GOD BLESS AMERICA
D ejamos octubre atrás; la noche de Halloween fue animada y conseguí incluso sentirme a gusto con el maquillaje de Eduardo Manostijeras que Beth improvisó a última hora de la tarde, cuando estaba a punto de darme por vencido y quedarme en mi «dulce hogar» comiendo Cheetos a puñados y escroleando las redes en busca de emociones fuertes.
Tuve que ir a casa de las Morrison porque de ninguna manera iba a permitir que las chicas descubrieran dónde vivo.
Uno tiene su orgullo; no me importa admitir que me gusta besar a Doña Literatura; otra cosa muy distinta —e inadmisible— es que ella se entere de que vivo en The Woods, que es casi un gueto apartado de cualquier atisbo de civilización.
Mis vecinos no son narcos, pero tampoco los invitaré a mi boda. Sobre todo, porque no tengo intención de casarme y, si lo hiciera, sería mi abuela quien los invitase sin mi permiso. Es muy capaz de eso. Y de lo que sea.
No le he dicho que besé a Dawn, que no estábamos borrachos y que nos gustó a los dos.
Dawn tampoco ha vuelto a hablarme del beso, pero sé que no se arrepiente, simplemente piensa que no es oportuno hablar de ello conmigo.
Quizá debería hacerle saber que me gustó y no me importaría repetir.
O tal vez algo así me deje demasiado expuesto delante de ella y sus amigas.
Y de todo el instituto, ya puestos.
No, mejor me lo reservo para otra ocasión, cuando ella necesite saber que me gustó, cuando le dé a ese beso la importancia que merece. O la misma que le doy yo, que es más de lo que estoy dispuesto a admitir. Ya sabes, la jodida reputación y eso.
En otras circunstancias, no me importaría admitir que Dawn me atrae como un imán y, quizá, no sé, invitarla al cine, o a la bolera, o a la próxima fiesta de Landon, que será pronto si lo conozco bien.
También puedo invitarla a uno de los ensayos de la obra que estamos preparando para final de curso: Romeo y Julieta . No sé por qué, me apetece verla entre el público, me apetece que me vea sobre el escenario, necesito demostrarle…
¿Qué necesito demostrarle en realidad?
«Que no eres su príncipe… Pero puedes serlo… Si te lo propones».
Que tampoco me lo he propuesto, eh. Solo es una idea; un pensamiento fugaz que, como viene, se va. Una locura, un despropósito y algo impropio de mí.
Porque no puedo olvidar que Savannah es una etapa, corta si es posible; estoy de paso, no tengo ninguna intención de quedarme en esta ciudad provinciana de gente perfecta con vidas perfectas que nada tienen que ver con la mía.
La familia de Dawn tiene pinta de ser ese tipo de «gente perfecta» con «vidas perfectas», donde todo brilla y es bonito, nada se mancha nunca ni se estropea, y todo es mejor con litros de té helado y toneladas de tarta de melocotón.
Si ella me viera ahora, me soltaría una colleja y diría que dejara de decir tonterías.
Ella no se ve como nada especial, y es una lástima, y al mismo tiempo un acierto porque esa timidez y esa inseguridad son auténticas y llaman la atención de cualquiera.
Me llamaron la atención desde el primer momento, en el avión. Y la sensación de vértigo, como cuando sabes que estás haciendo algo malo, pero aun así quieres seguir haciéndolo y ver hasta dónde te lleva.
Sí, Halloween fue una noche en la que bebimos, no demasiado; reímos hasta que nos dolió el estómago y vimos pasar un desfile de críos vestidos y maquillados de zombis, fantasmas, cadáveres, rostros sangrientos, cuchillos y hachas, todo envuelto con el perfume dulzón de los caramelos y las chucherías que iban recogiendo por las casas.
En California no celebrábamos Halloween porque mi madre nos abandonó a finales de octubre y esa herida nunca acabó de cerrarse; no importaba con cuántas mujeres saliera mi padre, cuántas citas a ciegas le organizaran sus amigos o cuánto intentase distraerlo yo con mis locuras adolescentes y mi afición a meterme en líos.
No me gustaban las peleas, pero tampoco estudiar, y pasaba el día en la calle con la tabla de skate ; fumando, comiendo porquerías o bebiendo cervezas si había podido robárselas al indio que las vendía a precio de sangre de unicornio por las playas de Malibú.
Había pillado curdas de órdago, había potado en los huecos de innumerables árboles y había trepado hasta la ventana abierta de mi habitación demasiadas noches como para contarlas, siempre procurando no despertar al viejo y ahorrarme la bronca.
Aunque, para bien o para mal, pocas broncas tuve que comerme mientras vivimos juntos; mi padre se había convertido en un hombre taciturno y melancólico, aferrado al pasado y a la ilusión de la que pudo haber sido su vida.
Yo no quiero eso para mí. Pocas cosas tengo tan claras como lo que no quiero ser, en lo que no quiero convertirme; lo mío es vivir al límite, en la cuerda floja que separa lo legal de lo ilegal, el divertimento del delito.
Y ahí no hay sitio para Dawn.
Si fuera Beth o cualquier otra, me lo paso bien, sin más.
Ella es distinta, especial y no sirve para una noche de desfogue.
Es tradicional hasta decir basta; familiar y amiga de sus amigos.
Y quiere más a su hermana de lo que me dio a entender el otro día.
Esa noche de Halloween no nos emborrachamos, no mucho, no lo suficiente como para que ella intentara besarme de nuevo, o yo lo hiciera.
Casi fue peor: nos invitó a mí y a Ginger a la cena de Acción de Gracias.
—No vais a pasar ese día solos.
—¿Y quién te ha dicho que vamos a estar solos?
