Eres tú: Sunset (Felicidad 1) BEST FRIENDS FOREVER
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BEST FRIENDS FOREVER

Dawn

—Dawn, cariño, no puedes pasarte la vida enterrada bajo montañas de libros. No es real, no es sano y no te hace ningún bien. Deberías socializar más…

—Lo que Beth quiere decir es que deberías perder la virginidad antes de que acabe el año… —Taylor masca chicle y sonríe, algo que se le da estupendamente.

—Si os confieso que me masturbo por las noches —cuchichea Dawn mientras se acaricia los muslos por debajo de la mesa—, ¿me dejáis en paz un ratito?

—Cariño, no hace falta que hables en susurros, masturbarse no es delito.

El matrimonio que las mira y escucha piensa que, si no lo es, debería serlo.

—Os olvidáis de que vivimos en una ciudad donde todo se sabe, se comenta y se critica —las amonesta desde el cariño—. Ojalá me acepten en Columbia —suspira ahora ruidosamente—. Necesito escapar de aquí.

—¿Y abandonar a tu campeón?

Beth enarca una ceja.

Taylor se toquetea las puntas de su melena pelirroja.

—¿Qué campeón ni qué campeón?

—Dawn, ¿te has olvidado de Sunset? —Las amigas se escandalizan—. Porque déjame decirte que, si es así, tiene mérito cuando medio instituto vive pendiente de cada una de sus palabras.

—Y eso que no es de los que hablan por los codos ni fanfarronea… —puntualiza Taylor.

—Porque no necesita impresionar a nadie, él ya ha escogido —añade Beth con una sonrisa deslumbrante.

—¿En serio?

—Tiene gracia que tú preguntes eso cuando sabes que te ha escogido a ti .

—No digas tonterías. —El sonrojo de Dawn es violento e inevitable—. James no ha escogido a nadie. No le interesan las relaciones de pareja, no quiere ataduras. Ya os lo dije: su futuro está muy lejos de aquí.

—Y el tuyo también.

—Pero cuando yo me gradúe, volveré aquí y me pondré a escribir como si no hubiera un mañana. Y con vistas al mar. Mi sitio está en Savannah. Siempre lo he sabido. Columbia es… solo una etapa más.

—Ay, y yo tan lejos, en California… —suspira Beth, tan drama queen ella.

—Y yo en Harvard… —la imita la pelirroja—. Si me admiten.

—No seas ceniza —la regaña Beth—, ¡claro que te van a admitir! Pero entrarás en la liga masculina y tendrás que lidiar con comentarios y comportamientos sexistas y misóginos. Yo solo te aviso…

—Gracias, cariño, pero no se me olvida lo cavernícolas que pueden llegar a ser los tíos cuando se sienten amenazados por una inteligencia claramente superior.

Esa es Taylor, convencida —y no sin razón— de ser mucho más inteligente que la media de alumnos varones de la facultad de Medicina de Harvard.

—Ojalá creyera en mí misma con esa rotundidad vuestra —vuelve a suspirar Dawn—. Si ya soy invisible aquí, imaginaos en Nueva York, con todas esas chicas…

—Cariño, vas a ser la nueva Carrie Bradshaw, escribirás bestsellers que más tarde yo protagonizaré en las series de Netflix y HBO; ganaremos cantidades indecentes de dinero y tendremos unos cuerpos perfectos, moldeados por un entrenador personal que se ocupará de nosotras en exclusiva…

—Y os empotrará contra la pared todas las veces que se lo pidáis. Ya, ya, ya… Me conozco tus películas, Bethany Knowles, y todas tienen en común una sola cosa…

—Que la protagonista triunfa y es aclamada allá donde va.

—Que la protagonista folla en cualquier sitio, con cualquiera y a cualquier hora del día.

—Ah, no, no, Taylor Alison Miller. Con cualquiera NO. Ni lo sueñes. El privilegio de ver y tocar mi lencería de Victoria’s Secret hay que ganárselo.

—Bethany se siente una Helena de Troya por la que hay que pelear a muerte —proclama Dawn sin perder la sonrisa, y añade en tono malévolo—: Una que merece una guerra épica y casi casi la inmortalidad.

—Uy, qué va, no quiero que nadie se muera por mí, no me va la necrofilia. A mí me gustan vivos y de sangre caliente. Muy caliente.

Hace un gesto obsceno con la lengua y todas se echan a reír mientras abandonan el local de la avenida Park Oeste, donde han almorzado ese sábado de diciembre.

—Deberíamos quedar mañana para patinar —declara Taylor con ánimo competitivo—, han abierto la pista helada del parque Forsyth, como todos los años por estas fechas.

