Eres tú: Sunset (Felicidad 1) DAWN MORRISON
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DAWN MORRISON

N o puedo quitarle los ojos de encima.

Al final, va a pillarme y voy a hacer el ridículo.

No debería haberse puesto ese vestido. Ni esos tacones. Ni ese perfume. No debería parecer tan espectacular.

Ni siquiera lleva puestos los aparatos.

Está claro que esta noche se ha dejado en casa la capa de invisibilidad y ha salido a pedir guerra con ese escote que atrae las miradas de todos los tíos; de repente, han descubierto a la nueva Dawn: una que ni se esconde ni se queda apartada en una esquina, sino que se mezcla entre el tumulto con la cabeza bien alta, los labios pintados de rojo sangre, la mirada encendida y ganas de… ¿De qué?, me pregunto.

No soy el único que permanece boquiabierto ante esta nueva versión de Doña Literatura que, por una vez, no lleva un libro en la mano, sino que ha decidido ser la protagonista de su propia novela. Me bebo un chupito de tequila de un trago corto para celebrarlo.

La miro bailar junto a la piscina; está con sus amigas, practicando una coreografía improvisada y sensual.

O lo mismo soy yo, pensando con la polla.

Se ha formado un bonito corro alrededor de ellas, todos ríen y aplauden; todos están ya un poco achispados, un par ya van colocados y otro par se han quedado fritos en el sofá; algunos han subido a las habitaciones, otros a la terraza con vistas a la bahía.

Debería apreciar mejor este casoplón, pero mis ojos tienen vida propia y un único horizonte: sus piernas.

¡Qué piernas! Y quizás ese culito, y la cintura de avispa, y los pechos.

¡Qué pechos! Ya he dicho que me gustan grandes.

Y las bocas pequeñas. Y los ojos azules.

Y la melena negra, despeinada, y las mejillas sonrojadas por el baile y el alcohol.

De repente la tengo a un palmo de mí.

—Anda, has venido. ¿Quién te ha invitado?

Me ofende un poco su sorpresa. Aunque no lo crea, me he convertido en alguien muy popular en muy poco tiempo. He tenido que romper un par de narices, soltar unos cuantos tacos y otras tantas amenazas, pero empiezo a caer bien. Quiero que ella lo sepa.

—Para tu información, he hecho amigos desde que he llegado.

«A pesar de tu nombre».

—Y amigas —su sonrisita desdeñosa me divierte.

—Pues sí. ¿Tienes algún problema con eso?

Pone los ojos en blanco como si la pregunta fuera absurda y estuviera fuera de lugar.

Y probablemente lo esté. He perdido la cuenta de los chupitos de tequila que me he metido en el cuerpo y mi cerebro ha puesto el piloto automático.

Y a pesar de todo eso, aún tengo algo muy claro: Dawn Morrison está celosa.

Y eso me pone la mar de contento/cachondo.

—Eres la novedad. No te lo creas tanto; pronto se les pasará y se olvidarán de ti.

—¿Tú también vas a olvidarme?

—¿Y qué si lo hago?

—Tú te lo pierdes.

Me alejo de ella con toda la intención de perderla de vista. Por mi salud mental, sobre todo, y porque mi polla ha decidido unilateralmente que Dawn Morrison está muy follable esta noche. Mejor me meto en el primer lavabo que encuentre y me hago una paja rápida para aliviarme.

Mi propósito se viene abajo cuando alguien me agarra del brazo con brusquedad.

Miro por encima del hombro y ahí está, toda acalorada, las mejillas más encendidas que un árbol de Navidad y los labios entreabiertos, como invitándome a…

—Bésame ya, joder.

—¿Perdona?

—Que me beses.

—Dawn, estás borracha —intento no reírme—. Si te beso, mañana me odiarás y me culparás por ello —le digo con mi tono más serio—; te sentirás fatal y no te lo perdonarás jamás. Hazme caso —le aconsejo—, ve a dormir la mona y cuando salga el sol lo verás todo distinto.

Antes de que pueda escapar de esa mirada, siento sus labios en los míos.

