Eres tú: Sunset (Felicidad 1) LA CARRERA
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LA CARRERA

Dawn

—¿Que lo besaste? ¿Por qué no nos habías dicho que lo besaste ? Ya ha pasado un mes desde la fiesta en casa de Clark, ¿a qué esperabas para decírnoslo? Para decírmelo, vaya, porque Beth, tan puntual como siempre, se ha perdido el chisme. ¡Ja!

La pelirroja suelta una carcajada entre globo y globo de chicle.

De fresa, siempre de fresa: su favorito.

Están en casa de los Miller, en la habitación que comparte con Anne, su hermana pequeña.

Hay fotos de Justin Bieber por todas partes y suena una vieja canción de Rihanna desde la aplicación Spotify de su móvil.

A pesar de su afición por la medicina forense y su curiosidad por saber de qué muere la gente cuando lo hace de un modo inesperado, Tay es una adolescente como las demás, y Dawn la quiere mucho, bastante más que a su hermana, o al menos se llevan mejor.

Tay no lee novelas que no sean de misterio y crímenes, pero entiende que a una romántica como su amiga le gusten los finales felices, del mismo modo que entiende que Bethany solo lea cosas con mucho spicy y mucho empotramiento.

Todas las chicas del instituto quisieran tener una vida como la de Bethany.

Y también su cuerpo. Y su modo de ver y entender la vida.

Beth podría ser una niñata insoportable, pero le sobra corazón, y aunque siempre tenga el ojo puesto en algún culo masculino, jamás se interesaría por nadie que ya estuviera pillado.

Por fortuna, ninguna de las dos tiene pareja.

Aunque de lo último no está Taylor tan segura.

—¿Besa bien?

—No sé si es buena idea que te conteste a eso, y además iba muy pedo. ¿Cómo, si no, iba a ponerme en ridículo de ese modo? Dios, no sé ni por qué te lo cuento, me juré a mí misma que me llevaría ese lastimoso secreto a la tumba.

—Porque somos refugio, no puedo creer que no quisieras contárnoslo, somos tus besties , tus hermanas de leche, jamás hemos tenido un secreto que no pudiéramos compartir.

—Tay, los secretos no se comparten o dejan de ser secretos.

—Pues para eso se comparten, para que dejen de ser secretos. Guardar secretos provoca úlcera; tampoco es como si hubieras matado a alguien. Solo le diste un piquito… ¿O fue más que «un piquito»?

Dawn se remueve, incómoda, violenta y profundamente avergonzada. No ha cometido un crimen, cierto, pero su dignidad ha quedado en entredicho, menoscabada; no ha cambiado nada desde la fiesta, al parecer Sunset no se ha ido de la lengua y en el instituto nadie sabe nada de su comportamiento.

Pero esa es un arma de doble filo, porque si no lo ha dicho todavía, quiere decir que puede hacerlo en cualquier momento.

En pocas palabras: está en sus manos.

¡Qué idea tan peligrosa!

—No fue un beso con lengua, si es lo que quieres saber. Yo no hago esas cosas.

—¿Qué cosas? —Beth irrumpe en la habitación y se deja caer en la cama con un suspiro.

—Dawn y Sunset se besaron en la fiesta de Clark —canturrea Taylor.

—Dilo más alto, Tay, mi madre aún no se ha enterado y seguro que se muere por saberlo —protesta Dawn y se mete una gominola en la boca.

—¡Joder! Te va ese tío. Tampoco es ninguna sorpresa. Ya te dijimos que erais la pareja perfecta.

Dawn bufa. No porque le falte razón, sino porque le jode que haya dado en el clavo.

—No es una buena influencia para mí, odia estudiar y solo está aquí de paso. Mejor no me encariño.

—Mejor no te encariñes, ahí llevas razón.

—Bethany la señala con una de sus uñas, exquisitamente pintada—.

Ni con él ni con ningún otro. Tú disfruta y ya.

No metas el corazón en esto o acabarás jodiéndola.

Y hablando de Sun, me he enterado de que se ha montado una carrera ilegal de coches en la carretera que acaba en Savannah Bay.

Por lo visto, a tu nene le gusta quemar rueda. ¿Vamos a animarlos?

Dawn y Taylor la miran; de sobra es sabido que, donde hay tíos, ahí está Beth al quite, por si puede enrollarse con algún desgraciado que más pronto que tarde recibirá una paliza de Cam, igual que el pobre Landon, quien aún va recuperándose poco a poco.

—Pero ¿no te gustaba el del Aston Martin?

—¿Y qué si me gusta? A mí me gusta todo… Menos la exclusividad.

—Una defensora del poliamor.