—Y callejear por entre los mercadillos navideños —propone Dawn mientras mira el cielo, que anuncia una tormenta inminente.

—Pero solo a cambio de nubes recubiertas de chocolate, bastones y manzanas de caramelo. No entiendo una Navidad sin manzanas de caramelo —declara la pelirroja con una mirada golosa.

—Prefiero el algodón de azúcar.

—Vaya trío de golosas somos.,

—Nos lo podemos permitir, es lo único bueno de la juventud —les recuerda Taylor.

—Eso y el sexo, que ayuda a quemar calorías.

—Es un mito, Beth —la contradice la pelirroja—; mientras salía con Kevin McCarthy engordé diez kilos.

—Porque te trataba fatal. Y no puedo garantizarte que con mi hermano vaya a mejorar la cosa…

—Oye, no sé por qué sigues con esa teoría absurda —protesta Taylor ahora—. A mí no me gusta tu hermano, no para… eso.

—¿Por qué no llamáis a las cosas por su nombre? Se llama sexo y es muy sano. Y tan necesario como respirar.

—Para ti, Beth. Ya te he dicho que yo me…

—Te conformas con masturbarte, sí, Dawn. Pero eso tiene los días contados, solo hay que ver cómo te mira Sun.

Dawn no sabe qué responder, solo camina con la vista al frente. En cuanto a Sunset, le gustaría decir que solo son amigos, que no hay interés romántico por ninguna de las dos partes, y lo diría si sirviera de algo y no se lo tomaran a broma. Es demasiado pedir.

—¿No tienes nada que decir, Dawn?

—¿Por qué lo llamas Sun?

—Porque solo suena la mitad de moñas; no sé en qué estaría pensando su madre…

—El nombre se lo puso su abuela, que es medio hippy . O eso me dijo para disculparla cuando vinieron a casa a cenar por Acción de Gracias.

—¿Los invitaste a tu casa? —pregunta Tay mientras cotillea su cuenta de Instagram en el móvil.

—También hemos invitado otros años a mis vecinos, los Donaldson, y eso no quiere decir nada.

—¿Esos no son los padres del friki que coleccionaba Barbies cuando íbamos a primaria?

—El mismo. Pero Rob Donaldson ahora ya no colecciona muñecas. Juega de quarterback en el equipo de fútbol y es mucho más popular que entonces. Y está mucho más…

—¿Buenorro? —Beth les guiña un ojo.

—Ah, sí, ya me acuerdo. —Taylor levanta la cabeza de la pantalla de su móvil y lo guarda en el bolsillo de los pantalones—. Estuvo saliendo un curso con Claire Fane, la capitana del equipo de animadoras.

Beth pone cara de asco para recordarles que, en aquellos días, empezó una guerra entre ella y Claire, a propósito de Cameron.

—Cam ya se olvidó de ella —la tranquiliza Dawn.

—Después de que esa zorra le rompiera el corazón.

—Lo pasó muy mal —coincide Dawn al rememorar esos días—; se emborrachaba todas las noches.

—Casi llegó a perder el curso por su culpa. —El rencor se cuela en la voz de Bethany.

—Ahora está mucho mejor —asegura Taylor, que no lo pierde de vista y «tropieza» con él a la menor oportunidad.

—Pues mueve ficha, Tay, si no quieres que otra lo vuelva medio tonto. Los tíos se pierden por un par de tetas, y ahí tú no tienes nada que envidiarle a nadie.

—Ni siquiera a mí.

—Tú ya estás pillada y fuera del mercado, cariño.

—Que no tengo nada con James.

—Sunset James —precisa Beth con una sonrisa pícara—. Me gusta vuestro rollo, no dejéis que la distancia lo eche a perder.

—No tenemos ningún rollo, solo somos amigos.

—Con derechos.

—Que ninguno de los dos disfruta porque no queremos mezclar las cosas.

—Pues qué desperdicio. —Bethany suspira; ella nunca dejaría pasar una oportunidad así.

A continuación, las tres amigas miran al cielo. Está empezando a llover y ninguna lleva paraguas. Si no se apresuran se calarán hasta los huesos, algo que parece no importarle a la aspirante a actriz. Pero sí a Taylor, que detiene un taxi en mitad de la avenida y las empuja dentro. ¡Salvadas!

—Estás echando a perder los mejores años de tu vida y luego te arrepentirás amargamente de haber dejado que tu flor se marchitara.

Dawn y Taylor cruzan las miradas. Contienen la risa al ver la cara del conductor. Taylor le da la dirección de su casa y se dirige a su amiga:

—Beth, en serio, tienes que dejar la maría. Te hace delirar.

