qué bien se siente. Demasiado.
Doña Literatura no me quita ojo. Y pensar que mi excitación se debe tan solo a su pierna: juguetona y traviesa…
Hacía meses que nadie me acercaba tanto al éxtasis.
—Mira qué bonito es esto, James.
—No pares, por favor —digo en el tono más desesperado del mundo.
—Nunca, nene.
Cada vez más cerca de alcanzar el clímax, me froto mientras ella sigue rozándome al ritmo que necesito.
No importa nada más. Solo ella y yo. Juntos. Desnudos.
—¡No me lo puedo creer! ¡No me lo puedo creer!
¡No me lo puedo creer! —grita Bethany y se abalanza sobre mí; me rodea el cuello con los brazos mientras sus largas piernas se enroscan alrededor de mi cintura.
Es como una boa constrictor; su entusiasmo es peligroso y atrae la atención de todo el mundo.
Justo lo que ella persigue. Justo lo que yo no soporto.
Ahora grita—: ¡El nieto de Sabrina Jameson va a nuestro instituto!
Eso se avisa, hombre. ¡Cómo has podido tenértelo tan callado!
—Pasa de los gritos a los susurros boca-oreja—: Soy superfan suya, dime que me firmará un autógrafo cuando salga del hospital.
Devoré su última novela, me puso supercachonda, ¡qué grande es!
No me muevo. Espero a que se desprenda de mi cuerpo, vuelva a su estado natural, sea cual fuere, y recupere la compostura.
—Eeh… Beth… Hum… Me alegro mucho de que te alegres de conocerme, ahora que sabes lo que me une a… Sabrina Jameson. Preferiría que me quisieras por mí mismo, pero supongo que el olor de la fama es demasiado embriagador para resistirse.
No sé si estoy bromeando, si estoy tomándole el pelo, si me lo está tomando ella a mí o si los dos ya hemos venido a casa de Landon la mar de contentos. Dawn está desaparecida. Es probable que haya ido al baño con Tay porque esta no es fan de mi abuela. ¡Dios la bendiga!
—Eres un sieso, deberías aprovecharte. ¿Tú sabes cuánto dinero ha ganado tu abuela con sus libros?