Esto es un error. Y tendrá fatales consecuencias. Pero sabe rico, y estoy tan borracho como ella. Es una fiesta. Mañana nos olvidaremos de todo. Haremos como si nunca hubiera ocurrido.

Siento sus manos por debajo de la camiseta, ¡está quitándomela!

Me besa el torso y deja escapar suaves gemidos de ¿placer?

Quiero creer que sí. Desde luego, yo estoy a mil; la cabeza, o lo que queda de consciencia en ella, me grita que la detenga porque no es el momento, ni ella está preparada, aunque ahora parezca tan dispuesta.

Por fortuna, se oye la voz de Taylor Miller, una de sus besties .

—¿Dawn? ¿Dónde te has metido? Quiero irme a casa. ¿Dónde diablos estás?

—¡Mierda! —exclama tan cerca de mi boca que casi caigo en la tentación de devolverle el beso.

—Anda, vete con Tay y olvidemos que has intentado violarme —bromeo.

Dawn enrojece, me mira, se tapa los ojos y se va corriendo sin volver la vista atrás.

Bueno, no ha estado mal. Me han gustado esos labios, me ha gustado esa versión de Doña Literatura. Y, además, cuando vuelva a picarme por lo que sea, le recordaré lo que ha estado a punto de pasar esta noche. Para que se le quiten las ganas de hacer bromas a mi costa.

Enseguida veo a Landon, se acerca y me rodea los hombros con el brazo.

—¿He visto lo que creo que he visto?

—¿Y qué crees que has visto?

—A La Invisible comiéndote los morros. Puede que vaya muy bebido, pero…

—¿La Invisible?

—Sí, la morenita que estaba contigo. Todo el mundo la llama así, es un poco friki. ¿Besa bien?

«Besa que te cagas».

—Pse… Puede mejorar.

—Seguro que contigo puede acabar siendo una experta. ¡Tío! De todos los pibones que hay en Savannah, has tenido que ir a fijarte en el más rarito.

—No, no. Te equivocas. Ella se ha fijado en mí .

—Lo que tú digas, pero esa de ahí abajo dice otra cosa bien distinta.

«Mierda».

—Soy humano, y será todo lo friki que tú quieras, pero es guapa.

—Y no te lo discuto. Pero a mí me gustan más…

—¿Más qué?

—No sé, como ella.

—Como ella… Y ella es…

—No me ha dicho el nombre, o no me acuerdo, o no me importa. Pero esa sí besa bien, nos hemos enrollado en el coche porque le daba mucho morbo. A las tías les gustan los coches caros. Eso lo sabe todo el mundo.

Pues yo no tengo coche. Ni caro ni barato. Y eso no la ha detenido. Pero es que es friki, claro, y no se fija en esas cosas tan… materialistas.

Y a mí me encanta que sea así.

¡Joder! Ha sido un pensamiento fugaz. Porque estoy borracho y no sé ni lo que digo.

—¿Y quieres volver a verla?

—Yo qué sé. No sé. Nunca repito con la misma tía. Luego se acostumbran y te acosan y no te dejan en paz y… Mal rollo, tío. Mal rollo.

No imagino a Doña Literatura acosándome, persiguiéndome por las esquinas. No es esa clase de persona.

—Oye, ¿tú sabes si hay algún grupo de teatro en nuestro instituto?

—¿Te va ese rollo?

—Yo qué sé, por probar… Se le ha ocurrido a mi abuela.

—¿La hippy del LSD?

—La única abuela que tengo. No tengo muchas más alternativas. No creo que hacer carreras ilegales de coches se considere una profesión.

—Uaaauu… Tío, eso se avisa. ¿En serio has participado en carreras ilegales?

Los ojos de Landon echan chispas de entusiasmo.

—Alguna que otra, con amigos de mi padre. En Los Ángeles.

—Veré de qué puedo enterarme, porque seguro que aquí también hay gente a la que le va eso. Más que el cine, te lo digo yo.

—Bueno, tampoco queremos que nos pille la pasma. Hay que ir con cuidado, pero estaría bien participar en una, por los viejos tiempos. ¿Qué quieres? Soy un nostálgico.

—¿Y con La Invisible qué vas a hacer? ¿La vas a llevar de copiloto?

