Eres tú: Sunset (Felicidad 1) NO EXISTEN LAS CASUALIDADES
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NO EXISTEN LAS CASUALIDADES

—Tío, déjame decirte que tienes un problema.

—Yo no tengo «un problema». Yo tengo una puta catástrofe encima de la cabeza.

—No exageres, hombre, seguro que mejora. Esa mujer tiene toda la pinta de llegar a los cien años.

—Gracias por los ánimos, ojalá los médicos fueran tan optimistas como tú —digo mientras doy una larga calada al cigarro.

Es el quinto que me fumo esta mañana en compañía de Landon; estamos en los jardines que rodean el hospital, apoyados en una pared que un día fue gris y hoy está llena de grafitis; sé que me arriesgo a que me vea un médico y me eche la bronca porque soy menor de edad y «fumar mata».

Desde que Ginger sufrió el ictus, no me he separado de ella ni un solo día. Llevo dos semanas sin aparecer por The Woods y francamente no lo echo de menos. Bueno, la caravana quizás un poco; desde luego, no la gente que nos rodea.

Mi abuela siempre me ha dicho que son inofensivos, pero no quiero ponerlos a prueba, la verdad.

Ella está delicada y no le conviene que yo le venga con problemas o disgustos. Más me vale que cuando volvamos al camping esté todo en orden, y eso incluye la integridad física de nuestro «hogar».

—Cuéntame algo cachondo, anda, a ver si así se me va la nube negra que siento encima de mí.

—Cachondo como ¿qué? ¿Como el polvazo que eché la semana pasada con Bethany?

—Te la estás jugando y ya se te ha curado el ojo, ¿quieres ahora perder el otro?

—Esta vez voy a verlo venir, no me pillará por sorpresa.

Y adivina qué, ese pibón vale cualquier paliza que su hermano esté emperrado en darme.

El apellido no es lo único que comparte con Beyoncé.

Es una diosa. Y él me cae bien, joder. Digo, Cameron.

Si yo tuviera una hermana la mitad de guapa que la suya, también la encerraría en una torre y tiraría la llave al océano. Por el bien de todos.

Pongo los ojos en blanco. Los veo muy capaces, a cualquiera de los dos.

A mí no se me ocurriría encerrar a Dawn en ninguna torre para evitar que los gilipollas la persigan. Porque, a decir verdad, Dawn no atrae a ese tipo de tíos.

Me atrae a mí, y no sé qué es peor.

—No veo yo que Beth vaya a permitirte que la encierres en ningún sitio. Mucho menos contra su voluntad. Es dura de pelar. A ver si el que acaba encerrado vas a ser tú.

—Pues si es con ella, con mucho gusto.

—Sí que te has pillado bien.

—Tampoco te hagas el duro conmigo, Sun, porque las miraditas que le lanzas a La Invisible en la cafetería a la hora del almuerzo la dejan expuesta a la vista de todos y muy, pero que muy visible.

—No digas gilipolleces. Yo no le lanzo «miraditas» a nadie.

—Que todo el insti lo sabe ya, no disimules. Y no pasa nada, tío. A su manera, también es muy guapa. A mí me van más lanzadas, pero todo es cuestión de gustos.

Bufo.

Me jode escuchar eso, me jode saberme el blanco de las miradas y los chismes, me jode que lo que tengo con Dawn ande de boca en boca. No quiero que nadie lo manche, ni lo contamine, ni lo estropee ni lo rompa.

Y ese instinto de protección repentino me jode aún más por lo que representa, lo que dice de mí, de nosotros, de lo nuestro.

«¿Y qué es lo nuestro?».

Estoy a un paso de convertir esto, lo que sea, en un puto cuento de hadas.

Yo, el mismo que la avisó de que no era ningún príncipe y que más le valía guardar las distancias si no quería salir decepcionada, me veo ahora mismo protegiéndola de los chismes y las malas lenguas como si a ella le importara algo de todo eso o no estuviera más que acostumbrada en esta ciudad de cientos de secretos a voces —y otros tantos inconfesables— tan jugosos que amenizan cualquier sobremesa y son mejores que la serie de HBO más vista.