—A muerte. Y la poligamia, y todo lo que suponga libertad para elegir y ser yo misma. Anda, dejad de criticarme y vámonos. Falta media hora para que den el pistoletazo de salida y las apuestas por tu chico van subiendo —dice Beth mientras ojea sus redes en el móvil.

—¿Están haciendo apuestas en las redes? Pero ¡serán tontos! Los van a pillar.

—Dawn, hablamos de adolescentes, ¡claro que son tontos! Para eso vamos, nenas, necesitan nuestros privilegiados cerebros.

—A ver, cielo, no te vengas tan arriba, que «privilegiado», lo que se dice «privilegiado», tu cerebro no es —la desilusiona Taylor, dándole un codazo amistoso.

—Ah, claro, que no voy a ir a Harvard como la señorita abre-cadáveres…

—No eres tonta, pero tampoco muy lista —intenta mediar Dawn—; quizá si pasaras más tiempo delante de los libros que delante del espejo…

—No todas podemos ser tan perfectas como tú, que ya te levantas guapa y oliendo rico a las seis de la mañana.

Dawn pone los ojos en blanco. ¿En serio ha oído lo que cree que ha oído?

Sonríe, y de paso le enseña la ortodoncia, luego el nuevo grano que le ha salido en mitad de la frente y, para acabar, le recuerda que lleva tres meses a dieta por prescripción médica.

—Claro, claro, por eso comes gominolas como si no hubiera un mañana.

—Chist —pide silencio—. Es un secreto.

—Ya, ya, como lo del beso.

—¿Y a él le gustó? ¿Querrá repetir?

Buena pregunta. Muy buena pregunta.

—Claro que sí —declara Taylor—; si se le ve en la cara que le gusta Dawn. A los chicos malos siempre les gustan las chicas buenas.

—Yo también puedo ser una chica mala…

—Con dos reencarnaciones, un manual de instrucciones en seis idiomas y tu tía Bethany guiándote en el arduo proceso de transformación a tu nuevo «yo».

—Oh, por supuesto, ¿qué sería de mí sin tu inestimable guía?

—Tienes que olvidarte de las palabras rebuscadas, Dawn; Sun no tiene pinta de ser un tío al que le guste llevar encima un diccionario. ¡Vámonos!

Cuando llegan al lugar donde la autopista Atlantic Coastal se une a la calle Boundary Oeste, la música es ensordecedora; hay gente de entre veinte y treinta años bebiendo, bailando y comportándose como si esa fuera la última fiesta de sus vidas.

—¿A dónde me habéis traído? —Dawn no puede evitar preguntar y Beth suelta una carcajada como respuesta.

—Ei, no te fijes en esos, los que importan son los de ahí. —Beth señala a un grupo de tíos que se recuestan contra los capós de unos coches impresionantes, tuneados de mil formas y de cuyos maleteros sale más música a los mismos imposibles decibelios.

Dawn se fija en que la mayoría luce ropa fluorescente y lleva pintada la cara y el cuerpo con elaborados dibujos.

Abre los ojos de par en par; no es muy aficionada a esos ambientes y puede jurar que jamás hasta hoy ha estado en una carrera de coches ilegal.

No negará que le da morbo infringir unas cuantas reglas, de esas que su padre establecía sin poder ocultar la sonrisa.

Dawn es muy fan de las reglas, tanto como Sunset parece odiarlas.

«¿Por qué me atrae tanto alguien tan opuesto a mí?».

Definitivamente, sus amigas son una muy mala influencia.

Beth sonríe.

—Cierra la boca, Dawn, no es para tanto. Aquí siempre hay bandas y grupos. No pongas esa cara, no es tan malo como parece. Es como la pelea del otro día: los tíos necesitan medirse entre ellos.

Están expectantes mientras ven cómo los dólares pasan de mano en mano, tan rápido que parece un truco de magia; es curioso que Sunset vaya arriba en las apuestas porque es nuevo en la ciudad, nadie lo conoce y uno no arriesga su dinero en un conductor «novato». ¿O sí?

—He visto a alguien vendiendo cervezas, voy a pillar unas cuantas.

—Somos menores, Beth. No podemos comprar alcohol —le recuerda Taylor.

—¿Quién dice que vaya a comprarlas? ¿Me ves cara de pringada?

Dawn se tapa los ojos, sea lo que fuere que va a hacer Bethany, prefiere no verlo.

—No seas cagueta, Dawn. ¿Y tú quieres ser una chica mala? Me parece que ni diez reencarnaciones nos van a bastar.

Dawn bufa porque sabe que su mejor amiga tiene razón; quizás en otra vida sí pueda ser una chica malota, a lo vampiresa, o tigresa, o pantera…

No la ardilla o cervatilla que es ahora mismo.

