GINGER BALDWYN
A los diecisiete no piensas mucho en la muerte o en la enfermedad; son cosas que le pasan a otra gente, lejanas, de otro mundo: ajenas a tu realidad. Y a la de tu único familiar vivo.
Desde el primer día me quedó claro que Ginger no era como las otras abuelitas; tampoco había conocido a muchas, apenas un par en celebraciones de Navidad o Acción de Gracias, o en las barbacoas del Cuatro de Julio, donde se juntaban las familias de mis colegas de Los Ángeles.
Aquellas mujeres llevaban la palabra «respetabilidad» escrita en la cara.
Ricas o pobres, había que tomárselas en serio porque no tenían pinta de pasarte ni una.
Mi abuela, en cambio, me invita a hablar con franqueza, sin filtros ni pamplinas; ni falta que hace entre nosotros.
Hemos inventado un lenguaje de miradas y silencios cómodos que nos permite entendernos sin entrar en debates trascendentales sobre el sentido de la vida y cosas así.
Se acerca el invierno y me descubro preguntándome qué tal puede ser la Navidad en una ciudad donde nadie menor de sesenta años guarda un abrigo en el armario.
A mí, desde luego, no me cabe ninguno. Solo compro camisetas de grupos de rock y tejanos de oferta.
Y, a pesar de que me importa un pito la moda y mucho menos la opinión ajena, sigo causando sensación entre el alumnado femenino del instituto.
No lo digo yo, vaya por delante; lo dicen las malas lenguas.
Por qué yo solo veo a Dawn es algo en lo que prefiero no pensar muy a menudo, me obligo a sacármela de la cabeza las horas que no paso entre clase y clase, ahora que he decidido asistir a todas porque tampoco quiero broncas, ni que me expulsen y tener que buscar trabajo en una ciudad que, a ratos, todavía siento hostil; como si no encajara del todo en ella.
Lo más importante de todo esto es que, en el poco tiempo que llevo aquí, he establecido lazos y vínculos que, días antes de coger el avión, me habrían parecido imposibles.
Mi único vínculo había sido con mi padre, y era bastante elástico; no estaba sometido a ninguna norma arbitraria, ni a ninguna forma de tiranía.
Por eso nos entendíamos tan bien. Curiosamente, con Ginger ocurre igual; no impone nada, más allá de las elementales reglas de civismo y respeto.
Cuando esa tarde vuelvo del instituto a The Woods y a nuestra caravana, la presencia de una mujer trajeada, con toda la pinta de una funcionaria de (los temidos y odiados) Servicios Sociales, me pone inmediatamente en alerta.
Todas las alarmas internas se me disparan y no hay que ser clarividente para saber que ahí pasa algo.
Algo que no me va a gustar. Algo que puede suponer otro giro de tuerca en mi vida.
Otro plot twist , en palabras de Doña Literatura.
—¿Tú eres Sunset? —me ladra sin saludar ni nada. A pelo.
—Depende de para qué.
—¿Eres el nieto de Ginger Rose Baldwyn? —insiste con cara de acelga y una mirada que pretende ser penetrante e intimidatoria, pero que no funciona conmigo.
—Podría serlo…
—Esto no es un juego, chaval. Tu abuela ha sufrido un ictus hemorrágico y la han llevado de urgencia al hospital Martin Luther King.
—Estudia mi reacción y no sé si espera que me eche a llorar ante las malas nuevas.
De entrada, no sé qué es exactamente un ictus hemorrágico; muy bien no suena, la verdad.
Sin embargo, no derramo ni una lágrima. No es insensibilidad, quizá sea inconsciencia, tal vez negación.
Ella continúa—: Ahora mismo está en la UCI.
—La muy jodida sabe cómo meter miedo—. ¿Me acompañas o vas a seguir haciéndote el interesante?
—Eleva una ceja y asoma una sonrisa desganada a los labios—.
No hay cámaras ocultas, así que puedes dejar de lado la pose de tío malote que tan bien te funciona con el sexo opuesto.