—Ni fumo, ni me drogo, ni deliro. Digo las cosas como son. Y si fuera tú, no tentaría a la suerte —señala a Dawn con un dedo muy incisivo—. Los tíos son unos veletas —le recuerda—. Del «no puedo vivir sin ti» al «si te he visto no me acuerdo» en cuestión de nanosegundos. Ándate con ojo.

—Si es que eres peor que Ash.

Dawn sacude la cabeza, exasperada ante las ideas de la rubia. A ese paso van a sonrojar al taxista.

—Ah, no, eso sí que no. Me esfuerzo, pero no llego. Tu hermana es mi ídolo.

—¡Lo que nos faltaba!

—Pero ¿ha triunfado o no ha triunfado en Los Ángeles?

—Depende de lo que tú entiendas por «éxito».

—No te andes por las ramas, Dawn, y habla claro —exige Bethany—. ¿Ashley Morrison supone una amenaza para mí?

—Diría que más para sí misma. Y no, de ningún modo. Se ha enamorado de un tío cachas con el cuerpo tatuado y se ha ido a vivir con él a un rancho de Montana. En algún momento, antes de que acabe el año, tendré que decírselo a nuestra madre.

Sus amigas silban. Dawn se ríe mientras el taxi se detiene delante de la casa de los Miller. Su vida parece una comedia romántica de tan disparatada.

Sin embargo, la vida de Sunset se acerca cada día más al drama.

—¿Qué sabes de la abuela de Sun?

—Pues no mucho más que vosotras. Es muy reservado con su vida privada.

—El misterio tiene mucho morbo, pero es un tío raro. Ellos son muy básicos, casi primitivos.

—Neandertales.

—Cromañones.

—Cazar y follar.

—Y reproducirse.

—Todo muy elemental.

—Sunset no es elemental —lo defiende Dawn con inusitado ímpetu bajo el porche, ya a resguardo de la tormenta—, no es un empollón como yo, de acuerdo, pero es cualquier cosa menos primitivo. Y no le interesa el sexo tanto como a otros…

Sus amigas se miran entre sí con cara de «eso no te lo crees ni tú».

Beth suelta una de sus características carcajadas.

—¿Lo dices porque todavía no te ha desvirgado?

Dawn las mira, sonríe; vuelve a mirarlas, vuelve a sonreír y dice con su tono más inocente:

—Lamento romperos la burbuja, chicas, pero yo ya no soy virgen…

—¿Qué? ¿Cómo? ¿Dónde? ¿Cuándo?

—¿Y con quién?

Esa, claro, es Beth, que siempre va al grano, no importa el tema en cuestión.

—Fue bastante lamentable, por eso a veces se me olvida…

—¿Tan lamentable que no recuerdas ni su nombre?

—No es que no lo recuerde, es que probablemente no llegara ni a decírmelo. Fue en Los Ángeles, en una fiesta que dio mi hermana. Acabé muy pedo, muy perdida; él me encontró y sucedió.

—¿Así, sin más?

—Pues sí, chicas, sin pena ni gloria. No sufrí, pero tampoco me llevó a la luna y de vuelta. No fue romántico ni especial, y sí muy olvidable.

—Dawn, la primera vez tiene que ser muy especial. No puedes haber perdido la virginidad y no enterarte. ¿No hubo preliminares ni nada?

Esa es Taylor, que es una romántica de aúpa.

—Tampoco me hubiera enterado, ya te dije que iba un poquito perjudicada.

—Así no, Dawn, el sexo es algo fabuloso. No es compatible con el alcohol ni con las drogas.

—Te lo recordaré cuando estés en mitad de una de esas fiestas de Hollywood, donde el champán y la cocaína son los auténticos protas de la película.

—Muy rápido vas tú; para cuando me inviten a una de esas fiestas, ya tendrás familia numerosa.

—No me apetece la idea de casarme, ya sé que aquí es tradición, pero no me van esas ataduras. Además, los escritores somos solitarios y estamos incomprendidos. Los de romantasy más. Demasiada gente viviendo en nuestra cabeza. No sería una buena esposa.

—Eso no lo sabes y aún es pronto para averiguarlo, tanto como para que la vida de estrella rutilante corrompa a nuestra querida Bethany y la empuje al abismo de las adicciones.

—Mi única adicción es el sexo. Y eso no hace daño a nadie.

Las tres amigas se abrazan; afuera llueve, los coches circulan con lentitud, las luces de los faros iluminan la calzada desierta. Y otra noche de diciembre es testigo de su amor incondicional.