NO SOY TU PRÍNCIPE
—Otra vez te has saltado las clases. —Doña Literatura se sienta a mi lado y me pasa la bolsa de gominolas. Quiero aborrecerla, pasar de ella al menos, pero los ositos de goma me lo ponen francamente difícil. Son mi perdición.
De todos modos, me siento obligado a mortificarla:
—¿Las gominolas no son incompatibles con los aparatos? —procuro dotar a mi tono de voz con toneladas de desdén y la misma superioridad.
—Lo mismo que tú conmigo y yo contigo —me replica, inmune a mis pullas—; y, a pesar de todo, James , aquí estamos: saltándonos las clases y atiborrándonos de dulces. Menudo par de golosos estamos hechos.
Me la pone dura el retintín con que pronuncia mi segundo nombre, ese que debería haber sido el primero. Y el único. Muy dura.
—Te encanta meterte conmigo —protesto inútilmente.
—Tú tampoco te quedas atrás. Y sí, disfruto picándote. Pero también comparto contigo una de las cosas que más me gustan en este mundo —señala la bolsa de dulces con un dedito que me muero por morder. Con suavidad, con mucha suavidad—. Eso es una bandera de paz, no deberías subestimarla.
—¿Y no tienes a nadie más con quien compartir tu vicio no tan inconfesable?
—Por supuesto que sí, pero Cam está en clase de Matemáticas, es su favorita y no quiero privarlo de ese placer. Prefiero incordiarte a ti, que estás aquí tan ricamente, sin molestarte lo más mínimo en sacar adelante el curso.
—No me van los libros, me da igual graduarme —le digo—. Lo que me espera ahí afuera es mucho más interesante. No voy a desperdiciar mis mejores años encerrado entre las paredes de una biblioteca, no es mi rollo.
—Claro, claro, ya lo vimos el domingo: lo tuyo es desafiar las normas y provocar a las autoridades…
—No recuerdo haber visto a ningún madero por ahí, debían de estar ocupados con los yonquis, los proxenetas, los asesinos en serie y los violadores. Una carrera de coches entre adolescentes, por muy ilegal que sea, no es digna de su atención.
—¿Por qué te gusta vivir al límite?
No hay reproche en su pregunta, solo curiosidad.
—Necesito el chute de adrenalina, solo lo consigo corriendo o…
—¿Follando? En eso puedo ayudarte…
—No soy tu príncipe, nena. Ya te lo dije la otra noche: búscate a alguien que vea el mundo como lo ves tú.
—Paternalista y aburrido. —Dawn bufa como si hubiera escuchado tonterías como esa mil y una veces—. A otro perro con ese hueso —protesta airadamente—. Si no te pongo, me lo dices alto y claro.
¿En serio?
«¿Que no me pone?».
¡Joder! Solo ella puede pensar eso. Me queman las manos de las ganas que tengo de enterrarlas en esa melena.
Le devuelvo la bolsa para no devorar todo su contenido; el ansia me está matando y no puedo seguir a su lado.
No debo seguir a su lado .
Ya le he dicho lo que tenía que decirle; en realidad, ni siquiera tenía planeado hablar con ella en estos términos.
Todo sería mucho más fácil si no resultara tan jodidamente adorable cuando arruga la nariz y frunce los labios, y cuando mueve los pies como si no pudiera quedarse quieta un solo segundo.
Incluso cuando sonríe con los aparatos me entran ganas de besarla.
Pero no, no soy su príncipe; ni el suyo ni el de nadie. Prefiero parecer un canalla a serlo; lo dije y me reafirmo.
No voy a dejar ningún corazón roto cuando me vaya, mucho menos el suyo.
—Deberías liarte con Cameron —le sugiero sin saber muy bien por qué—, aunque no lo diga, le interesas, y no de un modo tan fraternal como dio a entender el otro día.
—Oh, gracias, James , no sabía que necesitaba tu guía espiritual para asuntos amorosos. Es un detalle por tu parte decirme con quién puedo o no puedo liarme, pero ya tengo un padre…
—Que falleció hace tres años. ¿Por qué no me lo dijiste cuando nos conocimos?
—Porque no es la clase de confidencias que le hago a un niñato prepotente que quiere pasarse de listo conmigo.
«Te has lucido, tío. Enhorabuena».
—Y, además, ¿tú cómo sabes eso? —Dawn entrecierra los ojos como si sospechara de mis métodos de investigación—. Ah, claro, déjame adivinarlo: te lo ha contado Cameron…
—No, en realidad me lo dijo mi abuela.
—Tu abuela. —Sopesa mis palabras con extraordinaria suspicacia—. ¿Y qué sabe tu abuela de mi familia?