Vamos camino de convertirnos en el próximo culebrón adolescente de la vieja y relamida Savannah, donde los dimes y diretes fluyen con más rapidez y caudal que el río.

Volvemos a la habitación.

Landon observa a Ginger de reojo; mi abuela está en la cama, durmiendo; nadie diría que ha estado en un tris de diñarla. Pero yo no me engaño. Verla tan quieta me preocupa como pocas cosas lo han hecho hasta hoy.

Permanecemos inusualmente callados y por eso los golpes en la puerta consiguen sobresaltarnos como si fueran los disparos de una automática de nueve milímetros.

—Hola, he traído magnolias. Ginger me chivó que eran sus preferidas.

Vuelvo la cabeza y apenas consigo ver la cabeza de Dawn tras el enorme ramo de flores que trae consigo. Me sorprende y no me sorprende a la vez. Digo, la confianza que ese par se tienen desde la cena de Acción de Gracias.

Queda una semana para Navidad y mi corazón baila entre las ganas de que las Morrison me inviten de nuevo a compartir su mesa, y el miedo a que lo hagan y todo lo que estamos viviendo se haga más real. Inevitable.

—Gracias —consigo balbucear mientras cojo las flores y las dejo en una mesa llena de botellas de agua, clínex y otros cachivaches.

—No tienes por qué dármelas. Sabes lo bien que me cae tu abuela. Quería haber venido antes, pero los exámenes de final de trimestre me han llevado de cabeza. No voy a preguntarte si has estudiado porque, con lo que tienes encima, seguro que no has abierto ni un libro.

Me conoce demasiado.

—Pues no, no estoy para libros ahora mismo.

Dawn se ríe.

—Ni ahora ni nunca, ¿verdad, Landon? Tu amigo es un desastre, pero lo queremos igual.

Landon sonríe; si no supiera que pierde el culo por Beth hasta me preocuparía por esa sonrisa tan cálida, tan llena de empatía. Pero claro, es Dawn, y es imposible no sonreírle, no demostrar empatía, no…

¡Basta!

—Os dejo, chicos —se despide mi amigo.

«No, no, no, no. ¡¡No te vayas!!».

Le hago gestos para que no se vaya, para que no nos deje a solas, para que no me deje solo ante el peligro, la tentación o lo que sea que represente Doña Literatura en este preciso momento.

Por supuesto, Landon no me hace ni puto caso y sale por la puerta, tan tranquilo, tan despreocupado, tan él. Tenía que haberlo supuesto. Hay momentos en que solo puedes enfrentarte a la verdad, cara a cara, y tratar de llevarlo lo mejor posible.

—Estás muy callado —dice ella y añade—: Sé que no estás pasando por tu mejor racha, pero sigue preocupándome tanto silencio.

A ver, tampoco es que yo sea el alma de las fiestas; me relaciono bien, pero no me paso el día hablando por los codos.

Ni a todas horas, ni con cualquiera.

No soy selectivo y tengo menos de la mitad de los prejuicios de la gente de por aquí. Aun así, sigo siendo un tío de pocas palabras.

Me relaciono mejor con los coches que con las personas. He crecido rodeado de ellos y los entiendo bastante.

—Ya te dije que no era tu príncipe, ni tu Míster Perfecto, ni un trofeo del que presumir con tus amigas.

Dawn me mira raro. Como mal. Como disgustada.

Quizá me haya puesto un poco demasiado a la defensiva con alguien que siempre ha sido guay conmigo.

—Lo siento, James, no era una crítica. Solo… Déjalo.

Veo cómo se dirige a la puerta, como si quisiera perderme de vista. Y no se lo reprocho; sin embargo, tengo que detenerla. No puedo dejar las cosas así. No puedo dejar que piense que soy un gilipollas integral.

—Venga, salgamos de aquí. Deja que te invite a un café.

«Déjame arreglar esta mierda».

