Eres tú: Sunset (Felicidad 1) LA FIESTA
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LA FIESTA

—¿Quieres un cigarrillo? —Landon me ofrece uno que sobresale del paquete que lleva atrapado entre los dedos.

Lo acepto porque fumar es de rebeldes, y yo lo soy más que cualquier otro.

Además, me infunde confianza cuando todavía me siento como un extraterrestre en esta ciudad.

Doy una larga calada y miro a mi compañero con simpatía.

Apenas hace unas horas que nos conocemos y parece que hayamos crecido juntos.

Aunque no sea un sentimental, esas cosas se saben.

Y eso que, de primeras, las cosas no pintaban nada bien porque, de camino al instituto, había estado a punto de arrollarme con su Aston Martin de niño pijo.

Lo insulté un par de veces y maldije a toda su familia.

Debió de oír algo porque frenó y se bajó del coche.

No sé por qué pensé que me daría una paliza y me dejaría tirado y sangrando en la cuneta.

No lo hizo. Es un buen tipo, forrado y sin muchas ambiciones, pero un buen tipo de los que se hacen querer sin esfuerzo.

Después de un millón de disculpas innecesarias, dejamos la bicicleta en el maletero y me subí con él a su fabuloso coche.

No voy a hacerme el orgulloso y decir que podría haber ido andando, o volver a coger la bici; me moría por subirme a esa preciosidad del color del cielo de California, con la carrocería de cuero repujado y un panel de mandos sacado de una película de ciencia ficción.

Desde que mi padre murió, no había vuelto a subirme a un coche; mucho menos a uno de lujo.

Y te sientes el puto amo. Y te miran diferente, sí; cuando nos bajamos en la puerta del insti, todos nos miraban con admiración.

A nadie pareció extrañarle que llegara acompañado del capitán del equipo de baloncesto cuando yo nunca he cogido una pelota.

Todos dieron por sentado que Landon y yo éramos colegas y, por supuesto, no sería yo quien lo desmintiera si eso me hacía parecer menos pringado y más guay a los ojos de todos. Y todas.

Y sí, todas incluye a Doña Literatura.

—Esta noche hay fiesta en mi casa. Te vienes, ¿no?

—Bueno… Claro… Si me invitas.

Apago el cigarrillo con el pie mientras me permito un suspiro de alivio. En el fondo, soy un tío tímido en territorio hostil.

—Si no quisiera que vinieras, no te lo habría dicho.

—Su sonrisa derriba mis barreras, una a una, hasta la última—.

Aunque te hubieses enterado de todas formas.

Savannah es una ciudad pequeña —aclara como si yo no me hubiera dado cuenta—; con encanto, pero sin pretensiones.

Por eso me gusta. Y por el clima. No me llevo bien con el frío ni con la nieve.

—Yo tampoco. Vengo de Los Ángeles, donde siempre es primavera. Menos cuando es verano.

Landon se ríe.

—¿Y no te deprime estar aquí? Esto es otro rollo.

—Es solo un curso, luego me largaré, probablemente a Nueva York, a buscarme la vida.

—Mientras estés aquí, disfruta. Esta noche vendrá mogollón de gente; les gustan las fiestas con piscina y barra libre. Y no me refiero solo a la bebida —me guiña un ojo.

—¿Trapicheos con drogas? —digo en voz baja.

—Algo se moverá, es inevitable, pero a mí no me va eso. Me refiero a las chicas. Vendrán todas porque les encanta lucirse y dejarse ver. Hacer contactos, ya sabes.

Me río y pienso que quiero verla. A ella. Borracha y desmelenada, sin su habitual timidez, y sin esa actitud repipi que adopta para taparla. Y que a ratos me resulta adorable, aunque por supuesto no lo diga ni bajo tortura.

Las amigas son guapas, y sería todo mucho más fácil con ellas.

Me van los retos, es la única explicación que le encuentro a esto que empieza a oler a obsesión, suena a obsesión y, desde fuera, se ve como obsesión.

Pues vale, soy un obseso. Mi obsesión se llama Dawn y quiero robarle un beso. O que me lo robe ella.

No soy un anticuado; me gusta que las tías tomen la iniciativa y puede ser muy divertido ver cómo lo hace ella.

Desde luego, tendrá que ponerse un poco contenta para dejar fuera de combate a la Dawn acomplejada y empollona.

Vale, puede que no esté acomplejada; nadie con ese cuerpo tiene derecho a estarlo.

Pero empollona lo es un rato; la he visto en clase, siempre en primera fila, siempre prestando atención a lo que dicen los demás, y siempre en un segundo lugar para pasar desapercibida.