La miro a los ojos. Los ojos nunca mienten.
Por desgracia, no parece que esté bromeando ni sea ninguna encerrona; tampoco tendría ningún sentido. Puede que la mía no sea una abuela tradicional, pero tampoco la veo como miembro de una organización criminal, ni dirigiendo un programa de telerrealidad.
Acepto acompañarla, sobre todo porque la muy pija conduce un Mustang del 70, mi favorito, y hace mucho tiempo que no me subo a un cacharro tan maravilloso.
Y aunque el destino no sea el mejor, ni ofrezca las mejores perspectivas a corto plazo, siempre es mejor que ir andando o tener que esperar el autobús.
El transporte público de Savannah tiene horarios muy «relajados», por decirlo de algún modo.
No hablamos; no soy de palabra fácil, ni ella tampoco.
Me alivia. No quiero comentarle lo preocupado que estoy, lo que me agobia pensar que la abuelita hippy se me pueda morir antes de hora, en qué lugar me deja su muerte y… Vuelta a empezar con el tema de las custodias. A empezar y acabar, porque Ginger es el último familiar que me queda vivo.
Si los de Servicios Sociales hubieran dado con mi madre cuando la palmó mi padre, nunca me hubiera subido a aquel avión y…
No quiero ni pensarlo. La imagen de Dawn se me cruza por la cabeza sin que pueda hacer nada por evitarlo.
Podría dejarme llevar por ensoñaciones húmedas y placenteras…
En cambio, decido mirar al frente, al edificio que se alza ante nosotros.
Se supone que es el famoso hospital. Parece moderno.
Y caro. Quizá demasiado para gente como nosotros.
Nunca le he preguntado a Ginger si tenía un seguro médico que cubriera accidentes o enfermedades; no sé, ya he dicho que a los diecisiete uno no piensa en hospitales.
—¿Este es el único hospital de la ciudad?
—No, pero sí es el mejor. No te preocupes por el dinero.
¡Ja! ¿En serio? Esta tipa ha venido a The Woods, ha visto la autocaravana, sabe cómo vivimos y aun así me ha traído al mejor hospital de toda Savannah. Aquí hay algo que no cuadra, no encaja y necesito saber qué es.
—Nosotros no somos…
Antes de terminar, recuerdo que mi abuela me dijo el primer día que no vivía en una caravana porque no pudiera permitirse nada mejor, sino porque le daba la real gana.
Sin más. Lo mismo tiene guardados miles y miles de dólares en una caja fuerte de algún banco.
Quizá su familia sea aún más rica de lo que me dio a entender, y ya me dijo que había sido una niña pija de colegio de pago.
Vale. No me preocupo por el dinero. Ella sabrá.
Yo soy maravillosamente insolvente, más vale que no me pidan nada. Por no tener, no tengo ni una guitarra, ni una moto; voy por la vida ligero de equipaje.
Cruzamos las puertas.
El ir y venir de médicos y enfermeras, los gritos y aspavientos, la urgencia y la sensación de llegar demasiado tarde amenazan con marearme, quizás incluso provocarme un colapso o algo así, yo qué sé, qué sé yo…
Una palmada en el hombro me sobresalta.
—Tío, ¿qué haces aquí?
—No. ¿Qué haces tú aquí? — Es el último lugar donde esperaba encontrarme con el capullo de Cameron Knowles. Sigue sin caerme bien, y continúo pensando que mira demasiado a Dawn y eso me molesta de un modo que no puedo explicarme, lo cual me cabrea más y más y más…
—Perdone, mil disculpas, señor Patterson, pero es que mis padres trabajan aquí y de vez en cuando paso a saludarlos.
Ah. Joder. Esto no me lo esperaba.
Dawn nunca me ha hablado de los padres de Cameron y Bethany.
De hecho, esta tampoco me ha comentado nada, ni antes ni después de los ensayos de Romeo y Julieta .
