Eres tú: Sunset (Felicidad 1) LA INVISIBLE
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Eres tú: Sunset (Felicidad 1)

Eres tú: Sunset (Felicidad 1)

Por Niamh Byrne

© inepub.com

LA INVISIBLE

Dawn

—Dawn, la manzana. —Samantha Morrison le da a su hija menor la manzana que se lleva cada día al instituto Harriet Beecher Stowe; la misma que casi siempre se le olvida a la adolescente que ahora mira al techo, ensimismada, casi sin oír a su madre—.

Andas muy despistada desde que volviste de Los Ángeles.

A saber qué cuentos te contó tu hermana.

Dawn mira a su madre, sonríe y coge la manzana, fresca y suave al tacto. Es su fruta preferida; no puede faltar en la nevera, se come una cada día del año; a veces más verde, otras ambarina, otras roja como sus labios.

—No me cuentas nada, ya hace una semana que empezaste las clases y no me has dicho ni una palabra.

¿Y qué quiere que le cuente?, piensa Dawn; no quiere hablarle del chico nuevo con el que coincide en más clases de las que les gustaría a ambos.

Se caen fatal y al mismo tiempo se atraen como imanes.

No hay quien entienda eso. Ella ni lo intenta.

Taylor y Bethany no ayudan porque solo hablan del moreno-buenorro-que-está-que-te-cagas .

Vale, como si ella no se hubiera dado cuenta desde el mismo momento en que lo vio sentado a su lado en el avión que la traía de vuelta a Savannah.

—¿Qué quieres que te cuente? Es otro curso más.

La mentira es tan flagrante que no puede evitar sonrojarse hasta la raíz del cabello.

—De eso nada, cariño —rebate su madre, llena de entusiasmo—. Es tu último curso, este año te gradúas y tienes que presentar la solicitud para ingresar en Columbia.

—A lo mejor no me admiten —la avisa de antemano para evitarle la probable decepción.

—¡Qué dices! Claro que sí, cariño. Si llevas unas notas estupendas.

Eso era antes de conocer a Sunset.

¡Vaya nombre! No debería gustarle tanto, debería reírse. Pero le parece una falta de respeto y, por mal que le caiga, que le cae muy muy mal, no quiere hacer leña del árbol caído.

Además, se corrige, ahora se llama James. Y matará a cualquiera que lo llame de otro modo. A ella le gusta Sunset, aunque reconoce que no es lo más adecuado para un chico de diecisiete años con ganas de comerse el mundo y armar revuelo allá por donde pasa.

Ya tiene babeando a las niñas del instituto, quienes lo miran como si él fuera una estatua expuesta en el museo; a esas no les hace falta ir a Roma para ver el David de Miguel Ángel.

Y el uniforme le queda de escándalo, aunque la verdad es que Dawn preferiría verlo sin ropa, aunque jamás se lo diga a sus amigas, ni mucho menos a su madre.

Las quiere mucho, pero si descubren que le gusta Sunset/James, empezarán a incordiarla y darle mil y un consejos de «mujeres experimentadas» que no se ve capaz de soportar.

Ella quiere llevar eso que siente a su manera.

Sin presiones, sin exigencias. Ya es bastante malo ser invisible la mayor parte del tiempo, que te empujen por los pasillos, que te aparten como si fueras un bicho molesto, que vean a través de ti como si estuvieras hecha de aire.

A Dawn no le gusta parlotear; solo lo hace con sus amigos porque son de confianza, porque llevan toda la vida juntos; se conocen, se quieren, se respetan. Y ahora ha llegado él, desde Los Ángeles, como si Ashley se lo hubiese regalado.

«Toma, hermanita, para que te diviertas».

Es un pensamiento estúpido porque es imposible que se conozcan.

Ashley se marchó a California a probar suerte como cantante, mientras trabajaba de modelo a ratos, y por las noches servía copas en un lounge cerca de Rodeo Drive.

En esas conoció a Derek y se enamoró de él; ahora hablan de irse a vivir a Montana, aunque todavía no se lo haya dicho a su madre.

Le ha pedido a Dawn que guarde el secreto, como si temiera que Samantha la obligase a volver.

No le gustó que se fuera, no le gustó que quisiera dedicarse al show business , pero Samantha Morrison no es el tipo de madre que impone su voluntad; por eso la quieren tanto.

Porque escucha y no juzga, porque les da alas, porque les proporciona una red segura por si caen, por si las cosas se complican, por si los sueños tardan un poco más de la cuenta en hacerse realidad.

