Eres tú: Sunset (Felicidad 1) PARA CAERSE DE CULO
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PARA CAERSE DE CULO

—Pensaba que no volvería a verte por aquí. —La voz de Beth suena a mi espalda; no sé si molesta o esperanzada o indiferente. Más bien esto último, supongo.

—He tenido días mejores, pero tampoco me he olvidado de la obra.

Estamos en la puerta del salón de actos del instituto y mi intención era venir al ensayo, aunque no sé yo…

—Bah, no tiene importancia. Tampoco estamos en Broadway, no te rayes. —Me abraza y pregunta con tono desenfadado—: ¿Qué tal tu abuela?

—Ahí va. —No quiero hablar del tema. No por ella, que es un amor, sino por… Porque no quiero hablar del tema y ya. Por no hablar de lo que me ha incomodado ese espontáneo abrazo de la rubia más cañón del instituto.

—Tú tan locuaz como siempre, Sunset —enarca una de las cejas mientras me habla con su tono más crítico—.

Tienes que mejorar tus dotes de comunicación si pretendes dedicarte en serio a la interpretación.

Aunque, pensándolo bien, esa aura de chico atormentado, taciturno, solitario… te sienta de puta madre.

—Ja. Ja. Ja. Muy graciosa. ¿En serio ves todo eso en mí?

—Yo veo muchas cosas, Sunset. La mayoría no son aptas para menores.

—Miedo me das. Mejor no pregunto.

—¿En serio quieres arrancarle las bragas a nuestra Dawn? Me muero por verlo. Alquilaré palco y compraré kilos de palomitas. Eso pinta de la leche.

Cierro los ojos. No puede hablar en serio.

No puede saberlo. Ella no puede habérselo dicho .

No. Ella nunca diría… O sí. Son amigas. Las amigas se lo cuentan todo.

Esas noches de pijamas, esas risas, esas confidencias, esos secretos inconfesables entre chupito y chupito.

Y mi deseo: ahí, desnudo, expuesto. ¡Oh, mierda! ¡Joder!

—Tranquilo, Sunset. —Me palmea el brazo, queriendo quitarle importancia y, por supuesto, sin conseguirlo—.

Tu secreto está a salvo con nosotras. Somos chicas de fiar.

—Ja. Ja. Ja. Eso no se lo cree nadie, mucho menos nosotros—.

No vamos ventilando los trapos sucios. Y a ver, tampoco es para tanto.

¿Qué son unas bragas al fin y al cabo? Hay muchos tíos que me las han arrancado a mí.

No a la vez, ni la misma noche, por supuesto.

Entiendo tu deseo porque Dawn es una perita en dulce, hasta podría despertar mi lado lésbico.

Pongo los ojos en blanco. Prefiero no entrar en tales intimidades.

Entro de todos modos:

—No sabía que tuvieras «un lado lésbico».

—Todas las tías tenemos un lado lésbico y alguna vez hemos pensado en tener sexo entre nosotras. Yo una vez soñé que me follaba a Dua Lipa. Y fue brutal de la hostia.

Su tono de voz y su sonrisa no dejan lugar a dudas.

—Yo nunca he soñado con ningún tío. Y no soy homófobo, por si lo estabas pensando.

—Te lo dices todo tú, cariño. Yo no he dicho nada. Allá cada cual con lo suyo.

Entramos en el salón y nos dirigimos al escenario, donde ya hay bastante gente discutiendo sobre si debería haber ensayos también durante las vacaciones de Navidad.

La obra no se estrena hasta la noche antes de la graduación, pero es Shakespeare y todo el mundo conoce la historia o presume de haberla leído alguna vez.

No podemos fallar, no podemos hacer el ridículo y, sobre todo, no podemos faltarle al respeto al bardo inglés.

Yo sé de alguien que no me lo perdonaría.

Alguien que me lo recordaría a la menor ocasión, con el mismo tonito impertinente con que me llama James. De veras que lo de arrancarle las bragas no es mala idea. Ni tampoco parece que a ella le moleste o no se lo habría contado a sus besties .