Porque, por ejemplo, si fuera una chica mala ya estaría en el coche de Sunset, de copiloto; o mejor aún, encima de él, besándolo mientras su mano…

—Dawn, despierta, tenemos que pillar un buen sitio para ver la carrera y tenemos mucha competencia.

Se refiere, por supuesto, al nutrido grupo de quinceañeras que hay muy cerca de la parrilla de salida y que no les quita ojo a los conductores rivales.

Uno es Sunset y el otro es…

—¿Qué hace Cameron?

—¿Qué pasa con mi hermano? —pregunta Beth con cara de sorpresa y las manos llenas de latas de cerveza.

—Eso digo yo, Bethany, ¿qué pasa con Cam? ¿Qué pinta aquí?

—Ay, eso mismo me pregunto yo. ¿Tú sabías algo, Dawn?

—¿Por qué iba a saber yo nada? Es tu hermano, no el mío.

—Ay, Dawn, de verdad que a veces pienso si no te caíste de la cuna cuando eras pequeña, te diste un golpe y te quedaste tonta.

Taylor sacude la cabeza y pide silencio.

—No es el momento. Ni el lugar.

—Eh, eh, eh. ¿Qué pasa aquí? —Dawn pone los brazos en jarra y las mira con muy mal disimulado enojo. Hay algo que se le escapa. No le gusta que se le escape nada, no es profesional, y se tiene por una periodista experimentada.

No puede ser la última en enterarse de…

¿De qué, realmente?

—Pasa que mi hermano está colado por ti y está compitiendo contra Sun porque lo ve como una amenaza. Anda, tómate una cerveza.

Dawn se ríe, primero bajito, luego más y más alto, las carcajadas suben de volumen y llaman la atención de las quinceañeras, que las miran con mala cara. Tan mala como la de Taylor, que permanece en silencio y cabizbaja.

—Tú ríete lo que quieras, esta historia viene ya desde el jardín de infancia.

—Deja de decir tonterías, Beth. El otro día Cam me dejó claro que soy como otra hermana para él. Y delante de Sunset, quien también vio fantasmas donde no los hay. Tenéis demasiada imaginación.

—Tampoco iba a declararte su amor delante del novato, parece que no lo conozcas.

Dawn se queda callada. Menea la cabeza. Es tan tan tan absurdo que casi se echa a reír de nuevo. Se contiene al ver a Taylor.

—¿Te pasa algo?

—Nada. Vamos, están a punto de empezar. Se abre camino entre la horda de chiquillas que le abren paso, incapaces de contener el huracán que es la pelirroja cuando está enfadada. Y más vale no preguntarle por qué está así.

—¿Qué le pasa a Tay? Nunca me había mirado tan mal.

Beth se encoge de hombros; no es ella quien debe responder a esa pregunta. Su amiga tiene razón: no es el momento ni el lugar, pero el elefante rosa no desaparecerá solo porque bajen la mirada y finjan que no está ahí.

—La segunda curva es más angosta que la primera, si no pisan el freno con anticipación se saldrán del camino. —Dictamina Beth mientras sus amigas se preguntan desde cuándo sabe esta tanto de coches, carreras y curvas.

—¿Desde cuándo…?

—Hace un par de veranos salí con un tío un poco macarra al que le iban estas movidas. A los tíos les encanta presumir y a mí me encanta escuchar. Se aprende mucho escuchando.

Sus amigas la miran como si a Beth le hubieran crecido cuernos.

—¿Qué? No soy tan tonta como parezco.

La carrera es corta, apenas veinte millas paralelas al canal; cuando el ganador cruza la línea de llegada, todo son vítores y aplausos. No ha habido juego sucio y los contrincantes se estrechan la mano, aunque el apretón de uno casi triture los huesos del otro.

—Los tíos son idiotas —declara Dawn como si hubiera descubierto un planeta nuevo.

—Necesitan afirmarse, controlar la situación. —Beth muestra, una vez más, su conocimiento del universo masculino mientras trasiega cerveza como si fuera agua—. No eran ellos quienes competían, sino sus egos. Mayúsculos, por cierto.

—Pues el ganador se va a llevar un pastizal, y ya te digo yo que no es tu hermano.

—A Sunset le va a venir bien el dinero —declara Dawn, sin poder ocultar la sonrisa de oreja a oreja—. Según recuerdo, llegó con lo puesto y una mochila al hombro. Tiene los pies inquietos, no es de echar raíces en ningún sitio. Cam no debería preocuparse tanto.

—Tú también te irás a Nueva York el próximo curso, así que sí tiene motivos para preocuparse.

—No seas pesada, yo no le intereso a Cam. De veras que no sé de dónde os habéis sacado esa peregrina idea.