Ella tiene muy claro su sueño: quiere ser escritora de romantasy ; es muy fan de Sarah J.Maas y quiere seguir sus pasos. Pero antes tiene que acabar el instituto, graduarse y marcharse a Nueva York para ingresar en la Universidad de Columbia. Ese es su sueño más inmediato.

«Eso y ver desnudo a Sunset/James».

Aunque eso, claro, no se lo haya dicho a nadie.

Eso nunca se lo dirá a nadie .

Porque es el típico sueño adolescente que provocaría las carcajadas de sus mejores amigas, como si ellas no lo quisieran también.

Pero hay algo que desea más que ver al chico nuevo sin ropa, y es averiguar dónde duerme; lo único que ha conseguido sonsacarle hasta ahora es que vive con su abuela materna y, por cómo se lo dijo, le dio la impresión de que no estaba muy satisfecho con esa situación.

Es evidente que está en Savannah de paso y, en cuanto se gradúe, pondrá pies en polvorosa y no volverá a verlo.

Esta vez sí será una despedida en toda regla.

«¿Y a mí qué me importa?».

Que está bueno, es indiscutible; tanto como que es gilipollas.

—Dawn, date prisa, vas a perder el autobús.

Esa es otra, ¿por qué no puede ir en coche como todo el mundo? Vale, todo el mundo se reduce a su grupo de amigos. Ese es su mundo, y no quiere que la tachen de pobre porque siempre llega al instituto en autobús.

Sin embargo, su madre se niega en redondo a que se saque el carnet de conducir.

Siente un pánico irracional hacia los coches y las carreteras desde que Damon murió.

La muerte de su padre fue un duro golpe para Dawn; a veces piensa que nunca lo superará, pero tampoco cree que evitar los coches le devuelva a su progenitor, ni todos los momentos que vivió con él.

Siempre supo que era su ojito derecho. Fue él quien le transmitió su amor por los libros, quien la animó a contar cuentos, convencido de que su benjamina tenía un talento innato para la escritura.

Dawn no está segura, sigue sin estarlo mientras sube al autobús que la lleva al centro de Savannah; no lo está ni una pizca más mientras entra en el aula de Biología, y quizá nunca tenga la apabullante seguridad de Damon Morrison al respecto.

—¿No te aburres? —Bethany bosteza a su lado, se saca el móvil del bolsillo y le enseña el último mensaje que ha recibido esa mañana de su último rollo de Tinder.

—Deberías dejar de jugar con esa aplicación de citas o te meterás en un lío —le susurra Dawn en el preciso momento en que el señor Flanagan entra por la puerta—. Si Cameron se entera se armará una buena.

—Cam no es mi padre y tú no te vas a chivar… Si no quieres que le cuente a tu madre lo que te llevas con el nuevo.

—Yo «no me llevo» nada con James.

—Aaah, ¿y cómo sabes que hablo del moreno? No es el único tío que ha empezado este curso. Hay otro que también está para comérselo con los dedos.

—¿Nunca tienes bastante?

—¿Bastante de qué? —las interrumpe Taylor, sentándose detrás y revolviendo en su bolso hasta sacar su móvil.

—Silencio. —La voz del profesor reverbera en toda el aula y los chicos se callan y miran al frente. Flanagan es de los peores, en opinión de Dawn; tremendamente exigente y un poco demasiado mezquino. Detesta la asignatura, que le parece inútil, y con semejante docente va a ser un suplicio.

Suspira.

Mira de reojo a Beth, a Tay la tiene justo detrás y no puede volverse si no quiere otra amonestación.

En la cuarta fila localiza a Sunset. Parece incluso más aburrido que ella.

—Usted, el de la cuarta fila, diga su nombre. —Flanagan señala a Sunset/James y Dawn cierra los ojos, preparándose para el desastre. Se promete no reír aunque todos los demás lo hagan. Sería una crueldad imperdonable y él nunca lo olvidaría; de eso puede estar segura.

—James. —La voz de Sunset es firme y clara; nadie diría que está mintiendo, porque tampoco lo está haciendo. Solamente está buscando… la salida de emergencias.

—James… ¿Qué más? ¿Sería tan amable de compartir con todos nosotros su identidad al completo?

Eso ha sido un golpe bajo. Flanagan sabe de sobra cómo se llama y quiere dejarlo en ridículo delante de toda la clase. No es la primera vez que lo hace, ni tampoco será la última.

—Sunset James Patterson. —Levanta la cabeza, orgulloso.

Hay algunas risitas, pero no es tan terrible como pensó en un principio. Dawn lo achaca a que es guapo, carismático y le sienta tan bien el uniforme que se le perdona tener un nombre tan… flower-power .