—Las Morrison nos han invitado a su comida de Navidad, abuela. Deben de sentirse muy solas o aburridas para querer tenernos sentados a su mesa otra vez.

No sé por qué le he dicho eso. En realidad, no sé por qué digo la mayoría de las cosas, bastante impertinentes, que salen de mis labios.

A estas alturas del curso, ya debería estar relajado o resignado a mi «nueva vida», y haberle encontrado el lado bueno al asunto, pero viendo a mi abuela inmóvil, mirando al infinito y sin decir una palabra, me cuesta ser optimista.

No sé cómo había imaginado la Navidad cuando me subí al avión en Los Ángeles hace cuatro meses, pero desde luego no así.

De repente, me coge la mano y aprieta. Me mira a los ojos, intenta decir algo, pero no puede; la frustración le dibuja un rictus amargo en el rostro, luego afloja la presión y vuelve la cabeza y el cuerpo, dándome la espalda, dándose por vencida.

Me duele, pero casi puedo entenderla.

En su lugar, yo estaría de los putos nervios.

—No hace falta que vayamos si no quieres, puedo quedarme aquí contigo —me ofrezco sin dudarlo ni un momento—. De todos modos, nunca he sido muy fan de la Navidad. Ni siquiera creo en Santa Claus.

Ginger vuelve a mirarme. Como si no me creyera. Como si no estuviera dispuesta, después de todo, a tragarse una mentira tan flagrante. Quizá ni yo mismo me la crea.

A ver, tampoco soy un villancico andante, ni me paso horas decorando el árbol o la casa, ni me entusiasma ir a comprar regalos o chucherías para meterlas en los calcetines.

Mis Navidades de infancia fueron muy mejorables.

No es que faltara dinero; lo que faltaba era ilusión, supongo.

Que fuera hijo único no mejoró las cosas.

Me hubiera gustado saber cómo demonios íbamos a celebrar esos días en The Woods, pero ahora nunca lo sabré porque no creo que el médico le permita volver a la autocaravana. Si yo fuera médico y tuviera una paciente como Ginger, probablemente tampoco se lo permitiría.

Y hablando de médicos…

—¿Qué tal va todo por aquí?

—Podría ir bastante mejor, la verdad.

No quiero ser borde, no es culpa del médico; seguro que no hay culpables en esta historia, pero sigue jodiéndome una barbaridad.

—No voy a engañarte, Sunset, Ginger está mal.

El tumor avanza —me anuncia—; dada su magnitud y gravedad, ya no es operable —sentencia ahora—.

El ictus ha sido solo un aviso. Necesito tenerla en observación, no puedo darle el alta en estas circunstancias —niega con la cabeza y se lo ve apesadumbrado cuando añade—: Sé que son fechas delicadas, pero tendrá que quedarse aquí hasta que veamos cuál es la mejor solución, teniendo en cuenta su estado y que tú aún eres menor de edad.

«¡Oh, qué amable! Gracias por recordármelo».

—Ya me las apañaré.

—No me cabe la menor duda, muchacho. Se te ve muy resuelto.

«No lo sabes bien».

—Por fortuna, no tenéis que preocuparos por los gastos del hospital, ni por los cuidados que Ginger necesite. Está todo cubierto por el seguro. Lo sabes, ¿verdad?

—Ah, que tenemos un flamante y boyante seguro médico.

«Mira tú qué bien. Primera noticia».

Recuerdo una vez más que Ginger me dijo que vivía en la caravana porque quería y no porque no pudiera permitirse un casoplón en la avenida más cara de la ciudad.

Lo recuerdo, sí; nunca hablamos mucho de dinero ni de seguros: ni médicos ni de ninguna otra clase.

Supongo que nos considerábamos invencibles, indestructibles, casi inmortales.

—Por supuesto, Sunset. En Estados Unidos todos conocen a tu abuela.

¿Perdona? ¿Qué coño…?

—Sí, claro, porque debe de ser familia del presidente.

«¡No te jode!».

—¿De veras no sabes quién es tu abuela, chaval?