—Bastantes cosas; a fin de cuentas, nació y se crio aquí —la informo—. Algo debe de saber de las gentes de esta ciudad.
—¿Y tu abuela es…? Ilústrame, porque no sé si tengo el honor de conocerla.
Se está riendo de mí y me dan ganas de reírme con ella.
—Ginger Rose Baldwyn —anuncio—. Su familia era de la flor y nata de Savannah, pero de eso hace ya muchos años y hoy ya nadie se acuerda de ella.
—No me suena el apellido, pero esta ciudad es más grande de lo que tú te crees, y además no estoy al día de la chismografía local.
Pues ya somos dos.
—El caso es que ella sí que conoce a tu familia y lee los artículos que escribes para el periódico del instituto. Dice que tienes talento y te augura un espléndido futuro. Tiene más fe en ti que en mí.
«Y, por desgracia, no puedes estar más de acuerdo con ella».
—Vaya —es lo único que se le ocurre decir.
—Cualquier día te la cruzarás por el centro; le encanta pasear en bicicleta.
¿He sonado muy sarcástico? Es probable. Y no me arrepiento.
—¿Vas a disfrazarte por Halloween? —Cambia de tema con ligereza, sin saber cuánto se lo agradezco.
Por un momento he entrado en pánico al pensar que podía querer conocer a Ginger en su salsa: en The Woods. No estoy preparado para afrontar esa situación. No estoy seguro de que vaya a estarlo en ningún momento, a decir verdad.
—No he pensado nada en concreto. No soy muy de truco o trato; no sé, se me ha pasado la edad, supongo.
—Vamos, James, ni que tuvieras ochenta años.
«Lo que no tienes es dinero para comprar un disfraz decente». Pero eso, claro, no se lo digo.
—Nosotras vamos a disfrazarnos de brujas.
«Os viene como anillo al dedo». Pero eso, claro, tampoco se lo digo.
—¿Siempre vais juntas a todas partes? —pregunto en cambio y sé que suena mucho a mofa.
—Por supuesto que no, pero, si así fuera, ¿habría algún problema? ¿Hay alguna ley que nos prohíba juntarnos cuando nos venga en gana?
No la hay, aunque debería. Hay algo perturbador en el hecho de que tres adolescentes demasiado sexis para su propio bien vayan juntas de aquí para allá, sembrando deseo, anhelo y quizás hasta un poco de amor en los chicos buenos.
—No la hay, pero tenéis que cuidaros; sois un peligro con piernas y…
—Esta es una ciudad tranquila y donde yo vivo nunca pasa nada, no sé si por suerte o por desgracia.
—No me digas que echas de menos la falta de criminalidad.
—Tanto como eso, no. Pero sí que me gustaría un poquito más de… No sé… ¿Aventura? Aquí todos saben cuál es su lugar, todo el mundo se siente a gusto.
—Todos menos tu hermana.
—Ah, que eso también te lo han dicho. Mucho sabe tu abuelita de nosotras para lo poco que sabemos nosotras de ella.
—Ginger no es de ese tipo de gente. Lo que ocurre es que tiene ojos y oídos, y sabe utilizarlos. No es ningún delito.
Y si lo fuera, pienso, lo mismo le iba a dar.
—Pues quiero conocer tus fuentes, o sea: a tu abuela.
—No es una abuela convencional, no tiene nada que ver con la tuya.
—Eso seguro, porque no conocí a ninguna —noto cierta nostalgia en su voz—. Las dos murieron antes de que yo naciera.
—Así que solo tienes a tu madre aquí.
—Sí, pero no necesito a nadie más —suena muy a la defensiva, pero no soy quién para reprochárselo.
—No te estoy juzgando, somos amigos. O eso creo.
Lo mismo estoy siendo muy optimista en cuanto a esta amistad.
Pero es que me gusta, me gusta mucho, y no debería gustarme; no es conveniente que me guste, puede traerme muchos problemas, y es lo que menos quiero mientras esté aquí.
Por otro lado, no veo nada de malo en tener amigos, aunque sea para divertirme; tampoco necesito confidentes, solo gente con quien hablar y reír y emborracharme de vez en cuando…
Si consigo alcohol en esta maldita ciudad.
Dawn me mira, me evalúa, me repasa de arriba abajo.
No sé qué piensa, no sé si quiero saberlo o si estoy preparado para un rechazo.
En Los Ángeles nunca me rechazó nadie, mucho menos las chicas; al contrario, se peleaban por mi atención.
Nunca llegó a interesarme ninguna, tonteé con un par; no a la vez, por supuesto, y no sé muy bien cómo, acabaron haciéndose amigas.
Tengo cuenta en Instagram y Twitter; hace un par de meses me abrí una en Tinder también, cuando me enteré de que iban a desterrarme aquí; no quería morirme de aburrimiento y no era capaz de imaginar a nadie como ella.