Y a ella le gusta. Recuerda lo que le dijo cuando volaban de vuelta a Georgia: hacían una bonita pareja. Pero, claro, a él no le gusta que le recuerden algo tan bochornoso.

—No había oído nunca ese nombre. Ni tampoco lo había visto a usted antes por aquí.

—Llegué la semana pasada.

—¿Y de dónde viene?

¿Eso es un interrogatorio? Se siente mal por él, pero es inútil llamar la atención de Flanagan, solo conseguirán empeorar las cosas.

—De California —contesta él, tan orgulloso como siempre. No le faltan motivos. La mayoría de sus compañeros tienen las universidades californianas en su punto de mira.

—Ah —responde el profesor, perdiendo todo el interés. No es un secreto para nadie que encuentra la costa oeste tan salvaje como hace dos siglos.

De ahí pasa a dar la lección con el mismo tono monótono de siempre, hablando de bacterias y microorganismos y reproducción por esporas. Apasionante.

—Necesito cafeína en vena —anuncia Beth cuando suena el timbre.

—Y nosotras —corean Dawn y Taylor de camino a la cafetería más concurrida del centro de Savannah, en la avenida Oglethorpe Este, a dos manzanas del instituto.

—Crepúsculo —susurra Bethany con expresión soñadora, pero Dawn sabe que está burlándose de él. De ella. De ambos.

—Atardecer. —Taylor se lleva las manos al pecho—. Qué bonito, Dawn. Vas a tener que pedirle que te acompañe al baile de graduación.

—Pero ¡qué tonterías dices!

—Si no se lo pides tú, se lo pido yo por ti.

—No, no, no, no. Te vas a quedar calladita, Bethany Knowles, si sabes lo que te conviene.

—¿Has oído eso, Tay? Dawn Morrison amenazando a alguien. No sé si llegaremos a Halloween o el mundo se acabará antes.

Sacude la cabeza. Por supuesto, La Invisible no tiene agallas para amenazar a nadie, ni siquiera a sus amigas del parvulario, ¡cómo se le ha podido ocurrir usar ese tono tan poco adecuado a su personalidad de mosquita muerta!

—Lo siento, Beth —se disculpa porque sabe que es lo que se espera de ella: un buen comportamiento, una actitud amable, sosegada, serena, porque Dawn Morrison no se enfada nunca, nunca es desagradable y, por descontado, jamás amenaza a nadie, ese tipo la tiene con los nervios de punta, y apenas acaba de llegar.

Y por supuesto, no va a pedirle que la invite al baile de graduación, sobre todo porque es otoño y queda mucho tiempo todavía.

Cuando llegan, el local está abarrotado y hay cola en la calle. No les toca más que esperar.

—Nah —Bethany le da un beso en la mejilla—; estaba de broma, me encanta que te enfades, deberías hacerlo más a menudo. Pero no con nosotras, que te queremos tanto.

—El tipo es guapo —concede Tay a continuación—, no pasa nada porque te guste.

—Yo no he dicho que me guste.

—Si es que no hace falta que lo digas. Te brillan los ojos cada vez que lo ves.

—No es verdad —protesta—; me cae fatal. Y el sentimiento es mutuo.

—Si te pica es porque le gustas. Créeme, sé de qué hablo.

—Oh, sí —se ríen sus amigas—; Beth sabe todo lo que hay que saber sobre los hombres.

—Podéis reíros tanto como queráis, pero tengo razón. Aunque… a este le falta un hervor, incluso para ti.

—Sé por dónde vas, pero que no lleve tatuajes no lo hace menos… viril.

—Uh, uh, conque viril, ¿eh? ¿La has oído, Tay?

—En serio, dejad de hablar de ese gilipollas.

—Este viernes… ¡¡hay fiesta!! —Beth agita el brazo en el aire con entusiasmo. Nada le gusta más que una fiesta—. Música, alcohol y tíos…

—¿Quién la organiza?

—Otro novato que está casi mejor que tu Atardecer —le guiña un ojo a Dawn, quien se pone roja hasta las orejas.

—¿Y te lo vas a tirar? —la provoca Taylor.

—Si se presenta la oportunidad… No le voy a hacer ascos. Mucho menos si llega al instituto conduciendo un Aston Martin. Eso, nenas, es otro nivel. Es mi nivel .

Bethany se señala con un dedo orgulloso mientras pestañea; la cola avanza delante de ellas. Dawn siente envidia, a ella le gustaría ser desinhibida, loca y desvergonzada. También le gustaría ver a Sunset/James en esa fiesta. Pero no se lo dice a sus amigas para que no se metan más con ella.

Por hoy ha tenido suficiente.