Dawn duda. No habla, pero tampoco abandona la habitación. Está pensando si vale la pena perder su tiempo de estudio o de ocio o lo que sea conmigo. Probablemente, quedarse a mi lado sea una pésima idea, de las peores que haya tenido nunca.

Resopla a solo un paso de desaparecer de mi vista.

—No eres ni de lejos «Míster Perfecto». No te lo creas tanto. Para que lo sepas, a ellas les gustas más que a mí.

Alza el mentón con (falso) orgullo.

«¡Qué mentira tan fea!».

—Pues ya lo siento por ellas. Y por Landon, que está coladito por Beth. Y por Cam, que mira a Taylor como si la pelirroja fuera a desaparecer si sopla de repente.

—Claro, James , porque a ti no te importa nada; eres un héroe solitario que no quiere «hacer sufrir» a nadie.

«Si vuelves a llamarme James con ese tonito de tahúr barato te arranco las bragas».

Me sale solo, sin querer. Y para mal de males, en voz alta.

—¿Perdona?

—No, no, nada.

—Te he oído perfectamente, James —susurra mientras sale al pasillo y empieza a caminar hacia los ascensores. Cierro la puerta y la persigo casi a la carrera.

—Eh, eh, eh… No pretendía… —jadeo cuando la alcanzo y por fortuna antes de que el ascensor se detenga y empiece a escupir gente.

—¿Arrancarme las bragas?

«Bueno, sí, ¡joder! Claro que sí. Y follártela. Sí. ¿Por qué no? Te mueres de ganas».

Pero no lo digo, claro. No es el lugar, no es el momento. Y yo no soy tan capullo.

—No… O sea… Yo… No…

Mientras balbuceo como un crío de teta la oigo susurrarme al oído:

—Tampoco es tan mala idea. Es… excitante —me guiña el ojo—. Pero no es el momento. Ni el lugar. Lo dejaremos para más adelante, cuando Ginger se recupere.

Entramos en el ascensor y por un momento fingimos que somos dos desconocidos que no tienen nada que ver el uno con el otro. Debería saber hacerlo, ¿no? Se supone que quiero ser actor. O puedo serlo. O voy a serlo. ¡Qué sé yo!

—No tengo muy claro que vaya a recuperarse —la desanimo, ahora sin querer.

O sea, yo quiero que Ginger salga del hospital, por supuesto, pero por desgracia no depende de mí.

Y el doctor ya me ha dejado muy claro hoy que el ictus esconde cosas más…

graves. Que es un síntoma revelador y no un accidente aislado sin mayor importancia.

—Por supuesto que va a recuperarse, James. Es una mujer fuerte, decidida, no va a rendirse con tanta facilidad.

—Mi padre también era fuerte y decidido, y eso no lo salvó cuando le llegó la hora.

«¿A quién tratas de engañar?».

Mi padre era un buen hombre, y físicamente fuerte, pero no a nivel emocional.

A menudo se sentía vencido por las circunstancias.

Y abandonado. Sobre todo, abandonado. Por supuesto, me tenía a mí, pero a menudo me he preguntado si eso fue suficiente.

A él nunca llegué a preguntárselo, por supuesto.

Y me asusta que Ginger se vaya sin saber cuánto ha llegado a importarme.

—A veces no se puede luchar contra la vida y salir vencedor… —se detiene como si temiera haber dicho algo inapropiado, haber metido la pata, haber hecho que me sintiera mal. Nada que ver.

—Lo sé —le regalo mi mejor sonrisa en muchos días—. Gracias por los ánimos.

—No quería sonar condescendiente. Lo siento.

—No tienes que disculparte por nada, Dawn.

La beso en la mejilla. Un gesto inocente, amistoso, sin segundas intenciones. O eso quiero creer.

—¿Tú crees en el Destino, James?

Me encojo de hombros; nunca lo he pensado, la verdad. No soy un tío trascendental, ni le doy vueltas al sentido de la vida, pero algo sí tengo claro: No existen las casualidades. Ni siquiera una tan bonita como la que tengo al lado, volviendo mi mundo del revés.