Eres tú: Sunset (Felicidad 1) LA PELEA
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LA PELEA

E l lunes siguiente a la fiesta me apunto al grupo de teatro del instituto; es preferible a cualquier deporte y no me interesa tampoco formar parte de la redacción del periódico, que sacan semanalmente los listillos de turno.

Quizá lo que no me interese sea coincidir con Dawn, quien por supuesto es la redactora jefa y la firmante de la mayoría de los (mejores) artículos que publican.

El periódico se reparte por toda la ciudad, es gratuito y muy popular.

Los diarios los llevan chiquillos de doce y trece años, a los que obsequian con tarta y dulces a última hora de la tarde en la casa donde dejan el último ejemplar del día.

También dejan pilas en cafeterías y supermercados, y de ahí lo coge Ginger en algún momento antes de que se ponga el sol sobre la bahía.

Le gusta estar informada y le gusta cómo escribe Morrison, como la llama ella porque suena más profesional.

—Esa chica llegará lejos —vaticina durante la cena, mientras golpea el periódico con el dedo y me mira a los ojos, retándome a llevarle la contraria.

—Pues sí. Es posible.

—Es tenaz y tiene mucho talento —declara mirándome a los ojos—. Me gusta.

—¿Me la estás vendiendo? ¿Estás insinuando algo?

—Me han dicho que te han visto con ella.

—Vamos al mismo instituto, Ginger, claro que me han visto con ella . No fabules, que te veo venir.

—Yo no he dicho nada. —Se encoge de hombros, pero la sonrisa le ilumina el rostro. Luego añade—: Además, no creo que ella se fije en ti.

—¿Y por qué no, si puede saberse?

—Porque, en el fondo, es una romántica y tú no eres de los que se comprometen.

Sí que me ha calado. Y me molesta que lo vea tan claro, casi mucho más que yo.

—Pues que sepas que me besó en la fiesta que organizó Landon Clark el viernes.

—Estaría borracha.

«¡Joder si lo estaba!».

—Gracias por la confianza, eh.

—¿Estaba o no estaba piripi?

—Sí —le confirmo con la boca pequeña—, pero eso no la disculpa. Mejor que no vaya por ahí besando al primero que se le cruce por delante. Podría tener problemas.

—No lo creo, si la gente tiene dos dedos de frente no molestará a la pequeña de los Morrison.

—¿Qué pasa?, ¿pertenecen al crimen organizado de Savannah?

Me echo a reír, pero Ginger no se ríe conmigo. Malo. Muy malo.

—¿En serio? ¿Son unos mafiosos?

—No digas tonterías, solo que hace años Damon Morrison fue alcalde de la ciudad. Y uno muy bueno; aquí se quiere mucho a esa familia, sobre todo desde que él falleció.

¿Qué? ¿Cómo?

¿Por qué no me dijo nada en el avión cuando le hablé de mi padre?

Pero, claro, ¡cómo iba a decírmelo! Probablemente yo habría pensado que se lo había inventado para hacerse la interesante o llamar mi atención.

—¿Y hace mucho que murió?

—Un par de años, quizá tres; no sabría decirte, no estoy muy puesta en la vida social.

Fue un funeral muy concurrido; después Ashley, la hija mayor, se marchó a California a probar suerte como cantante o actriz o bailarina, qué sé yo.

No ha vuelto; no se la espera, en cualquier caso.

Siempre fue una chica díscola, nada que ver con su hermana.

Vaya, vaya, vaya, un interesante hilo del que tirar, y una excusa tan buena como otra cualquiera para mortificar a Doña Literatura si la pillo en algún descanso entre clases.

Cosa que esta última semana ha sido misión imposible porque o no estaba a la vista o iba escoltada por sus amiguísimas, y no me gusta humillar a la gente en público. Está feo.

Por otro lado, me encanta picarla porque se ruboriza y casi se le atropellan las palabras, luego se indigna y me suelta alguna pullita, a veces un insulto, a veces solo una mirada de desdén. Y todo junto me divierte una barbaridad.

A la mañana siguiente, nada más llegar al instituto, veo a la gente haciendo corrillo.

Me acerco a ver qué lío se ha montado.

¡Joder! Landon y Cameron se están peleando.

—Eh, ¿es que nadie va a hacer nada? —digo a todos y a nadie en particular.

—Déjalos —Bethany me habla sin apartar la vista de la escena—; se están midiendo, a ver quién la tiene más larga.

—Pero se están peleando por ti —señala Taylor—. Deberías decirles que dejen de hacer el gilipollas.

—Tampoco la iban a escuchar —interviene Dawn con un cinismo que me cae como una patada—. Cuando entran en modo gallito, ni escuchan ni razonan.

Y ahí tengo que darle la razón, porque no es la primera pelea que veo, y generalmente tienen que ver con egos, celos y envidias varias. Por lo visto, a Cameron no le gustó que su hermanita se enrollara con Landon en la fiesta.

—Debería separarlos…

—Ni se te ocurra o acabarás peor que ellos.

—Necesitan medir sus fuerzas, déjalos —insiste Bethany—; luego se irán a tomar unas cervezas y se harán best friends forever . Siempre ocurre igual.

La miro bien, parece harta de que su hermano se pelee con cada tío que le entra, y esto no ha hecho más que empezar si la chica quiere probar suerte en Hollywood. Me pregunto si Cameron la acompañará para hacerle de carabina o guardaespaldas. No creo que ella consienta nada de eso.

—Siento lo de la otra noche —Dawn me da un golpe en el hombro, apenas una caricia, pero que me hace estremecer.

—No pasa nada, olvídalo, era una fiesta y estábamos todos un poco bebidos.

—No sé qué me pasó. Yo no soy así.

«Lo sé de sobra».