—Claro que somos amigos, James, y te agradezco que no pierdas el tiempo juzgando a los demás. Es un deporte muy tóxico que no aporta nada.
—¿Y tu hermana consiguió triunfar en California?
—Pse… Es un tanto inconstante. Se entusiasma enseguida y pierde la ilusión con la misma rapidez. Y le gusta demasiado un rabo, eso hace que su atención se desvíe a menudo del camino correcto.
¿He escuchado bien? ¿Ha dicho «rabo»? ¿En serio?
—No me mires con esa cara, mis «novelitas», como tú las llamas, son bastante picantes y sus diálogos están trufados de palabras malsonantes. No hay nada malo en ello.
Por supuesto que no… Pero me choca oír ese vocabulario en sus labios, como que no le pega.
—No te pega mucho —me arriesgo a ser sincero y molestarla.
En cambio, se ríe, niega con la cabeza y vuelve a reírse como si yo fuera un chiste muy divertido.
No sé si me halaga o me ofende.
—Vale, tú ganas. Es la primera vez que digo esa palabra y, sí, le pega más a Beth, pero quiero que sepas que yo también puedo ser mal hablada si quiero.
Pues muy bien, pienso, por mí no hay problema. Viva la libertad de expresión. Nunca se me ocurriría decirle qué puede o no puede decir. Para eso ya está su madre.
—¿En serio no vas a disfrazarte para Halloween?
Se muestra debidamente escandalizada porque para los norteamericanos pocas cosas son tan tradicionales como la noche de difuntos.
—No quiero malgastar dinero en eso —le digo y añado con toda la intención—: No es que me sobre.
Me mira y me regala las gominolas que quedan. No sé cómo sentirme al respecto, no me gusta la compasión, pero lo curioso es que sé que no lo hace por lástima. Ella es así, sin más.
—Deja que al menos te maquillemos como nosotras, para dejarte un poquito más… terrorífico.
—No, no, si dar miedo, sí dais. Las tres. Vaya trío.
—Perdona, cariño, pero somos los pibones del instituto —presume con un desenfado insólito—. Si te vienes con nosotras, tienes el éxito asegurado para el resto del curso.
—¿Has vuelto a beber, Dawn?
—No, pero si quieres te vuelvo a besar.
¡Joder! Vaya propuesta. ¿Qué le digo?
No me salen las palabras, no soy un tío de discursos, así que esta vez tomo la iniciativa y la beso. Al principio, casi por accidente, casi sin querer, como quien tropieza en la calle al no mirar por dónde pisa.
Pero ella me devuelve el beso multiplicado por mil o un millón.
No sé qué me pasa, sé de sobra que esto es una pésima idea y tendrá fatales consecuencias y acabaré mal. Muy mal.
Sin embargo, ahora mismo me veo incapaz de detenerla porque soy demasiado ¿feliz? Porque estoy demasiado ¿cachondo? Porque sus labios saben demasiado ¿bien?
—Quién te ha visto y quién te ve, Dawn Morrison, mírate: haciendo pellas y comiéndote los morros con el campeón de la carrera.
Al oír la voz de Taylor, me aparto de su amiga como si quemara.
Los dos nos giramos para verla, impávida, delante de nosotros. Con cara de póquer y una media sonrisa queriendo abrirse paso en su bonita cara.
Dawn tiene razón, esas tres son unos pibones de la hostia y yo acabo de ganarme el premio gordo con la mejor de todas.
Pero no lo diré, claro; porque prefiero a la Dawn tímida que no sabe de lo que es capaz.
Si lo supiera, también descubriría que merece mucho más que un tío como yo.
—Si estás aquí es porque tú también te has saltado alguna clase —la regaña.
—No exactamente. Vengo del despacho del director. No me miréis así, no es nada malo, ya sabéis que este curso hay que presentar las solicitudes para las universidades y el señor Connors quiere escribirme una carta de recomendación para Harvard.
—Allí hace frío, y la gente es muy seria. ¿Estás segura de querer pasar los próximos cinco años rodeada de nieve?
— James , no la desanimes. Ni lo intentes siquiera. —Dawn me regaña y mi nombre en sus labios suena a peligrosa y excitante amenaza—. Tay tiene los objetivos muy definidos.
La de los objetivos «muy definidos» se sienta con nosotros, un escalón más abajo, y me arrebata la bolsa de gominolas sin pedir permiso. La dejo hacer; ya no quedan ositos.
He besado a Dawn y sabe mucho mejor que cualquier gominola que haya comido nunca.
Pero no lo diré, claro, no puedo echar a perder mi reputación justo cuando acabo de ganarla.
Ni siquiera por ella.
«No soy tu príncipe».