—¿Debería saberlo? No hace mucho que nos conocemos; me cae bien, pero no estoy al tanto de toda su vida. Al parecer, usted sabe mucho más que yo.

—No te gusta mucho leer, ¿eh?

¿Y esto a qué viene ahora? Joder, debería estar aquí Doña Literatura.

Y de repente me asalta un recuerdo: Ginger diciéndome que estudió Literatura en la universidad, cuando aún era una niña buena y complaciente, deseosa de agradar a sus padres, a los vecinos, a los feligreses de la iglesia… Y a toda la (puta) sociedad sureña.

—No, no soy un ratón de biblioteca —pero conozco a alguien que sí lo es.

—Se ve, se ve. Bueno, tu abuela lo ha mantenido siempre en secreto y hasta hace poco no sabíamos quién se escondía tras el seudónimo de Sabrina Jameson.

Teniendo en cuenta la gravedad del estado de Ginger, me siento responsable y obligado a decirte que tu abuela fue una autora superventas no hace muchos años.

Estuvo en los primeros puestos del New York Times y casi todas sus novelas se vendieron por miles, incluso millones.

Casi aparece en la lista Forbes. Mi esposa es una gran admiradora suya.

No sé qué cara pongo, pero siento cómo se me descuelga la mandíbula y ahora mismo me podría caber en la boca un rinoceronte, de lo abierta que la tengo.

Y de repente lo entiendo todo.

La televisión de plasma.

El Mac…

Me pregunto si estaba escribiendo algo nuevo con el mismo secretismo con que, al parecer, lo ha estado haciendo toda la vida.

Tengo que hablar con Dawn. Ahora.

No puede no saber quién es Sabrina Jameson. Y lo que yo quiero saber es por qué no me ha dicho nada.

—Entonces… ¿Todo el mundo sabe que mi abuela y esa tal Sabrina son la misma persona?

—Sí. Desconozco por qué tu abuela no te ha dicho nada, quizá pensó que sería mejor que no estuvieras al día de sus finanzas.

Muy Ginger, en realidad. Debió de pensar que, si me enteraba de que, a pesar de todo, nadábamos en dinero, no me esforzaría por sacar el curso adelante, ni por nada.

No se lo reprocho, cualquier chico de mi edad se habría sentido tentado de presumir y llevarse su trozo del pastel sin dar palo al agua.

Pero yo no funciono así. A mí me da igual si mi abuela vendió millones de libros o no.

Me desconcierta, por supuesto; me ha dejado con la boca abierta, para empezar, y me alegro muchísimo por ella.

Solo hubiera querido que fuera sincera conmigo y no haberme enterado por un extraño, por no hablar de las horas de sueño que me ha robado todo este asunto desde que la ingresaron.

Más de un día me he imaginado durmiendo en la calle, bajo los cartones.

«¡Qué calladito te lo tenías, abuelita!».

La miro, parece ajena a todo, como si no fuera consciente o no le importara lo más mínimo. Me inclino por esto último.

Hay gente que persigue la fama, y otra a la que la fama la persigue, casi sin querer.

—Te dejo —se despide el doctor Callahan; hasta ahora no me había fijado en su acreditación. No es mal tipo, y supongo que debo agradecerle que me haya puesto al día sobre las veleidades artísticas de mi abuela—. Cuídate y cuida de ella; eres lo único que le queda en el mundo.

—El tipo va y me suelta: «En Estados Unidos todos conocen a tu abuela». Para caerse de culo. Dime, ¿tú sabías que mi abuela era una escritora superventas? ¿También que firmaba sus novelas como Sabrina Jameson? Dímelo, porque con lo mucho que tú lees no puedes no saberlo .

Miro a los ojos a Dawn mientras remueve su café.

Está tan pasmada como yo, lo que es mucho decir porque a mí no se me ha quitado todavía el susto del cuerpo.