—Déjalo, Dawn, en serio. Pero besas bien, solo tienes que elegir al chico adecuado. —Esto último se lo susurro al oído para que nadie más lo oiga, aunque todo el mundo tiene la mirada fija en los contendientes que siguen atizándose como si tal cosa.

No me gustan las peleas, lo mismo soy un poco hippy , como mi abuela. Y a lo mejor Beth tiene razón y esos dos acaban dando la vida el uno por el otro. No sería la primera vez.

—Y tú no eres ese chico adecuado, claro. Tú eres un… ¿Qué eres tú, Sunset James Patterson?

¿Qué soy yo? Buena pregunta. Pero no hay respuesta. Ninguna que le guste, al menos.

—Pues no tengo ni idea, cielo, solo puedo decirte que soy honesto.

«Que no es poco».

—Vale, con eso me conformo. —Ella asiente con una media sonrisa bailándole en los labios y añade—: Tampoco quiero promesas vacías.

—Es que no quiero que te conformes —protesto inútilmente—; mi abuela me ha dicho que vales mucho y tienes talento. No pierdas el tiempo con los tíos, ni siquiera conmigo.

—Oh, gracias por el consejo que no te he pedido.

Dawn se aleja y entra en el edificio; la pelea ha dejado de interesarle, si en algún momento lo ha hecho.

Yo también he dejado de ser el centro de su atención, y una parte de mí se siente aliviada y otra…

Otra se siente hecha una mierda. La parte que recuerda a qué sabían sus labios, la parte que no olvida esas manos subiéndome la camiseta, la parte que desea otro beso.

La parte consciente se siente aliviada porque sabe que no volverá a ocurrir, sabe que no quiere que vuelva a ocurrir.

Ni siquiera es buena idea que seamos amigos porque… Bueno, no sale bien. En algún momento alguien espera más, quiere más, merece más .

Y no he venido aquí a ligarme a la hija del antiguo alcalde, ni siquiera le he dado el pésame; se supone que yo no sé nada de ella, ni de su familia, ni de su futuro. Por eso debo morderme la lengua la próxima vez que quiera darle un consejo que, como muy bien ha dicho, no me ha pedido.

Landon pasa por mi lado y se dirige a su Aston Martin.

Tiene varios moretones en la cara y un feo corte en el labio; se mueve despacio, como si le doliera todo el cuerpo.

Está claro quién es el ganador indiscutible de la pelea.

Y no, ni con todo el dinero del mundo puedes ser lo que quieras donde quieras. Eso le ha quedado claro.

Eso y que Bethany Knowles no se toca.

Pero si conozco a los de mi sexo, y conozco a los niños ricos, esta pelea puede ser el comienzo de un desafío.

—Tú eres idiota —oigo cómo Beth regaña a su hermano—.

¿Qué? ¿Estás a gusto en tu papel de héroe-salva-doncellas ?

Para empezar, Landon y yo nos lo pasamos de puta madre en la fiesta de la otra noche.

No hizo nada que yo no quisiera que hiciese, y ¿sabes?

Me gusta, me gusta mucho, y voy a seguir viéndolo.

—Y follando con él, por supuesto; aunque no lo diga, todos lo sabemos—.

Hazte a la idea y deja de hacer el ridículo.

—Suena tanto a recomendación como a amenaza.

Yo me inclino por lo segundo, porque a la rubia le sobra carácter.

—No le hagas caso, ya se le pasará —intento animar a Cameron. De veras quiero llevarme bien con él porque se lleva bien con Dawn y… ¿Qué narices me importa a mí eso? Acabo de darle calabazas a Doña Literatura o lo más parecido a eso, para que se le quite de la cabeza la idea de volver a besarme.

—Y tú, cuidadito con Dawn, ya te dije que es como una hermana para mí, y ya ves cómo me parto la cara por la gente que me importa.

Lo veo, lo veo. Y me gusta. Si tuviera una hermana, también me partiría la cara por ella y le rompería las piernas a cualquiera que intentara hacerle daño.

—Conmigo no tienes de qué preocuparte —le digo—. No soy esa clase de tío.

«Y no me preguntes qué clase de tío soy».

Por supuesto, me lo pregunta:

—¿Y qué clase de tío eres tú, James?

—Uno que también defiende a los suyos, no soy Don Perfecto, pero tengo principios. Y valores.

«Y líneas rojas que no estoy dispuesto a cruzar».

Eso parece caerle bien. Me estrecha la mano y luego me abraza inesperadamente.

—Me caes bien. En serio. Pero si alguna vez le haces daño a Dawn, te cortaré las pelotas y se las daré de comer a mi perro.

Sonríe mientras me palmea la mejilla. Y sé que debo tomármelo como lo que es: una amistosa amenaza. De colega a colega.

—Lo he pillado, tío. Ya he visto cómo has dejado al pobre Landon.

—El «pobre» Landon se enrolló con mi hermana sin mi permiso. Beth es menor de edad y mi deber es protegerla.

¡Qué tierno!

Y qué paternalista también.

—Beth no necesita que la salves, ni que seas un aguafiestas.

—Tú no conoces a mi hermana. Va de dominatrix , pero es más blandita que un osito de peluche.

Me temo que se está confundiendo de persona. Ni siquiera Dawn es un osito de peluche.

—Dale cuerda o se ahogará. Sé de lo que hablo.

Siempre he pensado que mi madre nos dejó porque mi padre era demasiado protector con ella. Y posesivo. Y ella era, ¿cómo dijo mi abuela?, «una chica inestable».

Lo que quedó claro fue que ni el matrimonio ni la familia iban con ella.

Tal vez fuera un problema de inmadurez. O sencillamente, como yo, no quería ataduras.

Supongo que nunca lo sabré.

Y solo quisiera que dejase de importarme.