¿Acaso no sabe que con esos ojos es imposible ser invisible?

Lo intenta, y lo cierto es que lo consigue a menudo porque los tíos que la rodean son idiotas. Sí, incluido Cameron, el hermano de su mejor amiga. De repente, me asalta una idea horrible: ¿Y si a Dawn le gusta Cameron?

Vale que él dijo que eran como hermanos, pero igual lo dijo para disimular, ¡a saber! Para él, desde luego, no es invisible; ni para mí tampoco.

—¿Dónde vives?

La pregunta maldita. Ya estaba tardando en salir en la conversación.

Barajo mis opciones: mentir y vivir todo el curso pendiente de que no me descubran… O decir la verdad y exponerme a ser el hazmerreír de toda la ciudad. Corrijo: serlo un poco más de lo que ya lo soy a cuenta de mi «estupendo» nombre de pila.

En vez de pensar en los besos que quiero robarle a Doña Literatura, debería estar pensando en una venganza delicada y exquisita para mi querida abuela. El problema es que me cae demasiado bien; no suelo joderle la vida a la gente que me cae bien.

Pienso en pastelitos de marihuana… Hasta que recuerdo que Ginger no es como las demás abuelitas y estaría encantada con semejante festín.

—Ei, ¿no me has escuchado? ¿Dónde vives?

—Al norte de la ciudad, en The Woods. El camping —aclaro mientras me encojo de hombros. Que piense lo que quiera. De repente estoy demasiado cansado para que me importe la opinión de los demás.

—¿En serio, tío? Eso mola mazo.

—Puedes ahorrarte el recochineo, vivo en una autocaravana porque mi abuela es una hippy de Woodstock, la paz, el amor y el LSD.

Landon pone los ojos en blanco, luego me pasa el brazo alrededor de los hombros en plan colegas guais.

—Tío, en serio, no pasa nada. La familia es lo más importante.

—Recuérdamelo cuando llegue Acción de Gracias.

No tengo muy claro que podamos asar un pavo como todas las familias americanas; supongo que tendremos que conformarnos con los clásicos sándwiches del Seven Eleven.

—No corras tanto, antes viene Halloween y antes que todo eso ¡¡mi fiesta de bienvenida!!

—¿También eres nuevo aquí? Pero si eres el capitán de…

—Con dinero puedes ser lo que quieras allá donde vayas.

«¡Vaya descubrimiento!».

—No te pongas gurú conmigo; eso ya me lo dijo mi padre antes de que aprendiera a atarme los cordones de los zapatos.

—Entonces ya sabes de qué va esto. Consejo: si no te preguntan, no menciones The Woods. No es mal sitio, pero…

—No es lo ideal para integrarte en el conjunto.

—Aquí la gente no es mala, pero sin prejuicios sería bastante mejor.

—Anda, vamos a por unas birras. Tengo la boca seca.

Recorremos el centro de Savannah en coche.

En su fabuloso coche . Lo último que esperaba de esta ciudad es haberme encontrado con alguien como Landon.

Un pijo rebelde, casi un renegado; sabe cómo funciona su mundo, sabe cuáles son las reglas y no duda en romperlas todas.

Quizá por eso está conmigo: le divierte el nieto de una hippy .

No haré preguntas; no tengo la piel tan fina.

Me limitaré a disfrutar de la vida y de la fiesta.

—¿El coche es tuyo o lo has cogido prestado?

—Es mío —lo dice sin presumir. No le hace falta; entre la gente rica queda feo hablar de dinero o de tu estilo de vida. Solo los pobres se preocupan por el dinero.

—Me quedo más tranquilo, no me gustaría que nos parara la pasma y nos acusara de haberlo robado.

—Mi padre es juez aquí y mi abuelo fue senador en Louisiana, allá en los noventa. No necesito robar coches.

No parece enfadado. Ni molesto. Simplemente me pone al día de quién es quién en esta ciudad; a fin de cuentas, soy un forastero del «salvaje oeste» recién llegado a la civilización sureña, de siestas, té helado y comités de beneficencia. Me apuesto la cabeza a que Ginger no pertenece a ninguno.

—Eh, eh, tranquilo. Solo era una pregunta. No te estaba acusando de nada.

—Pues serás el primero. Aquí todo el mundo raja de todo el mundo, y se oye cada perla que hay para echarse a temblar.

O a potar. Tú eliges. Ya lo verás esta noche; cuando la peña lleva encima dos copas de más, se les desata la lengua, la imaginación y se inventan unas historias que ríete tú de los guionistas de Hollywood.

Me lo creo. Y me pregunto cuántos chismes se contarán de mí. Y de ella.