—Si es invisible, ¿por qué no?

Nos echamos a reír.

No con malicia, en serio. Pero no es una buena idea llevar a Dawn de copiloto, mucho menos en una carrera ilegal. La verdad es que no consigo imaginarme a Doña Literatura haciendo algo que vaya en contra de las normas.

La hija perfecta, la hermana perfecta, la amiga perfecta y, con toda probabilidad, también la novia perfecta, aunque no creo que llegue a descubrirlo nunca.

—Debería irme o acabaré bebiendo más de la cuenta.

—¿Cuántas llevas ya?

No las he contado, nunca las cuento porque me hace sentir culpable.

—Demasiadas —contesto.

Y estoy hecho polvo, y necesito una cama, aunque sea la litera de nuestro humilde hogar. Podría ser peor, lo sé. Podría haber acabado en una casa de acogida con vete tú a saber quién.

«No es el lugar, es la compañía».

Y para ser sinceros, la de Ginger ha resultado ser una grata sorpresa.

Para cuando abro la puerta de la autocaravana, mi abuela está viendo la tele. Sí, la de plasma, que casi no cabe en la mesa.

—¿De dónde has sacado esa maravilla? —La señalo.

—La compré en Amazon hace un par de meses, llevaba dos whiskies de más en el cuerpo y creo que cliqué en la imagen equivocada. Pero no me arrepiento, me encantan las series, los tíos buenorros que salen, y cuánto mejor se ven más disfruto.

Pestañeo. ¿He oído bien? ¿Ha hablado de «tíos buenorros»?

—No me mires con esa cara, hijo, que todavía no me he muerto. Y mientras hay vida, hay alegría.

Vale, vale, mi cerebro adormecido por el alcohol necesita tiempo para procesar esto. Puedo asumir que no sea como las demás abuelas, es espabilada y no tiene pelos en la lengua. Mejor no le pregunto si tiene pareja o sale con alguien o…

—Venga, pregúntamelo, que te mueres de ganas.

Me asusta que me lea el pensamiento. Me asusta ella. Punto.

—¿Tienes… novio?

—Pero mira que eres antiguo. No, no tengo a nadie que me ponga contenta. No como tú, que se ve de lejos que has tenido una buena noche. ¿Qué tal la fiesta? ¿Te hicieron falta los…?

—No lo digas. Me niego a tener esta conversación contigo.

—Vamos, cariño, no seas tímido. Somos familia, sabes que puedes confiar en mí.

Lo sé. No es un problema de confianza. Es que…

me da apuro hablar de estos temas con ella, no los hubiera hablado con mi madre, aunque hubiera estado a mi lado todos estos años.

Hay una regla no escrita que empuja a los adolescentes a rebelarse contra sus padres y cualquier otra forma de autoridad competente.

Y sí, lo he dicho: odio las reglas; quizás esta la odie un poquito menos que las demás.

No soy el hijo perfecto, ni el nieto perfecto, ni siquiera aspiro a serlo.

Y puede que la convivencia no sea tan mala como me temí cuando la vi por primera vez, pero de ahí a contarle que La Invisible no es tan invisible, que me pone cachondo, que me ha besado y casi iba a desnudarme…

Va un trecho. Muy largo, como de aquí a Los Ángeles.

—No ha estado mal —digo, refiriéndome a la fiesta en casa de Landon.

—Pareces tu madre, que no soltaba una palabra a menos que se la sacaras con sacacorchos.

Se me nubla el semblante, como siempre que cualquiera menciona a mi madre.

No es un buen tema, ni es saludable sacarla en la conversación.

Creo que debería dejárselo claro para que no se repita.

Puede que la próxima vez no lo pase por alto.

Esta noche estoy cansado, he bebido, y en mi mente no paran de reproducirse imágenes de Dawn; a este paso voy a tener que aliviarme delante de Ginger y por ahí sí que no paso.

—Me voy a dormir.

—Eres un sosainas, espero que mañana me des más conversación.

¿Me está pidiendo salseo? ¿Quiere convertir mi vida en un reality show ?

¿No tiene bastante con haberme traído hasta aquí?

¿No tuvo suficiente poniéndome ese nombre?