Sí, lo has adivinado: ella es Julieta, pero La Invisible puede estar tranquila porque yo no soy Romeo, soy solo un criado de los Montesco.
Por lo visto, no doy el perfil de héroe romántico, sea lo que sea eso.
—Te lo vuelvo a preguntar: ¿Qué haces aquí, Sunset?
—James, me llamo James —mascullo entre dientes. Solo Dawn puede llamarme por mi ridículo y verdadero nombre de pila. Para el puto universo y las putas galaxias lejanas e infinitas soy James.
Cameron sonríe con todos los dientes. Me dan ganas de partírselos de un certero puñetazo. Aunque, con mi mala suerte, sus padres son dentistas y el muy capullo saldrá ganando.
—Mi abuela ha sufrido un ictus.
A Cameron se le borra la sonrisa y en su lugar aparece una inesperada empatía, que demuestra con una palmada en el brazo y un abrazo de machote, de esos que se dan los amigos muy amigos, algo que él y yo no somos. Todavía.
Permanecemos abrazados cuando aparece de nuevo la de Servicios Sociales. Summer se llama, ¡vaya nombre!
Vale, vale, no soy quién para juzgar…
—El médico quiere verte. Ginger ha recuperado la consciencia, pero no puede hablar y tiene el lado izquierdo paralizado.
¡Genial! ¿Qué se supone que tengo que decir o hacer?
Lo mío nunca ha sido cuidar a enfermos.
—La cosa no pinta bien, Sunset —me informa con cara de circunstancias, sin reparar en la presencia de Cameron—. Pero no te preocupes. Encontraremos una solución. Tu abuela está fuera de peligro, que es lo importante. Todo lo demás lo resolveremos sobre la marcha.
Lo dice como si fuéramos algo que no somos. Qué sé yo, hermanos, pareja, vecinos, vete tú a saber. Su mirada me incomoda; no sé si es lástima o preocupación, o simple irritación por verse metida en semejante fregado; me incomoda igual.
Me siento pequeño e indefenso, jodido, impotente. Y un poco cabreado con la vida en general y con mi madre en particular. Me gustaría invocarla con el pensamiento, hacerla aparecer para que se ocupara de este marrón y después, por qué no, hacerla desaparecer de nuevo.
Claro que suena egoísta.
Pero es mi madre. Y nos abandonó.
Así que gana el premio a La Egoísta del Año.
—Sunset… ¿Me oyes? ¿Quieres un café? ¿Una Coca-Cola?
Quiero un genio de la lámpara que me conceda el deseo de desaparecer y aparecer de nuevo en una isla caribeña y, ya puestos a pedir, con Dawn a mi lado. En bikini.
Sé que no son los pensamientos adecuados al momento ni al lugar, pero me da igual.
Tengo diecisiete años.
Por supuesto, me quedan unas cuantas neuronas que triunfan sobre mis hormonas adolescentes y me mantienen con la boca cerrada. Aunque la imagen de La Invisible en bikini no se me vaya de la cabeza.
—No me apetece nada. Tengo el estómago cerrado. —Y la mente calenturienta, pero eso no se lo digo.
—Tienes que comer algo, la noche puede ser muy larga metidos aquí dentro.
Me gustaría preguntarle si no tiene nada mejor que hacer, otros desamparados en peor situación que la nuestra a quienes atender.
Tampoco se lo digo. Ya sabes, esas neuronas aún siguen funcionando y me salvan de mí mismo. A veces puedo ser… impetuoso. Y grosero. Y mal educado.
Tengo que acordarme de no mostrarle a Dawn esa lamentable versión de mí mismo.
Sacudo la cabeza y me obligo a ir hacia la máquina y sacar una lata de Coca-Cola.
Por distraerme, por no pensar, por quitarme a La Invisible de la cabeza; no debería estar ahí, pero se cuela, rebelde y desafiante, ocupando todos los pensamientos que debería ocupar mi abuelita.
¡Malditas hormonas!