Después de charlar otro rato mientras trasegamos nuestras birras, vuelvo a The Woods a ver si encuentro en mi escaso equipaje algo que valga la pena y no me avergüence esta noche entre tanto niño de papá.

Veo a Ginger hablando con un tipo con pinta de músico country ; no sé ni por qué debería extrañarme.

Nada de lo que esta mujer haga puede parecerme insólito después de nuestra primera charla familiar.

Soy un outsider , lo tengo asumido; vivo al margen de la buena sociedad y soy la antítesis del yerno ideal.

Sobre todo, porque no tengo ninguna intención de liarme con nadie en serio, mucho menos casarme, ni a medio, ni a largo plazo.

Solo tengo una meta: Nueva York. Ni siquiera tengo un plan.

No sé para qué sirvo, y las dos primeras semanas de clase en el instituto no han sido de mucha ayuda.

No me gusta estudiar, ni tampoco los deportes. O sea, me gustan para verlos, no para practicarlos. No es que sea torpe, es que… El deporte tiene reglas, como todo. Y yo ODIO las reglas.

Quizá me parezca más a Ginger de lo que estoy dispuesto a admitir.

Entro en la autocaravana y saco la mochila de debajo de la litera. Encuentro una camiseta de Guns n’ Roses, que es lo más nuevo que puedo llevar, y unos tejanos limpios.

Tendrá que valer porque solo hay algo que odie más que las reglas: ir de compras.

—Hola —me saluda mi abuela, entrando detrás de mí—. Veo que tienes plan.

—Lo que no tengo es ropa.

—A ver, en esa mochila tampoco puedes meter gran cosa.

—No voy a ir de compras —la aviso.

—Tú verás, pero si vas a quedarte hasta que acabe el curso, deberías tener lo que ahora llaman fondo de armario .

—Sí, claro, porque aquí sobra sitio para un vestidor como el de las Kardashian.

—No te veía yo tan puesto en la crónica social…

—Vengo de Los Ángeles —le recuerdo y se me escapa una sonrisa—. Allí, en cada esquina te encuentras a un famoso o alguien que mataría por serlo.

—Ostras, sí. Siempre se me olvida.

—Pues con esas pintas pareces sacada del Woodstock del 69. Te veo en una manifestación en contra de la guerra de Vietnam, sosteniendo pancartas y cantando canciones de Joan Baez mientras rasgueas una guitarra.

—Muchas películas has visto tú.

—Pero ¿no te he dicho que vengo de la meca del cine?

—¿Y por qué no eres actor?

Me echo a reír. No lo dice en serio.

Ginger no se ríe. Ah, que sí va en serio .

Pues no lo había pensado. Es que jamás se me ha pasado por la cabeza.

Tengo buena planta y buena voz, tampoco vamos a mentir, pero es que nunca pensé que pudiera meterme en ese tinglado: el show business . Se mueve mucha mierda ahí dentro. No sé si es lo que quiero para mí.

—No sé si es lo que quiero para mí. Hay mucho ego, mucha competitividad, mucha falsedad. Yo es que no sé mentir.

—Actuar no es mentir, es seguir un guion ya escrito. Nada más.

—Y nada menos.

—Piénsalo, tienes muchos meses por delante.

—No pensaba volver a California.

—Puedes probar suerte en Broadway, puedes hacer lo que quieras, cariño. Tienes toda la vida por delante.

—Eso ha sonado muy paternalista, que lo sepas.

—Soy tu abuela. Se supone que debo preocuparme por ti.

—No te lo he pedido.

—Me lo pidió la de Servicios Sociales cuando vino a darme la noticia de la muerte de tu padre. Tuve que beberme tres whiskies para encajarlo y hacerme a la idea. Así que no me des lecciones, chaval. Me voy a comprar provisiones mientras te cambias. ¿Te traigo condones?

Casi me atraganto con mi propia saliva.

¿En serio vamos a tener esta conversación?

—No creo que pille cacho hoy, gracias. Pero no estaría mal tener a mano una caja. Nunca se sabe.

—Buen chico —me guiña un ojo—. Las ETS son muy chungas, no queremos pillar ninguna.

Pongo los ojos en blanco. Ni siquiera con el viejo hablaba de sexo. Ah, espera, mi abuela es una tía enrollada con quien se puede hablar de todo.

—Gracias por preocuparte. Lo digo en serio.

—Yo también. Hasta luego. No bebas mucho. Y respeta a las chicas.

¿Por quién me ha tomado?

¿Cuándo no he respetado yo a una chica?

—Son ellas las que se ríen de mí, abuelita. Muchas gracias.

—Oh, deja ya de rayarte con eso. Para la chica correcta, tu nombre nunca será un problema.