Quiero decir, no es que sea nada malo; no es como descubrir que tu abuela es una asesina en serie buscada por el FBI, pero sigue pareciéndome surrealista, quizá porque se trata de literatura erótica y no sé, qué sé yo; es una mujer, tampoco es de extrañar si te paras a pensarlo y, sin embargo, yo la habría imaginado mejor escribiendo sobre serial killers , en vez de amoríos y follisqueos.

En fin, tampoco estoy muy al día. No como ella, que sigue callada, mareando el café y digiriendo, supongo, lo que acabo de contarle.

—Lo mío es el romantasy , James —me recuerda mientras sopla el café y le da un trago—.

No soy Beth, a mí me interesan otras historias —en sus labios esas palabras casi suenan a disculpa—; lo cierto es que, cuando saltó la noticia, y no sé tampoco quién la filtró a los medios, yo estaba con mi hermana en Los Ángeles, no muy lejos de ti —me guiña ahora un ojo con picardía y mi polla se pone la mar de contenta sin venir a cuento—.

Ashley es… Bueno… Solo habla de sí misma; no esperaría que me contara ese chisme, por muy jugoso que fuera —vuelve a sonar a disculpa—.

Y cuando regresé, no sé, nadie me dijo nada, ni siquiera Beth, y ella sí debe de haber leído algo de tu abuela.

—¿Esta vez ha sonado a consuelo?—. Y luego tú y yo volvimos a encontrarnos, y el resto es historia.

—Vi a Bethany en el ensayo el otro día —le suelto mientras le enseño mi sonrisa más canalla—. No hablamos de novelas eróticas, pero sí de esa gente que no sabe guardar secretos.

Dawn sonríe también. Mucho. Demasiado. Y se ve bonita. Muy bonita. Y muy traviesa también.

—Ah, ¿lo de arrancarme las bragas era un secreto entre tú y yo? Ay, James , si lo hubiera sabido…

Se muerde el labio y eso me pone cachondo, qué le vamos a hacer.

—Se lo habrías contado igual —le replico queriendo enfadarme sin conseguirlo—. Hay que ver cómo sois las tías cuando os juntáis y os ponéis a rajar, sobre todo si vais sobradas de alcohol.

—Nosotras no bebemos alcohol, somos menores de edad —me suelta muy digna y con la cabeza muy alta. La creería si no escuchara la carcajada que se le atraganta como un hueso de oliva y le quita toda la dignidad al asunto.

—Lo que tú digas, Dawn. —Intento parecer indiferente, pero sé que no puedo engañarla—.

En fin, al parecer soy el rico heredero de una señora que escribe o escribía novelitas cachondas para chicas como Beth y Taylor.

—Me echo hacia atrás en mi asiento y levanto los brazos por encima de la cabeza, entrelazando las manos, y con gesto un poco aburrido, como si todo me diera igual.

La miro y añado—: Tú, claro, vives en otro mundo y solo ves unicornios vomitando arcoíris a todas horas.

Me suelta una colleja. Pero se ríe y esa risa lo ilumina todo.

—¿Sigues queriendo arrancarme las bragas? —Se acerca mucho para susurrarme esa pregunta, esa que caldea el ambiente hasta convertir el frío invierno en tórrido verano, esa para la que, de repente, no tengo una respuesta. Casi me caigo de la silla del susto.

«A ver, claro que quiero arrancarte las bragas, ¡cómo no!».

No me he olvidado, ¡cómo podría!

Sin embargo, no puedo darle una fecha exacta ni un lugar preciso porque ni su casa ni la caravana en The Woods es una opción.

—Esa pregunta ofende, Dawn. No sé cómo puedes dudarlo —le contesto tan cerca de sus labios que casi puedo besarla, respirarla, sentir el pulso que le late en el cuello.

—Me había parecido que te habías olvidado de tu propuesta, aunque a mí me sonó más bien a amenaza. Tienes suerte de que no me asuste con facilidad.

—Claro, porque tú estás más que acostumbrada a que los tíos te amenacen con arrancarte las bragas.

«¡Menos lobos, Caperucita!».

La obsequio con mi sonrisa más canalla. De sobra sabemos los dos que La Invisible no recibe amenazas. Ni de ese tipo, ni de ningún otro.