—No sé, puro sentido común. —Se encogió de hombros y me regaló una de sus sonrisas tímidas—. Por lo que me has contado, no tienes más familia que ella.
Sí, supongo que se lo conté en algún momento. No lo recuerdo, pero admito que es posible, incluso probable y quizá más cierto de lo que me gustaría.
—Ya… Bueno… Los Clark también nos han invitado. —En realidad, lo hizo Landon, y no estoy muy seguro de que lo consultara con ningún miembro de su familia.
—Ah —se quedó un poco desconcertada, como si hubiera olvidado que desde que llegué he hecho alguna que otra amistad.
—No he decidido nada aún; de hecho, ni siquiera se lo he comentado a mi abuela.
—Tampoco hay prisa —se disculpó enseguida y me pregunté si se había arrepentido de haberse mostrado tan generosa. Y entusiasta. Y no quise que se disculpara, mucho menos que se arrepintiera. Así que le solté sin pensarlo dos veces:
—Por supuesto que iremos a cenar con vosotras.
Había hablado en nombre de mi abuela, pero empezaba a conocerla. A ella y su gusto por el salseo y los rumores de patio de vecinos. Me apostaba la cabeza a que iba a estar encantada.
Y aquí estamos esta noche: sentados a la mesa, los cuatro, a punto de trinchar el pavo.
Ellas me miran y señalan la bandeja.
¿En serio esperan que yo haga los honores? Que yo no he atacado un pavo en mi vida.
Que no sé qué es una comida de Acción de Gracias; mi padre y yo comíamos sándwiches y nos atiborrábamos de dulces frente al televisor. Las grandes reuniones me hacen sentir incómodo; nunca sé qué esperan de mí.
—Yo no… Nunca…
Balbuceo como un crío estúpido mientras siento tres pares de ojos brillantes y traviesos fijos en mí.
—Vamos, James, solo es un pavo. No va a comerte, te lo vas a comer tú.
Esa es ella, que cada vez que me llama James me siento amenazado de un modo que me pone particularmente cachondo.
—Bueno, bueno, espero que guarde algo para nosotras —tercia mi abuela, que no se pierde una palabra ni un gesto de los que intercambiamos.
Nos hemos convertido en su nuevo culebrón de sobremesa. ¡Qué ilusión!
—Y si no, no pasa nada. —Samantha sonríe y al hacerlo me revela de quién ha sacado Dawn todo su encanto de mosquita-muerta-que-no-ha-roto-un-plato-en-su-vida .
Cojo el cuchillo con temor reverencial; como asesino en serie no voy a ganarme la vida, desde luego. No si hay sangre de por medio.
—El pavo está muerto, cariño —declara Samantha—; húndele el cuchillo sin miedo, no va a protestar ni va a salir corriendo.
Respiro hondo y cojo fuerzas. Ya me dijo la de Servicios Sociales que esta iba a ser una etapa de aprendizaje, aunque no creo que lo dijera por el pavo.
Hundo el cuchillo en la carne blanda, cremosa y caliente. Huele deliciosa la puñetera, eso hay que reconocerlo. No quiero parecer hambriento, pero… ¡Joder! Estoy muy hambriento. Y no solo de pavo con salsa de calabaza y guarnición.
Lo troceo como mejor puedo y voy colocando las raciones en los platos para el mayor deleite de las mujeres reunidas en torno a la mesa. Dawn sirve la salsa, Samantha va repartiendo patatas y castañas, mientras que Ginger se limita a mirarlas con cara de asombro.
—Vamos, abuela, no me digas que esta es tu primera cena de Acción de Gracias.
—Ya no recuerdo la última, a decir verdad.
—¿En Woodstock no comían pavo?
—Aunque no te lo creas, Sunset, ni siquiera estuve cerca del festival —me desanima mi abuela con su mejor sonrisa de circunstancias—. En aquellos tiempos trabajaba de camarera y bastante tenía con lidiar con borrachos y salidos.
—Los borrachos pueden ser muy insistentes —recuerda Samantha, como si en su vida los hubiera habido a montones y hubiese tenido que quitárselos de encima continuamente.
—¿Lo dices por aquel novio que tuviste en el instituto, antes de conocer a papá?
La cosa se pone interesante, mira tú…
—No, el bueno de Haley no bebía ni siquiera una triste Coca-Cola —lo disculpa la madre de Dawn con otra de sus deslumbrantes sonrisas—, pero, al igual que Ginger, yo también trabajé de camarera, aunque solo fuera un par de veranos, y sé muy bien de qué habla.
Vaya, vaya. Me pregunto si Dawn también trabajará para pagarse los estudios en Columbia.
Ah, no, que a ella seguramente le darán una suculenta beca, aunque solo sea por lo empollona que es.
Pero no lo digo. Eso no se dice en una cena, mucho menos en una como esta y mucho menos en esta casa. Me pregunto cuánto debe de costar.
—Pedazo de casoplón —suelto para romper el silencio denso y espeso que de repente se ha instalado en la mesa—. Debe de costar un pastizal.
Ginger me mira mal. No ha sido mi mejor comentario, lo sé, pero me ha salido sin pensar. Además, soy un adolescente; nadie espera que me guarde mis opiniones para mí.
—Era de los abuelos de Damon —responde Samantha sin perder la sonrisa—, fue su regalo de boda. Nunca pregunté el precio. En el sur no se habla de dinero, es de mala educación —me aclara y hace un mohín que he visto más de una vez en Dawn, sobre todo cuando me meto con ella.
Me ha quedado claro, por supuesto.
Intento ver en ella algún signo de irritación, reproche o disgusto. Algo que me diga que no quiere que ande cerca de su hija, pero parece encantada de tenernos como invitados, casi tanto como de sorprendernos cuando nuestras miradas se cruzan o nuestros dedos se entrelazan en un gesto cómplice.